Federico Ghazarossian: “Estoy componiendo y muy abocado a hacer quintetos de cuerdas”
Entrevista por Jorge Hardmeier / Fotos: Sebastián Molina
Federico Ghazarossian fue bajista de Don Cornelio, Los Visitantes, Acorazado Potemkin y es miembro de Me darás Mil Hijos. Actualmente sus búsquedas se encuentran algo apartadas del rock: tango, contrabajo y composición de obras para quintetos de cuerdas. Jorge Hardmeier entrevistó al músico para Sonámbula.
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Calle Marcos Sastre. Villa del Parque. Investigador permanente de planetas musicales, de bajo perfil, Federico Ghazarossian es ya un músico legendario. En estos últimos tiempos, en los cuales modificó ciertos hábitos cotidianos, se volcó al estudio y ejecución del contrabajo: conformó el Dúo Buseca y acompaña, con ese instrumento, a la cantante Verónica Walfisch. PH al fondo. Me recibe Ona, quien ladra a modo de bienvenida. Fede ofrece mate.
No es solo rock and roll
El rock está atravesado por la mitología del exceso, ciertos consumos, vida intensa. Luego de las febriles décadas de los 80 y 90, Ghazarossian se internó en una búsqueda de modificación de algunas cuestiones: cuidado del cuerpo, alimentación y regreso a la lectura: “Tengo épocas con las lecturas, en los ochentas y noventas, trabajaba en un garaje, leía mucho. Ahora retomé y leo en el bondi, me pongo los anteojos estenopeicos, esos que son con agujeritos y estás como en una cápsula. Los uso para leer. Cuando toco y tengo que leer partituras uso anteojos normales. También estoy haciendo yoga. Voy con mi maestra dos veces por semana y después hago yo solo acá. Me cambió la vida. En cincuenta años no hice nada. Cero deportes. Cuando era chico iba a colegio de hombres y si no jugabas a la pelota, listo, eras discriminado. Jugando a la pelota era un desastre. Cuando descubrí la música dije: esto es lo mío. Esa es mi relación con el deporte. Sí nadaba. Empecé yoga y me encantó. Siento que me cambió el cuerpo. Me armé como un ritmo y hago todos los días, apenas me levanto. Y ahora empecé a hacer, una vez por semana, Pilates”.
La otra clave en el cuidado del cuerpo Federico la encontró en su alimentación: “Lo que comemos es basura. Todo ultraprocesado, con cantidades de veneno. Ya no necesitás momificar a la gente, con tanto conservante que tiene encima. En una época seguía a un científico que se llamaba Ángel Carrasco, del CONICET, el primero en denunciar a todo lo transgénico. Empecé a cuestionarme eso. Hace un año y medio que dejé las harinas blancas. Y hace diez años dejé de comer carnes. Soy vegetariano. Es una cuestión ideológica: no tolero ningún tipo de violencia. Y una respuesta a esas formas de violencia fue no consumir más esas cosas. No me interesa ser parte de ese círculo vicioso. Tuve que reaprender a comer, de alguna manera. Pero le encontré la vuelta y es riquísimo. No es qué digo, mmm, mirá el asado que se está comiendo el vecino. Tuvimos un viaje a México con Potemkin y ahí me maté con todos los bichos posibles de mar. Cuando volví dije: esto fue lo último”.

La letra y la zona
En 2022 se publicó Pozoguerrilleroirasible, una biografía de Don Cornelio y La Zona escrita por Santiago Segura. En el libro ofrecen sus testimonios los músicos de la banda, incluido Palo Pandolfo, fallecido poco antes de la edición de la obra y otras personas cercanas, de un modo u otro, al grupo. Federico, lector y letrista: “Me encantó. Me gusta como lo encaró, esa primera página que escribe y después enfrenta a todos los protagonistas, cada capítulo. Y que cada uno saqué su deducción. Me acuerdo que me hizo la nota y pasaban los años. Es que hizo un trabajo de campo que fue increíble. Aparece mucha gente. Y es llevadero. El libro que sacó el otro pibe no me gustó tanto. El de Palo, el libro de Facundo Soto. Está todo muy cambiado”.
Fede ha escrito letras para sus diversos grupos y le otorga gran importancia a la conjunción de música y lírica: “Lo aprendí un poco de Palo: la música tiene que usar el poder de la palabra. Y vos con la música tenés que potenciar la palabra. Cuando uno toma la música como algo piramidal la palabra, si la hay, es la punta de la pirámide y se tiene que entender, a partir de la voz. Si hay un solista de cualquier tipo de instrumento, ese es el momento que toma la punta. En el medio está la cuestión armónica y abajo estaría la base, la rítmica”.
Entre mate y mate surgen los letristas que admira: “Fui toda mi vida fanático de Spinetta, desde Almendra hasta Jade. Pero después del primer disco de Jade me empezó a costar entenderlo. Y en un momento empecé a no entenderle un carajo. Me cansé. Fue después de Alma de Diamante, que ese disco es una gloria. Por ese disco empecé a leer a Carlos Castaneda. Artaud lo leía antes, con Pescado Rabioso. La música cuando era chico era la fuente de información. Si Spinetta en una nota te hablaba de dónde había sacado tal cosa, ibas a buscar el libro. Otro muy bueno es Palo. Juan Pablo Fernández es muy bueno, un estilo totalmente diferente al de Palo. Te va describiendo situaciones. Palo juega con la palabra y ese doble o triple juego que puede tener una palabra en sí misma. Después Charly García, Calamaro, yo qué sé, tienen buenas rimas, pero aburren. A mí no me gusta mucho Soda Stereo, nunca los vi en vivo, los escuché después de que murió Cerati. Y estando acá empecé a escuchar Fuerza Natural, su último disco y: qué raro este chabón hablando de esto en este tema. La poesía es la única verdad, del tema Deja Vu. Porque siempre vi a un tipo que trabajaba todo como si fuera medio publicidad. Ahí tiene unas cosas que sabe dónde colocarlas. El único tema que me gustaba de Soda Stereo era La ciudad de la furia, por la letra. Eso sí, cantaba muy bien y tocaba muy bien la guitarra”.
Federico, con Palo y Karina Cohen hacía fanzines, a fines de los ochentas: “Leí muchos poemas de Palo, no el libro. Palo tenía mucha relación con la espiritualidad, a partir de la mamá, que pertenecía a la Escuela Científica Basilio. Era divina la mamá de Palo”. Por asociación directa surge el recuerdo de Los Verbonautas, grupo de acción poética. Libros del Rojas publicó el único libro de dicha agrupación formada por el mismo Palo, Karina Cohen, Pablo Folino, Hernán, Osvaldo Vigna, Eduardo Nocera, Gabriel Coullery y el gran poeta Vicente Luy: “A veces tocaba el contrabajo en los shows de Verbonautas. Yo era fanático de Luy. Un día estaba trabajando en Córdoba y me pasan a buscar unos amigos y les digo: che, ¿vamos a la casa de Luy? Él vivía, en esa época, arriba de Córdoba, treinta, cuarenta kilómetros. Río Ceballos. Lo fuimos a ver y nos quedamos una noche. Asado, vino y en un momento dice: chicos, miren esto. Era un dibujo de Picasso en lápiz. Era él de nene andando en una carreta. Nos quedamos. ¿Qué hacés con esto, boludo? En la última época, antes de que se vaya, estaba tocando en el Centro Cultural Recoleta, con Potemkin. Y Alejandro Pihué, un amigo en común, me dice: voy a verlo a Luy. ¿Está acá? Sí. Estaba en lo de una mujer, por el abuelo, que era Juan Larrea. Él quedó huérfano de muy chico. El abuelo era escritor y muy amigo de Picasso. Lo crió a Vicente. Luy estaba sobresaltado ese día. Era bipolar, tuvo muchos intentos de suicidio. Nos recibe en bata y dice: chicos, ¿qué quieren? Y empieza a traer petacas de champagne en una fuente. A los tres meses se suicidó. Lo habían internado antes en el Borda, lo habían cagado a trompadas, le robaron todo. Hernán lo logró rescatar del colapso, estuvo un tiempo en su casa y después se fue nuevamente a Córdoba. Fue a ver un departamento en Salta y se tiró del noveno piso. Hipersensibilidad, falta de equilibrio, lo que ofrece el mundo es para pegarse un corchazo todos los días”.
Grandes valores del tango (y del jazz)
Cada tanto, Ghazarossian se cansa del rock, descuelga el bajo y transita otras musicalidades. “Luego de ciertos años me aburro. Me pasó con Los Visitantes, es que flashé con el sonido del contrabajo. Es un sonido que no conseguís con el bajo y más cuando usás arco. Es como salir de vuelo. El rock, si lo tomás como trío, tiene unas libertades terribles y te da como para meter bastante mano. Pero cuando se pone medio cancionero los bajos no se pueden poner muy locos. La canción me empieza a hinchar las pelotas, más cuando tenés dos instrumentos armónicos. Y un poco me estaba apabullando, también, la cantidad de volumen. Sobre todo en la época de Acorazado Potemkin. Estaba sintiendo que había que cambiar algo. Lo de Acorazado por ahora está clausurado. Tuvo un desarrollo de quince años, cuatro discos. Una bocha de tiempo. Los grupos, después de diez años, son una repetición de sí mismos. Los Rolling Stones: una fábrica de hacer chorizos. ¿Hace cuánto que no sacan un disco bueno? Son pre históricos. También eso de los regresos es raro, porque si la gente va pensando que le pase lo mismo de hace años, es imposible. A veces dicen: Don Cornelio, que vuelvan. No se puede porque el cantante partió. Eso es lo primero. Y sería raro, porque lo que transmite esa música, ya grabada en los ochentas, es imposible que se vuelva a repetir, con esa energía y ese estímulo. ¿A ver si toca como tocaba antes? La vida lo más lindo que tiene es lo que vas cambiando. Porque van apareciendo cosas nuevas en esa escalerita que uno va subiendo en el conocimiento, en el autoconocimiento. Darte lugar para cambiar y probar otras cosas, si no resulta medio aburrido. Hay grupos que trabajaron con la fórmula del éxito, con un tema les fue bien y viven siempre de eso. Con la riqueza que tiene esta disciplina que es la música, es infinita la riqueza que tiene”.
De todos modos, cuando lo invitan a grabar o tocar, se calza el bajo y lo pulsa como pocos. Esas ocasiones incluyen los encuentros con la banda de la que es parte, Me Darás Mil Hijos: “Ensayamos cuando vamos a tocar o cuando vamos a grabar. A veces ensayamos un mes antes, una vez por semana. Lo que pasa es que es un quilombo juntar tantas personas, hombres y mujeres. Hay unos temas nuevos, el año pasado grabamos dos o tres. Y hay varios temas en gatera”.
Con la experimentación y el estudio del contrabajo, comenzó a bucear en otras musicalidades, por ejemplo, el tango: “Mi viejo escuchaba tango. El que traía los discos a casa era papá. Y un día trajo un disco de Piazzolla, el primer disco con el quinteto. Y me voló la cabeza. Después tuve una pelea con el tango, la típica del adolescente y el rock contra todo lo viejo. Pero empecé a trabajar en un garaje y había dos horas que estaba en la caja. Fines de los ochentas, comienzos de los noventas. Y empecé a escuchar la señal Solo Tango, en la radio. Empecé a escuchar todas las orquestas. Y de las orquestas pasé a los cantantes. La orquesta de Troilo de los cuarenta me daba vuelta el bocho. Se tocaban todo esos músicos. En esa época estaba Piazzolla. El tango me encanta, algunos los veo como pequeñas obritas clásicas, tiene un trabajo en lo que es la musicalidad de los instrumentos que es muy bueno. Tenés la línea de la base que es el piano y el contrabajo, la armonía la hace el piano, el sonido del bandoneón es un flash y tenés la línea de los violines y las líneas de las cuerdas. Troilo a fines de los cuarenta o principios de los cincuenta empieza a meter un cello. La mezcla de esos sonidos está buenísima. Después, como todo género, se llena y es más de lo mismo. Pero eso pasa con cualquier género. En el rocanrol pasa lo mismo, al peronismo le pasa lo mismo, ja”.
En 1994 Los Visitantes editaron su segundo disco denominado, justamente, Espiritango: “Tangos hay dos: El deseo de Evita y La ondulación. Pero Espiritango es más un concepto, me parece, sobre el porteñismo. Y la parte espiritual. Era raro el choque entre espiritualidad y tango. El tango es como muy pisando la tierra. Está Auto Unión, medio Bolero de Ravel el ritmo, ¿no? pero es más una canción. Creo que habla un poco de Argentina, porque el tango es Argentina, o Ciudad de Buenos Aires. Hay que tener la creación de un ritmo así. Como el jazz en Estados Unidos. Es muy rico el jazz. Creo que una vez vino Dizzy Gillespie y tocó con la orquesta de Fresedo, es un disco que sacaron hace unos quince años. Otra que me enteré hace poco, y soy fanático, es que vino Bill Evans y tocó un Día de la Primavera en San Nicolás. Ya estaba hecho mierda, porque se picaba heroína, tenía las manos hinchadas de tanto pincharse. Al tipo se le murió el hermano, se le murió la mujer, siempre consumió, pero después de eso fue mucho más. Termina casi tocando con la cabeza abajo del teclado. Era muy groso Evans. Tenía una forma de improvisar muy distinta a la de todos los demás. Tenía una cantidad de música clásica en la cabeza que no se puede creer. Y tenía unos músicos infernales. Los bajistas de Bill Evans eran todos unos animales. Yo soy fanático de Scott La Faro, el contrabajista del primer trío: murió muy joven, en 1961. Veintiséis años. Después, Charles Mingus. Y Miles Davis, maestro, una bestia”.
Contrabajo vas a llorar
Mientras el mate sigue circulando, Federico enumera sus héroes tangueros del contrabajo y su trayectoria en el estudio del instrumento: “De los viejos me gustan todos. Kicho Díaz, partamos de ahí, que era el contrabajista que tenía Piazzolla en el Quinteto, fue contrabajista muchos años del Sexteto Mayor, cuando se formó. Estuvo con Troilo. Yo estudié contrabajo con Oscar Giunta padre. Era contrabajista de Horacio Salgán en el Nuevo Quinteto Real. Fue contrabajista de la Sinfónica, ahora se jubiló. Él sabía que yo quería tocar tango y me manda a estudiar con Horacio Cabarcos, que era sobrino de Kicho Díaz. Es un contrabajista, de los que siguen vivos, de la vieja escuela del tango. Tocó con Leopoldo Federico. Y ahora está lleno de pibes que se tocan todo, hacen sus temas. Porque tocar cosas que tienen setenta años es aburridísimo. Si el género tiene que seguir vivo tiene que pasar algo nuevo, desde la música y desde la letra. De lo nuevo me gustan Las 34 Puñaladas, que ahora se llaman Bombay Buenos Aires y la Fierro. Está bueno hacer cosas nuevas porque si no el género se va a morir. Y es muy lindo el género, musicalmente hablando”.
Uno de los últimos proyectos de Ghazarossian, de claro perfil tanguero, es el Dúo Buseca y es la ocasión para acercar un ejemplo de su idea de por dónde debería rumbear el tango: “Tocamos con un cuarteto que era buenísimo, Guernica. Los pibes hacían unos temas de Alejandro Guyot, temas de ellos, pocos clásicos, conjunto que era guitarrón y tres guitarras, se iban pasando las voces, el tango guitarrero, tango de patio de parra. Empecé tocando tango con guitarra. Los guitarristas de Gardel, o los guitarristas que tenía Rivero con todos esos tangos carcelarios, o en el folklore los guitarristas cuyanos, Tormo, esas guitarras que estaban increíbles. Cuando se forma Me darás Mil Hijos, la idea era trabajar las guitarras así. Los dos guitarristas, Gustavo y Santiaguito, que ya no está, venían del tango. Este país tiene una cultura de la guitarra muy grande, toda América. Y los yanquis también. Cuando empecé a tocar tango lo hice casi seis años con el Cardenal Domínguez: eran tres guitarras, contrabajo y voz. Muy pocos temas nuestros, más temas del repertorio, pero lo tomé”. Regresando al bajo, enumera sus gustos dentro del rock: “Me gustan todos. Gustos personales: Arnedo, Machi, el Negro Medina, o bajistas del post punk. Soy muy fanático de Joy Division. El ritmo era raro, la batería no era normal y me gustaba esa línea de bajo que era una contramelodía, yo le digo contracanto pero se llama contrapunto en realidad. Eso me gustó mucho, que el bajo tenga una contramelodía frente a la melodía principal. Y hay unos pendejos ahora que se tocan todo”.

Solo el presente y nada más
La actualidad encuentra a Federico investigando musicalidades ajenas al rock, uno de esos proyectos es el Dúo Buseca, compartido con el bandoneonista Mauro Iuvaro: “El Dúo Buseca ahora está medio parado. Lo que intentábamos hacer con Buseca era una relectura del tango versión 2025”. El año pasado se publicó Lo que corre delante de mí, primer disco de la cantante Verónica Walfisch. Ghazarossian la acompaña con su contrabajo. El proyecto con Me darás mil hijos prosigue pero lo que genera mayor entusiasmo en el músico, en estos días, es una nueva vertiente musical: “Estoy componiendo y muy abocado a hacer quintetos de cuerdas. Ya había estudiado para leer, más por el contrabajo, clave de fa y clave de do cuatro, las demás las saco medio por añadidura. Un amigo me comentó que había un programa que era gratuito y bastante sencillo. Mandé a arreglar la computadora, coloqué el programa y empecé a ocuparme. Quintetos. Hice también dos cuartetos, una canción que tenía compuesta y quería dejarla plasmada con contrabajo, violines, violas. El objetivo sería, primero, tener material, después elegir y, llegado el momento, salir a tocarlo y grabar. Siempre escuché música clásica pero, en los últimos diez años, me puse más fervientemente a escuchar. En un momento me enganché mucho con los cuartetos de cuerdas y me escuché todos los cuartetos de cuerdas que pude. Antes de la pandemia empecé a escuchar mucha música contemporánea. Es un código totalmente diferente. Parece una sucesión de ruidos, pero tiene una lógica y pasa algo con eso. La música es la traducción de un momento x, de una sociedad x, de un lugar x. Son como cuadros impresionistas de eso. Como vengo tocando desde el año 96, 97 el contrabajo, se junta un poco con eso. Me encanta el sonido acústico. Lo voy generando de a poco, compongo y el día que tenga que sumar gente, se verá. El programa que estoy usando tiene un midi y lo escucho. Trabajo mucho con prueba y error. Cuando trabajás así laburás la música en vertical. Entonces ves los movimientos de acordes que te va generando el compás. Después utilizo el oído como juez. Se reescribe en la partitura. Y guardo, es como tener una hoja de pentagrama en la que vas borrando. Quiero empezar a trabajar con la flauta y puedo, en el programa, escuchar como suena. Es un quinteto raro: flauta, violín, viola, violonchelo y contrabajo”.
Como investigador empedernido en una diversidad de formatos musicales, Federico relata su relación con la música actual, esa que suena en la radio y los celulares de pibas y pibes: “Un día tenía que ir a tocar a Miramar y Mar del Plata. La banda en la que tocaba era Ezequiel Uhart y los Monotributistas, un quinteto. En el viaje puso a Wos y me gustó. Cuando terminó sentí que tiene un compresor gigante que se le escuchaba hasta la saliva. El compresor es un efecto. Y les dije: che, a este pibe está para darle un abrazo, para decirle que se calme un poco. Estaba todo muy intenso. No escuché a otros. De pasada, me parece que los artistas del género trap empezaron a decir lo que el rock no estaba diciendo. Hace rato, me parece, que el rock no está diciendo muchas cosas. El rock que se vende, digamos, el que está en la radio. Vas a un barcito a escuchar una banda y dicen otras cosas. Y me parece que el trap empezó a decir esas cosas que no decía el rock”.
También se modificaron los modos de producción y distribución de la música, en un cambio abrupto: “Esto que se articuló hace tres años o cuatro, que sacás un tema y no un disco, me parece cualquiera. Un disco es como sacar un libro. Tenés un concepto desde que empieza hasta que termina. Tiene un nombre que le da una valoración a ese concepto. Y la tapa. Es lo mismo como cuando bajamos del LP al CD. Yo escucho música por YouTube o en la radio. Tengo mis vinilos de adolescente pero están en la casa de mi viejo. La adolescencia era así: con los amigos, que no jugábamos al fútbol, nos sentábamos a escuchar música. El disco, la tapa, la información. Cuando iba a la disquería me quedaba horas. Antes de Cornelio yo venía de un palo muy rockero: Led Zeppelin. Pappo´s Blues, la Pesada, Invisible, Color Humano, Pescado Rabioso, toda la familia que había generado Almendra. Era muy fanático de Color Humano y de Pappo. Pappo’s Blues Volumen Tres para mí es una biblia. Y Manal. No se escuchaba mucho eso, recién cuando estuve en quinto año empezaron a salir re ediciones en cassette. Durante Malvinas empieza a pasar algo con el movimiento”.




