No fue Una noche más: Acorazado Potemkin, Palo Pandolfo y Flopa en La Plata

Por Marcelo Simonetti

Marcelo Simonetti comparte su crónica del esperado recital que juntó a Flopa, Acorazado Potemkin y Palo Pandolfo & La Hermandad en La Plata. Una noche distinta, con tres propuestas con puntos de contacto y marcadas diferencias que, sin embargo, en todos los casos ofrecieron shows de altísimo nivel.

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Hacía un mes esperábamos la fecha del viernes pasado en La Plata. Nos amontonamos en autos desde el oeste, como otros desde otros lugares peregrinaron en tren, bondi, lo que fuera. Las redes sociales reflejaban la expectativa que el evento generaba: Palo Pandolfo & La Hermandad, Acorazado Potemkin y Flopa Lestani. Reunión (casi) inédita de los que la crítica y el público suelen coincidir en señalar como los escritores de canciones más literarios y completos del país en los últimos 30 años: Palo Pandolfo y Juan Pablo Fernández. Ambos, con ese halo de melancolía siempre presente y los tonos del tango dando vueltas en su lírica y su fraseo. Ambos hoy rodeados de bandas de pulso rockero.

Los puntos de contacto entre las dos bandas no son de hoy. Juan creció escuchando la primera banda de Palo, Don Cornelio y La Zona. Fede Ghazarossian era pilar del sonido oscuro de la banda, y luego lo acompañó en su segundo proyecto musical, Los Visitantes. Hoy Fede es desde hace 10 años miembro de Acorazado Potemkin, junto a Juan Pablo y a Lulo Esain.

En 1997, cuando Fede y Palo ya habían editado los dos mejores álbumes de Los Visitantes, Reincidentes (luego Pequeña Orquesta Reincidentes) lo anunciaba de invitado una noche en la Trastienda presentando su segundo disco. Lo que para los que íbamos esa noche a verlos era todo un evento. Esa noche en el escenario las cosas no salieron del todo bien, pero esa es otra historia.

El Teatro de La Plata es un hermoso lugar para tocar y ver bandas, y el viernes los que llegamos hasta el lugar agotamos las entradas llenos de ansiedad. Mesitas distribuidas en tres pisos con desniveles y una barra grande atrás, para que todos podamos ver. Hicimos la vaquita correspondiente para el vino, la cerveza, la pizza, saludamos a las caras conocidas de siempre y cuando estábamos todos acomodados salió Flopa, que a veces abre los show de Acorazado, a abrir la fecha.

Algo más de media hora de un set aceitado de canciones de amor y desamor, sentidas y de buena pluma desplegada en un escenario enorme, pero que no le quedó grande con su guitarra y su actitud.  Fue cálidamente recibido por un recinto ya repleto.

El trío que festejó en Mayo diez años y que se prepara para la salida de su cuarto disco salió unos pocos minutos después del fin del set de quien ellos llaman su “madrina”.  De entrada nomás Juan Pablo nos convocó a dejar las mesas y acercarnos al frente y arrancó como una explosión, como siempre, con “Cerca Del Sol”. Las canciones se pegan casi siempre en los show de Acorazado. Forman bloques. Lulo en el fondo da la sensación de ser una pared invencible por donde crecen las melodías que tejen Fede y Juan. Es como apretar un botón y que se encienda un mecanismo al que nunca le falta el aceite. Como un acorazado, claro. Siguieron “La Carbonera” y “Pintura Interior” en la primera tanda y ya el frío de la puerta antes de entrar se había convertido en un calor que no sabíamos si irradiaba del escenario o nos salía de adentro.

La segunda tanda del show nos regaló “Las Cajas”, “El Rosarino” y “Flying Sources”, las tres de su tercer álbum, “Labios de Río”. Quizás el primer acierto que tuvo el trío fue su nombre. Porque cumple una doble función. Por un lado, la reivindicación de las luchas colectivas como la epopeya de la sublevación de los marinos de 1905, a pesar de que lo que siguió haya terminado con una revolución fallida. Pero es también una imagen de maquinaria enorme e inexpugnable. Y esa imagen no se plasma sólo en la música de la banda. En éstos diez años, a pesar de estar llena de matices, de ser tres personalidades fuertes con larga militancia en la música porteña, también desarrollaron una estética, una coherencia y ética sin fisuras, como la del gigante ruso.

Siguen la inédita “Ezpeleta” de su disco que está casi al salir y que ya nos acostumbramos a escuchar, seguida por la brillante “Santo Tomé”. Acá me detengo. La poesía de Juan Pablo tiene un detalle que el rock no suele entregar. Ni es un panfleto, ni un enigma ególatra indescifrable. Son las palabras justas, las más bellas que se puedan encontrar, para ubicarse de un lado del mundo siempre. De un lado de la vida. Como ésta entrañable letra a partir de vivencias propias que en uno de sus versos más lindos da nombre a su disco del 2017. Y siempre las letras y la voz arrabalera de Juan son parte de la máquina que anda y anda.

En el último tramo invitan a Flopa para hacer juntos “La Mitad”, el puñal al pecho que comparten en el escenario cada vez que tienen la oportunidad, y terminaron con “A lo Mejor”, “Los Muertos”, y “El Pan Del Facho”. Todos de sus primeros dos discos. “Los Muertos” es una poesía/racconto fenomenal, apoyado en una nana que termina con cortes y coros que balancean la canción con maestría. La tristeza de la muerte queda chiquita, parece una celebración, exorcizada. Y en “El Pan Del Facho”, otra vez los retazos de la cotidianeidad son usados para narrar una toma de posiciones, una declaración que no pierde nunca el perfil estético y artístico.

El show fue un poco más corto que de costumbre, dado que hay tres bandas en escena, pero las caras de los asiduos y de los no tanto se ven llenas, devolviendo el amor que la banda entrega hasta el clásico saludo final.

Acorazado Potemkin ha hecho de sus diez años de historia una presencia fundamental de la música porteña. Rockera, oscura, tanguera, con “mugre” pero llena de belleza. Melancólica y aguerrida. Lírica y terrenal. Con una cohesión inigualable. Que vive en éste mundo y dice presente donde lo cree necesario, pero siempre manteniendo una independencia artística, social y política del Estado y de sus instituciones que les permite mirar la realidad con los ojos abiertos.

Cuando se van, volvemos a las mesitas en busca del vino que quedó, pedimos otro y antes de relajarnos ya sale Palo rompiendo el hielo con una joya del primer disco de Los Visitantes, “Tanta Trampa”.  Los más fogosos corren adelante pero esta vez nosotros elegimos ver la pintura completa. Con el segundo tema, “Virgen”, de su primer disco en solitario del 2001 se ajusta el sonido y se da lugar a “El leñador”, del anteúltimo Ésto es un abrazo, del 2013. Una parte grande del público ya está en éxtasis, cómo esos que “están relocos” antes de prender el porro.

La banda después pega “Tazas de Té Chino”, de Don Cornelio y La Zona, y dos temazos del último álbum, que considero su mejor disco desde Espiritango, “Galáctica” y la bellísima y devastadora “Un Reflejo”. El clásico de su primera banda y las dos últimas que también llenan la sala de tensión y electricidad ponen de relieve una banda de potencia rockera que, al igual que Acorazado, se hace fuerte de atrás para adelante. Gil Solá hace gala de una sobriedad pasmosa, y el resto se desenvuelve a sus anchas. Palo grita y se retuerce endemoniado escupiendo versos de alta factura. Para “Galáctica” faltan sólo las melenas agitándose con las manos en “cuernitos”.

Pero Palo, sabemos, es muy particular. Pega el volantazo y sigue “Soy El Sol” y “Canción Cántaro”.  Es verdad que la banda empareja todas las versiones de Pandolfo hacia un costado más rockero, pero el cambio es igualmente significativo. Los ánimos se distienden y por momentos parece una celebración religiosa, invocatoria. Los que bailotean en lo que ahora es una pista parecen participar de un ritual jipy criollo. Mutan hacia esa especie de hit pop del último disco, “Morel”, y los primeros rasgos de festividad rara de “Pi Pa Pu”, de Salud Universal, de 1993.

La elección artística de Palo & La Hermandad es bien distinta a la de Potemkin. Muestran mil caras, todas las que Palo tuvo a lo largo de su carrera, con un sonido acorde a su última “Transformación”, más rockera, sanguínea y, a veces, oscura. Así como las letras pueden estar basadas en textos de Liborio Justo y decir cosas como “El fantasma del conquistador, que se arrastra por nuestro interior, se alucina en cruel libertad, y su huella llegó hasta acá. Sangre y lodo a su alrededor, dio la muerte el conquistador”, con los dientes apretados y su voz rabiosa saliendo de las entrañas, al tema siguiente quizás suelte: “Grita y baila sapo, sapo. Mezclo y pelota, camino mi orgullo, desparezco, rezo y peleo. Grita y baila sapo, sapo. Baila y grita sapo, sapo”. Esto puede desconcertar a algún desprevenido, pero no a su gente, que reacciona como si fueran parte de la perfomance, adaptándose a cada instante de manera milagrosa.

Al iniciar la crónica hablé de los puntos en común en las historias de las dos bandas y sus integrantes. Pero hay otro punto disímil entre ambas. Cuando Acorazado nació, en 2009, Palo ya estaba acompañando de lleno con su música la gestión del kirchnerismo, tocando para él. Quizás por eso su público actual entonaba los clásicos cantitos militantes del Patio de las Palmeras, por momentos acompañado por los instrumentos desde el escenario. Incluso se escuchó un “volvió el amor” desde un micrófono. Allí sentimos una cierta incomodidad por un show que se transformaba en un mítin de los que van a volver sin haberse ido nunca. Se percibía una comunión, ciertamente, pero la algarabía de músicos y buena parte del público dejaba traslucir un código más afín a la militancia que al común del votante horrorizado tras cuatro años de macrismo.

Volviendo al show, la banda siguió con la extrema cuasi Motorhead de “El Conquistador” y luego llegaron los clásicos de las dos primeras bandas del cantante: “Antojo”, “Playas Oscuras”, y “Ella Vendrá”. En los dos primeros, una grata sorpresa: Francisco Bochatón saltó al escenario para los coros y el delirio de la muchedumbre que abarrotaba el lugar. Otro de los grandes letristas del rock que claro, es oriundo de la ciudad. En “Ella Vendrá”, Palo peló lentes oscuros se transformó en héroe dark, con la banda otra vez sonando endemoniada.

En los bises, la oscurísima “Rosario en el Muro”, la folclórica “Estaré” en el clásico tono festivo y la graciosa “Sapo Sapo”. Más graciosa aún nos resultó escucharla en el show, por el fervor político.

La banda saluda, exhausta y feliz. El público que responde igual, aún encendido, y nosotros que nos volvemos discutiendo si terminamos la botella de vino llevándonos los vasos o le damos del pico.

Una noche distinta, con tres propuestas con puntos de contacto y un público que supo ser afín, con shows de altísimo nivel que nos llevamos masticando en el viaje mientras esperamos el próximo encuentro.

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