Papá ha muerto, la novela familiar de la izquierda

Por Mario Castells

Mario Castells reseña para Sonámbula, con profundidad política y poética, la última novela de Raquel Robles, un texto atravesado por los dilemas revolucionarios propios de una época opuesta por el vértice a la nuestra, signada por las derrotas históricas del proletariado mundial.

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La izquierda latinoamericana tiene una novela familiar amplia y renombrada. Y uno de sus padres más reconocidos es, obviamente, el Che Guevara. Je est un autre. Yo que habito un Nosotros, el de los troskos de la vieja corriente morenista, tengo, también, la misma novela familiar. Y un capítulo de ella nos liga directamente con la historia que Raquel narró en esta novela. No es cualquier capítulo, es la de uno de los primeros mártires de la lucha guerrillera argentina: la del vasco Bengochea. Habiendo regresado de Cuba, donde entrenó, combatió valerosamente a los mercenarios del imperialismo en Bahía de los Cochinos, y con la premisa de hacer: “¡Dos, tres, muchos Vietnam!”, tironeado por dos padres políticos, Ernesto Guevara y Nahuel Moreno, organizó un equipo militar partidario (Moreno ya operaba esquizofrénicamente con dos tácticas) con el fin de asistir a las milicias de autodefensa campesina de Hugo Blanco. Bengochea murió inesperadamente, antes de entrar en acción, junto con sus compañeros, al volar el arsenal que escondían en un departamento de calle Posadas al 1200, en julio de 1964. 

Esta historia, trunca como tantas otras historias de militantes revolucionarios, la narra muy bien Daniel Pereyra, en su libro Memorias de un militante internacionalista. Pereyra, el último sobreviviente de aquella generación, estuvo varios años preso en la cárcel de El Frontón, siendo salvajemente torturado por la PIP (Policía Investigaciones del Perú), condenado por una serie de expropiaciones que realizó con el fin de asistir económicamente al levantamiento campesino que dirigía Hugo Blanco en los valles de Lares y La Convención. Movilizaciones que dieron punto final al gamonalismo y el régimen de hacienda en el Perú. Pero también, hablando de padres personales, se la escuché narrar, y de forma más detallada, al amigo entrañable de Bengochea, Horacio Lagar. El viejo, como lo llamábamos cariñosamente, murió en 2016, a los 89 años, sin renunciar la militancia revolucionaria.

Una moral severa y patriarcal

Papá ha muerto novela de Raquel Robles (Factotum, 2018) se sumerge en ese contexto, opuesto por el vértice al de nuestra época, signada por las derrotas históricas del proletariado mundial, y narra la(s) historia(s) que ya han sido frecuentadas desde distintas disciplinas y campos categoriales, aunque un poco menos desde la ficción. La primera historia y no-la-menor, sino el ariete de las otras, deviene de un galanteo que establece el jefe de un grupo guerrillero con la hija de una campesina que les brinda ayuda. Es una historia tan escueta y llena de gestos afectuosos que pareciera ser muy pequeña respecto de la historia principal. Harry Villegas, conocido desde la campaña del Congo como el Pombo, que en lengua swahili significa Hoja, es el dueño del relato, el corifeo de la tragedia. En ese contexto, cuando la vida de su grupo pende de un hilo, su voz se explaya sobre ese padre que ha muerto y los ha dejado en la más terrible orfandad. Pero a medida que vamos viendo la traza moral de estos sujetos, tanto la del que enuncia, desdoblándose, hablando de sí como si fuera otro, y las de sus compañeros, notaremos que hay una similar magnitud entre este galanteo anecdótico que dispara el relato y la otra historia, la épica, que narra con hechos consumados el delirio voluntarista. Pombo asume la derrota recordando la etapa victoriosa de ese contingente vencido y su padre muerto. Así, como dice la reseñista Carolina Esses, “la narración avanza a tono con la urgencia de la situación dramática. En el caso de “el hombre negro” –así es como se nombra al revolucionario– la muerte acecha todo el tiempo. En el caso de la mujer a la que se nombra como “la hija mayor”, está el miedo de quedarse para siempre en una casa colmada de niños, sin estudio, confinada a un destino doméstico. Ella también es huérfana de padre. Está convencida de que su padre ha muerto –un día vio a su madre llorar e imaginó que lloraba por eso– y es en esta orfandad que encuentra un resquicio donde instalar su deseo de viajar, de conocer, de forjar su propia revolución”. El guerrillero se permite galantear y en el efecto de presumir (nunca seremos vencidos, dice) modela las bifurcaciones del relato, los tornatrases y la esperanza. Enciende melancólicamente todas las albas de su expectativa: la del carmín de la muchacha que le gusta y la de la revolución triunfante en su patria.

Como sabemos, la guerrilla no fue una lucha eventual, sino todo lo contrario, una guerra larga que exigió una disciplina y organización férrea. Su moral era tan severa como su organización y tan sacrificada como su lucha. Todo lo inmediato, como lo sexual, la alimentación, las necesidades culturales inmediatas y mediatas, eran sacrificadas a las necesidades de la lucha armada. Podían pasar meses sin que los combatientes tuvieran relaciones sexuales, acosados en el monte por las fuerzas enemigas y, cuando encontraban a las campesinas, tenían prohibido intimar con ellas. A su vez, podían estar muertos de hambre, pero tenían que aguantárselas antes de robarle, de saquearle algo a un campesino. Un compañero podía caer herido en una emboscada enemiga y ellos debían quedarse al lado para arrastrarlo, mientras estuviera vivo, fuera de la emboscada y a riesgo de la propia vida. La moral del hombre nuevo exigía que ningún guerrillero cayera vivo en manos del enemigo para evitarle las torturas. Esta moral guerrillera llevó hasta los últimos extremos la liquidación o castración de lo inmediato y de lo cultural en beneficio del futuro. Sin embargo, Pombo no quiere vivir como si estuviera muerto y desobedece al padre muerto en uno de sus preceptos principales. Este problema se resuelve democráticamente, en asamblea; Inti, Benigno, Urbano, Darío y Ñato, los sobrevivientes del ELN, votan abandonar la quietud y el refugio de estos campesinos, lo cual acota y apresura al combatiente en su afán de intimar con la muchacha. Esto coadyuva un efecto Sheherezade invertido donde el Pombo en vez de apresurar la situación que lleve al coito pretende, al contrario, ganar a la hija mayor, la mujer que ama, para la revolución.

Lo fatal de esta moral descrita nostálgicamente es, empero, su sesgo patriarcal, el que las mujeres militantes asumieron, no solo al dejar fuera a las propias mujeres, sino también al desestimar la importancia del espacio privado o personal, hegemónicamente vinculado con lo femenino. Para las organizaciones guevaristas latinoamericanas estaba claro que la vanguardia eran ellos. No solo la avanzada en cuanto a liderar la lucha política y armada, sino también la vanguardia que daría lugar al llamado hombre nuevo. El hombre nuevo –al que las guerrilleras querían emular, aun cuando implicara forzosamente convertirse en hombre– era un sujeto sumamente ejemplar, sacrificial y heroico. No obstante, el rol de las mujeres guerrilleras trascendía sus roles hegemónicos femeninos, vinculados con las virtudes cotidianas, para cumplir con las virtudes heroicas requeridas en tiempos de guerra. Para ellas esto era un esfuerzo mayor que para sus pares masculinos puesto que debían asumir un rol diferente y abrazar una causa abstracta que iba más allá de cuidar a la parentela y amigos concretos, eso que la división de género les había encomendado como tarea a través del espacio privado. Ésta división era también la separación entre las esferas pública y privada, pues mientras el heroísmo guerrillero se enmarcaba perfectamente en el primero de estos espacios, las virtudes femeninas se relegaban al segundo y se ubicaban en una jerarquía inferior. El hombre nuevo, que no por nada se llamaba hombre y no humano, al construirse como ideal revolucionario tomó en cuenta a quienes históricamente lideraron las revoluciones: los varones. Las mujeres que quisieron ser parte de una revolución que no las incluía de antemano debieron adaptarse a este sujeto como si fuera neutro. Y para ello saltaron zanjas aún más profundas que las de los varones, que de por si dieron grandes zancadas para ser lo que exigía la revolución.

Revolucionarios sin revoluciones

La escritura de Raquel enfoca a los personajes con una escritura que apenas los ilumina, es suave como una caricia, no muy explícita, no invasiva en las descripciones, y penumbrosa, endrina, para referir la tristeza, el miedo. A su vez, la lengua de Raquel no intenta ser el nexo que comunica y distancia con el pasado, no busca una jerga verosímil, sino que asume una tentativa prístina, como de oratura pero dialectalmente neutra, para referir lo que hemos perdido. Esta escritura denuncialista introvertida es acompañada por una ética de la escritura y un compromiso moral impostergable que no emana de los objetivos políticos sino del comportamiento ante el lenguaje. Ella dice haber querido probar cómo una trama elegida en una estructura se puede trasladar a otra. Y menta sus lecturas de la Biblia, de la que destaca el tono del relato. No sé si justamente es este modelo el que la asiste para aglutinar en frases lacónicas todos los conflictos que prueban el malestar en la cultura. Veamos esta frase, inocua para cualquier lector desprevenido: “Creo que puedes hacer algo por mí sin comprometerte a nada: conversa conmigo, le dice Pombo a la mujer que ama. No es ingenuo, sabe que no hay nada que comprometa más que la palabra”.

Vuelvo al principio, a eso de la novela familiar de la izquierda, para terminar con esto. La muerte del padre no es solamente la caída del guerrillero heroico sino también, leyendo desde nuestro tiempo, la derrota histórica que invalida nuestras estrategias. Debemos concebir las cosas no en cuanto son, sino en cuanto devienen. La crítica verdadera de la sociedad, es la misma sociedad. El descalabro de lo patrilineal fagocitó lo disfuncional, no amputó lo patriarcal de nuestra cultura, sino todo lo contrario, pues la orfandad no generó conciencia crítica, pergeñando nuevos liderazgos políticos ni otras formaciones afectivas. Es hora de asumir que el malestar en la cultura de la izquierda actual se debe a la inexistencia, por más de tres décadas, de revoluciones sociales en el mundo. La peste que ataca a la conciencia de los revolucionarios ha sido, desde entonces, cómo ser revolucionarios sin revolución. Y desde que todas nuestras luchas han sido democráticas, tendientes a adquirir derechos, recrear las armas de la crítica para confluir e influir en “el siguiente ascenso de la marea histórica” es una tarea cultural a la vez que política. He allí la apuesta fundamental de la narrativa de Raquel Robles y el más preciado valor de esta novela.

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