“Guitarra negra”, caja de resonancia: Poética, cuerpo y la apertura de Perfiles en Sonámbula: #1. Néstor Sánchez
“Guitarra negra”, caja de resonancia: Poética, cuerpo y la apertura de Perfiles en Sonámbula.
Por Alejandra Bottari
Inaugurar la sección “Perfiles” en Sonámbula —en continuidad con esa zona de riesgo y desvío que sostiene la revista— afirma el gesto político y estético de desplegar un modo de leer: una postura crítica donde la Guitarra negra de la poética, la música y el cuerpo desborda y saca de quicio los casilleros cerrados de cualquier lectura inerte. Frente al protocolo de las biografías de compromiso y al empaque mercantil de la cultura, la crítica que se ejerce en Sonámbula recorre las escrituras desde la ficción, el borde y la tensión inestable con el propio tiempo. Si Jorge Hardmeier abre el fuego de esta sección con la figura de Néstor Sánchez —reivindicando la deriva, el compás jazzístico y un desplazamiento que se niega a disolverse en el gris de la época—, esta presentación fija las coordenadas de ese espíritu: un llamamiento urgente a rescatar el temblor de la obra por sobre la calma del catálogo.
Spinetta y la tensión del archivo
En la arqueología del rock nacional y en el persistente fluir de los discos póstumos de Luis Alberto Spinetta opera una tensión leída con rigor en las páginas de Sonámbula: la distancia inalcanzable entre los dispositivos abstractos de la teoría (como la adicción al pasado analizada por Simon Reynolds en Retromanía) y las condiciones históricas concretas en que una obra se gesta, circula y resuena.
Las reediciones y los inéditos participan de una maquinaria evidente donde el pasado es administrado como materia prima de renovación comercial. Pero la memoria excede la nostalgia domesticada. El retorno de un material reabre una grieta en la escucha y actualiza una experiencia de desvío. Desde Sonámbula se lee qué hace la obra al retornar y qué destellos conserva más allá de su consagración institucional.
Guitarra negra: viaje, cuerpo y el límite de la palabra
La lectura que Jorge Hardmeier despliega sobre Guitarra negra lleva esa tensión al interior mismo de la poética spinetteana: el punto exacto donde la música y el cuerpo tensionan cualquier categoría previa.
En Arremete, viajero, Hardmeier lee la existencia como desplazamiento y metamorfosis. El movimiento es la ley íntima de la vida. El cuerpo asume un protagonismo radical: materia frágil, morada pasajera de una vibración que lo atraviesa sin otorgar garantías de permanencia. El devenir se integra a un ciclo incesante de transformaciones.

Esa dinámica se despliega en un simbolismo vegetal —la savia, los brotes, la luz— que instaura otra temporalidad, donde las formas nacen y se desintegran en un proceso sin término.
La palabra se suspende en un territorio ambiguo que Hardmeier define como “el sitio intermedio” entre la carne y el cielo: un puente precario entre la materia y lo inabarcable. El poema es una forma atravesada por un resto inasible. De allí brota la tentación del silencio: el horizonte al que la escritura se asoma en su propio límite. La voz produce el acontecimiento sonoro.
El mercado puede domesticar esa experimentación, volverla patrimonio inofensivo y reducir la ruptura a marca de época. Pero la consagración potencia la experiencia. “Mañana es mejor” late con otra densidad en la lectura: la afirmación inquebrantable de imaginar lo existente como materia transformable.
La literatura y su intemperie: lo que se escapa y rescatamos
Esa misma urgencia por atrapar el temblor de la época conduce hacia las zonas donde la literatura —sin anclarse en ninguna época ni calendario exclusivo— pone en juego su espesor contra las clausuras del presente. Frente a la asfixia de los discursos cerrados (esa parálisis imaginaria examinada por Mark Fisher en Realismo capitalista), la escritura sostiene un desvío irrecuperable.
La indagación literaria toca de lleno los archivos de la violencia, el desarraigo y los conflictos irresueltos de la memoria. Las zonas que se frecuentan exponen las marcas de experiencias concretas. El archivo en Sonámbula opera como un campo de disputa.

El cortocircuito y el llamamiento crítico
Lo que se vislumbra en Spinetta, en la deriva de Néstor Sánchez o en el vasto territorio de la literatura constituye la marca de aquello que interesa rescatar: ese resto incalculable, ese temblor que se le escapa al empaque de la época y desborda cualquier casillero de la lectura automatizada.
Una lógica comanda la circulación de lo ya sabido; otra distinta abre paso a lo incalculable. Se rozan allí donde la cultura amenaza con volverse previsible. Las obras encaran la potencia de esas coordenadas y se expanden más allá de ellas.
Si en esta presentación se delimitan estas coordenadas es para poner en escena la matriz de lectura: la certidumbre de que aquello que se le escapa al sistema —la extranjería de la lengua, el cuerpo y el territorio— es precisamente lo que se busca rescatar en cada entrega. Lo que resiste en estas zonas es una marca áspera que elude el catálogo. Desde esa fisura inabarcable se inaugura la sección: un llamamiento a recordar que la lectura crítica, cuando arremete sin garantías en Sonámbula, hace temblar el presente.
Perfiles Sonámbulos#1: Néstor Sánchez
Por Jorge Hardmeier
Néstor Sánchez nació en Villa Pueyrredón en 1935 y, en una parábola narrativa que tal vez no sería de su agrado, falleció en el mismo barrio sesenta y ocho años más tarde. Detestaba esos finales con remate, a lo Abelardo Castillo. Sus admirables contradicciones prosiguen: típico porteño, bailarín de tango, burrero, jugador de billar, un tipo piola y algunos dicen que. Sin embargo, fue artífice de una de las literaturas más disruptivas de las que no se tiene recuerdo. Cuatro novelas: Nosotros dos (1966), Siberia blues (1967), El amhor, los Orsinis y la muerte (1969), Cómico de la lengua (1973) y un libro de relatos, La condición efímera (1988) cuando la escritura ya no estaba dentro del catálogo de sus necesidades. Comenzó su carrera literaria apadrinado por Cortázar, del cual luego renegaría como de toda esa maquinaria autodenominada Boom Latinoamericano con García Marketing en la pole position. Sánchez plantaba posición y defenestraba a la literatura comprometida, clásica y costumbrista: “pensar una novela donde sucedan cosas interesantes, donde ambulen personajes y que a su vez digan cosas interesantes. Trabajar casi todos los días con ese material y su sintaxis, terminar un libro. Conocí gente que hace eso, gente pública, me asomé a sus vidas, los escuché hablar, tuve terror”.
Abandonó Buenos Aires y se ausentó durante dieciocho años. Su huida, no tan sólo geográfica, fue de tal magnitud que algunos amigos le rindieron homenaje pues consideraban que había muerto y lo velaron en ausencia. Pero Néstor estaba en la búsqueda de otras fronteras de la experiencia. Nuestro viaje interminable e imposible hacia el hogar es de hecho nuestro hogar. Se topó con lo que él consideraba un viaje iniciático, las enseñanzas de Gurdjieff. Se genera, entonces, otra contradicción entre aquel escritor que renegaba del compromiso político y el hombre que se dejó ganar por la búsqueda de un absoluto, afectando, en mayor o menor grado, su escritura: “Por ahora ningún propósito concreto, salvo que escribiré en permanencia, por primera vez, con la mano izquierda”. Convencido de poder lograr extender el ciclo de la vida hasta los trescientos años y de la posibilidad de una tercera dentición, en 1986 regresó a Buenos Aires portando dos portafolios como pertenencia. En 1988 fue publicada La condición efímera. Inadvertida tanto para el público como para la crítica y sólo leída por el pequeño círculo de sus seguidores, “adhesiones extremas” según sus palabras. Decidió dejar de escribir. La voz interior es la única brújula, hasta perderse. En ese derrotero existencial, Sánchez amó al jazz y escribía a ese ritmo, se sintió hermanado con la Beat Generation y especialmente con Jack Kerouac, fue adepto al turf, sostenía que no debía escribirse nada que pueda contarse por teléfono, admiró a James Joyce, padeció el alcoholismo, fue linyera durante más de una década en el New York profundo y dormía en una playa de estacionamiento: una suerte de rebelión contra el espíritu mercantil y la forma de vida vanagloriada por el capitalismo. Esa reivindicación del vagabundeo contaba entre sus adeptos al propio Kerouak y a Neal Cassady.
Navegó en la “escritura poemática”, aquella que tiende a producir un estado de gracia, como puede generar la improvisación en el jazz. La búsqueda incesante de algo inasible: “Tiene que tener un detonante y es un estado de pregunta, un ejercicio de escritura que implica un modo de escapar a la cárcel del sentido, ejercicio en el cual leer y escribir implica un acto sin garantías posibles de tranquilidad”. Sánchez no es el escritor de una “historia”, sino del ritmo, de la música del acontecimiento. Por tal motivo, definió a su escritura como “lenguaje jazzístico”. Un intento por desmantelar a la novela como género, tal como hicieron algunos músicos de jazz con ciertas composiciones: “Improvisaban, retomaban el tema, ya luego éste era tan sólo el punto de partida y, finalmente, sólo partían del hecho único e irrepetible de tocar todos los temas y ninguno al mismo tiempo. Se toma el tema y se lo destruye”. Fue su Santo Grial socavar los límites del género novelístico, la experimentación en la “rajadura de la tela”, un desacato hacia las formas establecidas y confortables: “a mí me interesó siempre la novela que se vincula con la poesía. Lo demás no me interesa; digo, la novela como historia no me interesa”. De regreso a Buenos Aires comenzó a atenderse en un Centro de Salud Mental. “
No puedo escribir más porque se me acabó la épica” le confesó a un psicoanalista y aún se escuchan los ecos de tal frase en el ambiente literario. En 2003 lo encontraron muerto de un infarto en su cama. Y sus palabras, con “turra verdad”, aún resuenan: “En una época, la nuestra, en la cual la novela es el lugar de encuentro para la confirmación de ciertas convenciones comunes al lector y al escritor, la oportunidad repetida hasta el hartazgo para regodearse en el sentimiento de pertenencia a una cultura alejada de los riesgos, el producto en el cual dos complicidades, la del autor y la del receptor se dan la mano celebrando ser parte de un artificio gastado, seguro y antiguo, época en la cual circulan solemnemente libros escritos por profesionales con tema y estilo, es muy probable que la épica ya haya caducado”.




