Raúl Gómez Jattin: la alquimia entre el dolor y la locura


Por Francisco León

Francisco León nos envía desde Perú un análisis de la vida y la obra del poeta colombiano Raúl Gómez Jattin, acercándose a su experiencia en distintas instituciones psiquiátricas y su relación con los alucinógenos.

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El artista, afectado por la enfermedad,
se ve impulsado a crear más.
Raúl Gómez Jattin

Todo ángel es terrible.
Rilke

Presentamos algunos poemas del colombiano Raúl Gómez Jattin (1945/1997), quien produjo buena parte de su obra estando internado en distintas instituciones psiquiátricas. Para acercarnos a esa experiencia, nos apoyaremos en reflexiones de Antonín Artaud y Michael Foucault sobre la función de estas instituciones, y en recuerdos del propio Jattin de su tránsito por las mismas.

En occidente, desde el siglo XVIII, la locura ha sido reprimida, aislada, perseguida. Es decir se busca una manera eficaz de silenciarla, como dijese Foucault. Podemos afirmar que tal estado es el único modo de “estar sin estar”. Una “instancia”, que es vista como no utilitaria al poder, ¿una posibilidad del afuera?, ¿la opción de resistencia situada en la improductividad suprema? Entiéndase como “improductividad” el hecho de encontrarse alejado, absolutamente, de los engranajes que mueven cualquier cadena de rentabilidad y consumo.

Antonin Artaud denunciaba en su Carta a Los Poderes, esa intención, ese objetivo, de ocultar, de reprimir al “loco” y en último caso volverlo a la fuerza un “ente productivo”, alguien cuya enfermedad sea funcional al sistema: “ los asilos, lejos de ser “asilos”, son cárceles horrendas donde los recluidos proveen mano de obra gratuita y cómoda, y donde la brutalidad es norma”.

El poder afecta las posibilidades y conductas de acuerdo a ciertas líneas directrices. Nada debe quedarse, o tener la opción de permanecer fuera de la retícula, del diagrama. Ante la locura, el poder choca con un interrogante: ¿cómo afectar sus posibilidades? Pues toda posibilidad es, en mayor o menor grado, una elección pensada o inducida, pero siempre en el ámbito de la “razón”. Frente a esta imposibilidad ante la “sin razón”, se decide ejercer un saber-poder sobre el cuerpo de los locos e inducirlos ya no a la “producción” como prestación de algún servicio, como en tiempos de la denuncia de Artaud, sino a la producción de un sentido de “orden” racional que incluye dentro de sí la irracionalidad. Esto en realidad sirve de justificación para que no se desmorone el edificio del sistema basado en dicha racionalidad.

En su Historia de la locura en la Época Clásica, Foucault explica:
“Antes de tener el sentido medicinal que le atribuimos, o que al menos queremos concederle, el confinamiento ha sido una exigencia de algo muy distinto de la preocupación de la curación. Lo que lo ha hecho necesario, ha sido un imperativo de trabajo. Donde nuestra filantropía quisiera reconocer señales de benevolencia hacia la enfermedad, sólo encontramos la condenación de la ociosidad”.

Así, el “loco” no será más, con la carga simbólica que históricamente arrastraba, una prueba del “error” de Dios, el iluminado, profeta, o poseído por algún demonio. Alejado de cualquier misterio, será sólo un “enfermo mental”, palabra que implica el encontrarlo ya en el campo de una ciencia, de la cual es objeto. Además, en dicha calidad puede recibir un “tratamiento”. Para lo cual existe un “dispositivo” llamado manicomio. Una vez dentro, la persona será de una manera u otra “útil”. Su cuerpo entra a formar parte de redes de intercambio y corrientes de flujo económico. En este caso, por la ausencia de libre determinación orgánica ó solo jurídica, es su cuerpo el que se vuelve una mercancía.

El objetivo de aquella institución, es generar una supuesta “reconciliación” con la “normalidad” o lo que la sociedad establece como tal. La experiencia fue relatada por el poeta Raúl Gómez Jattin de la siguiente manera en una entrevista que le realizó Harold Alvarado Tenorio para la revista de poesía Arquitrave:

“La muerte de mi padre fue seguida de un delirio mortal que me llevó a estar encerrado en un hospital mental durante cincuenta y seis días sin probar alimentos, sin acostarme, sin siquiera tomar agua. Pero ahí nació mi coherencia poética. Al salir escribí en unas semanas un pequeño libro que nunca publiqué (…).
He trabajado en las clínicas siempre, he escrito por lo menos una tercera parte en las clínicas, si se me pidiera repetir la experiencia me negaría horrorizado, pero si me dijeran que renunciará a ella lo negaría rotundamente”.

Ese no renunciar a la experiencia del “sanatorio” es lo que él llama la alquimia entre el dolor y la locura. Parafraseando a William Burrougs: no existe ninguna experiencia negativa para el escritor. Entonces, tenemos aquí el internamiento como una profunda revelación, una apertura a experiencias enriquecedoras por lo traumáticas. Obviamente esto no es lo deseado por muchos, ni un elogio al “malditismo” de un poeta que sufría solo su infierno y la ausencia total de un para qué. Un sin sentido de la existencia, o la rápida aprehensión de lo poco o único verdadero, que le fue en cierta medida “revelado” por su condición. En su Historia de la locura, Foucault añade:

“Hay en la locura una aptitud esencial a imitar la razón, que cubre finalmente lo que puede haber de irrazonable en ella; o, antes bien, la sabiduría de la naturaleza es tan profunda que llega a utilizar a la locura como otro camino de la razón; hace de ella el camino corto de la sabiduría”.

En las crónicas de la época sobre Raúl Gómez Jattin se puede descubrir que en los últimos tiempos su presencia irritaba a los amigos y conocidos, pues la libertad plena y la ausencia de significados como lo bueno y lo malo, asustan. Hacen oscilar nuestra más profunda sensación de ser normales en y para el mundo. La locura, la pansexualidad y las drogas son sólo puertas buscadas desde siempre por los poetas, como decía Rimbaud, para dislocar los sentidos y acceder a otras realidades. Raúl Gómez siguió esa ruta como él mismo contó en la entrevista publicada en Arquitrave: “Los alucinógenos dieron alas y aire a mi imaginación de artista pero saturaron, de una manera mortalmente negativa, mis emociones”.

En su poema “Elogio de los alucinógenos”, contó: “Voy de hospital en cárcel en conocidos inhóspitos/como ellos Almas con cara de hipodérmica/y lecho de caridad Entregándole mi compañía/a cambio de un hueso infame de alimento/Toda esa gran vida a los alucinógenos debo”.

Pero más allá de lo que podría entenderse de éste poema, no se condice con el testimonio de Dora Berdugo, una poeta muy cercana a él, que aseguró: “Nadie lo obligó a ir a Cuba, quería sanarse de la adicción a las drogas, pero él no quería vivir y la droga, debido a su personalidad compulsiva, le servía de compañía y lo ayudaba a pasar el trago amargo de una vida en la que todo le salió al revés”.

Así llega al final de su vida la mañana del 22 de mayo de 1997, atropellado por una buseta o suicidado, según distintas versiones. En cualquier caso, su muerte trajo tranquilidad a muchos, sobre todo a aquellos que niegan categóricamente su parte de culpa, nuestra culpa, como sujetos y objetos que justificamos factualmente la existencia de un sistema, de un “orden”. Antonín Artaud, en Van Gogh: el suicidado por la sociedad, dice: “Todos fuimos envenenados, aunque todo eso nos haya hechizado, hasta que por fin nos hemos suicidado, ¡como el mísero Van Gogh, no somos todos, acaso, suicidados por la sociedad!

Para terminar, recordamos una reflexión de Theodor Adorno en Teoría Estética, donde elabora una crítica a la teoría psicoanalítica del arte que nos parece válida para cualquier campo de interpretaciones sobre la importancia de la obra de los llamados “locos”, divididas en un: “a pesar de su enfermedad” o “gracias a su enfermedad”: “Pero nunca se suscita la cuestión de si él habría podido escribir Les Fleurs du Mal en estado de salud psíquica, para no decir nada de si la neurosis había estropeado sus versos”.

A continuación, compartimos una muestra de los poemas de Raúl Gómez Jattin:

Lola Jattin

Más allá de la noche que titila en la infancia
Más allá incluso de mi primer recuerdo
Está Lola – mi madre – frente a un escaparate
empolvándose el rostro y arreglándose el pelo
Tiene ya treinta años de ser hermosa y fuerte
y está enamorada de Joaquín Pablo – mi viejo –
No sabe que en su vientre me oculto para cuando
necesite su fuerte vida la fuerza de la mía
Más allá de estas lágrimas que corren en mi cara
de su dolor inmenso como una puñalada
está Lola – la muerta – aún vibrante y viva
sentada en un balcón mirando los luceros
cuando la brisa de la ciénaga le desarregla
el pelo y ella se lo vuelve a peinar
con algo de pereza y placer concertados
Más allá de este instante que pasó y que no vuelve
estoy oculto yo en el fluir de un tiempo
que me lleva muy lejos y que ahora presiento
Más allá de este verso que me mata en secreto
está la vejez – la muerte – el tiempo inacabable
cuando los dos recuerdos: el de mi madre y el mío
sean un recuerdo solo: este verso

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En las lágrimas tuyas está todo el terror

Como en un cuadro de De Chirico El Tiempo
se queda detenido entre los objetos y
los hombres sueñan la eternidad
Las chimeneas son falos humeantes
que penetran el cielo de Lo Absoluto
Como en un color de Borges El Tiempo se
queda entre las palabras del Ciego
Los hombres han conocido a través de
lo insólito la eternidad El sexo
de Borges es infinito y estoico
En las lágrimas tuyas está todo
el terror a la noche de la soledad
y la muerte En tus palabras está
contenido el Más Allá del Amor y su sueño.

SI SE QUIERE LLEGAR a ser una buena víctima
es necesario saber de toda la dulzura
que entrelaza al verdugo con la muerte
de la paciencia con que afila su hacha
de la soledad que ilumina su vida
y la de sus inocentes hijos
del esfuerzo que implica portar y levantar el arma
de la sangre que pringa sus pantalones
Todas esas consideraciones deben estar presentes
en el momento de recoger nuestro pelo sobre la nuca
y poner en sus manos el pescuezo.