Roberto Jacoby: La constelación de la felicidad

Roberto Jacoby: la cifra y la clave de todo aquello que será fiesta, con viento a favor o en contra. ¿Cómo saberlo? Porque a lo largo de décadas, quienes íbamos irrumpiendo en la conciencia política descubríamos con sorpresa y voracidad las intervenciones que trazan su camino artístico-militante. Detrás de cada furia personal hubo siempre una respuesta genial de Jacoby. En mi caso, fueron las letras de Virus, proyecto Venus, Yo tengo sida, la revista ramona, CIA (Centro de Investigaciones Artísticas), Diarios del odio. Miré hacia atrás y me encontré, por ejemplo, con Tucumán Arde. Y una noche alucinada de Madrid, en mis años de vida en España, supe de la retrospectiva en el Museo Reina Sofía y allí lo encontré, con overol e instalando la escritura en acto de la historia del último medio siglo de mi país, con el humor y el amor de quien quiere seguir contándola en pleno presente, en el más inmediato.

Que el Indio Solari tenga millones de fans y que Roberto no tenga tantos sólo prueba que la música es un disfrute más instalado en nuestra cultura que las artes conceptuales. Yo quiero siempre su voz cantante. Y este enero, desde el tan simbólico delta del Tigre (¿hay algún sitio que encierre más leyenda que ese, por estas pampas?), nos sorprende con poemas, así, de repente. Aquí va uno. Belleza y Felicidad.

Curaduría y notas: Lali Destéfanis

 

 

 

 

Poema Rosales

Poema despertó
en brazos del sueño
una rama después de la tormenta
ese no dejarlo continuar
no se decidía a ser peña
o ave acuática o chorrito
de vertiente
o de laguna, su hermana.
El dolor de la piedra
al golpear el agua
piedra sobre el agua
culpa de la roca
ser paisaje
y meterse con el pasto
el duro pasto siempre
el duro siempre.
Poema se sintió
cortito
pero a medida que el día
se hacía nube
el aire lo llenó
tan puro
se volvió
aerostático
y emprendió vuelo
con una suave presión
del talón.
Se fue para arriba
y miraba la tierra
como si fueran suyas
todas las palabras
como si el pacto
con el diccionario
la autorizara a divagar.
Poema no tenía sed
pero bebía el furor
y en su panza
se volvía amor.
Quiso fumar
un narcótico
para ser Rimbaud
y Verlaine
todo en una.
En su corazón Poema
quería ser buena
pero no le importaba
que la tontería
la inundara
siempre que fuese aérea.
Al mediodía
se dejó atravesar
por el milagro de la luz
enceguecedora.
Oyó un vozarrón
desde lo alto
que le decía Rosales
hizo como que no sentía
hasta que la llamó Poema
ahí se puso a bailar
como China y las mesas
pour encourager les autres.
Creyó volverse loco
o loca
Poema ya ni sabía
qué pronombre
le convenía
su suyo
mi mía.
Atrapado en su cuerpo
intentó escapar
pero el lenguaje
lo volvía a meter
dentro de sí.
La siesta
lo salvó
con su sopor
de ensoñación.
Estuvo hundiéndose
en pantanos
infestados de alimañas
del Pleistoceno
tan hondo
que cuando sonó el timbre
del recreo
ya había perdido versos y versos.
Poema se sintió mocho
y frente a un espejo roto
se ajustó las partes flojas
hoja tras hoja
con tinta china
con pincel fino
con pluma de caña
se reescribió
hasta que oscureció
tan profundo
que no distinguía
lo que era Poema
del resto de las cosas.
Eso es la locura
se dijo,
si, es La Locura
pero qué me importa
si soy Poema
y en el papel
tiro lo que canta.
Faltaba el fuego
y cuando vino
nada quedó que no doliera.
¿A quién acusar?
Poema Rosales
se deshojó,
no quería llorar
y se quedó mundo.

 

Quien quiera recorrer algunas de las muchas vueltas de su obra, puede buscar en Internet el libro El deseo nace del derrumbe. Dicen que suele andar por ahí (y Diarios del odio, co-escrito con Syd Krochmalny, también).

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