Rugió la leonera: Patti Smith en el Luna Park

Por Lali Destéfanis / Dibujos de Eduardo Sobico

Lali Destéfanis participó de la ceremonia que fue la presentación de Patti Smith en el Luna Park, con una gigante Paula Maffía de telonera. Pañuelo verde y whipala en mano, la madrina del punk hilvanó música y declaraciones políticas para dar cuenta de una realidad latinoamericana encendida. Agradecemos especialmente a Eduardo Sobico, autor de los dibujos que ilustran la nota, realizados en vivo durante el recital.

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Hace un tiempo le pregunté a una amiga si iba a ver a Patti y me respondió que no, que este show lo había visto ya en otro país, no recuerdo si era Inglaterra. Me impresionó su respuesta porque me quedé pensando en el paquete, esa cuadrícula que implica una gira, tanto desgaste, o esa gimnasia que deben tener que desplegar los músicos para no repetirse o no aburrirse, como hacen actrices y actores. Saqué la entrada con tiempo -era otro dólar, pasaron tantas cosas en unos pocos meses. Días después Paula Maffía nos compartió su felicidad: iba a telonear a Patti. Qué acierto, doble fiesta. Los meses pasaron, el fuego en América Latina empezó por Amazonía y ya no hubo quien lo frenara.

Estas dramáticas tensiones no pasaron de largo el jueves en el Luna Park. La noche abrió tranquila y hermosa, Paula Maffía se dio gigante y entera, clavó un temazo tras otro de su último disco Polvo y de los previos, y acompañó las ansiedades del público con su propia emoción, que manifestó agradecida y en la calidez con la que puso el pecho a un estadio inmenso que se iba completando a medida que tocaba. Es increíble cómo ella sola puede bancar semejante parada de una manera tan cercana, como si estuviéramos entre amigues.

De algún modo, así se sentía la noche: en un estadio al que muches conocemos más por la referencia popular que por la cita pugilística (Edmundo Rivero cantando en “Te lo digo por tu bien” al amigo que no despabila eso de “vos nunca sentiste el gustazo de ir a ver unos tortazos en el ring del Luna Park”, o la épica escena de Gatica, el Mono en la que Favio pone en boca del campeón, en diálogo con Perón, tres frases que son ya un eslogan: “cómo ruge la leonera, general”, “somos lo más grande, general”, “dos potencias se saludan, general”); en ese estadio, digo, del que cuando voy me resulta difícil evadir tanta referencia, nos estábamos encontrando para el tortazo del amor, un tortazo que tiene que ver con los tiempos por los que mi generación peleó, los del cuidado de la vida en todas sus formas, los de la ley de género, los de la ley de aborto seguro y gratuito, los de la wiphala. Nuestros tortazos me llenan de orgullo, y ese era el clima que estes guerreres con algunas décadas ya de lucha sobre las espaldas íbamos a abrazar, rodeando a quien reconocemos como una matriarca del deseo que se abre paso.

Como buena curaca, Patti abrió el sonido sin más estridencias que la enorme potencia de su voz. Ataviada con su eterno traje negro y sus borcegos, engalanada con su larga melena de plata que es toda una investidura, arrancó en medio de una ovación que es una de las marcas identitarias del público rioplatense. “Dancing barefoot”, “Redondo beach” y entonces sí, uno de sus primeros diálogos con el recinto para dedicar “Ghost dance” a los pueblos originarios de Nuestra América: nuestra machi punkie nos llevó por el camino de la invocación con su “we shall live again, shake out the ghost dance”/”volveremos a vivir, sacudí la danza de los espíritus”, que nos recuerdan a “Let go of the spirit of the departed, and continue the celebration of your own life”/“Deja partir el espíritu de quienes se han ido, y continúa celebrando tu propia vida”, aquellas palabras de Allen Ginsberg que a Patti le permitieron seguir andando camino luego de las profundas pérdidas que se sucedieron a partir de la muerte de su ‘alter ego’ Robert Mapplethorpe: la de sus amigos, la de su gran amor, la de su hermano. Y así lo sostuvo esa noche, en la que hubo más espiritualidad y poesía, hasta que llegó el turno de “Free money” y un pedido a su público: “Raise your hands against governments and corporations”/“Levanten las manos contra gobiernos y corporaciones”, esos dos entes que son la misma cosa y nos atraviesa. Las reiteradas ráfagas de luz sobre la platea dejaron ver un estadio encendido.

Poco después invitó a escena a Jimmy Rip, y se largaron con un ensamble de “I’m free” de The Rolling Stones y “Walk on the wild side”. Lou Reed, que había estado en Buenos Aires ya en los noventa, década antes de la primera visita de Patti en 2006, sobrevoló el concierto toda la noche. Fue la primera de una serie de apelaciones a nuestra conciencia, como quien nos soplara al oído un ‘tienen la posibilidad de gozar de este encuentro, entonces usen esa libertad también para darse una vuelta por aquel más allá, caretas’. Las agujas del punk nunca dejaron de sentirse, la política explícita hilvanó todo el concierto. Patti introdujo varios temas con dedicatorias que se sintieron profundo: a su amado Fred ‘Sonic’ Smith, “my boyfriend in Heaven”/“mi novio en el Cielo” (“Because the night”), a nuestres desaparecides (“Beneath the southern cross”), a un planeta que se incendia (“Beds are burning”, de Midnight Oil, y también una bellísima versión de “After the gold rush” de Neil Young), a nosotres, “this is for you” (“People have the power”). La banda, integrada por el guitarrista Lenny Kaye, que la acompaña desde sus comienzos, Jack Petruzzelli también en guitarra, el bajista Tony Shanahan y Jay Dee Daugherty en batería, cerró una noche tan concisa como intensa con “Gloria” (Van Morrison). Para entonces, Patti ya había recibido, como el año pasado en el CCK, un pañuelo verde de manos de su público, que tuvo consigo toda la última parte del concierto, y una wiphala empuñada con la que se despidió de su gira por esta parte del mundo. Lo supimos, una vez más: Punk not dead. Mientras en Chile la lucha en las calles entona “Ya no sos igual” de Dos Minutos, Patti demuestra que está muy lejos de sobrevolar una lista de temas en cada parada de su gira. El permanente diálogo que entabló con el estadio fue profundo, para hacer rugir como nunca a un leonera que ya está esperando su regreso.

(Dedicamos esta nota a la memoria de Tomás Loiseau, bajista de Pilsen, que murió en la madrugada del viernes, en pleno concierto de Mamushkas en el barrio de Almagro)

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