Sandra Sternischia: “La luna no es más que un sueño”

La escritora y traductora Claudia Sobico y una lectura para Sonámbula de la novela “La inmensidad es un lugar muy quieto” de Sandras Sternischia, publicada por La Gran Nilson.

 

Por Claudia Sobico

Fotos: Laura Miconi

 

Algunas tradiciones afirman que quienes se van de este mundo de forma abrupta quedan en estado de confusión, no comprenden que se han ido. ¿Cuál es ese lugar-no lugar  en el que permanecen? ¿En qué tiempo? ¿Pueden, en algún momento, distinguir entre el pasado y el presente? ¿Hay futuro?

En La inmensidad es un lugar muy quieto, Sandra Sternischia imagina que una gata permanece en una casa ya vacía y se pregunta qué pasó con los seres que la habitaban. Añora y sobre todo espera. La novela propone una lectura profunda sobre la muerte y la confusión de temporalidades superpuestas, dejando preguntas abiertas sobre la relación humano-animal, el amor y la ternura.

“No voy a volver a trepar. De todas mis rutinas diarias, es esta la primera que abandono.”

Así comienza la voz narradora en la primera página. Unos renglones más abajo:

“No sé por cuánto tiempo más podré fingir que existe la luz de la mañana y que repito cada vez los mismos hábitos. […] Pronto el sol se irá de la ventana y tengo miedo. Tal vez la inmensidad y ese silencio desconocido de la última vez que subí, me persiga hasta acá abajo. La inmensidad es un lugar muy quieto. Nada se mueve, nada huye. Es un color todo entero, una luz sin divisiones que no huele a nada, ningún rastro…”

Sandra Sternischia es profesora en Letras, se formó como narradora oral y ha trabajado durante años con la lectura y la escritura. Antes de esta nouvelle publicó poesía y ensayo en diversas revistas literarias como Revista Oropel y Las Olas. Entre ellos, Desaciertos de una mujer imaginaria. En su poema Sternischia escribe: “La palabra / es eso que resulta / de la fricción entre la piel / y la intemperie”. Estos versos podrían funcionar como una pequeña poética de esta nouvelle, donde las palabras parecen nacer de la fricción entre un cuerpo y un mundo que nunca termina de dejarse comprender.

Olga Orozco escribe en Andante en tres tiempos: “Allí en algún rincón están de pie tus primeras visiones, / y también las imágenes de ayer y aún los espejismos que no se condensaron, / más las ciegas legiones de fantasmas que son huecos anuncios todavía”. El yo lírico explora la coexistencia de la memoria, los deseos truncos y la incertidumbre del futuro en el tiempo interior del ser. Esta misma convivencia de múltiples estratos temporales está presente en La inmensidad es un lugar muy quieto, publicada recientemente por La Gran Nilson Editora.

La lectura de La inmensidad es un lugar muy quieto requiere una atención lenta, acaso diferente de la habitual, como si hubiera que aprender otra vez a mirar las cosas. La suspensión del tiempo le imprime, a la narración, cierto tono onírico e incierto: ¿cuándo sucede lo que sucede? La pregunta aparece formulada de manera casi imposible: “¿dónde es después?, ¿cuándo estoy en después?”. Una pregunta sobre el tiempo, pero también, quizá, sobre la existencia. En ese territorio impreciso, el pasado regresa como una presencia, el presente puede convertirse en recuerdo y el futuro parece reducirse a la espera. Poco a poco, las preguntas, las repeticiones, las asociaciones inesperadas y las pequeñas demoras de la narración producen una incertidumbre particular: ya no resulta sencillo distinguir entre lo que ocurrió, lo que está ocurriendo y aquello que todavía podría ocurrir.

No es casual que Sternischia provenga de la poesía y de la narración oral: en su escritura, el sentido parece avanzar más por acumulación y resonancia que por cronologías. La memoria irrumpe en los objetos, en un olor, en una palabra, en el movimiento de una mano. La casa se arma y se desarma; los cuerpos aparecen y desaparecen, vuelven. Un momento que parecía lejano puede irrumpir con la intensidad de algo que acaba de suceder, mientras el presente adquiere, de pronto, la consistencia de un recuerdo. “No sé cuánto tiempo pasó” funciona como una de las leyes secretas de esta escritura: aquí el tiempo no se mide, se percibe.

El lenguaje mismo tiene, quizás, una relación muy particular con el tiempo, la superposición de temporalidades y la espera. Las palabras no llegan para cerrar el sentido. Llegan tarde, tantean, piensan. Se quedan cerca de aquello que no pueden explicar. La palabra se demora porque la comprensión se demora. Hay algo en esta operación que recuerda a Daniel Moyano, sobre todo en su manera de alterar las relaciones habituales entre tiempo, memoria y lenguaje. En la narrativa de Moyano, la palabra tiene una dimensión sonora y la estructura temporal puede desprenderse de la cronología para acercarse a otro tiempo, más cercano al de la música. En Sternischia también hay motivos que regresan —la luna, el árbol, las polillas, la lluvia, las voces, el rastro— y se transforman, como si cada repetición agregara una capa de sentido a aquello que todavía no puede decirse. Moyano insistía en que la literatura debía sostenerse en una verdad auditiva, y que una frase debía “sonar” antes de poder ser escrita. En Sternischia, esa idea se vuelve imagen: cuando Agustín comienza a hablarle a la narradora, no cambia solamente lo que ella escucha; cambian “las vueltas nuevas que tenía el aire cuando Agustín hablaba”. La voz modifica el espacio. Las palabras producen otra configuración del mundo.

Alejandra Kamiya ha advertido, de su propia escritura, un interés por “lo pequeño, lo chiquito” y por desarrollar una sensibilidad hacia aquello que podría pasar inadvertido, un interés por una escritura ligada al cuerpo y a los sentidos. La misma elección formal se advierte en la escritura de Sternischia, donde lo diminuto no es un tema sino una escala perceptiva. Esa elección formal modifica, creo, nuestra posición como lectores: poco a poco empezamos a prestar atención a aquello que, desde una percepción más apresurada, habría quedado fuera de campo.

La nostalgia y el dolor de la voz narradora, que va aumentando a medida que avanza la historia, sumerge al lector en un tema que sea quizá incluso más ríspido que la muerte: la necesidad de ser vistos. Que alguien nos mire. Que nos llame por nuestro nombre. Que nos toque. Que nos hable. Que nos confirme, mediante un gesto mínimo, que todavía estamos aquí. La atención no funciona como un ornamento sino como una manera de construir un mundo. Mirar más de cerca significa descubrir que aquello que parecía insignificante contiene otra duración, otra memoria, otra forma de estar vivo.

Hacia el final, cuando la casa se vuelve cada vez más incierta y los recuerdos comienzan a desprenderse unos de otros, ya no sabemos del todo qué permanece y qué desaparece. La casa puede ser un sueño, una memoria, una superficie donde todavía quedan adheridos algunos rastros. Una profunda transformación de las formas de estar.

“Era la época de tu risa, de ese montón de cristalitos chispeando en el aire del patio. Sigo tu rastro…”