Twin Peaks: el chicle que te gusta volvió a ponerse de moda

Por Ricardo Romero

Ricardo Romero comparte su fanatismo por la serie que cambió a la televisión y su lectura sobre el significado de un regreso, a 25 años de distancia de aquél impacto inicial, que vuelve a revolucionar la pantalla chica. Twin Peaks, en definitiva, no ha vuelto; Twin Peaks siempre ha estado ahí.

 

Aunque a los puristas del arte les resulte difícil, hay que reconocerlo. Hace tiempo ya que las series de televisión, como folletines literarios del siglo XXI, se han vuelto una parte central de nuestra cultura. Más allá de las frivolidades de turno, de las grandilocuencias del show, las alfombras rojas y las charlas de sobremesa, hay que aceptar que muchas de las problemáticas actuales de nuestras sociedades se piensan activamente ahí, se discuten y se enrarecen. Desde sus plataformas visuales, a través de meses y años de mutua compañía, trabajan nuestra sensibilidad hasta volvernos conscientes de ella. En este contexto, el retorno de Twin Peaks luego de más de 25 años se ubica nuevamente a la vanguardia y al extremo, empujando las fronteras hacia lugares desconocidos. David Lynch y Mark Frost lo han vuelto a hacer. Hacen estallar las reglas y los parámetros televisivos, convirtiéndonos en espectadores dinámicos que debemos descubrir qué significa ser un espectador.

Pero hagamos, primero, un poco de historia. Vayamos al principio porque Twin Peaks está en el principio. Sus dos temporadas de 1990-91, aquella perfecta de ocho capítulos y esa segunda de veintidós, tan genial como la primera pero irregular, quebrada por la ansiedad de los productores y las idas y vueltas de Lynch, sentaron las bases de lo que vendría. Porque después de esos treinta capítulos la televisión tuvo que cambiar, tuvo que aceptar que los espectadores a los que intentaba capturar eran más exigentes, inquietos e inteligentes de lo que ellos creían, y el buen gusto y la moralidad aspectos mucho más endebles. Mientras en series como Brigada A o MacGyver ni siquiera los malos morían, Twin Peaks arranca con la muerte de una adolescente a quien todos parecen querer, y en ese estremecedor primer capítulo nos lleva por el derrotero del dolor que esa muerte produce. Y luego, claro, descubrimos que nada es lo que parece.  Personajes complejos, tramas enrevesadas, calidad técnica cinematográfica, registros varios en los que ya una serie policial no es solamente eso, sino mucho más: melodrama y autonconciencia melodramática, humor que abre las puertas hacia el terror y terror que abre las puertas hacia el humor, tragedia en el sentido más profundo del término. Todo eso planteó Twin Peaks allá lejos y hace tiempo, y todo eso hemos venido viendo, con mayor o menor acierto, en una variada y larga lista de series que muchos podemos recitar como si se tratara del plantel de nuestro equipo favorito en su época más dorada.

Pero para llegar a los dieciocho capítulos estrenados este año todavía falta un eslabón más. A esas dos primeras temporadas hay que sumarle la película Fire walk whit me, de 1992, en la que Lynch recorre los últimos días de Laura Palmer antes del comienzo de la serie y se permite exacerbar su poética. Surreal, salvaje y desoladora, la película fue el corolario maldito de algo que nunca terminó. Y este “retorno”, en su esencia irreductible y ferozmente melancólica, no hace más que transformar ese perturbador cierre en un prólogo más perturbador todavía.

Y entonces, ahora sí,  llega la tercera temporada. Twin Peaks ha vuelto. Y la afirmación en seguida se vuelve pregunta. ¿Twin Peaks ha vuelto? ¿Pero es que realmente alguna vez se fue? Más de 25 años pasaron, y eso podemos verlo en los personajes y en los actores que encarnan esos personajes que nunca olvidamos, Cooper a la cabeza. Lynch no es ajeno a esto, y no solo no es ajeno, sino que lo utiliza como materia poética. Se utiliza. En sus cuerpos, en sus caras, son patentes las verdades de ese transcurso: todo ha cambiado y nada ha cambiado. Twin Peaks se hace cargo de esta paradoja temporal que nos desgarra. Ver bailar a Audrey su vieja música es aceptarnos fantasmas para amar un fantasma. Twin Peaks, en definitiva, no ha vuelto; Twin Peaks siempre ha estado ahí.

Porque si dejamos de lado las infinitas y variopintas teorías sobre su argumento y las intenciones de Lynch, lo que queda es una fascinación que nos acerca mucho a los ¿lobotomizados, iluminados? espectadores de La broma infinita, esa película maldita alrededor de la cual Foster Wallace construye esa novela que tampoco habría que dejar de leer. Ver Twin Peaks es nunca dejar de verla. Tal vez uno de los aspectos más revulsivos de la serie sea que lo que impone no es el mero deseo de descubrir el desarrollo de una trama, el destino de unos personajes, sino la experiencia sensible, la deriva plena que significa habitar un mundo. Pero para hacerlo, debemos dejar de lado la lógica a la que estamos acostumbrados. La lógica de nuestro mundo es argumental. La lógica twinpeaksiana es material. Lo que está ahí, está ahí. El agente Cooper lo encarna mejor que nadie. Él sabe que si una tetera gigante le habla con la voz de alguien a quien una vez conoció, lo que tiene que hacer es contestarle. No porque no quiera saber cómo ha llegado a suceder eso. Por el contrario, el agente Cooper sabe que la única manera de saberlo es hablando con la tetera. Y ahí está el desafío. Seguir a Cooper es reinventarnos con él, aunque de pronto el mundo que habitemos sea por completo desconocido y al tocar una puerta ya no nos abra quien esperamos que abra. Solemos estar convencidos de que para habitar un mundo hay que conocer sus reglas, y por eso, incapaces de conocer realmente las reglas de un mundo y de aceptar ese desconocimiento, ante el temor supremo de no habitar ninguno, inventamos reglas y las acatamos cueste lo que cueste. Occidentalizados, modernos y capitalizados, hacemos del conocimiento nuestra trampa y nuestra cárcel. El conocimiento es una experiencia que nos nutre, sí, pero el desconocimiento también lo es. El conocimiento nos ayuda a tomar decisiones, moldea nuestra identidad; el desconocimiento también lo hace. Sigamos entonces a Cooper, compartamos su desconsuelo, su fragmentación, su voluntad. El mundo que Twin Peaks nos propone es fragmentario y poroso porque nosotros somos fragmentarios y porosos. Es un mundo donde el Mal y el Bien no son fuerzas opuestas y complementarias sino versiones de una misma potencia, la que nos hace despertar cada día y nos arrulla cada noche.

Cierro con el único spoiler posible: Laura Palmer no ha muerto. Laura Palmer ya no es Laura Palmer. Es un agujero negro donde el Bien es el Mal pensándose a sí mismo.