Yo escuchaba k-pop cuando tocaban en Cemento

Por Cristian Godoy

De banda de sonido del Pump it up en una solitaria playa de la costa atlántica a una vida de fervor melómano y fetichismo coleccionista. Cristian Godoy, además de recuperar para Sonámbula la genealogía de su pasión por el pop coreano, devela los secretos de un género musical que parece haberse apoderado del mundo en los últimos años pero del que conocemos muy poco.

 

Mucho antes de que Tinelli lo incluyera como ritmo en el Bailando. De que se organizaran ferias y eventos multitudinarios para fanáticos. De que se juntaran grupitos de amigos a ensayar las coreografías al aire libre, en lugares públicos como Parque Centenario, entrenándose para competir en batallas de baile. De que vinieran bandas como Super Junior y 4Minute a dar shows en el Luna Park. De ver las fotos de mis ídolos en Instagram frente a la Casa Rosada o con la camiseta de nuestra selección de fútbol. De encontrar los cd exhibidos en la vidriera de Yenny. Los originales, importados, que pueden llegar a costar hasta cuatro mil pesos. Mucho antes de todo eso, escuchaba k-pop varias horas al día, desde temprano camino al trabajo, después en la hora de almuerzo y nuevamente a la salida. Lo militaba, lo hacía sonar en juntadas con amigos, compartía videos en Facebook aunque ninguno de mis contactos les diera like. Ya había terminado la secundaria, estaba en una edad en la que me sentía demasiado grande siquiera para intentar averiguar si había otros loquitos como yo que también se hubieran fanatizado con esa música. Mucha soledad, mucho antes de que explotara. Y cuando digo mucho antes, estoy hablando de más de una década. Casi década y media de solitario fanatismo y absoluta incomprensión por parte de mis amigos, quienes cada tanto volvían a preguntar: ¿cómo te pueden gustar las chinas esas? ¿por qué gritan así?

No están gritando, los corregía yo, tienen un timbre más agudo. Tampoco son chinas. Pero algo de razón tenían mis amigos porque el k-pop no existe como género musical, o dicho de otro modo, los abarca a todos sin discriminar, desde el pop chicloso hasta la electrónica, pasando por la música disco, el flamenco y nuestro tango. Es una gran batidora que mezcla no solamente estilos, sino referencias de la cultura de masas que exceden lo estrictamente musical, como el cine de Tarantino o el juego infantil del peek-a-boo. Que en sus letras intercalan palabras y frases sueltas en otros idiomas, sobre todo en un inglés falible y pronunciado con esfuerzo, aunque también en español (Super Junior tiene temas que se llaman “Mamacita” y “Lo siento”). Un grupo de k-pop puede tener cinco miembros, tal como nos acostumbraron los Backstreet Boys y las Spice Girls, pero también es habitual encontrar bandas de trece o más integrantes. Es raro que un cd venga en la cajita de plástico transparente que conocemos, el packaging puede estar hecho de cualquier otro material y no respetar ninguna clase de tamaño o estándar con tal de llamar la atención en la batea (perdón por el anacronismo) y convertirse en fetiche y coleccionable. Tengo un disco al que, si le pliego el envoltorio, se convierte en portarretrato. Otro que me vino adentro de una cartera tipo sobre, de goma traslúcida y neón. Otro con la tapa imantada a la manera de algunos diarios íntimos.

Al k-pop lo escuché por primera vez en la costa atlántica. Yo tenía 22 y me había ido de vacaciones con mi novio de aquel entonces. Varias primeras veces para mí ese verano. Se había puesto de moda el Pump it up, un simulador de baile. Se jugaba con los pies, solo necesitabas las manos para meter la ficha en la ranura y agarrarte de la baranda si tenías miedo de caerte. Te subías a una plataforma, navegabas a pisotones por el menú y elegías la canción que te gustaba. Toda la música que sonaba en ese juego pertenecía al k-pop. Los parlantes solían estar al mango y las vibraciones rebotaban en el esternón. Llovían las flechas de colores sobre la pantalla: izquierda atrás, izquierda adelante, derecha atrás, derecha adelante. Las mismas flechitas estaban dibujadas en la plataforma y había que pisarlas en el instante preciso, ni una milésima de segundo antes o después. La máquina te obligaba a obedecer el ritmo aunque fueras el más pata dura. Si pifiabas demasiadas flechas al hilo, se interrumpía la canción y se abría un agujero de bala al grito de hey!, why don’t you get up and dance, man? El Pump it up solía estar ubicado en la entrada del local, lo más a la vista posible desde la calle. Los pibes y las pibas podían batirse a duelo en sendas plataformas, mientras los demás se agolpaban alrededor para la admiración silenciosa o la envidia, o les prestaban exagerada atención con el objetivo de robarles alguna técnica, o rogaban que se les doblara un tobillo así se les terminaba el turno antes de tiempo. Nacía una especie de tribu urbana.

A dos cuadras del hotel donde parábamos mi ex y yo había un local de videojuegos. No era de los grandes de cadena, sino un pasillo largo y angosto, mal iluminado. Allí se juntaban adolescentes más grandes, de los últimos años de secundaria, en su totalidad varones. Aunque el Pump it up no fuera visto necesariamente como un juego para mujeres, en ese local solía estar vacío y no se armaba ninguna ronda. Tampoco tenía pegado el cartelito que habíamos visto en otros de que no se podía subir en ojotas. Una tarde volvíamos de la playa y quisimos probar, le teníamos ganas desde hacía tiempo. El flaco que nos vendió las fichas era de los que no hacen ningún esfuerzo en ocultar su mala onda, que se muestran terriblemente miserables en un trabajo donde todo debería simular diversión y felicidad. Elegimos el nivel más fácil, así y todo, el juego me comió la ficha antes de haber alcanzado el estribillo. A mi ex le fue un poco mejor. Al segundo intento, vi que el flaco que vendía las fichas se había asomado por encima del vidrio de su cabina y se mataba de la risa. Nunca me lo hubiera imaginado riéndose de esa forma, pero no dejé que me importara. Esa misma madrugada, encontramos otro local que no cerraba en toda la noche y donde las fichas costaban veinte centavos. Compramos tantas que nos las entregaron en una bolsa. Afuera lloviznaba y yo había decidido que no me bajaría de esa máquina del infierno hasta dominarla. Así fue. Las baldosas en la vereda estaban húmedas, pero ya no llovía.

Volvimos de las vacaciones y aún sonaban las canciones en mi cerebro. La que más recordaba, tal vez gracias al título simplón y amigable para mi español, era “Valenti” de una tal BoA, nombre artístico de Kwon Bo-ah, acrónimo de Beat of Angel. Por suerte estaba internet. BoA resultó ser la Britney Spears del k-pop. Tenía apenas once años cuando acompañó a su hermano mayor a una audición y le ofrecieron contrato esa misma noche. Debió rogarles a sus padres para que la dejaran abandonar la escuela y someterse a un régimen de entrenamiento espartano. Las agencias coreanas reclutan a niños y niñas asiáticos, aunque en todas partes del mundo. Los hacen mudarse de la casa de sus padres y compartir habitación con otros chicos que están en la misma. En el caso de los extranjeros, además, tienen que aprender el idioma y las costumbres. Les prohíben usar celular o iniciar un noviazgo. Desde que se levantan hasta que se acuestan toman clases de canto, baile, y hasta de sonreír o mirar sexy a la cámara. Las coreografías pueden volverse tan complejas que parecen salidas de una escena de Matrix. A las nenas de diez años las hacen subirse a los tacos aguja y hacer dieta constante. Si con eso no alcanza, las operan. Corea del Sur es considerada una de las capitales mundiales de la cirugía estética. Entre los procedimientos más buscados se encuentra la operación del “doble párpado”, que consiste en generar un pliegue adicional para darles una apariencia occidentalizada (tener el ojo “achinado” no es solamente una cuestión de forma sino de párpado, por si no lo sabían). Se va conformando un semillero de talentos donde compiten unos contra otros por la posibilidad incierta de debutar en la industria. Pueden transcurrir años entre medio. La agencia mientras financia comida, hospedaje y entrenamiento a cuenta de las futuras ganancias, una vez que empiecen a facturar por la música, trabajos de actuación y modelaje publicitario. Son contratos esclavos. Tal vez más adelante estos ídolos prefabricados no puedan poner un pie afuera del edificio a causa del acecho de los “sasaeng” fans y al mismo tiempo seguir endeudados con la agencia y no cobrar una moneda. Tal vez tengan que cumplir con agendas apretadas, repartidas entre escenarios y estudios de televisión, que a veces culminan en accidentes automovilísticos y tragedia, un poco a la manera de nuestros cumbiancheros cuando viajan de bailanta en bailanta en una misma noche.

BoA lanzó su primera canción a los trece y se convirtió en un fenómeno masivo, tanto en su país natal como en Japón, uno de los mercados más codiciados. Yo iba descargándome su música en mp3, aunque con cierta dificultad, dado que algunos títulos estaban escritos con ideogramas que mi computadora desconocía y reemplazaba por asteriscos y signos de pregunta. Conseguí algunos discos pirateados a través de unos flacos que había contactado por mail, que pautaban la entrega en los pasillos de una galería por microcentro, cerca de las comiquerías. Mi ex cuñado tenía un amigo de la secundaria, hijo de migrantes coreanos, que cuando supo de mi afición me pasó varios videos de la televisión de allá, entre esos, uno de cuando Britney estuvo en Corea y grabó un programa especial de navidad junto a BoA. Ambas se confesaron al aire su mutuo fanatismo. Sin que fuera mi intención, había recuperado un viejo placer olvidado: el de escuchar música sin tener la más mínima idea de lo que decían las letras, cantar por encima de la cantante inventando los sonidos, separando en sílabas. Incluso si de vez en cuando me ganaba la curiosidad y buscaba alguna traducción en línea, seguía sin entender demasiado, era como desenrollar un cadáver exquisito. Me recordaba a cuando era chico y ponía los discos de los Beatles en el Winco que había sido de mi papá. No necesitaba saber inglés para disfrutar de la música y que me generara sentimientos y estados de ánimo. El asunto es, y esto sí lo lamento un poco, que con el k-pop ni siquiera sé nombrar correctamente a mis ídolos. “BoA” no presenta gran dificultad, pero ¿ustedes cómo pronunciarían “Tzuyu” o “Jeongyeon”? Estoy seguro de que la pronunciación que me invento en mi cabeza está alejada de la verdadera. Tampoco me animaría a responder con certeza dónde termina el apellido y comienza el nombre de pila. Todo es diferente allá, hasta tienen su propia manera de contabilizar la edad de una persona, ya nacen con un año a cuestas. Si festejara mi próximo cumpleaños en Corea, debería sumar dos velitas a la torta. Creo que mi fascinación por el k-pop hunde una de sus raíces en estas curiosidades, me gusta pensar que en el otro costado del mundo la realidad no solo se nombra sino que se construye siguiendo otras reglas. En cambio sí sé distinguir y separar las facciones a la perfección. De tanto mirar videoclips, logré echar por tierra el dicho popular de que “los chinos” son todos iguales. No se parecen en nada. O se parecen tanto como cualquiera de ustedes a mí.

 

 

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