Territorios fluidos por donde se desplaza el cuerpo

Por María Ragonese

María Ragonese recomienda Ley de conservación, primer libro de Mariana Spada, editado por Gog & Magog el año pasado, un texto donde “el material residual del movimiento, ya como belleza, ya como despojo, involucra las condiciones materiales para la vida que alcanzan afectos y alianzas; una reconfiguración de la estirpe, de tripas y de corazón”.

Ley de conservación va del rito inicial al desmantelamiento de todo posible regreso o reconstrucción de un estado anterior, idea que resuena en el epígrafe de Sharon Olds: Cuando perdés a alguien nunca es exactamente / esa misma persona la que vuelve.
En “Retorno” y “Una velocidad de escape” la distancia activada deja entrar el olvido, lo que se deja, donde primero estuvo la presencia. Puede que ambos elementos pesen lo mismo, que la transformación no trastoque la conservación de la masa, como se explica el título a nivel químico. La distancia comporta un cambio en el estado de las cosas que no se da en el vacío, hay un vínculo, una correspondencia afectiva y espacial, porque lo externo o lo que se aleja también participa de lo personal e íntimo de la existencia.

Retorno

El último día de las vacaciones
bajaste a la playa a decirle adiós
a la parte del guardarropas
que abandonarías más tarde
debajo de la cama del bungalow
donde transcurrió el verano.

Unos shorts, tres remeras y el buzo percudido
serán lo primero que dejes atrás
en este viaje
ni bien el ómnibus nocturno ponga en marcha
la ampliación de una distancia
que deje entrar el olvido.

A lo mejor el momento crucial
el que separó con un corte preciso
lo que sostenía esa vida
y lo que tensaba esta otra, ya es historia
y los restos de tu pasado
medidos en algodón y un poco de poliéster
fueron a disgregarse entre los cerros
coloridos de un basural
donde saben picotear las gaviotas.

En ese entre-dos que es “esa vida-esta otra” no es posible el retorno; esto equivale a decir que el movimiento entre vida y muerte requiere de la mutación y la destrucción fundamental como acción que habilita la circulación de la nueva vida. En “Archimedis physica” la masa que se desprecia comparte lazos con la que pulsa por dominarla: el sol, el camino, el Padre/el ser-varón, porque, siguiendo lo antedicho, se ejercita la tensión, el poder y el dominio entre aquello que afecta a la masa sin degradarla, aunque cambie su cualidad y su actividad de ser-y-hacer, de cuidar, de instaurarse.

Si hay permanencia en el arco que va de Troya al vidrio de una noche feliz que —a diferencia de la masa— se le escapa a la ciencia, se puede pensar que aquí el cuerpo se enhiesta, viaja, tiembla, se moja, desea porque vive; y, además, hay muerte y cambios rotundos (¿pájaros, formas, padres, dogmas?). Sobre todo, algo de ella misma, en cuanto a la construcción de su voz encarnada en cada poema. Lo que muere puede ser lo fundado, a diferencia de lo que nace en el cuerpo relatado y parcialmente nuevo —sus partes—, y en el cuerpo del libro. Hay una puesta en acto sobre los nuevos territorios fluidos por donde se desplaza.

Poema del final del día

El instante breve que media
entre que vuela el vestido
y entramos en el camisón
o la remera de dormir,
frente al espejo, no queda
casi nada: el seno chato
los pezones
a medio emerger

las caderas estrechas
la cintura, una pista caliente
y el apellido de un padre
que no vivió para contarlo.

Los cuerpos inmóviles, acalambrados, se acomodan al hueso de la ley paterna, el varón que acudiría al llamado de serlo (herencia-querencia); el auto como osamenta (rituales que denotan la costumbre). Y una respuesta desde el cuerpo que se mueve, nueva osatura: el tórax por donde la voz grave se eleva ecuánime entre el deseo y lo deseado (“La última rama de este árbol se quiebra acá”). Así, el movimiento aglutina un sentido opuesto a lo estancado, es su verso: atravesar el río; temblar y afirmarse; que los pájaros duerman, vuelen, mueran; el paso del tiempo; tocar los pliegues, las heridas; comer; habitar el deseo y hacerse cargo de sus espectros (visión y fantasma).

La última rama de este árbol se quiebra acá

¿Dónde ubicarme
si no fui
para madre
menuda como
la espadaña
que corta el viento en dos
sin renunciar a la gracia
ni llegué a ser
a ojos de padre
más que el ensayo
infructuoso de su varón
final?

Algunos huesos
daneses
la caja torácica
por donde sube el timbre
de una voz grave
a ecuánime distancia
del deseo y lo deseado.

El material residual del movimiento, ya como belleza, ya como despojo, involucra las condiciones materiales para la vida que alcanzan afectos y alianzas; una reconfiguración de la estirpe, de tripas y de corazón. Una voz que se instaura y existe por sí misma, sin feudos genealógicos; sin autocelebración, aunque con festejos sencillos sobre la naturaleza-existencia. El vitalismo sobrepasa, sopesa la masa y todo es igual y, a su vez, necesariamente, distinto.

Otro topos que insiste es el de los bordes, donde, llegado un punto, ya no se puede determinar lo que se habita, o se afirma habitar algo que ya estaba pasando (aunque otras voces inquieran); se delimita el pasado a través de una foto que traza una posible geometría familiar; un camino en donde se tiran a las mujeres muertas o un borde-hombre que también es la noche o un golpe (mustio como la foto); el borde de las cosas y del propio cuerpo que es afectado por el aire, como cuando cambia la estación; la mirada, el borde del espejo; el borde que es el Otro hasta compartirse como el calor o el aire de tormenta; el desborde de los fluviales y los fluidos; el vaso lleno de vino como un premio, al filo del desborde como en carnaval íntimo y popular que tensa la ley, que es norma y canon, pero la lluvia abre y todo suda, reverdece, alcanza un punto que ablanda el sol (“Comamos”, “Tōyako”); o bajo la idea de carpe diem (“Las condiciones de reproducción”); lo que va a desbordar, una gramática en suspensión, a punto de; los árboles de tipa bordeando el cielo pueden ser estrellas, otro borde; otra noche, oscuridad que se habita tanteando y a tientas, para acercarse a lo vital (cuidarse, desear, suavizar) por fuera y por dentro.

Las condiciones de reproducción

Fuimos las últimas clientas
de todo el supermercado
deambulando entre pasillos desiertos
y góndolas repletas sostenidas
por una especie de milagro cíclico de la demanda.

Cuando bajen las persianas
y la última cajera se vaya
la luz va a seguir brillando
en la hora última
y el ticket que registra el queso
y el vino caro que llevamos por impulso
será el tributo último en el conteo del día.

El queso ahora en nuestra mesa a
dornando el plato de fideos
el vaso lleno hasta el borde
el precio injusto
que pagamos por el instante.

Los gorriones se alteran con el culatazo, a veces duermen con un ojo abierto para cuidar su “quimera”, como nombra Spada, pudiendo decir “sueño”. Y la quimera abre campos semánticos sellados: es fantasía, imaginación, bestia mítica, y estar alerta. Conservación como principio que mantiene la vida menguando el trazado de una realidad, que es también un trompe-l’œil: Aprendimos que el reflejo / desviado de nuestros cuerpos puede ser el / principio de un saber más concreto (“Hubo planes de tomar el tren a La Plata”). El espejo está astillado pero es justamente en la crisis de esa imagen paralizada e idealizada, en su desvío, donde emerge la virtualidad y composición de otra realidad-esta vida.

Hubo planes de tomar el tren hasta La Plata

que más tarde deshizo la tormenta:
recorrer los salones de fiebre coleccionista
ballenas colgando de un andamio
de tendones de hierro oxidado
meteoros, maquetas en cartón del universo
conocido y cajas de insectos alineados
como bombones finos.

En vez de eso
fue la lluvia, la cama y un espejo astillado
que nos mira torvo desde un rincón, junto
al ropero que heredamos. Aprendimos que el reflejo
desviado de nuestros cuerpos puede ser el
principio de un saber más concreto. Tenemos
todo por hacer, y la voluntad de no llevarlo
a cabo.

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