Un cuerpo mancillado llora en Ostia

Por Esteban Galarza

En un nuevo cumpleaños de Pier Paolo Pasolini, nacido el 5 de marzo de 1922 en la ciudad italiana de Bolonia, compartimos un sentido texto de Esteban Galarza que recorre su vida y obra siempre provocadoras y revolucionarias tanto como su muerte trágica.

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Una lágrima corrió por su mejilla chupada esa madrugada. No había nacido para llegar a viejo o para tener una muerte apacible. No es que la buscase, no. Al contrario de lo que podría pensarse por su vida pública rodeada de escándalos, él solo buscaba amor entre lo que quedaba de las ruinas de lo que podría haber sido y de lo que era finalmente.

Flaco y fibroso, de pómulos chupados y modos delicados, pero no frágiles, quisieron ellos que sus ojos viesen los basurales de Ostia, entre la mierda, la basura orgánica y el plástico en eterna descomposición. ¿Habría alguna bolsa con desechos que él mismo hubiese tirado en esos días por ahí? ¿Compartirían el mismo destino, en una suerte de pacto tácito? No hay respuestas para esas preguntas, como no la hay respecto de la identidad de los asesinos que lo castraron a patadas, con suficiente brutalidad quirúrgica como para despedazarle huesos sin tocar órganos vitales. El placer del torturador no es el infligir dolor, sino que ese desgarro permanezca en el torturado la mayor cantidad de tiempo posible.

Él sabía perfectamente que, si algún día llegase a caer en aquellas manos, su cuerpo, que alguna vez fue el de un bebé precioso, sería mancillado sin piedad, tal como lo había filmado en aquella película que tanto escandalizó. Es escándalo el sexo anal en público, no en la vida íntima. Lo mismo pasa con la tortura y la muerte. Él también sabía que eso era lo oculto del erotismo burgués y quería sacar al sol del mediodía esos gusanos. Ese día llegó, pasó y dejó sus despojos sin gloria y un recuerdo sentido. Es duro pensar que su madre lo sobrevivió.

Amaba la vida, no la muerte

No quiso nunca nada de todo eso. No vivió para que sufra su madre, ni para alimentar escándalos, ni para buscar una muerte por la traición de un amante casual. Vivió por el fuego, por la sangre y por la pasión que regía su visión de poeta. Su ética era la belleza de la espalda desnuda de María Callas en su versión de Medea, tan filosa. Vivió para las palabras bellas, proletarias y casi extintas de ese Friuli que lo vio crecer junto a su hermano, un partisano asesinado en una época de traiciones y lealtades fuertes. Hoy éstas últimas parecieran no existir, desvanecidas con el rocío de la madrugada de su asesinato.

Tal vez si hubiese intuido su pronto final no habría gastado líneas en una pelea literaria contra Witold Gombrowicz en sus Escritos Corsarios y hubiese apurado la publicación de las denuncias de su libro póstumo, Petróleo, que no vería la luz hasta muchos años después de su muerte, con una publicación incompleta y cercenada. O hubiera podido darse el gusto de escupirle la cara a sus asesinos antes de que todo acabe.

Vivió por el sol, por la lengua, por el amor, por su madre. ¿Entonces, por qué Porcile, Saló o Teorema? ¿Por qué esa crueldad casi escatológica, digna de un perverso? El no lo sabe del todo, aunque vislumbra algo. Sabe que quiso dejar un único mensaje y que lo abordó desde distintos ángulos durante toda su vida. Agotó casi todas las formas artísticas en busca de esa única visión: la reconciliación del hombre consigo mismo. En ese camino adosó la gesta de la salvación tradicional católica a su idea tan personal sobre la redención del hombre moderno: un Cristo obrero y revolucionario, despojado de todo artificio. Está claro que ese mensaje no permeó los corazones, pero nos queda, esculpido en el film, el rostro angustiado de su madre personificando a la madre de Dios, casi como una premonición de los desgarros futuros de ese corazón envejecido.

Detrás de esa película quedaron poemarios, ensayos y novelas, todas versiones de viejas pasiones que surgieron en su alma, pensamiento, corazón y verga en los últimos años del fascismo. ¿Sobre qué puede escribir un maestro rural si no es sobre lo que sabe y lo que ve? Eso hizo en sus primeros textos, escribir sobre lo que conocía: el Friuli, los muchachos del arroyo, la lengua sitiada por un toscano enhebrado con el fascismo industrializado de Milán. Supo, con una lucidez que espanta, que la lengua es el terreno político en donde se producirían las mayores crueldades tras el repliegue del fascismo. Supo que la primera batalla sería en la lengua y la segunda en los cuerpos. Tal vez intuyó una genealogía entre el Gramsci muerto prisionero en una torre por orden del Duce, el conde Ugolino, Ovidio y él mismo. Pero su cuerpo rebelde no caería preso. Canibalizaría como Ugolino tal vez, pero moriría libre como su hermano.

Hubo una zona gris en su vida en la que la lucha por la lengua se volvió la lucha por los cuerpos. Un descubrimiento que tal vez se le revelara después de provocar con escritos y dichos a sus compañeros del Partido Comunista Italiano, a quienes tuvo el coraje de gritarles en la cara que las banderas rojas son solo bellos monumentos estéticos si no van acompañadas de un compromiso real obrero, algo que ellos nunca tendrían en tanto no fueran capaces de entender los sinsabores de la vida amarga de un policía. Los insultos se tradujeron en expulsión, el ostracismo en oportunidad. Al no pertenecer a un cuerpo amorfo partidario se volvió más dueño de si mismo. De esa zona gris su cuerpo salió más delgado, su arte más agudo, su lengua completamente hereje para con su tiempo.

De la tortura de las palabras a la de los cuerpos

Aunque amaba la vida, algo lo volvía temerario y lo llevaba a arriesgarla en cada palabra, en cada poema y en cada película. O en cada entrevista que concedía a la RAI. Lo que para ellos era provocación, para él era manifiesto. Fue consciente de que en el capitalismo se escondía el huevo de un totalitarismo que subyugaba con rutina, burocracia, esquizofrenia, prisión, horarios y sueldos de hambre. Una tortura sutil, un esclavismo nuevo que afirma que la sexualidad no es propia y que el tiempo solo sirve para ver un día más.

Sumó a su lenguaje escrito una semiótica visual y comenzó su carrera de director de cine. El ojo veía aún más que las palabras y podía abarcar mucho más que sus libros, llegar a otros horizontes. No es del todo erróneo pensar que hubiese filmado su propia muerte si considerase que con ello contribuía al manifiesto que fue su vida.

Hay en sus primeras dos películas una picaresca moderna, eterna. Si para su compatriota Cesare Pavese el campo y su gente conservaban tradiciones inamovibles desde siglos atrás, para él los barrios bajos y sus habitantes eran descendientes directos de Marcial y de Petronio. Proxenetas, putas, putos, pibes de la calle, un crisol de personajes que vivía al día procurando la supervivencia, a sabiendas que los de abajo continúan abajo. Esa materia, ese barro era el que lo había parido cuando empezó a enseñar en escuelas marginales durante los años fascistas, un tiempo en el que se abrió a su propia sexualidad y fue golpeado por el crimen de su hermano. No romantiza la pobreza ni la miseria. Solo muestra ese mundo tan suyo, porque es lo que es.

Tal vez fue ese impulso, sumado a los primeros resultados del Concilio Vaticano Segundo, lo que lo llevó a filmar El Evangelio según San Mateo, una parábola católica marxista en la que exponía sin aditivos la doctrina de un Cristo revolucionario. Aquí no hay milagros, solo la palabra cruda del mensaje del evangelio de Mateo, el más realista de los cuatro. Sabía lo que hacía, escribía en esos días textos teóricos sobre lo que definía como discurso indirecto libre, que luego publicaría en Empirismo herético y La divina Mímesis.

Mancillado, astillado. Quién pensaría que un hombre que amó tanto la belleza terminaría así, convertido en una mirada de horror en una playa olvidada de invierno. La playa y el mar, ambos protagonistas de otras obras suyas: su primera novela, Muchachos de la calle, cruel ironía que transcurre en las mismas playas de Ostia en las que sería masacrado; Medea, la terrible fuerza de la naturaleza que mira el mar desde antes y después de sus hijos. Inclusive en Edipo Rey la extensión de playa es infinita, casi desértica. Un mundo aqueo de sol, tierra interminable y habitantes primigenios. Casi un western. ¿Habría filmado una de esas películas de haber vivido un poco más?

El reconocer una traición, el ser traicionado, se paga con sangre. Lo supo la tarde en que le confirmaron la muerte de su hermano y lo replicó en sus textos sobre Gramsci y la lengua del Friuli. El capitalismo italiano se empapó muy bien de fascismo y desde el norte digitó nuevas leyes: a cambio del progreso las personas perderían su historia, su lengua, su sexualidad y hasta sus propios cuerpos ¿Acaso no es ese el argumento de Medea? El capitalismo es la última mutación del desprecio de Jasón, una genealogía maligna que tuvo eco en los burgueses de Porcile, de Teorema, del planeta desmitificado e industrializado. Sus testículos son reventados por uno de éstos traidores, el último de los muchos que conoció a lo largo de su vida.

¿Y qué hubo antes de esta lógica cruel? ¿Cuál era el ideal no capitalista? Dio su versión en tres películas: El Decamerón, Las mil y una noches y Los cuentos de Canterbury, su trilogía de la vida. Una época revivida a través del discurso indirecto libre utilizado ya antes en El Evangelio según San Mateo; un momento de la humanidad con campos plagados de personas que amaban, odiaban, comían, dormían y morían sin la vileza contemporánea. Una sexualidad picaresca que muestra inocencia inclusive entre esposos cornudos. Pero tras éste breve regodeo, volvió a ver cara a cara a la maldad del siglo, el capitalismo fascistoide. Bien, si no había resultados con la desnudez inocente, la vida sin negocios ni motores, sería su obra espejo de su época y no punto de fuga. Teorema y Porcile son precuelas difusas de su obra más terrible: Saló o los 120 días de Sodoma.

¿Fue primero el escándalo o el suplicio?

Saló es la crueldad final, el pacto último de un capitalismo en el que no hay más que adentro y todos están allí. La sexualidad es mercancía y no le pertenece más que a los amos; la prisión es la vida y la libertad son las cadenas. Solo se acepta la violación, la tortura y los vejámenes ante tácitos pactos de cooperación en los que de arriba dan premios a los esclavos, pero con vidrio partido adentro. Sobrevivir un día más no da esperanzas, solo la perspectiva de ver nuevos suplicios. Se alienta la delación de quienes pretendan fugarse y se paga a los delatores con los peores vejámenes. Pero no se debe pensar en una sociedad caótica o anarquista, sino en un régimen con reglas bien marcadas, jerarquías, ganadores y perdedores. Solo se prohíbe el uso de ciertas palabras como Madre, Amor o Dios. Saló es snuff antes del snuff, es sexo no para ser disfrutado sino para horror de todos. La mercancía son los cuerpos, las monedas son la mierda que comen los que firman ese pacto de sangre. Y todo el mundo firma. No es su declaración de principios, Saló es lo que es.

Y lo que es, horroriza. No quedan muchas más opciones después de eso, salvo dar la cara, hacerse cargo, ser estigmatizado. El martirio no tardará en llegar. Si bien nunca lo rehuyó, es falso que lo deseara. No era un suicida (además, muchas veces el suicida no busca morir sino la salida de una tristeza infinita) sino una energía vital, no flemática.

Pero esa noche busca refugio en uno de los chicos del arroyo que tan bien supo educar, describir, filmar y poetizar. Tiene mirada pícara, bucles castaños, una sonrisa extraña, una oscura historia de vida demasiado vívida para una edad tan joven. Uno más de los miles que plagan la noche de Roma, la ciudad eterna, en esa fría noche de invierno. El Alfa Romeo corre en la oscuridad, más rápido que su hermano la noche que lo emboscaron los fascistas de Tito. Sin embargo, no importa la velocidad porque en las traiciones hay víctimas y victimarios que juegan roles inamovibles. El plot twist existe solo en las películas, no en esa noche romana de invierno. Es lo que es.

En el frío de la madrugada de noviembre cae una lágrima desde el ojo roto de un cuerpo astillado y castrado. La gota se confunde con la sangre que se pierde en el suelo suelo estéril y pisoteado del basural. ¿Por quién llora Pier Paolo Pasolini?

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