Militar en el siglo XXI: Entre el duranbarbismo de izquierda y la alienación militante

Por Iván Horowicz 

Un estimulante texto de Iván Horowicz que defiende el “acto de humanidad descabellada” que significa la militancia política pero, al mismo tiempo, propone ir más allá del triste “duranbarbismo de izquierda”, para “sacar los pies del plato” y empezar a pensar y debatir los problemas profundos que nos plantea el capitalismo tardío en vez de agotar las energías militantes en un constante hacer atado a “lo urgente” y sin perspectivas de futuro.

En el lenguaje de todos los días, incluso en lenguaje político, nos movemos en el terreno de la alienación, en el terreno en que las relaciones entre los hombres aparecen como relaciones entre cosas, que no están sometidas al control del hombre sino que lo dominan. Pero cuando planteamos la cuestión en el terreno del marxismo, que es el terreno en que se rompe con la alienación, en que se ve más allá de las cosas para descubrir las relaciones humanas que hay detrás de ellas, en este terreno es infinitamente erróneo decir que “el curso de las ideas depende del curso de las cosas”. El curso de las ideas depende del contexto social en que se desenvuelven, y este contexto social no consiste en “cosas” – como las estrellas, o la lluvia, o la cordillera de los Andes-, sino en relaciones entre hombres.

Milcíades Peña

¿Acaso no hay —se dice— salto cualitativo del capitalismo al socialismo? Pero ni tanto ni tan poco: ese salto no es un brinco que con la imaginación vayamos a pegar sobre el vacío. Ese salto imaginado es un tránsito real que, de no ser enfrentado, encubre con su vacío el trabajo y la reflexión que todavía no fuimos capaces de crear. Constituye, digámoslo, el núcleo de irracionalidad vivida que nuestra izquierda es todavía incapaz de reducir, de convertir en racional.

León Rozitchner

Constituye una fuerte ofensa a la solemnidad comenzar un artículo afirmando la existencia de una alienación militante. Pero no sólo ofende a la solemnidad escolástica que la izquierda vieja gusta de esgrimir, de la misma manera que un cura vocifera versículos del testamento. Tal afirmación, puede ser también interpretada como un llamado abierto al cinismo ácido de época que caracteriza este primer cuarto de siglo XXI. Para no herir susceptibilidades aclaro lo siguiente: me considero irremediablemente parte del “nosotros” militante al que le escribo. Estas líneas no surgen desde el cinismo ni la desesperanza, sino que surgen de la necesidad de reflexionar, discutir y comprender nuestra realidad. El cinismo ácido, en todo caso, no es más que otra expresión de la alienación que nos atraviesa. Esa imposibilidad de vincularse emocionalmente con la ideología, de hacer carne en el cuerpo lo que consideramos imposible materialmente. El cinismo ácido sostiene que soñar es inútil, y que más bien toca vivir la realidad tal como es, aceptarla, y como única respuesta posible humorizarla. El cinismo del siglo XXI es un termómetro de la época en la que vivimos, de lo que nos robó el posmodernismo, es el realismo capitalista.

Vale la pena entonces comenzar caracterizando el nivel de conflictividad social existente en la sociedad argentina. En nuestro país, la lucha de clases se expresa de manera tangible y cotidiana. La sociedad argentina es conflictiva. Respira, vive, y expresa política por cada uno de sus poros. Los altos niveles de participación política en la lucha por el aborto, el movimiento LGTBI, las altas tasas de sindicalización, son algunos de los ejemplos que permiten afirmar que nuestra sociedad, a pesar de estar inmersa en un contexto mundial de derrota de las izquierdas, de bajo nivel de conciencia de clase, de reagrupamiento y reflujo, respira conflicto en el mejor de los sentidos.

Para afirmar el grado de conflictividad social argentino sólo basta con mirar las distintas realidades existentes en el continente. Colombia, un país que se encuentra en Sudamérica, pero que parece un planeta de distancia; un país que expresa mayores grados de desigualdad y de penetración del neoliberalismo, pero que reproduce una sociedad mucho más apática con respecto al conflicto social. La lucha de clases y géneros, que es la rueda que mueve al mundo y lo hace girar y girar, se expresa en lógicas mucho más silenciosas en casi cualquier lugar del mundo en el que podamos pensar, que en Argentina.

Las paredes de las metrópolis argentinas rebozan de pintadas, las mochilas de las mujeres de pañuelos verdes. Inclusive quienes se declaran apolíticos respiran política y opinan. Los noticieros tienen altos niveles de rating. La sociedad argentina es política, es conflictiva y, con más o menos herramientas de comprensión, es consciente del asunto.

Sorprende entonces, en una sociedad que expresa un grado tan cristalizado de lucha de clases, el poco vuelo de sus organizaciones sociales. La militancia popular expresa derrotas de las que no somos conscientes, expresa alienaciones propias de un “sector”, de la misma manera que la alienación en los obreros toma formas particulares, de la misma manera en la que los hombres cis heterosexuales expresamos alienaciones particulares que aquelles que integran el movimiento LGTBI tienen más posibilidad de visualizar.

Militar es casi un acto de humanidad descabellada, en un contexto en el que el individualismo impone como mandato superviviente una constante auto dedicación laboral, capacitacional. Las carreras y el éxito se alcanzan individualmente y con las miras puestas en objetivos personales, basta solamente mirar la multiplicación de los gurúes de autoayuda corporativista. Mark Fisher nos dice que la religión no oficial de la sociedad capitalista contemporánea es el voluntarismo mágico. Está en poder de cada individuo la posibilidad de ser quien uno quiera, y a costa de los demás. El lema de Nike durante el 2011 fue “You can do it”, para luego pasar a ser “Just do it”. Nike es la cultura en el realismo capitalista.

Hace un año, luego de la victoria de Cambiemos y de su desembarco en la Rosada, un compañero me planteó la siguiente preocupación: “Resulta casi imposible organizarse para resistir, porque cada vez que intentamos generar resistencia en algún frente, el macrismo nos abre uno nuevo”. Estamos siempre corriendo atrás de la pelota, empezamos el partido 2 goles abajo. Esta lectura de la etapa era compartida tanto por “nosotros” como por “ellos”. Esteban Bullrich mismo, ex ministro de Educación, explicaba que la lucha contra los gremios docentes consistía en la apertura de frentes simultáneos de batalla que obligaran a los sindicatos a resistir en uno de ellos, mientras que en todos los demás se avanzaba. Para colmo las manos son pocas, los niveles de organización son bajos y las juventudes, los trabajadores y los oprimidos cuentan con muchísimo menos tiempo de ocio que el que tenían en el viejo estado de bienestar previo a 1976. La militancia popular argentina se encuentra materialmente limitada e incapaz de plantear lo “necesario” porque tiene que correr detrás de lo “urgente”. Pero ¿qué es lo “urgente”?

¿Cómo fueron caracterizadas las tareas que la militancia considera hoy urgentes? ¿Quién llenó de sentido el término urgente, quien lo definió? ¿Fuimos nosotros los que determinamos su contenido o nos lo impuso la misma “cotidianeidad” de la política?

En mi experiencia personal en la militancia, lo urgente es casi una lectura impersonal que se desprende de las problemáticas obvias que nos impone lo cotidiano. Lo urgente es lo obvio y nada más que lo obvio. Urgente es sumar compañeros. Urgente es existir en más instituciones educativas, lugares de trabajo, barrios. Urgente es, si se desarrolla una lucha en X sector o frente, existir en ese sector o frente (ante la bomba de feminismo del 2015 con el “Ni Una Menos”, más de una organización revitalizó u organizó por primera vez su frente dedicado a la cuestión). Lo urgente es el cálculo pragmático y exitista por excelencia, eso que te permite “acumular”. Si la tarea urgente es la obviedad que impone la cotidianeidad de la política, acumular es algo así como concentrar capital. Pareciera que en vano hubo teorías que explicaron que el poder era una relación social y no una cosa que se toma y se ejerce, porque desde esta concepción el capital político se acumula como se guarda el trigo en un granero. La lucha por la hegemonía de la militancia popular se asemeja peligrosamente a la competencia capitalista empresarial: una guerra de trincheras entre las distintas tendencias y espectros (que tampoco se encuentran unificados y ordenados en sí) en función de quienes comprenden mejor lo urgente y en base a eso capitalizan mejor la etapa.

Que lo urgente ordene a lo necesario puede traducirse en que la táctica ordene a la estrategia. Hay una imposición tal de la táctica sobre la estrategia, de lo circunstancial sobre lo causal, que lleva a que haya una izquierda que sinceramente crea que las posibilidades de construir rupturas con el neoliberalismo depende de las capacidades de diseño y marketing que podamos materializar. El debate en la militancia argentina se ejemplifica a la perfección en Podemos y en el kirchnerismo. Hay quienes creen que Podemos es una fuerza política “exitosa” y con “poder de decisión” (utilizar los términos que manejan quienes esgrimen estas lecturas es clarificador en sí mismo de lo que en el fondo consideran que son las tareas de la etapa) porque entendió cómo se diseñan los flyers y con qué estética se deben producir los materiales audiovisuales. Hay quienes sostuvieron leyeron el cambio de nombre del kirchnerismo en las últimas elecciones de medio término (de “Frente Para La Victoria” a “Unidad Ciudadana”) como un acierto que implicaba la reducción de distancia entre la política y la gente de a pie. Está claro que aunque Itai Hagman imite la estética Playground y A+J en sus videos de redes sociales el sector de Patria Grande que representa no ha logrado superar su pequeñez estructural o que luego de ese presunto “acercamiento a la ciudadanía” el kirchnerismo terminó redondeando su peor elección desde su nacimiento político en 2003. El duranbarbismo de izquierda plantea un camino de callejones sin salida. De adaptación al régimen, pero sin siquiera lograr una cuota de lo que ellos mismos consideran poder a partir de esta adaptación. Al menos los planteos de la Segunda Internacional y de la socialdemocracia reformista de comienzos del siglo XX lograron construir algunos de los partidos más importantes del régimen político burgués. El duranbarbismo de izquierda sostiene los preceptos pragmáticos y exitistas de la política del flyer mientras que apenas aspira a superar el piso de las PASO.

De alguna u otra manera, para el sentido común militante, los problemas de la militancia tienen que ver con una cuestión práctica de lo cotidiano y se resuelven haciendo más y discutiendo menos. Lo importante es plasmar y reflejar en tu construcción. Si se acumula, funciona, y si no se acumula, detrás de eso no hay nada. El sentido común militante abstrae el trabajo de la misma manera que el capitalismo. Da lo mismo una varieté, un festival o una marcha, lo importante es cuánta gente fue, cuántos vecinos se sumaron, cuántos seres humanos fueron interpelados, convencidos. Toda producción militante se lee en un plano cuantitativo y así valoriza o desvaloriza a la organización en relación a las demás. Se reduce la construcción de hegemonía y la lucha social a una dimensión cuantitativa, que luego entra en un proceso de valorización de cara a un mercado de organizaciones, entre las cuales se propone que hegemonizar una lectura de la etapa es igual a expresar mayor acumulación de “capital político”. La política estudiantil es el ejemplo más puro de esto: X intervención en X cantidad de frentes sociales, X cantidad de militantes en X facultad, otorga a una organización un valor X, el cual permite obtener X secretarías del frente electoral de la facultad. Las organizaciones tienen valor en el “mercado militante”, el cual de nuevo, irónicamente, cuenta con bajos niveles de inserción en la vida política de la cotidianeidad social. Si el capital político se acumula como mercancía, y la militancia es simplemente el proceso de valorización de la mercancía, vale preguntarnos, ¿cómo es que estamos siendo disruptivos? ¿Qué alternativa al neoliberalismo podemos ofrecer si en las mismas lógicas de construcción reproducimos las lógicas del capital? ¿Es tan absurdo pensar la militancia en este esquema? La militancia del siglo XXI da por hecho que el patriarcado atraviesa nuestras organizaciones y a nosotros mismos como sujetos, y reproduce en todos estos ámbitos sus lógicas de poder; en el mismo sentido deberíamos dar por hecho que también lo hace el capitalismo. Mientras no asumamos la contradicción, seguiremos alienados.

Retomando los conceptos que utilizamos previamente, urgente y necesario se plasman en una separación entre el hacer y el pensar, en la que hacer es todo y pensar es accesorio. El pensar y producir teoría está relacionado a una actividad de “socialista de café”. La militancia en general está perseguida por el fantasma de la marginalidad. La poca inserción de la izquierda y su abstracción de la realidad generaron como respuesta una militancia del hacer que desprestigia el pensar. La “masturbación mental” es un peligro a evitar a toda costa, ya sea porque el programa ya está definido, y lo único que resta es militarlo, o porque la política es en sí el arte de lo posible (lo urgente, lo obvio) y entonces el problema de pensar es secundario.

Propongo que, concretamente, no hemos sabido construir ni las categorías, ni los términos, ni los conceptos para las problemáticas de la etapa. Esto no significa recluirnos a las bibliotecas y abandonar todos los territorios de intervención. Quienes nos asumimos marxistas sostenemos que no hay teoría revolucionaria sin práctica revolucionaria y que de la relación dialéctica de ambos términos nace la praxis, la intervención sobre la realidad. En otras palabras: se piensa haciendo y se hace pensando. Es el capitalismo el que separa ambas esferas y las desvincula.

Si durante el siglo XX, el paradigma modernista resaltó la importancia de la razón, del pensar y de las ideas, desprestigiando el hacer y el trabajo físico; si durante los 70 la caricatura que se hacía de la izquierda era la de un conjunto de eruditos con barba discutiendo teológicamente fragmentos de Marx, el paradigma neoliberal resalta el exitismo pragmatista de la eficiencia. Pero pensar nunca es eficiente porque la eficiencia ya tiene resuelto el plano teórico y reduce el problema al hacer. La interpretación neoliberal de la política gira en torno a la eficiencia. No hay ideología sino buenas y malas administraciones, no hay debate de ideas sino gestión. Anular la teoría en función de la práctica se fortalece en el voluntarismo mágico, si las posibilidades de ser son infinitas, sólo se trata de hacer para alcanzarlas.

Discutiendo con un amigo, dirigente de cierto peso de una organización, me comentó que su política de formación giraba en torno al hacer cotidiano. Aprender a militar, eso era lo que enseñaba. Cómo se organiza una reunión, cómo se hace un festival, cómo se levanta un espacio. Formamos compañeros en este culto al hacer. Los compañeros que desarrollan su trayectoria militante a través de las organizaciones políticas, van adquiriendo mayor involucramiento y mayor grado de compromiso y a partir de ese proceso de toma de responsabilidad se forman en la cotidianeidad de la política. Somos una generación militante que casi no lee. El militante estudiantil dedicado sabrá enumerar todas las distintas combinaciones de frentes electorales facultad por facultad, así como sus resultados, pero será incapaz de pensar cuáles son en concreto las problemáticas de su sector, cómo generar instancias de resistencia y disruptividad al neoliberalismo, cómo encaja la universidad, la formación docente o el secundario en el actual proyecto de país. El militante territorial comprenderá a la perfección cómo se interpela vecinos y cómo se inserta la organización en el territorio y, en el mejor de los casos, logrará canalizar la organización a una lucha por reivindicaciones concretas materiales, pero siempre con ese horizonte como techo, no como piso. La organización en el barrio o en la villa, la mayoría de las veces nace y muere en las cloacas. Esta es, tal vez, la crítica que el autonomismo señaló, más como expresión de un problema que como una nueva manera de militar.

Todos estos problemas señalados, las derrotas de las que no nos percatamos, se expresan incluso cuando tratamos de pensar la política, la coyuntura y nuestra intervención en la realidad a partir de la misma. Diría que a pesar de todas las contradicciones antes presentadas, los militantes somos uno de los pocos bastiones que resisten o nos proponemos resistir, la reducción del pensar al hacer. Sostenemos, al menos en el enunciado, la importancia de la discusión colectiva, la interpretación conjunta de la realidad. Es sobre esta premisa que la militancia popular tiene tal vez su mayor potencialidad disruptiva. En cualquier momento en el que el conflicto social expresa ruptura y amenaza al orden dominante, la dimensión colectiva se pone de plano en una centralidad absoluta. Desde los soviets del 17 a las asambleas populares del 2002, y es esta la dimensión que no hay que perder de vista. Mientras sea colectivo, tiene potencialidad.

Una compañera me dijo una vez, en el desarrollo de una discusión sobre la importancia de un programa, que lo que a ella le interesaba de la militancia era la parte del hacer y no tanto la del pensar. El diálogo expresa una subjetividad de la época.

Por programa político, entiendo la respuesta que un segmento de la sociedad da, en un período determinado de la lucha de clases, ante las problemáticas de esa sociedad desde cierta perspectiva. El plan Pinedo del 40, el de Krieger Vasena y Onganía en el 66 o el de Martínez de Hoz en el 73, son distintas expresiones programáticas que el bloque de clases dominantes llevó adelante en la Argentina del siglo XX.

En la actualidad la izquierda, perdida en la nebulosa, no cuenta con un programa real. Dentro del campo popular, existen hoy dos posturas, que funcionan más bien como espectros, proyecciones degradadas de viejos programas mal reciclados.

El Frente de Izquierda sostiene consignas tales como la nacionalización de la banca y del comercio exterior, para que esos ingresos sean destinados a un shock salarial y a mayor inversión pública. El esbozo parece un calco del primer peronismo. También se inscribe dentro de lo que el leninismo de principios del siglo XX constituyó como programa.

El peronismo progresista propone como máxima programática una mayor redistribución del ingreso a través del Estado. Una especie de espectro de lo que fue el viejo Estado de bienestar.

La izquierda popular, por su parte, sostiene como máxima programática la unidad; unidad que, justamente debido a su abstracción, determina un no programa. Como si la unidad dependiera de la buena voluntad de los dirigentes y no de un eje político. Como si solamente bastara con juntar las partes del todo para enfrentar la avanzada del capital. Peor aún, se renuncia a hacer cualquier cosa que no sea enfrentar la avanzada del capital, cuando hegemonizar consiste en construir una nueva forma de modernidad.

Ninguno sabe ni contesta con seriedad qué hacer ante la robotización del trabajo o la pérdida de la centralidad de la fábrica. No hay un Qué Hacer para esta etapa del capitalismo tardío.

El peronismo progresista, y los distintos progresismos de la región, en su experiencia gobernante no se propusieron mayor horizonte que un mercado interno en función del empleo (en el mejor de los casos) y una redistribución estatal de los ingresos de la venta de commodities, que en el período anterior contaban con buenos precios en el mercado mundial.

La discusión que se provoca cuando estos discursos entran en pugna muestra nuevamente la problemática del momento. El trotskismo dice que el programa ya existe, mientras que el progresismo peronista sostiene volantazos de timón con redistribución de ingresos.

La imposibilidad de pensar en función del hacer es también la imposibilidad de pensar un programa para un mundo radicalmente distinto al de los años 60. Pero el primer paso para pensar una intervención sobre la etapa es caracterizarla. Comenzar a discutir lo necesario en vez de lo urgente y sacar los pies del plato para retomar los viejos debates y contextualizarlos en las nuevas etapas es un camino a desarrollar. Nadie va a hacerlo salvo nosotros.