Teoría política: Utopías en la Ciencia Ficción (I)

Hoy recuperamos un texto de 1979 en el que el siempre agudo crítico cultural inglés Raymond Williams aborda las conexiones “estrechas y evidentes” entre las ficciones utopícas y la ciencia ficción, para luego clasificar sus regularidades temáticas e implicancias políticas. De la Utopía de Moro a Los desposeídos de Le Guin, pasando por Orwell, Huxley, Bacon, Morris y muchos más. Primera parte.

 

I

Existen conexiones estrechas y evidentes entre la ciencia ficción y la ficción utópica, aunque en ningún caso, examinando profundamente la cuestión, se trata de una relación simple; las relaciones entre ambos géneros son excepcionalmente complejas. Por lo tanto, si analizamos las ficciones que han sido clasificadas como utópicas podemos distinguir claramente cuatro tipos.

  1. el paraíso, en el que un modo de vida más feliz se describe simplemente como existente en algún lugar.
  2. el mundo modificado externamente, en el que un nuevo tipo de vida ha sido posible por un suceso natural inesperado.
  3. la transformación voluntaria, en el que un nuevo tipo de vida se obtiene por el esfuerzo humano.
  4. la transformación tecnológica, en el que un nuevo tipo de vida ha sido posible por un descubrimiento técnico.

Queda por supuesto en claro que estos tipos a menudo se superponen. En realidad, la superposición y a menudo la confusión entre 3 y 4, sin particularmente importantes. Ambas categorías pueden clarificarse a partir de la negación de cada tipo: negación que es por lo común denominada “distopía”. Tenemos entonces:

  1. el infierno, en el que un modo de vida más desdichado se describe como existente en algún lugar.
  2. el mundo modificado externamente, en el que un nuevo -pero menos feliz- tipo de vida ha sido originado por un suceso natural inesperado e incontrolable
  3. la transformación voluntaria, en el que un nuevo -pero menos feliz- tipo de vida ha sido originado por la emergencia o reemergencia de tipos de orden social dañinos, o por las consecuencias imprevistas y desastrosas- de un esfuerzo de mejoramiento social.
  4. la transformación tecnológica, en el que las condiciones de vida han empeorado por el desarrollo tecnológico.

En tanto no puede establecerse una definición a priori el modo utópico, no podemos excluir en principio ninguna de esas funciones distópicas, aunque es claro que son más fuertes en 3. y 4., perceptibles en 2. y apenas evidentes en 1., en donde la respuesta negativa a la Utopía ha dado paso a un fatalismo o pesimismo relativamente autónomos. Estas indicaciones se refieren con alguna precisión a las definiciones positivas, y sugieren que los elementos de transformación, antes que los elementos más generales de otredad, pueden ser cruciales.

Podemos pues considerar estos tipos en relación con la ciencia ficción, una categoría general aún más difícil. Lo que estamos buscando son los modos diferenciales en los que “la ciencia”, en sus distintas definiciones posibles, puede jugar como elemento de cada uno de estos tipos. Encontramos que:

  1. el paraíso y el infierno pueden ser descubiertos, alcanzados, por nuevas formas de viaje que dependen de desarrollos científicos y tecnológicos (viaje espacial) o cuasi-científicos (viaje en el tiempo). Pero esta es una función instrumental; el modo del viaje no afecta por lo común al lugar descubierto. El tipo de ficción es apenas afectada, tanto si el descubrimiento se hace por un viaje espacial o marítimo. El lugar, más que la travesía, es lo dominante.
  2. 2. el mundo modificado externamente puede ser relatado, construido, profetizado en un contexto de mayor comprensión científica de los hechos naturales. Esta puede ser también sólo una función instrumental; un nuevo nombre para el viejo diluvio universal. Pero el elemento de mayor comprensión científica puede llegar a ser significativo o aún dominante en la ficción, por ejemplo en el énfasis de las leyes naturales en la historia humana, que pueden de manera decisiva (a menudo catastrófica) alterar las perspectivas humanas normales.
  3. la transformación voluntaria puede ser concebida como inspiración del espíritu científico, tanto en sus términos más generales -tales como la secularización y la racionalidad- como en una combinación de éstos con las ciencias aplicadas que hace posible y sostiene la transformación. De manera alternativa, los mismos impulsos pueden ser evaluados negativamente: el hormiguero moderno y científico o la tiranía. Cada modo deja abierta la cuestión de la acción social del espíritu científico y de la ciencia aplicada, aunque es la inclusión de alguna acción social explícita o implícita (tal como la derrota de una clase por otra) lo que distingue este tipo de 4. Debemos notar también que hay ejemplos importantes del tipo 3. en los que el espíritu científico y la ciencia aplicada se subordinan a -o se asocian directamente con- un énfasis dominante en la transformación social y política (incluso revolucionaria); o en los que son neutrales respecto de la transformación social y política, la que se lleva a cabo en sus propios términos; o bien -lo cual es de significancia crucial para el diagnóstico- aquella en la que la ciencia aplicada, y menos a menudo el espíritu científico, es de hecho controlada, modificada o suprimida, en un retorno voluntario a un modo de vida “más simple” o “más natural”. En este último modo hay algunas combinaciones interesantes de una ciencia “no material” muy avanzada y de una economía “primitiva”.
  4. la transformación tecnológica tiene una relación directa con la ciencia aplicada. Es la nueva tecnología la que, para bien o para mal, ha creado los nuevos modos de vida. Como sucede de manera más general en el determinismo tecnológico, ésta tiene un efecto social escaso o nulo, aunque se la describe comúnmente como poseedora de ciertas consecuencias sociales “inevitables”.

Podemos ahora describir más claramente algunas relaciones significativas entre la ficción utópica y la ciencia ficción, como paso previo a la discusión de algunas utopías modernas y escrituras distópicas. Resulta tentador extender ambas categorías hasta hacerlas aproximadamente idénticas, y es cierto que la presentación de la otredad parece vincularlas, como modos de deseo o de advertencia en los que el elemento de discontinuidad respecto del “realismo” ordinario logra un énfasis crucial. Pero este elemento de discontinuidad es en sí mismo fundamentalmente variable. En realidad, lo que más debe tenerse en cuenta, tanto en la ficción propiamente utópica como en la distópica, es esa forma de continuidad, de conexión implícita, que la forma está destinada a contener. Así, revisando otra vez los cuatro tipos, podemos efectuar algunas distinciones cruciales que permitan definir a los textos utópicos de los distópicos (algunas de éstas descansan también en la cuestión aparte de la distinción de la ciencia ficción respecto de modos antiguos, hoy residuales, que se agrupan junto con ella sólo por motivos de organización):

  1. El paraíso y el infierno son sólo raramente utópicos o distópicos. Son ordinariamente las proyecciones de una conciencia mágica o religiosa, inmanentemente universal y atemporal, y por lo tanto están situados más allá de las condiciones de cualquier vida humana ordinaria y terrenal. Por eso el Paraíso Terrenal y las Islas de la Felicidad no son ni utópicas ni pertenecen a la ciencia ficción. El Jardín del Edén previo a la Caída es potencialmente utópico, para algunas ramas del Cristianismo; puede llegarse a él por la redención. La Tierra de Cokaygne medieval es potencialmente utópica; puede ser, y fue, imaginada como una condición humana posible y terrenal. Los planetas paradisíacos e infernales y las culturas de la ciencia ficción so0n a veces simple magia y fantasía, presentación deliberada, a menudo sensacional, de formas extrañas. En otros casos son potencialmente utópicas y distópicas, en la medida en que se conectan con (o se extrapolan a partir de) elementos humanos y sociales conocidos o imaginables.
  2. el mundo modificado externamente es típicamente una forma que se coloca antes o después de los modos utópicos o distópicos. Que el hecho sea interpretado mágica o científicamente es algo que normalmente no lo afecta. El énfasis habitual se pone en la limitación o en la impotencia humanas: los hechos nos salvan o nos destruyen, y somos sus objetos. En En los días de la Comuna, de Wells (1906), el resultado semeja una transformación utópica, pero el desplazamiento de la acción es significativo. La mayoría de los demás ejemplos, dentro de la ciencia ficción, son de manera implícita o latente distópicos: el mundo natural despliega fuerzas que están más allá del control humano, y que por lo tanto ponen límites o anulan todo logro humano.
  3. la transformación voluntaria es el modo utópico o distópico característico, en sentido estricto.
  4. la transformación tecnológica es el modo utópico o distópico reducido a la acción de un agente a la instrumentalidad; en realidad sólo llega a ser utópico o distópico en sentido estricto cuando se lo utiliza como imagen de una consecuencia, que funciona socialmente domo deseo o advertencia conscientes.

II

Ninguna distinción ha influido más, dentro del pensamiento político moderno, que aquella que ha hecho Engels entre los socialimos “utópicos” y “científicos”. Si hoy se la considera de modo más crítico, no es sólo porque el carácter científico de “las leyes del desarrollo histórico” ha sido cautamente interrogado o escépticamente desechado (hasta el punto, ciertamente, en que la noción de tal ciencia pueda ser descrita como utópica). También porque la importancia del pensamiento utópico está siendo reevaluado es que algunos lo ven como el vector crucial del deseo, sin el cual, en una versión, hasta las leyes son imperfectas; en otra versión son mecánicas, y necesitan del deseo para darles dirección y substancial. Esta reacción es comprensible, pero hace al impulso utópico más simple, más singular de lo que es en la historia de las utopías. En realidad  la variabilidad de la situación utópica, el impulso utópico y el resultado utópico es crucial para entender la ficción utópica.

Esto puede verse a partir del contraste clásico entre la Utopía de moro (1516) y la Nueva Atlántica de Bacon (1627). Suele decirse que ejemplifican, respectivamente, a la Utopía humanista y a la Utopía científica:

esa perfección excelsa en todas las buenas costumbres, en los atributos humanos y en la cortesía civil (Moro)

el fin de nuestra fundación es el conocimiento de las causas y secretos mecanismos de las cosas y la extensión de los límites del imperio humano, hasta alcanzar todas las cosas posibles (Bacon)

Puede aceptarse que las dos ficciones ejemplifican la diferencia entre una transformación general voluntaria y una transformación tecnológica; que Moro proyecta una comunidad, en la que los hombres viven y sienten diferente, en tanto Bacon proyecta un orden social altamente especializado, desigual pero opulento y eficiente. Un contraste completo mostrará, sin embargo, otros niveles. Así, se colocan en los polos opuestos de la Utopía del libre consumo y la Utopía de la libre producción. La isla de Moro es una economía cooperativa y de subsistencia; la de Bacon es una economía especializada industrial. Estos “modelos”  pueden verse como imágenes alternativas permanentes, y el cambio hacia una u otra, tanto en la ideología socialista como en el utopismo progresista, es históricamente significativo. (Podría escribirse una historia del pensamiento socialista moderno en términos de la oscilación entre la simplicidad cooperativa de Moro y el dominio de la naturaleza de Bacon, excepto por el hecho de que la tendencia más reveladora ha sido su fusión inconsciente). Sin embargo, lo que hoy podemos percibir como imágenes alternativas permanentes estaban enraizadas, en cada caso en una situación social y de clase precisas. El humanismo de Moro es muy limitado: su indignación se dirige tanto contra los artesanos y trabajadores fastidiosos y despilfarradores como contra los terratenientes explotadores y acaparadores -se identifica en lo social con los pequeños propietarios: sus leyes regulan y protegen pero también obligan al trabajo-. Es limitado también porque es estático: un sistema de regulaciones sensatas e intrincadas fijadas por los mayores. Es por lo tanto en términos sociales, la proyección de una clase declinante, generalizada como la norma relativamente humana pero permanente. El cientificismo de Bacon es igualmente limitado: la revolución científica de la experimentación y el descubrimiento deviene investigación y desarrollo de una perspectiva social instrumental. Extender los límites del imperio humano no es sólo dominar la naturaleza: también es, en tanto proyecto social, una empresa agresiva, autocrática, imperialista; la proyección de una clase en ascenso.

No podemos abstraer el deseo. Siempre es deseo de algo específico, en circunstancias específicamente determinantes. Considérense tres ficciones utópicas de finales del siglo XIX: La raza futura (1871) de Bulwer-Lytton; Mirando hacia atrás (1888) de Edward Bellamy; Noticias de ninguna parte (1890) de William Morris.

La raza futura es en un primer nivel un ejemplo del modo de transformación tecnológica. Lo que hace que los Vril-ya, que viven bajo nuestra tierra, sean civilizados, es su posesión de Vril, una fuente de energía multiuso que está más allá de la electricidad y el magnetismo.. los habitantes de los confines subterráneos que no poseen Vril son bárbaros; en realidad la tecnología es la civilización, y el mejoramiento de las costumbres y de las relaciones sociales se basa firmemente sólo en ella. Los cambios que esto origina son la transformación del trabajo en juego, la disolución del Estado y, en la práctica, la puesta fuera de la ley de las relaciones sociales competitivas y agresivas. Sin embargo esto no constituye, por todos los obvios rasgos de influencia, una Utopía socialista o anarquista. Es una proyección de las actitudes sociales idealizadas de una aristocracia, ahora generalizadas y alejadas de la realidad de la renta y la producción por el determinismo tecnológico de Vril. Su liberación complementaria de las relaciones sexuales y familiares (de hecho limitadas, aunque parezcan ser enfatizadas, por la simple inversión de las posiciones relativas y de los roles de hombres y mujeres) puede ser notablemente contrastada con la rigidez de estas relaciones en el humanismo de moro. Pero esto forma una unidad con la proyección aristocrática. Hay (como en algunas fantasías posgteriores, basados en supuestos que se privilegian de igual forma) una separación de las relaciones personales y sexuales de aquellos problemas relativos al cuidado, la protección, la manutención y la seguridad que Vril ha resuelto. La riqueza conduce a la liberación. Por contraste la codicia, la agresión, la dominación, la brutalidad, la vulgaridad de la superficie terrestre -el mundo, significativamente, tanto del capitalismo como de la democracia- son fácilmente determinados. Son lo que se supone que sean en un mundo sin Vril y, por lo tanto, sin Vril-ya. Se trata del deseo, pero ¿deseo de qué? Una transformación civilizada, más allá de los términos de una sociedad de clases en lucha continua.

Lo que también debe decirse, sin embargo, acerca de La raza futura es que el deseo está teñido de admiración temerosa y en realidad de miedo. El título presenta esa dimensión evolutiva que a partir de este período se halla disponible en la función utópica. Cuando los Vril-ya lleguen a la superficie simplemente reemplazarán a los hombres como hace en efecto una especie superior y más poderosa. Y no es sólo en su humanidad “a-Vrílica” que el héroe teme por ello. Hacia el final él toca un tema que oiremos claramente después en Un mundo feliz, de Aldous Huxley: que algo valioso e incluso decisivo -iniciativa y creatividad son las palabras que flotan en el aire- se ha perdido en el reemplazo del trabajo humano por Vril. Esta era una pregunta que debía frecuentar la Utopía tecnológica. Mientra tanto, en la sociedad del siglo XIX, un empresario tomó su propio atajo. Inspirado por Lytton, hizo una fortuna a partir de un extracto de carne llamado Bovril.

Mirando hacia atrás, de Bellamy, es incuestionablemente una Utopía, en el sentido central de una vida social del futuro transformada, pero es, significativamente, una obra sin deseo; su impulso es otro, el de un racionalismo avasallador, una organización total determinante, que encuentra su propia contraparte institucional en un capitalismo de Estado monopólico que es visto como inevitable paso siguiente en el desarrollo industrial y social de la humanidad (el orden de los adjetivos aquí es decisivo). El que este “pronóstico” -antes que una “visión”-, fuera ampliamente considerado como socialismo es indicativo de una tendencia dominante en la época de Bellamy, que puede vincularse con el Fabianismo, pero que también hoy debe vincularse con una corriente dominante en el marxismo ortodoxo: el socialismo como estadio superior siguiente de la organización económica, proposición que se considera que pasa por alto, excepto en los términos más generales, cuesitones de relaciones sociales substancialmente diferentes y motivos humanos. La crítica de Morris a Bellamy repitió casi exactamente lo que se conoce  como crítica romántica, pero que más propiamente es la crítica radical de los modelos sociales utilitarios: “el vicio subyacente… es que el autor no puede concebir… nada más que la maquinaria de la sociedad”. La respuesta más completa de Morris fue su Noticias desde ninguna parte; pero antes de considerarla deberíamos incluir un punto crucial acerca de la historia de los textos utópicos, recientemente expuesto por M. H. Abensour.

Abensour establece una periodización crucial en el modo utópico, de acuerdo con el cual se produce, después de 1850, un cambio en la construcción sistemática de modelos organizativos alternativos hacia un discurso de valores alternativos más abierto y heurístico. E. P. Thompson interpretó este último como “la educación del deseo”. Es un énfasis importante, en tanto nos permite ver con mayor claridad, por contraste, cómo ejemplos del modo de “transformación social voluntaria” pueden ser desplazados en su esencia hacia el modo de “transformación tecnológica”, en el que la tecnología no necesita ser sólo una maravillosa nueva fuente de energía o algún recurso industrial de ese tipo sino que también puede ser un nuevo conjunto de leyes, nuevas relaciones abstractas de propiedad, en realidad y más precisamente: una nueva maquinaria social. Pero entonces, una vez que hemos dicho esto y reconocido el valor contrastativo de este modo más heurístico, en el que se proyecta la sustancia de los nuevos valores y relaciones -prestando una atención comparativamente menor a las instituciones-, debemos entonces relacionar el cambio con la situación histórica dentro de la cual ocurrió. Pues el cambio de un modo a otro puede ser tanto negativo como positivo. Imaginar una sociedad alternativa no consiste sólo en la mera construcción de modelos: todo lo que supere la proyección de nuevos sentimientos y relaciones es necesariamente una respuesta transformadora. Toda la sociedad alternativa descansa, paradójicamente, en dos situaciones sociales completamente diferentes: o bien aquélla en la que existe confianza social, según el talante de una clase en decadencia, o de una fracción de clase, que debe crear un nuevo paraíso porque la tierra es un infierno para ella. Los fundamentos del modo más abierto -pero también más vago- son diferentes en cada caso. Se trata de una sociedad en la que el cambio ocurre, pero primariamente bajo la dirección y en los términos del propio orden social dominante. Éste es siempre un momento fértil para un estado de anarquía: positivo en su tajante rechazo de la dominación, represión y manipulación; negativo en su descuido deliberado de las estructuras, de la continuidad y de las restricciones materiales. El modo sistemático es una respuesta a la tiranía o a la desintegración; el modo heurístico, por contraste, parece ser primariamente una respuesta a un reformismo limitado.

No se trata, por lo tanto, de preguntar qué es mejor o más fuerte. La Utopía heurística posee la virtud de la visión a contrapelo; la Utopía sistemática la convicción de que el mundo puede realmente ser diferente. La Utopía heurística, a la vez, tiene la debilidad de que puede asentarse en el “deseo” aislado y, a fin de cuentas, sentimental, un modo de vivir alienadamente, en tanto la Utopía sistemática tiene la debilidad de que, con su organización insistente, parece ofrecer espacio para cualquier forma de vida reconocible. Estas virtudes y defectos varían, por supuesto, en los ejemplos individuales de cada modo, pero lo hacen más decisivamente no sólo en los períodos en que son escritos sino en los períodos en que son leídos. El carácter mixto de cada modo tiene por lo tanto mucho que ver con el carácter de las distopías del siglo XX que las han sucedido. Así es que la pregunta central contemporánea acerca de los modos utópicos es por qué hay progresión, dentro de sus estructuras, hacia las inversiones específicas de un Zamiatin, Huxley, Orwell, de toda una generación de escritores de ciencia ficción.

Es dentro de esta perspectiva que ahora podemos leer Noticias de ninguna parte. Se la cataloga y critica comúnmente como una transformación heurística generosa pero sentimental. Y esto es fundamentalmente correcto, en lo que respecta a las partes que están hechas para ser recordadas: el medievalismo de los detalles visuales, y la bella gente en el río durante el verano son inseparables de la franqueza convincente y de la amabilidad y de la cooperación distendida. Pero estos son elementos formales residuales: los Utópicos, los Houyhnhnms, los Vril-ya, podrían ser como mínimo primos de los personajes de Morris, a pesar de que las dimensiones de la dependencia recíproca universal han creado una diferencia identificatoria. Pero lo emergente en el trabajo de Morris, y lo que me parece cada vez más el punto fuerte de Noticias de ninguna parte es la inserción crucial de la transición a la Utopía, la cual no es descubierta, encontrada de golpe o proyectada -ni siquiera, excepto en el nivel de convención más simple, soñada- sino que debe pelearse por ella. Entre escritor o lector y esta nueva condición está el caos, la guerra civil, el dolor y la lenta reconstrucción. El mundo dulce y pequeño que resulta de todo esto es al mismo tiempo una consecuencia y una promesa; una garantía de “días de paz y descanso” para después de que la batalla haya sido ganada.

Morris fue lo suficientemente fuerte, incluso su mundo es a veces lo suficientemente fuerte, como para encarar este proceso, este orden necesario de acontecimientos. Pero cuando la Utopía no es sólo el mundo alternativo, que arroja su luz en la oscuridad del presente intolerable, sino que permanece como final lejano de generaciones de lucha y de conflicto feroz y destructivo, su perspectiva, necesariamente, se altera. La imaginación post religiosa de una comunidad armoniosa, la proyección racional iluminada de un orden de paz y plenitud, han sido reemplazados, o al menos limitados, por la luz al final del túnel, la dulce promesa que sostiene el esfuerzo y los principios y la esperanza a lo largo de años de preparación y organización revolucionarias. Este es un genuino punto crítico. Allí donde el camino a la Utopía era la redención moral o la declaración racional -esa lux de un orden superior que ilumina una posibilidad siempre presente- el propio modo era radicalmente diferente del modo moderno de conflicto y resolución.

(Link a la segunda parte)

 

El texto fue publicado en la compilación de textos Escaleras al cielo. Utopía y ciencia ficción, realizada por Daniel Link y editada por La marca editora en 1994. La traducción, especial para esta edición, estuvo a cargo de Horacio Guido.