La cultura, como la lengua, tiene un carácter material y a la vez intangible que la hacen susceptible de robustecerse o invisibilizarse en múltiples direcciones, como consecuencia de la acción voluntaria e involuntaria de propios y ajenos. Esta complejidad hizo del guaraní una lengua fibrosa pero acorralada en el sectarismo impuesto por el mercado al que estuvo sometida: “el guaraní es la lengua de la madre y el español es la lengua del padre”, define el narrador, traductor y poeta bilingüe Mario Castells (Rosario, 1975) a esa diglosia, en una de sus tantísimas reflexiones en torno al río de doble afluencia cultural en el que habita.

Su poesía reconstruye ese tejido horadado y a la vez vasto que compone la cultura de los amplios territorios del Paraguay guaranítico y su diáspora: en sus versos, en cada epígrafe de sus poemas, habita alguna referencia que ensancha esa fibra y la legitima en sus usos históricamente postergados. Claves, historias y la configuración de un mapa afectivo trazado por amplísimas biografías que dieron nombre al amor por el guaraní, componen ese mundo en que se hibridan las luchas, los placeres, las lenguas, los paisajes, los cruces que son y nombran “nuestra América mestiza” desde que Martí nos legara la legitimidad de ese orgullo identitario.

Castells forma parte del Grupo de Estudios Sociales sobre Paraguay (GESP- UBA). Fue ayudante de cátedra de Literatura Iberoamericana 1 (Letras-UNR) y de la unidad electiva “Paraguay: Desde la guerra contra la Triple Alianza hasta la presidencia de Lugo. Visiones del pasado en debate” (Historia-UNR). Publicó Rafael Barrett, el humanismo libertario en el Paraguay de la era liberal (en colaboración con Carlos Castells, 2010), Fiscal de Sangre (poemas, bajo el heterónimo Juan Ignacio Cabrera, 2011), El mosto y la queresa (novela ganadora del Premio Provincial de nouvelle “Ciudad de Rosario”, 2012), Trópico de Villa Diego (crónica, 2014), Lenguajes, poesía en idiomas indígenas americanos (con Liliana Ancalao, Juan Chico y Lecko Zamora, 2015), y formó parte de Código Urbano, una muestra de la nueva poesía rosarina, compilada por Osvaldo Aguirre. Caballo Negro publicará próximamente su novela Apparatchikis. A continuación, seis de sus Poemas de alma feroz.

Curaduría y notas: Lali Destéfanis


Poemas de alma feroz

Lo que yo he visto

A Humberto Bas, como abrazo fraterno

(…) porque este es el país más desdichado de la tierra.
Rafael Barrett

La gramilla se ha comido el ahogo de tu fiebre y de tu celo. Marchando a tientas, mi caballo se asume en territorio póra. Desde Guardia Cué hasta llegar a la vieja estancia Audibert, nada testimonia tu asilo. Pero hay que mirar con otros ojos, otros pulmones y estómago para discernir claro. Vestigios fantasmáticos de tu rancho, los tañidos de esa campana que has escuchado y confundido con música de los cielos, aquellos raídos naranjos de Laguna Porã y el desprolijo recuerdo de un aljibe. Los mosquitos que nos laceran descienden de aquellos mismos que te picanearon la corambre enardecida.

Tu amor confinado no te alejó del dolor ni significó reposo para la tristeza. Entre las lluvias, ver el agua cayendo delante de la galería húmeda en que me refugio, o más allá entre los esteros y los montes sagrados de un ñeembucú misionero, me reconforta. Viendo juntarse el agua y los pececitos de lluvia en los charquitos, te siento prójimo. ¿Qué más vivo y patente dolor que presenciar la construcción del silencio tras las matanzas del Ykua laurel o el nacimiento de tu hijo al que sentías dejar indefenso en un mundo tan violento e injusto?
Es el mismo silencio el que me cobija, las campanas del templo de Isla Mburukuja. Tierra callada a la que solo llegan, de paso, troperos y cuatreros y algunas de las aves más hermosas del hemisferio.

 

Hijo de Hipnos

A Raúl Zurita, prójimo en la nostalgia

Cette guerre se prolongera au-delà des armistices platoniques. L’implantation des concepts politiques se poursuivra contradictoirement, dans les convulsions, et sous le couvert d’une hypocrisie sûre de ses droits. Ne souriez pas. Ecartez le scepticisme et la résignation et préparez votre âme mortelle en vue d’affronter intra-muros des démons glacés analogues aux génies microbiens.
René Char

Prevalece el derrotero del sueño
en este reflujo de vigilia; ‘lochando’ activamente por el rancho insatisfecho,
por los renovales de un nuevo frente de escaramuzas.
Es “a buen tiempo” que recibimos en la comuna de la ‘redota’
el saludo tutelar del traducido.
Ni se apea aún, gritando el buenos días al bajar del carro,
René Char me exige, a boca de jarro, tome postura
por los que amo, que no son dos.
Y por la poesía, además, que no es una sola.
En la memoria porta, como en el cinturón ancho,
en las botas y sobrepuestos, más que balas
y pertrechos, registro de zonas anegadas
que hay que vadear para seguir con vida.
Poeta del paisajismo de la voz culturada
zigzagueante entre sabanas de vegetación palustre
y un cuaderno de largo derramadero.
Saldremos juntos luego, azada al hombro,
a ‘cochesar’ municiones. Nuestros
fusiles a la espalda y el afán cuatrero.
Caso techado en un epigrama marcial:
La poesía no truena más fuerte que el cañón, digo.
Pero sí el grito de los que orbitaron el sueño
y pecharon las balas del III Reich.
Sin lienzos de nube, la metralla del maquis, responde,
no hubiera esparcido tanto plomo, no sería
tan nutrido el osario en el humedal del Sorgue.
Oiríamos “La Varsoviana” sin estremecernos,
en lengua bonapartista, al gusto de De Gaulle.
Las musas callan, es verdad, pero los disciplinados
combatientes antifascistas no creen en ellas.
No les manden sicarios a los que requieren
una muerte ígnea; entregan lo más preciado,
su huella de vida, a la humanidad entera.
No sea letra escrita en el agua ni grafo
en la arena de la claudicación, el socialismo-surreal.

Debo estar muriéndome porque veo
los arboles floridos más bellos del mundo.
Es mi tierra, señor, y mi sueño…
Apenas me escucha y sigue batiendo:
Le voy a confesar una barbaridad, creo
que ocupar tierras para talar montes es una acción condenable.
Pido disculpas. Prefiero cazar.
Mi chacra es vieja, señor. Mi técnica,
la agricultura en roza…¿no huele acaso el quemado rico?
Me estremezco de solo pensar
que estoy tan lejos, tan muerto.
Ahí tengo las maletas para juntar las municiones.
Pasaremos revista
a las lazadas, a las trampas. Hace años
que no almuerzo.

Hay que pelear por la vida, compañero;
ya habrá tiempo de recomponer la industria.
Solo eso tengo para decirle. Estos bichos
pesan más que el cielo.
Caminemos hacia el campamento
y no me descanse más en sus traducciones.
En nuestra cerrazón hay todavía un sitio para la Belleza.

 

Viel amortajado

A mi hermano de la vida, Abel Franzen

Soñé que nos hundíamos y que después nadábamos hacia la costa lentamente y que de nuestras sombras de color verde claro huían los tiburones.
Héctor Viel Temperley

Poeta del piélago que bordea al cuerpo
y al placer. Solicito y reñidor, en traje de baño, aparece.
Nadador ralentizado en el verde claro del agua
muerta de la palabra, que como asevera Montale
en esa cifra se identifica.
Formal y solemne, con cierta gracia, sin embargo.
De buena conversación, han dicho de él los ángeles
que le trataron el cáncer en el Británico.
¿Qué podía hacer él con esas oscuras sinuosidades
que le rasgaron el traje?
Común y desnudo mortal, de actitudes recatadas,
como atadas al cordel entre otras cuentas de un rosario roto.
Convirtió su lamento en escondrijo
de lectores impávidos y soberbios
que al morir le cubrieron los poemas
con un largo y apacible lienzo.

 

Lapacho negro

A Mimi, in memoriam

Trasplantado al rigor de la fría urbe,
de una probeta de entraña lomera,
tajy Piraguasú costa, kurusuka’aguy re,
qué lejos ha cargado tu alma feroz
su pesada querella.
Debieran aprisionarme, hacerme colgar,
como extraña vaina y fruto, de mi cabeza,
en represalia, como hizo Kuarachy’a
con su lascivo yerno.
Hacer que vea, cual un ruto carnal, desde mi pena,
la textura íntima de tu corteza áspera,
el suelo húmedo y bajo de tu plataforma indócil.
Pero, no. Pasivo duermes el sueño
de primavera, acuñando trinos de calandrias sosas.
Y hasta en diáspora también, haciendo llorar azules a la piedra.
Ya no está sola la piedra que te cerca, banquina
de hormigón tramada. Tu condena
noble, lapacho, devino alevosa
de no haber transfigurado vos el destino costero
hacia los confines del cielo, hacia el javorái
de estrellas en la Vía Láctea. Y de aceptar ser capota
y camposanto de mi bella gata, enterrada
bajo el plagueo de tus flores amarillas.
Hecha un ovillo, más linda
que la dama cubierta de oro de Gustav.
Sorpresivo guiño el de tu copa de hojas frescas
Me trae, pienso, la sensación verdendrina de refugio.
La Patria, como un féretro.

 

Taurus

A Natalia Litvinova

Hundido en una dacha de Gorki
bajo la tutela de los secretarios,
el veneno del georgiano surte efecto.
« ¡Asquerosas hienas! ¡Perros! »
Traqueteando sarcasmos
Ulianov espera la muerte.
El tiro del final se le niega
y es un biorsi el tobogán de su decadencia.
Maniatado como un walicho,
su pasión se desliza en un pedo de apoplejía,
acomodando en su tribulación su propio
lecho de tinieblas.
Ya asoman las pascuas del Termidor.
No es culpa del esteta.
¡Claro que no!
Su lente umbría trama
versos persistentes como la dictadura
en matices de verde acuático.
La historia ha entrado como un virus
intrahospitalario en la probeta del plató.
-Oh cuidadoso, lacónico
¡pietismo de la mala conciencia!-
La demencia del viejo bolchevique
-¡oh, limón exprimido!-
interpela al moralista del capitalismo restaurado,
que se espanta tardío como un Pope
ante la gran caries que dejó el poder,
en el cuerpo decrépito del anciano.
Contrito, el cronista siberiano filma y comulga;
debe adelgazar el alma para firmar el contrato
en la democracia de los ricos.
No piensa en premios, en festivales ni
en cretinismos de coyuntura.
Pero el ahogo precede a la nausea…
y el vómito no libera de la industria.
Perdonen el exabrupto.
El poder convierte su palabra en ley
traicionando a la palabra
y a la ley.

 

Frates

A Gelo y Oto Oliva
A los poetas rosarinos

Pero serás infiel a tu predicación,
amor urgente:
más vasta que las sombras
de tu nombre,
la sed de ti
inscribirá la gracia
que la Historia humilló.
Mierda de persuasión,
mierda de olvido.
Bebamos, Hamlet,
la sangre que en el cielo se levanta.

Aldo Oliva

In media res, la noche como forma pura
asediaba a la verdad suprema, aterradora,
interpelándola en su evolución poética.
Bar, ¿y después?
Nunca invocamos bárbaros con el enano.
Patear la modernidad nos unía más que el escabio,
más que su generosa billetera de cheto border
o su bardera sensibilidad patrocriolla.
Salimos del Tercer Mundo buscando el estuario;
tenía un cuenco de tinieblas en la panza.
Apretamos el paso; redujimos el tedio, la ira.
Ya en su casa, me tiró el libro al pecho, como un gladio,
y me dijo, dejate de boludeces, gordo. Léete esto.
Y entre sorbos de whisky caro, je est un autre,
no fue tierrita su óbolo.

Luminarias, traduje… pavesas del marane’y
en cardenillo que es jalar poesía, engrosando el alma,
sumándola al torrente que nos habla.
Juego fatuo de traducciones que abren
inesperados piques en la diglosia, esa
que separa al mundo tangible del representado.
Saboreamos en el paladar
como un mosto glauco la epigráfica del Ehret.
Terminado el Old Parr
azuzó el amor fraterno, un malbec dormido.
Relegamos las Diégesis a Lucano
y fui a peinar la ceja del monte en De Fascinatione
hasta que el cielo urdió el borramiento de Aldebarán
y dio paso matinal al olvido.

Creo que el poeta fue, en verdad, admirable.
Pero nos dejó regalo envenenado: la excelente medida
de evaluarnos y evaluar a todos.
Sabemos lo pobre que somos; cuan banales.
El precio, don y venganza,
de lo que nos ha otorgado el mundo, conocemos.
¿Qué es la amistad sino diluir el tiempo?
¿Qué es el amor sino una consecuencia de la buena alimentación?
¿Qué la verdad sino esfuerzo y protocolo de violencia?
¿Qué la vida sino una cursilería del universo?
Debo un hemistiquio de ella a Contardi, a Lula, al Chicho,
al “Comics”, a Quique, yerno de Nora, a Bouvet, a mi hermosa Mimi,
al nutrido alimento y cursi diluyente que nos trazó el camino verdadero entre posta y nada.
No sé si en gratitud o qué.

Pero sé más que eso, que aún solo
nosotros podemos emplear esta medida.
Otros preguntarán, ¿de qué medida habla?
La de Némesis, ¡valor! La de Némesis.
La espada del arcángel que ya afilada nos la dio el Aldo.
Podemos alinearlos como velas y decapitarlos a todos.

Comentá