“Tatú”, un cuento de Claudia Aboaf

Make sure that tattoo is one you want to keep.

Por Claudia Aboaf

La autora de El ojo y la flor comparte con Sonámbula un cuento inédito, en el que una declaración estética y política a favor de la armonía “entre la biosfera, las personas y las máquinas” chocará con la incomprensión y el odio de la multitud.

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Mi palma en la palma de la hoja. Una hoja firme, fibrosa, aterciopelada. Tal vez la única, última señal palmaria en mi situación pública.
La adhesión de una planta, siquiera sus ramas entrelazadas o raíces invisibles me abrazan, solo una hoja del tamaño de mi mano, sobresaliente en mi camino, se ofreció con su frescura y vitalidad para que me detenga unos segundos. La hoja tiembla junto con mi pulso desmandado, pero no se aleja, es una mínima tregua del rumor lejano. En este bosque suelto de lo urbano, en este aire umbrío al que no alcanzan los destellos. Me da miedo separar la palma.

¿Habían sido mis palabras el tajo abierto que ya no me permitirían cerrar, o fue mi cuerpo que las acompañó con gestos expansivos, enrarecidos, o mi pelo corto, quizás más perdonable peinado y largo? O fue el viento que adhirió mi vestido, aleteó entre mis piernas y arremolinó los ánimos vibrantes elevando el tumulto.
Realizaron un examen crudo, como si expusiera mis órganos internos y no quisieran recordar los suyos bajo la piel lisa. Ninguno inclinó la cabeza para mirarse el hígado tronado, ni escuchar su corazón arrítmico; siguieron vociferando. Se cruzaron miradas ante la falla en el sonido y la inclinación del sol cegó en parte la inspección ocular con manchas rojizas irritando los ánimos. El pandemónium pareció elevarse, y yo era el fuelle que soplaba con mi voz de asombro delante del micrófono, como si mis tentativas surgieran de un megáfono interno que ampliaba los sonidos de mis entrañas. Admito -alguna fotografía puede demostrarlo- que mi furia se hizo evidente y sobresalió de mi cara frunciendo los pliegues.
Y que levantar los brazos desnudó mi tatuaje. ¿Qué desnudó el tatuaje?
Fue su visión el instante en que toda esa gente alzó el teléfono que ahueca la mano garra. El índice extendido para cliquear en fotos. Me cubrí la cabeza. Podía sentir el golpe de esas piedras lapidarias, claro que no arrojarían sus teléfonos, esas mercancías eran la futura exhumación de sus vidas. Sus urnas plásticas.

No había un barrio de tatuadores pero sí enclaves de dos o tres casas juntas. En los timbres había alguna señal para entendidos. Sin embargo, llevar un mensaje en el cuerpo se había vuelto imprescindible, algo indeleble y, como en mi caso, la gente maduraba largamente qué quería sintetizar en el diseño. Existían los tatuajes meditados pero también los tatuajes impulso. En cualquier caso su lectura se tomaba seriamente. Era el tatuaje la presentación personal; un todo expresado en esos simples o complejos trazos. Tintas negras o coloridas inyectadas en la piel que ocupaban el ochenta por ciento del cuerpo o sólo un dedo. En el lenguaje de los tatuajes cada gota de tinta valía. No había tatuajes falsos, nadie se grabaría con dolor una mentira. Ante alguna duda, te preguntaban si asumías todos tus tatuajes. Si en algún caso no es así, lo mejor es quitárselo. Ese lenguaje escrito en el cuerpo se había vuelto “la verdad”. Di mi conformidad al hacerlo: eso expresaba lo que estaba en mí más allá de mi misma, lo que pensaba sumado a lo que sentía. Era esa clase de síntesis: sentir los pensamientos era una práctica. Otras expresiones, como la palabra escrita o dicha, podían erigirse como verdades pero en pocos minutos eran barridas como mentiras descomunales.
Últimamente se había perfeccionado el desvanecimiento pero, fuera resultado de una decisión meditada o el fruto de un ataque, desvanecer tatuajes era como desaparecer, como si te robaran el alma.

Al comienzo de la sesión, que sabía podía durar entre cinco y siete horas -otros merecían varias jornadas- miré una escala impresa de las épocas en que esa práctica estuvo prohibida, incluso perseguida. Pero agotadas otras formas de expresión, volvió a renacer.
Era consciente de que anhelaba estar a la altura de mi tatuaje, un esfuerzo por subrayarme. El diseño que iba a exponer había sido macerado justamente en el último tramo de mi desarrollo, cuando por fin la idea sentida que crecía en mí sumó partes hasta conformar una imagen, la que ahora me tatuaría.
Acostada en la camilla, comprobé que la música con las últimas canciones de Nick Cave, el álbum posterior a Ghosteen, que había llevado conmigo, estaba sonando y envolvía el recinto privado. Unos aspersores exhalaron un aroma amplificado, tal vez algo alucinógeno, realzando la melodía. Con la tatuadora, que llevaba una máscara, no nos conocíamos muy bien y yo no podía recordar su cara. Había elegido para sí dibujos geométricos, así anunciaba sus intereses abstractos, anárquicos; ella era un libro escrito desde la frente hasta los dedos de los pies para quien estuviera dispuesto al tiempo lento de la lectura en el cuerpo. La elegí entre tantxs otrxs por la sutileza de sus trazos. Su estilo era refinado. Empuñó la máquina de tatuar y comenzó a disparar sus agujas a gran velocidad.

Alcanzar la imagen síntesis producía un estallido. La síntesis de cada quien era el momento que merecía agujas de oro y pigmentos de henna como en tiempo de los egipcios. Entre la untuosidad de la tinta con sangre, la música y los vapores, la mujer planta máquina en mi brazo formó la idea perceptible. Un término pensado en imágenes: el gesto bravo de la mujer mezclado con los ojos ligeramente vueltos hacia la memoria había quedado inscripto. Felicité a la tatuadora. Pero este signo visual obvio y oscuro a la vez quería penetrar en los demás. La derivación del cuerpo de la mujer en una planta similar a un alga, simple y de enorme complejidad en sus pequeñas ramas, era un génesis que derivaba en circuitos, cables y conectores que se trenzaban con el vegetal aflorado. Pero la perspectiva visual buscaba una respuesta rápida: somos híbridos, expresaba. El entrelazamiento entre la biosfera, las personas y las máquinas no puede ser destejido sin destruirnos. Tal era mi claridad y mi estallido. Sólo teníamos que aprender a relacionarnos. Las manos agarrotadas de la figura denunciaban los problemas de relación y la frustración acumulada.

Aunque habían pasado unos pocos años, la imagen de la mujer planta máquina aun era vibrante de colores y los silencios se atropellaron para opinar: condenaron negando con la cabeza al ver el tatuaje ampliado en la pantalla que replicaba el vivo. Eran los que aun confiaban en las imágenes de las pantallas, se enarbolaban tras la ética de lo evanescente. La duración del tatuaje y su veracidad hecha carne los ofendía. Querían quebrar esas pequeñas gotas de tinta encapsuladas para que se desparramaran junto con la claridad del mensaje. También primó en su desaprobación el deseo de estar en la mira, siempre y cuando nadie les hiriese el corazón. Pero era yo quien estaba allí de pie siendo leída.
Interpelaron, descifraron con detallismo a la mujer planta máquina de piel entintada expandida en el antebrazo cruzado cubriéndome la cara. Y esa foto que dio la vuelta fue la piedra que dio en el blanco con puntería exacta. El estallido creció ante esa figura testigo.
Acomodados al tiempo extendido de los analistas, en un mínimo fragmento de ese día mi figura pequeña y mi voz tatuada pulsaron sus enormes pesadillas. Todas sus relaciones frustradas, con la Tierra, las parejas, los padres, los hijos. Con la tecnología. Había que abandonar los nidos, ese terreno híbrido de cibernética y ladrillo pero, con sus juguetes rotos, lloraban como niños.

Cuando advertí lo cerca que estaba la mujer encendida empuñando su célula telefónica, sólo vi, en los labios flojos, su disgusto por quedarse sin el abrigo, pero no la faca: se ensañó con el tatuaje, revolvió el cuchillo, tajeó la planta, la mujer y separó de un corte la máquina.

La palma en la hoja fresca no va cerrar la herida. Pienso en alguien con el brazo extendido: un palo, un dispositivo o ese cuchillo-faca que alarga su mano, instrumentos de su mente paridos; sabe que no ha caído de los afueras celestes, que toda esa chatarra son sus hijos. Ya no puede ser destejido: somos híbridos, animales de producto bioquímico -repito en la arboleda lo dicho en la grada-: “Arruinada la relación con nuestra madre, y con nuestros hijos”. Respondo a la inquisición de mi tatuaje inscripto, como lenguaje encarnado, como síntesis, mientras me alcanza el clamor limpio, en el silencio nuevo del vacío electrónico y la escasez en la intemperie fuera de los nidos. Palma con palma resisto.