«Tatú», un cuento de Claudia Aboaf

Por Claudia Aboaf

La autora de El ojo y la flor comparte con Sonámbula un cuento inédito, en el que una declaración estética y política a favor de la armonía «entre la biosfera, las personas y las máquinas» chocará con la incomprensión y el odio de la multitud.

 

Ni las raíces curvas, ni las ramas extendidas. Una hoja alargada se ofrece en mi camino. Apoyo mi palma sobre su palma como en un ruego húmedo, copia mi pulso desmandado y temblamos juntas. Es un alto en estas plantas sueltas, alejadas del rumor lejano al que los destellos no alcanzan. Tal vez la única, última señal generosa en mi situación pública. Me da miedo separar la palma.

***

Parada en el centro del escenario, les mostré de qué está este mundo enfermo. Mi brazo tatuado graficó mis palabras, fue el sello de sangre para el anuncio que nadie aguanta. ¿Que más puede hacerse si no hay ya autoridades que no hayan fundido el lenguaje? Se ha visto a otrxs jovenes de pie, desnudxs, mostrando sus signos de carne tan claros como señales de tránsito.

El público primero cruzó miradas ante la falla del sonido y luego el sol encandiló su inspección ocular e irritó más los ánimos. Serpentearon el cuello y aguantaron la vejiga para no perderse nada. Realizaron un examen crudo con los labios torcidos como si vieran expuestos mis órganos internos y no quisieran recordar los suyos. Ninguno inclinó la cabeza para mirarse su hígado tronado, ni escuchar su corazón arrítmico. Cuando el viento adhirió mi vestido y aleteó entre mis piernas, se hincharon sus miembros vivos y se elevó el tumulto. Es cierto que mi voz sonó como un fuelle soplando el micrófono y que el anuncio pareció surgir de un megáfono interno que ampliaba los sonidos de mis intestinos. Y luego el silencio sonó como un vacío que se destapa. Admito –alguna fotografía puede demostrarlo– que mi furia se hizo evidente y sobresalió de mi cara frunciendo los pliegues. Los ojos saltados por contener el despilfarro de insultos. Y convengo, sí, que al agitar los brazos mi tatuaje quedó al desnudo.  

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No había un barrio de tatuadores pero sí enclaves de dos o tres negocios juntos. Llevar un mensaje en el cuerpo se había vuelto imprescindible, era algo indeleble y la gente maduraba largamente qué quería sintetizar en el diseño. No era solo un ornamento. Existían los tatuajes meditados pero también los tatuajes impulso, en cualquier caso su lectura se tomaba seriamente. Era la presentación personal expresada en esos simples o complejos trazos. Tintas negras o coloridas inyectadas en la piel que podían ocupar el ochenta por ciento del cuerpo o sólo una falange. En el lenguaje de las marcas cada gota de tinta valía, no había tatuajes falsos, nadie se grabaría con dolor una mentira. Ante alguna duda, te preguntaban si asumías todos tus tatuajes. Si en algún caso no era así, era mejor quitárselo. Ese lenguaje de perfiles puntuados era la única concordancia entre las ideas y la carne. La devaluación de las palabras aumentaba cada día, el riesgo mundo se disparaba cañoneado con falsedades. Ya no había frases que morder sin que sean saliva inútil.

Esas calles olían un poco a tintas y sangre. Pulsé el timbre de la puerta en un patio interno, frío a la sombra de los edificios. Sonaba una música plana, nada que hiciera olvidar en qué nos habíamos convertido: todo se cruza sin encontrase y la soledad es la medida de la distancia, entre uno y las máquinas, entre ella las plantas. Nadie quiere apearse del viaje rápido de las “historias”, millones de cápsulas selladas que se disparan por segundo con nosotros dentro, y chocan unas con otras sin abrirse nunca. ¿Adonde van si no vienen a rejuntarse en la orilla sucia? ¿O se disuelven como caramelos en la boca de un agujero negro?

En este patio podía verse cómo la soledad se estaba volviendo sólida.   

 Yo era virgen de pigmentos. Di mi conformidad para hacerlo, era lo que pensaba sumado a lo que sentía. Otras expresiones, como la palabra dicha o escrita, podían erigirse como verdades pero luego eran barridas como mentiras descomunales. El tatuaje, en cambio, iba bajo tierra junto con tu muerte. Últimamente se había perfeccionado el desvanecimiento –con laser o raspándolo con un cristal afilado– pero, fuera resultado de una decisión meditada o fruto de un arranque, desvanecer tatuajes era como desaparecer, como si te quitaran el aliento.

Al comienzo de la sesión, que podía durar entre cinco y siete horas –algunos merecían varias jornadas– observé una escala impresa de otras épocas en que esta práctica estuvo prohibida. Entre los rusos era un asunto de vida o muerte, los tatuajes eran respetados y temidos, y si descubrían que lo que decía era falso te lo raspaban con un vidrio afilado. Había fotos de esos lienzos vivos. Una serpiente en el cuello contaba que eras un adicto. Demonios en los hombros: odio a la autoridad. Calaveras y cruces: Dios contra todos, todos contra Dios. También se habían proscrito para aquellos que se dirigían a la tierra prometida. Un emperador en Japón se realzó con ellos y el siguiente los condenó; los tatuajes atravesaron el mar en el cuerpo de los marineros y en occidente se inventó la máquina de tatuar. Fueron los nazis.

Habían regresado a devorar palabras. La gente bostezaba ante los discursos y nadie leía más de dos palabras. Anhelaba estar a la altura de mi tatuaje. El diseño que iba a exponer había sido macerado justamente en el último tramo de mi desarrollo, cuando por fin la idea sentida que crecía en mí sumó las partes hasta conformar una imagen, la que ahora me tatuaría.

Acostada en la camilla, comprobé que mi play list sonara y envolviera el recinto privado. Los aspersores exhalaron un aroma amplificado, algo alucinógeno y anestésico, y me abracé a las canciones. No nos conocíamos con la tatuadora pero ella se mecía con la música detrás de la máscara. Su piel era pura geometría: dibujos abstractos, matemáticos, desde la frente hasta los pies descalzos, para quien estuviera dispuesto al tiempo lento de la lectura en el cuerpo. La había buscado entre tantxs otrxs por su estilo Brush fileteado. Con el cuerpo encorvado empuñó la máquina de tatuar, disparó las agujas a gran velocidad. Engullí el dolor junto con la música, la tinta penetró como fuego. Adentro. 

Alcanzar la imagen síntesis producía un estallido interior. La síntesis de cada quien merecía agujas de oro y pigmentos de henna como en tiempo de lxs egipcixs. Entre la untuosidad de la tinta con sangre, comenzó a surgir en la epidermis estremecida, la  la idea perceptible, la voz en la piel. Ahí estaba el gesto bravo con ojos ligeramente animales de una persona que derivaba en una planta similar al alga con sus filamentos, desde ahí afloraban circuitos, cables y conectores. Un entrelazamiento persona animal planta máquina que ya no puede ser destejido, tal era mi claridad y mi estallido. Sólo tenemos que aprender a relacionarnos, dije estallada de endorfinas. La artista ya limpiaba los sobrantes de tinta. Me sujeté el brazo delante del espejo: la perspectiva visual evocaba una respuesta rápida “somos híbridos”. El problema no era el tesoro de la tecnología ya entrelazada a nuestra vida de simios, tampoco la Naturaleza vista como una postal distante pero sí era muy tarde para abrazar a la madre. Se puede dar una patada a una lata como si fuera una gracia, pero no va venir ahora a limpiarnos el resto de mermelada.

La tatuadora ya había liberado su historia cápsula (foto y comentarios) que viajaba sin tocarse con las otras. Millones de capsulas chocando unas contra otras en la red sin que ninguna se abra.

***

Habían pasado unos pocos años y la imagen de la persona animal planta máquina era aun vibrante de colores. Con los pies juntos delante del micrófono inútil y los brazos levantados, comenzó el reguero de sonidos cortos de los teléfonos “amigos” (aunque nunca hayamos entendido quienes somos con ellos prendidos). En el instante en que el gentío alzó los dispositivos nacidos para la mano garra con el índice listo para cliquear en fotos, me cubrí la cara. Podía sentir el golpe de esas piedras lapidarias; claro que no arrojarían sus teléfonos, esas mercancías eran la futura exhumación de sus vidas. Sus urnas plásticas. Eran fotos las que me golpeaban.

Aunque todo estaba a la vista y las palabras sobraban, nadie quería que señalara el paisaje manoseado que ya no incluye su cuadro de invierno, nadie tomó nota que hace años que estamos a puro verano aunque se noten las crestas arrugadas y desvestidas de las montañas. No hay sombra ni fresca para mantener algo vivo  entre los brazos. Todo se quema. Nos metimos solxs el dedo en el ojo, y tuertxs, evaluamos la mitad del daño. La tragedia es inmensa, pero la gente la comprime en una historia que se extravía en un día. Después de todo la ilusión protagónica es un derecho. Y todxs siguen precipitados, como si nada ocurriera, en los antiguos proyectos. Pero en ese minuto, junto con sus selfies y comentarios, la que viajaba era mi silueta, muy joven, que recordaba, con trazos gruesos, el hábito del deseo que quiebra todos los géneros.  

La instantánea ampliada comenzó a circular. Muchxs se atropellan: desaprueban que no se mantenga el mundo ordenado, la superioridad controlada. El tatuaje vuela en las pantallas,  replican el vivo (hay quienes todavía dejan el audio prendido; la mayoría sólo mira las figuritas). Y cómo le gusta a ese hombre señalar con el dedo, crear un ambiente, prestidigitar la noticia y repartirla de nuevo, apura la lengua aunque no emita sonido y besa su teléfono como desafío. Pero no puede detener la masividad de la vida, la permanencia del tatuaje y su veracidad hecha carne les resultó ofensiva. Los mensajes que replican amenazan con quebrar mis pequeñas gotas de tinta para que se desparramen junto con la figura encarnada. También prima en su desaprobación las ganas (el único motor encendido a plena llama) de estar ellxs en las pantallas, siempre y cuando nadie les hiera el corazón.  ¡Soy yo quien está de pie siendo leída y resistida! ¿A ésta quien le paga…?  
Interpelan con gestos, descifran con detallismo la persona planta máquina de piel entintada expandida en el antebrazo cruzado con el que intento cubrirme la cara. Y esa foto que da la vuelta es la piedra que da en el blanco con puntería exacta sobre las maniobras políticas estratíficadas. El estallido crece ante la figura que atestigua lo que pudo haber sido. Acomodadxs al collage falso de lxs analistas, mi figura pequeña y mi voz tatuada pulsan sus enormes pesadillas, porque ahora, con todas las relaciones frustradas, con la Tierra, las parejas, lxs padres, los hijxs, con las máquinas; hay que abandonar los nidos. Nuestro terreno híbrido de seres vivos, cibernética y ladrillo, pero con los juguetes rotos lloran como niñxs. Las cápsulas avisos mezclan con mi foto mercancías y visitas a mejores tierras que no existen.

Pero el foco estalla en los siglos de las cosas. Los servicios se apagan.

Las personas salen de sus casas mirando los teléfonos, rabiando sobre la imagen tatuada. Se vuelven más ajenos, berrean y siguen las huellas de los otros o se trasladan despistados, sin que nadie se relacione con nada. Cuando se agoten las baterías llegará la  desconexión final, mientras, tempestades aladas bajan, desnudan el campo y, sin el abrigo, rompen corazones por los niñxs muertxs.

El tatuaje habló, después de todo la naturaleza lo viene haciendo por siglos; pero el cielo ya se apaga. No fue la grada ni el micrófono inútil, tampoco el viento que flameó mi vestido. Abrieron con brusquedad los ojos a la piel grabada y emprendieron el viaje final de las historias cápsula. Pero ocurre un último “vivo” que se replicará mientras duren las cargas.  

Cuando advierto en el escenario lo cerca que está la mujer encendida empuñando su célula telefónica, sólo veo, en los labios flojos, su disgusto por quedarse sin el abrigo, pero no la faca: se ensaña con mi tatuaje, revuelve el cuchillo, tajea la planta, el animal, la persona y separa de un corte la máquina entrelazada.

***

Mi palma en la palma de hoja de fibra no va cerrar la herida. Pienso en alguien con el brazo extendido: un palo, un dispositivo o ese cuchillo-faca que alarga su mano, instrumentos de su mente paridos; sabe que no ha caído de los afueras celestes, que toda esa chatarra son sus hijos. No tendríamos que habernos destejido: somos híbridxs, animales de producto bioquímico. Arruinada la relación con nuestra madre y con nuestros hijos, respondí a la inquisición de mi tatuaje inscripto, como lenguaje encarnado, como síntesis, mientras se apaga el clamor en el silencio nuevo del vacío electrónico y la escasez en la intemperie. Y con la persona divida ya no suena el último grito: ¡fuera de los nidos!

 

 

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