No hay enemigo chico: Sobre “El mal menor”, de Charly Feiling

Por Mario Castells

Un análisis de El mal menor, la que algunos consideran la menos lograda de las tres novelas que llegó a publicar Charly Feiling, un texto ideal para Sonámbula, donde unos seres malignos de origen onírico han ido adquiriendo cuerpo y poder, hasta llegar a poner en riesgo la frontera entre el mundo de los sueños y la realidad.

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En los tiempos más gloriosos del arte, dicen algunos reaccionarios, “los artistas no poseían una profunda conciencia de la estética y de sus leyes. Se expresaban imitando a los grandes artistas del pasado, e imitando se encontraban a sí mismos. Una obra maestra era una imitación mal acabada. En una sola cosa era absoluto el acuerdo: en que la finalidad del arte fuese la creación de un objeto artístico” (Fuera de casa, Eugenio Montale). Desde hace siglos este modelo de apropiación ha caducado; a decir verdad, creo que nunca prosperó y que Montale alucinó una edad dorada que lo dejara conforme consigo mismo y con sus berretines clasicistas. Pero en la era de la posverdad y la ablución plagiaria, en el refrito del capitalismo tardío, la cocina del escritor tiene más ingredientes de los que necesita; sin embargo, en los textos de los escritores que admiro se me revelan siempre los costurones artesanales, las marcas de Caín, las huellas prometeicas.

Carlos Eduardo Feiling (Rosario, 1961-Buenos Aires, 1997) fue uno de esos eclipsados escritores de la literatura argentina de los 90. Colaborador de Babel: Revista de Libros, mensuario importante a destiempo, que intentó desligar el pacto entre literatura y política y forjó una crítica completamente divorciada de la pedagogía. La labor intelectual de Feiling se explayó también en las cátedras de Latín, Lingüística y Semántica y Pragmática (de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires), en la investigación en el CONICET (con un proyecto sobre el ‘razonamiento práctico’) y, una vez que abandonó la vida académica, en el periodismo cultural. Coherente hasta el final con su programa estético, Feiling no buscó el modelo en los requechos de alguna edad dorada ni en los mitos de origen -aun cuando sus disquisiciones británicas, que lo acercan a Borges, estén mediando todo el tiempo sus reflexiones sobre la tradición argentina- sino en los detritos de la cultura de masas, en las encrucijadas de los géneros mersas, en los resguardos más intempestivos de la cultura letrada. Problematizándose el estatuto de lo real y de la ficción, Charlie -así le decían sus amigos- supo desplegar un proyecto narrativo que vindicó la novela policial, la de aventuras, la de terror, el fantasy; con estos géneros fertilizó esa extenuada chacra del viento que es la literatura argentina, pasivizando a Borges (tuve la tentación de escribir Borgia) mucho mejor que los realistas sociales y eufóricos cualunques de la izquierda vernácula.

Hoy, mi querido amigo Alfredo Grieco y Bavio sirve de puente afectivo para que yo largue el naco sobre una novela de Feiling que me marcó significativamente como lector y escriba plagiario. Soy, como él, rosarino de nacimiento; como él hijo de inmigrantes y también bilingüe. Mis relatos familiares, base de la literatura que alimentó mi imaginario, conocen los registros del amor erótico, de la violencia y del terror sobrenatural. Ergo, venimos de palos bastante parecidos. Aunque, debo aceptarlo, conocí tarde su obra,  gracias a la adquisición de un volumen publicado por Editorial Norma que compila sus novelas. El libro se llama Los cuatro elementos y lo compré en una mesa de saldo, después de pagar mi alquiler, por menos del valor de un atado de cigarrillos. Siempre compraba libros en esa espera del despojo o al salir ya despojado. Lo cierto es que ese zapallazo del azar me asistía con una lectura que no ceja aún de crepitar y producir fuego.

Cada uno de los textos y paratextos compilados en ese nutritivo volumen ha fecundado mis escritos de una u otra forma. Pero ahora, teniendo que optar elijo referirme a El mal menor (1997). Pareciera una elección obvia y sin embargo no lo es; aunque El mal menor ha sido designado como su texto mayor por el mercado editorial, otros muchos lectores la tienen como la menos completa de sus tres novelas publicadas.

En el epígrafe inicial, con Stephen King nos advierte y estampa su Lasciate ogni speranza:

I lie here in my nursing-home room, and in the ruined sand castle that is my body, I tell myself that I need not fear the Devil that I have lived a good, kindly life, and I need not fear the Devil. (…) In the dark, however, these thoughts have no power to ease or comfort. In the dark comes a voice that whispers that the nine-year-old fisherboy I was had done nothing for which he might legitimately fear the Devil either… and yet the Devil came. And in the dark I sometimes hear that voice drop even lower, into ranges that are inhuman. Big fish! it whispers in tones of hushed greed, and all the truths of the moral world fall to ruin before its hunger.
S. K., The Man in the Black Suit

Así se suscitan las curiosidades de un desplazamiento que mete al lector en un delirium tremens que tiene la forma de un film de terror. La novela comienza con la mudanza de la empresaria gastronómica Inés Gaos, dueña del restaurante “Picante”, a su nuevo departamento ubicado en los lindes del centro porteño. Un departamento feo como debe ser el útero que incuba el mal. Inés promedia los 30 años, es cheta, merquera, divorciada, está de novia con Leopoldo Vidal Casares, un abogado radical de los que proliferan en la rosca de la UBA, y es amiga de infancia y socia de Alberto Leboud. El relato alterna entre dos voces, la de un narrador en tercera persona, más o menos omnisciente, y la de Inés, en la que parecen oírse los efectos de la cocaína y el alcohol. Ella cuenta los acontecimientos sobrenaturales en los que se ve involucrada desde la primera noche en su nuevo departamento donde es abordada por esa presencia del mal que cada vez la seguirá asediando más.

Después de las primeras manifestaciones del horror y de los sucesos acaecidos en un viaje a Cuba donde su novio se termina suicidando, Inés contacta al adivino uruguayo Nelson Floreal. En estos encuentros el vidente la participa tanto de sus poderes como “arconte”, id est, de uno de los iniciados que, por el poder que les confiere el no soñar, están encargados de guarecer al mundo real de las acechanzas del universo de los sueños. También le informa de la existencia de los “prófugos”, seres malignos de origen onírico que, al no haber sido descubiertos y expulsados a tiempo, han ido adquiriendo cuerpo y poder, poniendo en peligro el “Cerco”, frontera entre el mundo de los sueños y la realidad. El adivino, convertido en arconte después de la muerte de su madre, aunque de limitado poder, intenta entrenar a Inés para que entre ambos consigan echar al prófugo que amenaza el Cerco, el cual, como producto onírico de la propia catecúmena, conoce sus debilidades y las utiliza. Este poder de arconte que Floreal descubre en Inés los religa a una terrible responsabilidad. Y sobre ella “discrepan” los hechos narrados por Inés primero y por ese otro yo que no es sino el de su vencedor.

La ciudad tiene una importancia cualitativa en la trama y es otra de las señas de truco del autor. La magia de Feiling está en enfocar los remanentes de una urbe harto escarmenada por poetas y novelistas como es Buenos Aires, restañando los delirios de la realidad neoliberal de los 90 con las visiones de los durmientes, formando un paisaje nuevo visto desde múltiples perspectivas, las más de las veces a vuelo de pájaro, donde horrores oníricos cada vez más concretos y evidentes surgen desde la demoníaca apertura del Cerco ubicada en las adyacencias del Obelisco, sobre la avenida 9 de julio. Empero, el combate contra el mal se sale de curso tras la derrota de los arcontes. No vamos a contar detalladamente la muerte de los protagonistas ni que la humanidad está al filo del caos, porque eso es lo accesorio del relato.

Quizás uno de los reproches más atendibles que se le han hecho a El mal menor es que el autor no logra representar efectivamente al personaje femenino y su Inés Gaos es desmesuradamente fálica y chata, su psicología demasiado masculina y su sexualidad muy poronga. Sin embargo, el cierre de la novela cauteriza y reencauza el verosímil del texto y corrige esas deficiencias. Porque El mal menor se guarda para las últimas páginas una vuelta de tuerca que, chiste incluido, funge y fulge como una iluminación macabra.

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