H. G. Wells: Un cerebro solo contra el mundo

Por Pedro Perucca

Luego de su tercera y última visita a la tierra de los soviets, Herbert George Wells escribe: “Salí de Rusia con mis sueños rotos, con mis sueños de hacer algo que valiese la pena por dirigir las fuerzas esencialmente revolucionarias hacia un socialismo organizado en América y en Rusia. Fracasé, fracasé en una empresa que tal vez era demasiado para mí”.

Tal vez, y sólo tal vez, convencer en 1934 a Franklin Delano Roosvelt y a Stalin de que depusieran sus diferencias y comenzaran a trabajar juntos para construir el Estado Mundial que el desarrollo de la tecnología exigía como forma más apropiada de gobierno, fuera una misión por encima de los indiscutibles y múltiples talentos del escritor británico. O bien puede que haya que responsabilizar de todo a una deficiente traducción al ruso que deslució sensiblemente el encanto de sus argumentos, como deja traslucir en sus memorias. Finalmente, puede que no haya sido culpa de nadie y que apenas se trate de uno de esos tantos momentos históricos en que las ideas se adelantan demasiado a su tiempo y caen en el desierto. Margaritas a los chanchos del Kremlin y de la Casa Blanca. “Nosotros, los pensadores avanzados, los que vivimos para nuestra especie, vamos demasiado deprisa para la masa vulgar”. Debe haber sido eso.

A un gesto de Siberia

En el aeroplano que lo devuelve a Inglaterra luego de su estadía en la URSS, el escritor medita, derrotado pero no vencido: “Lo que había sucedido en realidad era que mi temperamento confiado e impaciente se había anticipado y había visto, comprensiva y lúcidamente, algo que no podía llegar todavía en muchos años”.

Roosvelt, al menos, se había mostrado receptivo, pero Stalin se anticipaba como menos permeable. HG llegaba mal influido por la tendenciosa prensa occidental pero en cuanto vio a ese hombre que miraba plácidamente por la ventana volverse “tímidamente” (sólo Neruda osa también asociar la palabra tímido a Stalin, en su por momentos nefasto Confieso que he vivido), todo cambió: “Todas las leyendas que le mostraban como un siniestro montañés se desvanecieron de pronto. Jamás he visto a un hombre más cándido, más limpio y más honesto. Y a estas cualidades, y no a propósitos ocultos y siniestros, es a lo que él debe el tremendo e indisputable ascendiente que tiene en Rusia”.

¡Fuera de aquí, propósitos ocultos y siniestros, no los queremos en esta charla de amigos! Así, poco a poco, el encanto británico de HG logró que el temido amo del Kremlin se relajara y abriera su corazón: “Nuestra conversación se desenvolvió de una manera tímida. Nos sentíamos como amigos, pero hubiésemos querido mostrar un poco más de desenfado. Él se daba un poco cuenta de la importancia de aquél encuentro; no mostró ninguna pose, pero sabía que íbamos a hablar de cuestiones muy importantes”.

Dos potencias se saludan, diría Gatica. Pero más allá del evidente cariño mutuo, el rigor de Wells lo obliga a señalar que el líder soviético no le pareció brillante. “Cuando le hablé del mundo organizado, empleé un lenguaje que él no comprendía. No tenía la aguda determinación de Roosevelt y nada de la sutileza y la tenacidad de Lenin”. El “poco flexible” cerebro de Stalin tampoco le permitió asumir su “dura crítica” a la “vieja propaganda de la lucha de clases, en la que con el nombre de burguesía se mezclaban diversos tipos y profesiones”. El socialismo debe ocuparse de organizar al mundo más eficientemente, Iósif, no de fomentar un enfrentamiento entre clases que no sólo es falso sino, sobre todo, descortés. “Pero todo fue inútil, porque Stalin no admitió ninguna convergencia que hiciese posible un capitalismo colectivista en oriente y occidente”. La construcción del Estado Mundial quedaba otra vez en manos de Wells.

Antes de abandonar Rusia se reunió con varios grupos de escritores para romper una lanza por la libertad de expresión. El encuentro con un Máximo Gorki “convertido en un stalinista incondicional” no sirvió de nada. Pero bueno, ¿a quién le ganó Gorki a fin de cuentas? “Su labor literaria, aunque respetable, no justifica esta inmensa fama”. Algo más productivo fue el encuentro con el grupo del Camarada Conde Alexei Tolstoy (alguien más del palo, autor de notables obras de ciencia ficción como Aelita y El hiperboloide del Ingeniero Garin), que se comprometió a impulsar la propuesta de un PEN Club soviético. Un esperanzado HG esperó en vano noticias de los resultados del choque entre el más simpático grupo literario de Leningrado contra “la definida intolerancia de los cerebros de Moscú”. Creemos recordar que no hubo mucho que festejar tampoco allí.

Estúpida lucha de clases

No podemos atribuir las posiciones de Wells a un nacimiento en cuna de oro. Los primeros cientos de páginas de su Experimento de autobiografía recorren su ascenso desde la decadente tienda familiar hasta la cima del mundo. A sus siete años, la providencial quebradura de una pierna lo obligó a guardar reposo durante semanas en las que se le abrieron las puertas de la literatura. Su formación se hizo tanto de autodidactismo como de férrea voluntad para acceder a una enseñanza científica. Para él la educación sería para siempre la clave de la evolución humana porque sólo ella podía crear un mundo de “receptores competentes” para la prédica socialista.

En 1895, el éxito inesperado de su primera novela, La máquina del tiempo, lo convenció de que por allí iba la cosa. Según Pablo Capanna, en 1988 La guerra de los mundos “funda la moderna ciencia-ficción” al abrir “la puerta del Más Allá absoluto, que conduce a paraísos y horrores sin nombre, la puerta del ‘si’ condicional que crea infinitos mundos posibles”. En estas obras tempranas Borges vio un “joven genio”, un “admirable narrador heredero de las brevedades de Swift y de Edgar Allan Poe”, en tanto que luego del cambio de rumbo literario por el que se decidió al llegar el siglo XX, Wells se convertiría en un “especulador sociológico” o, peor aún, un “mero periodista”.

El socialismo de Wells siempre estuvo signado por su antimarxismo. Si bien le reconoce algunos pocos méritos, confiesa haber sentido siempre por Marx (y por Auguste Comte, en la misma oración) “una antipatía personal, una repugnancia congénita”, sobre todo por exacerbar el resentimiento de los explotados con su teoría de la lucha de clases: “Desde el principio hasta el fin, la influencia de Marx ha sido verdaderamente una rémora para la reorganización progresista de la sociedad humana. Si Karl Marx no hubiese existido, hoy estaríamos mucho más cerca de un sistema universal honradamente organizado”. En algún momento también reconoció no haber leído El Capital por considerarlo “aburrido”.

Partiendo de este socialismo amable y científico, será natural su confluencia con la Sociedad Fabiana de Eugene y Beatrice Webb, expresión de un reformismo muy moderado, evolutivo, impulsor de cambios educativos y administrativos que “gradualmente” irían acercándonos al socialismo. El nombre se debe a Quinto Fabio Máximo, el Cunctator ( “el conciliador”, “el que retrasa”), general romano que buscó evitar el choque directo con las fuerzas de Aníbal, apostando por pequeñas escaramuzas laterales como táctica de desgaste. Remplazar “Aníbal” por “Capitalismo”.

La ruptura con los fabianos se produce cuando Wells quiere empujarlos a un rol más activo de organizadores políticos. Explícito reivindicador del utopismo (otra de sus principales diferencias con Marx, a quien acusa de no tener imaginación) en Una utopía moderna, al que siempre consideró uno de sus libros “más vitales y de mayor interés”, propone un “orden samurai” mediante una clasificación en cuatro tipos de ciudadanos: poético, kinético, humilde y apagado. Pero los fabianos interpretaron mal sus intenciones y en una fatídica tarde de té acabó peleado con Bernard Shaw y los Webb. “Me asistía la razón en lo esencial, me puse terco y al final dejé la Sociedad más políticamente parlamentaria e ineficaz de lo que la encontré”, reconoció antes de saldar cuentas con ellos en su maliciosa novela La sociedad de los Maquiavelos.

HG se dispone a terminar con la Primera Guerra Mundial

La Primera Guerra Mundial trastocará un poco los planes de HG para el mundo, llevándolo a una breve “excursión teológica” y a bancar al bando británico durante los primeros años de conflicto. Su apoyo a las tropas de su Majestad se justificará también por el sueño de un mundo organizado, respecto del que el Imperio (al que, por otro lado, nunca se privó de cuestionar en pro de su sueño republicano), en tanto que articulación supranacional, era un paso adelante.

En 1918 publica En el cuarto año, una compilación de artículos en los que propone una Liga de las Naciones (dice “creo que no usé el término antes de 1916” y se nota que le cuesta no atribuirse el copyright de la idea, que venía circulando desde 1915). En cambio, le agrega un adjetivo: Liga de las Naciones “Libres” (porque esperaba que la guerra trajera instituciones republicanas a Rusia, Alemania y, tal vez, hasta a Gran Bretaña). Por esto muchos lo consideran un precursor de la ONU y de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. También de Wikipedia. Googleen.

En noviembre de 1917, mientras los bolcheviques están tomando el Palacio de Invierno, HG considera que la guerra ya ha durado demasiado y decide tomar el problema en sus manos. Le escribe una carta al presidente estadounidense Woodrow Wilson explicándole por qué su país debe conducir al fin inmediato de la guerra: “Ningún otro aliado más que América puede hablar de la paz sin abandonar un derecho ni recibir un ultraje”. Pero la realidad se le opondrá una vez más.

Desengañado por la obstinación de las naciones en no seguir sus designios, vuelve a escribir. Ahora un bosquejo de historia universal del que se convence que representa “la única forma justa en que se debía presentar la historia al ciudadano corriente del Estado Moderno”. Inmediatamente publica otro opúsculo que modestamente titula La salvación de la humanidad, donde desarrolla lo que llama el “libro de la ciencia necesaria o la Biblia de la civilización”. Tranca.

Un soñador en el Kremlin

Luego de insinuar que Lenin le robó las bases para la nueva organización del Partido Bolchevique de su teoría samurai (“No sé si había alguna relación genética entre ese plan y el mío”), decide a ir a hablarle del tema y arreglar el asunto como caballeros. Cuando llega a Moscú, en octubre de 1920, se encuentra con una ciudad “definitivamente descuidada, deshecha y recelosa”. Sus memorias de esta visita se publicarían en Rusia en las sombras.

La situación en ese crucial año tres de la revolución era, efectivamente, sombría. Rige el “comunismo de guerra”, catorce ejércitos europeos atacan a la aún débil república comunista, Majno y su guerrilla anarquista se fortalecen en Ucrania y los mencheviques declaran la independencia de Georgia. Se debe recurrir a expropiaciones forzosas sobre el campo para abastecer a ciudades en las que crece el descontento. Trotsky propone una draconiana “militarización del trabajo” y se multiplican las críticas incluso desde el campo aliado. El Congreso del incómodo movimiento cultural Proletkult (acaudillado por Aleksandr Bogdanov, médico y escritor del género, autor de la utopía futurista Estrella roja) es intervenido por Anatoly Lunatcharsky, que lo subordina al Narkompros (Comisariato del pueblo para la Educación).

Pero HG está molesto porque no pudo entrevistar a Trotsky y el prometido encuentro con Lenin se demora. Lo fastidian las trabas burocráticas y reconoce que se hallaba “más bien en disposición hostil” cuando finalmente se dirige hacia el Kremlin. Al llegar a la oficina de Lenin lo encuentra “sentado y menudito, ante un enorme escritorio”. Wells se permite ser despectivo hasta último momento (“es tan pequeño que sus pies llegan apenas al suelo cuando se sienta en el borde de su silla”) pero inmediatamente reconoce que no se trata, como esperaba, de un “marxista doctrinario”.

Mientras HG ataca con preguntas acerca del rumbo por el que el bolchevismo pensaba llevar a Rusia, Lenin contragolpea preguntando qué esperaban los ingleses para hacer la revolución social, ya que la toma del poder en un país occidental era un requisito para la supervivencia de los soviets. Cuestionando el esquema revolucionario, Wells contrapropone “una campaña de educación cívica” a través de la cual “el sistema capitalista actual podría civilizarse y transformarse en colectivismo universal”.

Más allá de que políticamente se encuentra en los antípodas, Wells se sorprende por la coincidencia en algunos planteos de desurbanización y, sobre todo, por la dimensión de los sueños de progreso técnico leninistas, que considera imposibles: “Ha acabado él también por ser víctima de una utopía, la utopía de los electricistas”. “Aplicar este sistema del porvenir a la Rusia del presente es cosa que pide un gran esfuerzo a la imaginación más resueltamente creadora”, insiste.

Termina admirando la resolución y el no dogmatismo del autor de El Estado y la revolución que “casi” logra hacerle “compartir su entusiasmo y su confianza”. A través de Lenin, ese “hombrecillo extraordinario”, ve que “el comunismo podía a pesar de todo, y a despecho del mismo Marx, tomar un poderío constructivo enorme”. Pero el líder soviético sabe que aún se trata de “cosas en embrión” e invita al escritor a volver en diez años. Finalmente, su regreso a la URSS será catorce años más tarde, una década después de la muerte de Lenin, y se encontrará, sí, con mucha electricidad pero con poco comunismo.

A fin de cuentas, HG banca la experiencia soviética sobre todo por su voluntarismo y su apuesta progresista: “Si Rusia no hubiese hecho otra cosa por la humanidad, el experimento del Partido Comunista es por sí sólo suficiente para justificar su evolución y para colocarla sobre un nivel mucho más alto que el que alcanzó la primera revolución francesa, caótica y emocional”.

Morlocks del mundo, uníos

Si La máquina del tiempo es una “fantasía basada sobre la idea del desarrollo de la especie humana en líneas divergentes” y esos “eloi” tan bellos y amables como inútiles e idiotas son los descendientes de las clases dominantes del capitalismo, mientras que los subterráneos “morlock” son los hijos impiadosos del proletariado (además de los únicos que conservan algún saber técnico en el mundo decadente del año 802.701), la elección más lógica para un socialista sería ponerse del lado de estos útimos, ¿no?

Pero el viajero del tiempo ni siquiera lo intenta. La hirsuta pelambre albina del morlock le produce automático rechazo y lo que podría haber sido un malentendido cultural se transforma rápidamente en guerra de palos y napalm para defender a la bella mujercita eloi Weena, que no sabe hacer la O con un vaso. Cuesta poco identificar aquí a Wells y a su personaje más famoso. La evolución hacia el socialismo debe ser ordenada y amable. El caos revolucionario es lo menos british del mundo y sus protagonistas suelen ser feos, desprolijos y prepotentes. Un horror.

El siempre penetrante José Carlos Mariátegui critica la posición de Wells respecto del fascismo italiano, planteando: “En ésta, como en casi todas las actitudes intelectuales de H. G. Wells, se identifican fácilmente las cualidades y los defectos del pedagogo, el evolucionista y el inglés”. Tres palabras que resumen virtudes y limitaciones de un autor maravilloso que en un momento consideró que sus tempranas obras literarias eran insuficientes para cambiar el mundo y se dedicó a “prodigar parábolas sociológicas y erigir enciclopedias” (Borges, de nuevo) para modificar la realidad en el sentido de sus previsiones intelectuales. Sin embargo, lo que hoy subsiste de su obra, con toda su potencia transformadora intacta, es precisamente la parte despreciada. Hablemos de literatura pasatista y de textos comprometidos con la realidad.

H.G. Wells murió el 13 de agosto de 1946, luego de que la Segunda Guerra Mundial le arrebatara sus últimas esperanzas de llegar a ver un mundo organizado. En 1941 un periodista le preguntó qué palabras quería para su epitafio y respondió, sin dudarlo: “Se los dije, idiotas”.