Ricardo Carpani: “Alienación y desaparición del arte”

El pintor y muralista Ricardo Carpani, identificado con la llamada “izquierda nacional” aunque nunca directamente con alguna organización política, aportó en 1971 este texto para la revista Nuevos Aires, en el que polemiza, fuertemente parado en el marxismo, con quienes planteaban la “muerte” o “desaparición” del arte y la necesidad de sustituir el compromiso artístico por la militancia política revolucionaria.

 

“Me refiero al Arte como actividad especializada, la de los individuos que se consagran a la producción de obras erigidas por encima de la vida, mientras que otros sólo viven de su consagración a trabajos parcelarios o abstractos. Si, estimado señor, pienso que el Arte, en tanto actividad especializada, nació históricamente y desaparecerá, como la filosofía, como la política y el Estado, esas excrecencias, ilusorias por superfetatorias y exteriores, productoras de exterioridad. Más aún, pienso que el Arte desaparece ya a través del esteticismo y el culturalismo, como las ideologías a través de la exasperación de la ideología, la filosofía a través del filosofismo y la política a través del apogeo del Estado. Es así como estas realidades se cumplen; cumplen su destino; en su plena extensión, en su totalidad y su “mundialidad”, reencuentan su fin. El esteticismo, la moda del Arte y el fetichismo del Arte nos han hecho olvidad que hay una alienación estética, como hay una alienación especulativa o política. Cosa extraña, llevándola al paroxismo, la modernidad ha hecho olvidar esta alienación: la vida ilusoria y desdoblada en el Arte.
El hombre individual real, ha escrito Marx, absorberá al hombre abstracto: en su vida y sus relaciones reales, se hará verdaderamente humano cuando haya “reconocido sus propias fuerzas” como sus fuerzas sociales, y cuando haya cesado de separarlas de él. No se saca, generalmente, de estos textos, y de algunos otros, lo que contienen. Ellos quieren decir, a mi entender, que la Filosofía, el Arte, la Política -dejemos de lado la religión, ya que eso se sobreentiende-, en tanto que actividades especializadas, exteriores a la vida cotidiana, deben desaparecer para que pueda producirse, por fin, la “apropiación real” del hombre por el hombre, la apropiación por el hombre social de la naturaleza y de su propia naturaleza, el retorno de lo humano a sí mismo con toda la “riqueza del desenvolvimiento”, riqueza que vendría así a reinsertarse en la práctica cotidiana. Las potencias exteriorizadas y alienadas, una vez constituidas como tales, pero agotadas y negadas como tales, se harán potencias reales, reabsorbiéndose con sus riquezas acumuladas en el seno de esta pobreza y de esta privación ambigua, lo cotidiano”
Lefebvre, Introduction a la modernité

 

Salvo un punto, del que nos ocuparemos al final de esta nota, estas citas de Lefebvre sintetizan, a nuestro entender, la justa posición marxista respecto al destino histórico deseable para el arte y la humanidad, determinando la meta hacia la cual debe encauzarse la acción consciente de los hombres en ese terreno. Sin embargo, la incorrecta (por mecánica y parcial) interpretación y aplicación de tales posiciones ha dado origen a una serie de actitudes negativas y antidialécticas que es nuestro propósito tratar aquí.

Por el momento, abordaremos el problema de la alienación estética tan sólo en su plano más general y originario, dejando de lado todas las otras formas de alienación que el sistema capitalista, en su desarrollo, le ha ido imponiendo (transformación paulatina de la obra artística, de bien social y público en mercancía, objeto de apropiación privada, etc.). Formas que agregan al extrañamiento inicial del hombre respecto de la naturaleza, trasuntado en la necesidad de crearse un mundo superpuesto a ella, y que es el origen de la necesidad humana de expresarse artísticamente, el extrañamiento del artista respecto de su propia obra. De ahí que para no confundir ambos planos de la alienación en el arte y mantenernos dentro del que nos ocupa, resulte preferible hablar más bien de imagen artística que de obra.

En la base de los orígenes históricos del arte, de la necesidad humana de expresarse estéticamente, se encuentra la separación inicial del hombre respecto a la naturaleza. Su diferenciación de ella, viviéndola como medio extraño y hostil, que comienza a diferenciarlo de los animales (consustanciados con la naturaleza como parte inseparable) y a determinar la especificidad de los humano. De esta primera y fundamental alienación surgen todas las otras, como intento infructuoso (por alineado) de superarla; como búsqueda fallida (por alienada) de recuperar la unidad perdida con la naturaleza. Y surgen como necesidad de conocimiento y explicación de esa naturaleza devenida extraña y hostil, para poder sobrevivir cono especie humana controlándola. De este modo se conforma la alienación religiosa inicial, como creación por el hombre de potencias imaginarias (espíritus, dioses), en un intento de explicarse y dar sentido a las fuerzas ciegas de la naturaleza, pero, al mismo tiempo, supeditándose a esas potencias por él creadas. De ahí surge, también, la necesidad de corporizar y plasmar en imágenes a dichas potencias, atribuyendo directamente a esas imágenes los poderes que las caracterizan. Aparece así la necesidad estética directamente ligada en sus orígenes a los rituales mágicos y, posteriormente, a la religión. Y, a través de la religión, configurándose como postulación objetivada de una realidad distinta (superior, sublimada, etc.) a la realidad cotidiana y directamente percibida. Aparece, pues, el arte, como objetivación alienada de una alienación que intenta infructuosamente superar la alienación inicial.

Esto quiere decir que la desaparición histórica del arte (que, como el mismo Lefebvre lo señala, no es muerte del arte, sino su transformación, superación, en formas más altas de la praxis y la conciencia) implica la desaparición de las causas que determinaron su necesidad para el hombre. Implica la reapropiación humana de la naturaleza y de su propia naturaleza. Constituyendo, de este modo, no sólo una posibilidad deseable, sino, incluso, una meta a lograr en el camino de la desalienación humana.

No obstante, frente a quienes postulan la muerte del arte como un hecho actual y decretan su inmediata desaparición como actividad específica, se hace necesario destacar, y ése es el objeto de esta nota, el carácter dialéctico -en tanto proceso interdependiente de la actividad social total- de los momentos que es necesario transitar para arribar a esa meta.

En efecto, la desaparición histórica del arte como actividad separada, constituye un hecho dialécticamente ligado, como efecto y causa, a la transformación radical de la sociedad y del ser humano; a la aparición de una realidad social y un hombre completamente nuevo; al fin de la prehistoria humana y de las alienaciones presentes; a la existencia de un mundo, en fin, en el cual sea posible vivir la vida como un hecho estético. Sólo en este caso, es decir, en el contexto generado por el principio de existencia de ese mundo, es lícito hablar del arte como estilo de vida y  acción, y negarlo como actividad específica, especializada, exterior al hombre y a su vida cotidiana. Negarlo como actividad alienada y alienante, creadora de una vida ilusoria por encima de la vida real, como “mundo” separado (el de la expresión), postulando su superación y plena realización histórica en la reinserción concreta de lo estético (reapropiación humana, interiorización) en la actividad general de los hombres y su estilo de vida.

Pie: Reabsorción de lo estético en el modo de vivir, amor, trabajar, etc. De los hombres. “Marx pensaba que los hombres un día vivirán prácticamente su vida cotidiana reencontrando así aquello con lo cual probablemente cumplieron ciertas sociedades desaparecidas; asirán al mundo sensible con ojos cultivados, amarán con sus sentidos formados por el arte de vivir, en lugar de referirse a objetos, las obras de arte. Para que la vida se transforme en arte de vivir, el arte debe perderse y reencontrarse en la vida”. Lefebvre.

Pero, y esto es lo importante de señalar aquí, mientras esa realidad, ese mundo y ese hombre nuevos, no tengan un principio de existencia real, el arte (o, mejor, la actividad artística creadora de imágenes) mantendrá su legitimidad, por el mero hecho de subsistir las causas históricas que lo generaron como tal (como actividad especializada, parcial, separada del estilo de vida de los hombres y exterior a él). Causas históricas que en su esencia alienante dieron origen al arte como una nueva alienación derivada de la necesidad de superarlas. Como respuesta alienada a la alienación causal. Como alienación que busca superar (sin lograrlo) las alienaciones causales. Como una alienación de intención (hasta el momento fallida) desalienante.

Es decir que mientras ese mundo nuevo no tenga un principio de concreción, la existencia del arte como actividad separada es históricamente legítima. Y, como tal, lo que cuenta no es proclamar su necesaria e inmediata desaparición (por ser actividad alienada y alienante) en el actual sistema, sino utilizarlo como arma en la lucha por la desaparición de dicho sistema (lucha política revolucionaria) y el advenimiento de aquél mundo nuevo. Utilizarlo efectivamente como lo que es: una alienación con intención desalienante. Sólo que, a través de la conciencia actual de la alienación humana y de la necesidad que, a través de la conciencia actual de la alienación humana y de la necesidad de superarla mediante la lucha política revolucionaria, dicha intención desalienante puede realmente efectivizarse en la inserción activa de la imagen estética en  esa lucha. Puede realmente comenzar a cumplirse su intencionalidad desalienante, iniciando el arte mismo el proceso que llevará a su plena realización, a su superación como actividad parcial y a su desaparición como tal, en íntima y dialéctica correspondencia con el rescate por parte del hombre de su propia realidad humana; con el rescate de su unidad con la naturaleza (devenida humana como resultado de su acción histórica sobre ella), a cuya pérdida en los albores de la civilización se debe, precisamente, la aparición del arte.

Únicamente por esta vía, de la inserción de la imagen estética en la lucha política revolucionaria, se inserta el arte en el proceso por el cumplimiento de su destino, que no es otro que el de la realización de su intencionalidad desalienante. Es decir, yendo hacia la desalienación por la ruta de su propia alienación -pero conocida y concientizada-, tal como el desarrollo del proceso revolucionario lo exige. A través de los cambios en el estilo de vida de los hombres, que la profundización del proceso revolucionario irá generando (antes, durante y, sobre todo, después de la toma del poder por la clase obrera), el arte, estando en estrecha ligazón con ese proceso (participación real y efectiva), se irá dialécticamente transmutando él mismo en estilo de vida, superándose como actividad separada y exterior al hombre.

La desaparición del arte, desde un punto de vista marxista, no significa, entonces, otra cosa que la realización del arte; el rescate de su alienación por parte del hombre. Siendo para ello necesarias condiciones sociales actualmente inexistentes pero que el hombre debe crear, superándose como ser humano capaz de aquél rescate, al mismo tiempo que crea una realidad social (humana) superior. Y en esa creación del arte (la imagen estética) tiene un papel importantísimo a jugar, cuya asunción es, al mismo tiempo, el único camino humanamente legítimo que le queda: afirmarse en la conciencia de su alienación presente como actividad separada, para realizarse en el futuro que a través de su acción como actividad especializada (alienada y exterior al hombre, pero ejercida en función de la desalienante finalidad revolucionaria) habrá contribuido a crear.

La realización del arte no es otra cosa que la superación de la escisión entre el arte y la vida cotidiana, es decir, entre el hombre y la realidad social por él creada, entre el hombre y él mismo (Lefebvre). Y esta realización del arte, que debe concluir con su desaparición histórica como actividad separada (en la misma forma que la realización del Estado, el derecho, la filosofía, etc., implica su desaparición como tales), es inalcanzable como empresa individual y parcial. Se engarza como empresa colectiva en un proceso social total que apunta a la superación de la sociedad capitalista actual, luchando práctica y efectivamente por ello.

En esa lucha el artista, en tanto tal, debe participar con su imagen alienada, escindida de lo cotidiano, pero, por ello mismo, eficaz, por ser producto de, y dirigirse a, una sociedad que de ese modo la ha condicionado y de ese modo la asimila. Y al decir el artista en tanto tal no excluimos, sino más bien, involucramos, el que en tanto hombre también asuma su deber de participar en esa lucha con todos los otros medios posibles. Simplemente deseamos puntualizar que  en tanto artista no posee otro medio de acción que su arte y derivamos su obligación de insertarlo en la lucha revolucionaria. Ya que al no darle ese destino, se mantiene en los límites de su alienación, sin perspectivas de superarla. Y si pretende abandonar la actividad artística, por el hecho de estar alienada, tampoco contribuye al proceso liberador total, ya que deja todo un ámbito importantísimo de la actividad social en manos y bajo el control absoluto de quienes se oponen a esa superación. De lo que se trata es de avanzar hacia la desalienación por el ejercicio de la actividad alienada, pero asumiéndola conscientemente, concientizándola, para superarla en y por la praxis total y no viviéndola como angustia individual y/o nihilismo frente al arte, ambos igualmente inoperantes y, por lo tanto, profundizadores de la alienación.

Retomando entonces la cita que encabeza esta nota, podemos afirmar que, efectivamente, el arte, en tanto actividad especializada, nació históricamente y desaparecerá, como la filosofía, la política y el Estado. Pero, no siendo dicha desaparición una muerte, sino transformación y superación (realización) del arte, interesa principalmente señalar que el camino conducente a esa desaparición como actividad especializada implica su utilización como tal, mediante su inserción activa y eficaz en el proceso revolucionario, contribuyendo a la creación de los presupuestos sociales necesarios a su desaparición, y cumpliéndose ella a través de ese proceso. En la misma forma que el Estado desaparecerá por la acción del propio Estado (revolucionario), que la filosofía desaparecerá por la acción de la propia crítica filosófica revolucionaria, y la política por la acción de la propia política revolucionaria, el arte lo hará mediante su propia acción revolucionaria efectiva. Y, por lo tanto, proclamar su muerte actual, su ineficacia revolucionaria y la necesidad, por todo esto, de abandonar la actividad artística creadora de imágenes, tal como lo hacen ciertas corrientes pequeñoburguesas seudorevolucionarias hoy en boga, no significa trabajar por la superación de la alienación estética y la reinserción de lo estético en el estilo de vida de los hombres, sino todo lo contrario: bloquear tal posibilidad, profundizar la alienación del arte abandonándolo en manos de la burguesía, privar al proceso revolucionario de un arma emotiva insustituible y permitir a esa burguesía su utilización con sentido alienante, es decir, contrarrevolucionario. En el fondo implica, además, el sostener la absurda pretensión pequeñoburguesa de superar la alienación del artista por la vía exclusivamente individual (por un acto volitivo individual), excluyéndose el artista en tanto artista del proceso revolucionario y profundizando su propia alienación. “Ya no se trata de saltar hacia el porvenir lejano pasando por encima del presente y del porvenir próximo, sino de explorar lo posible a partir del presente” –Lefebvre.

La inserción activa y eficaz del arte en el proceso revolucionario que, como hemos visto, constituye para nosotros la única vía hacia su realización, desapareciendo como actividad parcial y exterior al ser huma no, plantea, sin embargo, un problema a resolver, y del que deriva nuestro desacuerdo, más arriba señalado, con una de las afirmaciones de la cita de Lefebvre que encabeza esta nota.

En efecto, dicha inserción exige, para poder concretarse, la solución (que no puede lograrse de un golpe, sino que se efectuará a través de un proceso que no es otro que el mismo proceso revolucionario) del problema de la actual desconexión e incomunicación entre el arte y la sociedad global. O sea  que el camino hacia la realización del arte pasa por la recuperación plena de la función social a la que históricamente está destinado y determinó su aparición. Función social que cumplió en todas las grandes épocas del pasado y de la que fue apartado por el peculiar desenvolvimiento del capitalismo en los últimos siglos, provocando, al mismo tiempo que su desconexión e incomunicación respecto a la sociedad global, su crisis actual como causa y efecto de ello. Y, dialécticamente, la solución de este problema exige, a su vez, aquella inserción en el proceso revolucionario como única vía posible.

Es decir que para que el arte pueda cumplir su función de alienación con intencionalidad desalienante y para que esa intencionalidad pueda realmente efectivizarse, se hace imprescindible superar en lo inmediato su crisis actual, que es crisis del arte burgués y resulta de la crisis general de la sociedad burguesa. Mientras el arte esté separado de la sociedad, como lo está el actual arte burgués, el cumplimiento de aquella intencionalidad, su función desalienante (alienante-desalienante) y su reinserción activa en la vida social como  vía a su realización (reabsorción de lo estético en ella) resulta imposible. Y es esto, precisamente, lo que plantea como necesidad la aparición de un nuevo gran arte, superador del arte burgués, público e integrado a la sociedad y, por lo tanto, efectivo en su acción, como paso previo indispensable hacia la desaparición del arte y su realización histórica.

Ese gran arte, superador y sintético, debe comenzar a constituirse en el arte revolucionario de hoy. Consolidarse, logrando su pleno apogeo social, en la futura sociedad socialista. Y, finalmente, desaparecer como actividad especializada, realizándose, con el advenimiento definitivo del comunismo.

Postulamos, pues, como necesario para la desaparición del arte, su previo y pleno apogeo social. Y sólo como consecuencia de, y en este apogeo social, sostenemos que podrá producirse su desaparición histórica como actividad especializada. Sólo volviendo a ser lo que fue en otras épocas, pero en un nivel muy superior. Involucrando, a su vez, la concreción de ese pleno apogeo social, la existencia de un nuevo gran arte, por acción del cual dicho apogeo se acentuará y al que dialécticamente irá determinando.

Es aquí, precisamente, donde discrepamos con Lefebvre, cuando afirma que el arte “desaparece ya a través del esteticismo y el culturalismo” encontrando en ellos su plena extensión, su totalidad y su “mundialidad”, como síntoma y vehículos de su fin. Ya que, a nuestro entender, lo que perece irremediablemente a través del “esteticismo” y el “culturalismo” actuales no es el arte en general, sino el arte del período capitalista, el arte burgués. Y no perece como consecuencia de haber logrado su plena extensión, su totalidad y su “mundialidad”, sino, por el contrario, en razón de su total aislamiento respecto a la sociedad global y de su imposibilidad de cumplir con la función social propia del arte, imposibilidad a que lo ha llevado el desarrollo de la sociedad capitalista.

Así, la moda actual del arte, que se da en conexión con la moda del “esteticismo” y el “culturalismo”, lejos de expresar el apogeo social del arte (integrado a la sociedad global y actuante sobre ella) necesario a su desaparición, expresa más bien la carencia de dicho apogeo, dándose como moda, justamente por su falta de integración a la sociedad y, a raíz de esto, por su impotencia gravitacional sobre ella. El “esteticismo” constituye uno  de los vehículos a través de los cuales perece el arte burgués, siendo al mismo tiempo dicho “esteticismo” la expresión de las carencias de contenidos realmente humanos y sociales de ese arte y de su esterilidad, causas que a su vez lo condenan a la desaparición por socialmente superfluo. La moda actual del arte es la moda del arte-mercancía, cuyo auge “social” responde a necesidades de tipo económico impuestas por la sociedad de consumo y que nada tienen que ver con las necesidades sociales que el arte está destinado a satisfacer. Precisamente de esa subordinación del arte burgués a aquellas necesidades económicas, deriva su extrañamiento de las necesidades sociales específicas del arte, su ausencia de contenidos humano-sociales, el “esteticismo”, su no participación en el devenir histórico actual, en fin, todos los motivos que determinan su muerte por humanamente superfluo e innecesario.

Esta muerte del arte burgués no puede ser confundida con la desaparición histórica del arte, ya que para nada implica un pasaje de lo estético al estilo de vida de los hombres, una dilución de lo estético en la vida social. El arte burgués se disuelve en la sociedad alienada sin realizarse y sin modificar esa alienación. El “apogeo” actual del arte, por lo tanto, no es el signo de su desaparición histórica, como afirma Lefebvre, pues ni es apogeo real, ni dicho arte es arte en el sentido pleno de este término. Su “apogeo” no responde a necesidades humano-sociales, sino que está determinado por necesidades económicas del sistema que lo conforman como apogeo de la obra de arte mercancía y en tanto mercancía. La obra de arte es impuesta como necesidad en la misma forma que se imponen artificialmente en la sociedad de consumo las otras necesidades indispensables a su desarrollo. Su necesidad social es, por lo tanto, ficticia, y su “apogeo” nada tiene que ver con el apogeo de un arte en cuanto tal. Ese arte tampoco es, por lo general y a causa de ello, un arte consustanciado con las auténticas necesidades sociales. Es un arte en crisis, producto de la crisis del sistema. El arte burgués es un arte parcial y limitado, analítico y escindido de la realidad total.

Sin embargo, y esto es indispensable recalcarlo, ese arte burgués no es el único posible en la actualidad, ni la elaboración por el artista de obras-mercancía es tampoco la única posibilidad de ejercer su actividad. Existen, frente al arte burgués, como frente a la cultura burguesa, ambos en crisis, un arte y una cultura revolucionarios que, al mismo tiempo que su negación, constituyen su superación. Del mismo modo que existe frente a la actividad alienada del sistema en crisis, una actividad revolucionaria que intenta superarla históricamente, superando dicha crisis.

En la conjunción de ese arte revolucionario, en permanente reelaboración, con la actividad revolucionaria del proletariado, se encuentra la vía conducente hacia la verdadera socialización del arte, hacia su real apogeo social y, a través de él, hacia su desaparición histórica, realizándose. Pero esa vía, lejos de llevar a la desaparición inmediata del arte, impone la necesidad de concretar un nuevo renacimiento social de éste y la aparición de un nuevo gran arte.

Ese nuevo gran arte, elaborado a partir del arte revolucionario actual y que culminará en el arte socialista del futuro, continuará siendo, evidentemente, un producto de la alienación humana, tal como definimos al arte en general al principio de esta nota, pero en su inserción creciente en el proceso social (proceso revolucionario permanente), reflejándolo en su dinámica (en su realidad y potencialidades) y contribuyendo activamente al avance de dicho proceso, pasará a ser factor activo en la elaboración consciente de la realidad por parte de los hombres, y, así, a través de su participación activa en el rescate humano de ella, el arte -lo estético- se irá reabsorbiendo en esa realidad, es decir, en la vida social concreta de los individuos. La imagen artística, alienada y escindida de lo cotidiano, en su inserción creciente en el proceso revolucionario pasará a insertarse en lo fundamental de la cotidianeidad a medida que el proceso revolucionario se generalice y acentúe como factor de primer orden en la vida cotidiana. A medida que lo público y lo privado, lo social y lo individual, tiendan a identificarse, el arte, participando activamente en ese proceso, posibilitará la concreción de aquel futuro en el cual los hombres “asirán el mundo sensible con ojos cultivados, amarán con sus sentidos formados por el arte de vivir, en lugar de referirse a objetos, las obras de arte”. Y así, efectivamente el arte se perderá para reencontrarse en la vida. Pero sólo así, es decir, a través de un previo real apogeo del arte, reintegrado a la vida social y participando en su permanente recreación, lo que exige, como hemos dicho, la aparición de un nuevo gran arte, superador del arte burgués, y cuya concreción debe ser la tarea de todos los artistas auténticamente revolucionarios del presente.

 

Artículo publicado en el número 4 de la revista Nuevos Aires (fundada y dirigida por Vicente Battista y Mario Goloboff), en abril-mayo-junio de 1971.