Notas sobre publicidad, lectura, política y literatura

Por Juan Manuel Sodo

 

1. Escribir y publicar son lo mismo. Dos instancias entre las que se ha ido acortando la brecha. El publicar como automatismo de época. Casi nada de lo que escribimos es para no ser publicado. La proliferación de plataformas digitales accesibles, el hábito emisionista en redes sociales, la precariedad del freelancer necesitado son algunos vectores de producción de la subjetividad escritural publicante. Entrenada, a su vez, en políticas culturales promotoras de concursos, becas y premios que fueron haciendo que escribir sea siempre para algo o para acceder a algo; existencias simbólicas o recursos materiales.

2. Mientras tanto, el cine, que nació para ser visto con otros y de a muchos -hoy crecientemente nextflixteable- pareciera estar yendo en dirección contraria a la lectura moderna, que nació para ser hecha de a uno, en silencio, privada. Recuerdo situaciones de grupos de personas escuchando a unos autores under leer cuentos, ensayos, fragmentos de novela a las dos de la mañana en centros culturales o en presentaciones sin perder ni la atención ni el entusiasmo en ningún momento. ¿Qué hacen ahí? ¿Por qué se quedan? Pienso también en la tendencia de escritores consagrados que terminan haciendo lecturas de su obra en espectáculos teatrales a sala llena. Sin ir más lejos, el fenómeno Hernán Casciari.

3. Hoy no descansamos cuando estamos en casa sino cuando salimos afuera a hacer alguna tarea, le he escuchado afirmar al amigo Agustín Valle. Del mismo modo, podríamos decir que leer tiende a ser ir a algún lado a estar con otros y que te lean. Con la cantidad de ventanas abiertas fragmentando la disposición, y con la cantidad enfermiza de gente publicando cosas haciéndote sentir en deuda, ¿por qué, alguien, estando solo y en su casa, va a poder leer? La esfera pública es un remanso.

4. Las series, mientras tanto, tienen un dispositivo narrativo: historias de rápido enganche para reproducción automática de próximo capítulo y próximo capítulo. En la vida está bueno sentir que se tiene algo por delante. Por eso también están funcionando, en literatura, los Diarios. Los de Emilio Renzi, por ejemplo. Los leemos y comentamos dentro del grupo en el que nos movemos como si fuesen una serie. Las series (y los Diarios) nos ahorran neurosis. Sabemos que por un tiempo largo vamos a estar ahí adentro sin tener que pasar por la angustiosa situación de tener que decidir (¿y ahora?) qué ver, qué bajar, qué leer. Dispositivo de proyecto doméstico y pareja treintañera.

5. Pero en realidad, hay otra inquietud posible en ese punto: preguntarnos si el dispositivo narrativo de las series no puede llegar a incidir en las películas, en las novelas o en el teatro ya sea acortando su extensión como recayendo en un historismo/argumentismo/guionismo que se vaya volviendo pura trama en detrimento de los tiempos y de los lenguajes (cinematográficos, literarios, teatrales). Hace un tiempo, casualmente, fui en Palermo a una experiencia llamada Microteatro. Es como un gran patio de comidas rápidas con unos boxes arriba, para veinte personas y dos o tres actores, donde transcurren en simultáneo unas obras que, como duran quince minutos, enseguida tienen que llegar rápido al climax. Ni siquiera tenés que dejar de hacer lo que estás haciendo. Podes entrar con el vaso de birra. Salir y ver otra obrita. ¿Y eso, cómo se habita?

6. Volvemos al principio: el problema sería entonces, para quienes participamos de proyectos escriturales, como publicar sin que ese publicar implique seguir aportando signos a ese magma imposible de publicaciones destinadas a unos lectores sin tiempo que perder. ¿Y si pensáramos al publicar menos como el acto individual de alguien que como el de armar comunidad y volver público algo? Un texto, en ese caso, pasaría a valorarse por su quantum de encuentricidad, su potencial escénico; su capacidad para generar encuentro.

7. Con ese gesto, un desafío: espacios públicos alrededor de lecturas no-puramente casciaristas. En el sentido de “te cuento una historia”. De eso ya hay. “Expreso lo que me pasa”. De eso también hay. Lo que falta son ideas para orientarnos. Ideas ensayísticas, sensibles, narrativas. Lugares para pensar. No son los medios, ni el periodismo ni las redes. Si la literatura (y/o el ensayo) puede producir unos lenguajes capaces de hacerlo al mismo tiempo en que nos hace pasar un buen rato divirtiéndonos (entre otras cosas, con una buena historia) participando de una experiencia estética, bienvenido sea. Si no, habrá que seguir probando.

8. Le escuché decir a Hernán Vanoli que la iglesia no puede ofrecer modos de vida y que tampoco puede el estado. Que el único que puede ofrecer modos de vida, a través del mundo de las marcas y la publicidad, es el mercado. A ese mundo, ¿qué práctica social lo puede interpelar? ¿Lo puede interpelar la literatura? Tiendo a posicionarme en la celebración de lo autónomo, el festejo de lo soberano, lo que no sirve para nada, en el sentido de que no tiene una utilidad económica a priori: el fútbol, el humor, el arte en general, la literatura. Pero, por esta vez, podríamos jugar al juego de usar a esta última para hacer pasar cosas. Y ver qué pasa.

9. No hay poder capaz de fundar un orden con la sola represión de los cuerpos. Se necesitan fuerzas ficticias. ¿Cómo funciona la ficción en la sociedad? Esa es la pregunta central de alguien que escribe, citando a Piglia. La ficción de la dictadura adopta la forma de una historia clínica. El tejido social está infectado y hay que operar para que el cáncer no siga avanzando. Sincerarnos, reaccionar, ver de lo que somos capaces juntos: el género ficticio del actual gobierno es la autoayuda. Si en el primer caso la sociedad es un enfermo terminal, en el segundo es un tío resacoso irresponsable y medio fiestero.

10. Pero eso es medio un lugar común. Lo que en todo caso habría que afirmar es esto: no se sabe en qué se va a convertir la literatura ni la lectura ni qué mediamorfosis van a generar las series ni qué politicidad va a terminar delineando el espacio público; lo que sí sabemos es que no debiéramos hacer escritura oficialista. Sondeo previo de lo que se quiere leer y utilización de las palabras como imágenes que remiten a otras imágenes ante que a cosas. Son procedimientos discursivos de los poderes actuales. Llamo escrituras oficialistas a aquellas en cuyos procedimientos se da esta sumatoria.

 

Juan Manuel Sodo es Doctor en Comunicación, acompañante de proyectos de escritura, co-coordinador de Taller de Escritura Impublicable y colaborador de la colección 90 intervenciones.

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