«No queremos ser invisibles nunca más»

Por Ivana Zacharski
A partir del femicidio de su hermana en los años 90, la actriz Mariela Alejandra creó una obra que también es un homenaje colectivo a todas las mujeres invisibilizadas por la violencia machista. Ivana Zacharsky la entrevistó para hablar del proceso de construcción del texto, del rol de la Justicia y de la potencia del teatro.
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Mariela es una de las actrices por las que elegí ser actriz. Su belleza actoral fue y sigue siendo inspiración. La primera vez que la vi actuar de cerca fue la obra Estero 433, en el Teatro El Cuervo, en una de esas muestras que organiza Pompeyo Audivert en su estudio. La segunda vez fue en Museo Ezeiza, en el Centro Cultural Paco Urondo. Desde entonces mi asombro alrededor de «eso» que hacían esos actores y actrices fue absoluto y duró muchos años. La emoción de la actuación venía claramente de un hecho histórico y colectivo imaginariamente compartido, algo que en el caso de Museo Ezeiza pasaba por la contradictoria vuelta de Perón tras el exilio y la escena con que lo recibe el amplio espectro militante. ¿El teatro puede hacer eso?
Audivert dice en su libro Teatro de la fuerza ausente:
El teatro activa en una asamblea metafísica un nivel de percepción y de producción sagrado, lo des-oculta, y con ello plantea a la vez la existencia de otra naturaleza humana, justamente aquella que el poder histórico viene a lapidar con su unidimensionalidad y con todos sus mecanismos alienados. Esa naturaleza primordial que en su momento estableció al hombre como tal y desató incluso la posibilidad de abrir el plano histórico (que después habría de lapidarla), es la capacidad de creación poética, manifestación nostálgica de las facultades perdidas del ser en su encrucijada temporal; lenguaje universal creador capaz de desatar parentescos secretos del aire y la sangre, de abrir dimensiones dorsales de la identidad, de relacionar todo con todo en un punto radial de encaje. Se trata de un poder que se manifiesta en el hacer y en el percibir, una capacidad de expresión de fuerzas originarias que, puestas a operar teatralmente, nos conecta a un sentimiento de otredad, de vacío, de plenitud; a una extraña y familiar sensación de ya haber sido; a otra percepción del tiempo, el espacio, y la presencia. Esta capacidad de percibir y crear por fuera de los modos de producción que el poder establece debe ser señalada como lo verdaderamente humano, como su sentido de base. Por eso es política y revolucionaria la posición del actor y de cualquier acto artístico, porque va en contra del mito histórico, lo revela como construcción ficcional, le cuestiona su pretensión de “naturaleza humana”, lo confronta con su impostura, le opone un acto artificial de una entidad superior a su sentido aparente y al hacerlo revela la existencia de una estructura vital originaria, subyacente, que, en medio del desquicio funeral histórico, permanece. La fuerza ausente.
En Estero 433 Mariela era la anfitriona, caminaba con un desabillé blanco en contraste con su piel marrón y su pelo negrísimo, con una sensualidad que me atrapó de inmediato. La emoción con que la que se movía por el salón donde nos encontrábamos dispersos los espectadores siendo parte del hecho teatral sin frontera. Llevando una botella en una mano y una copita en la ota, nos convidaba alguna bebida blanca. Lloraba constantemente, mientras decía cosas que no eran de este plano, pero por momentos sí.
Cuando salí de ahí, en trance, yo tenía 23 años. Lueo me enteré de que todo eso que parecía una película de Cassavetes (pero bien argentina), había sido una improvisación. Lo que siguió fueron años compartiendo con Mariela y otras actrices y actores la experiencia de actuar juntxs en Museo Ezeiza. La última función que recuerdo fue en el Parque de la Memoria, al aire libre con nuestras sombras proyectadas en el paredón donde están escritos los nombres de las desaparecidas y los desaparecidos. Mariela ya no participaba de la instalación, porque hacía tiempo que estaba en otra.
Mariela es de Monte Chingolo, Lanús, y dice no ser actriz sino analista en sistemas. Creo que eso tiene que ver con el mito de que para «ser actriz» hay que vivir de la actuación. ¿Qué pensaríamos de Kafka, entonces? A la hermana de Mariela, La Oso, la asesinó su novio. La hermana de Mariela fue víctima de femicidio a manos de su marido, de su pareja, de la persona que vivía con ella y le decía «mi amor». De esto me enteré cuando fui a ver el estreno de La Oso, obra que Mariela creó junto a su equipo y que pueden ver en el Centro Cultural Sábato el próximo 22 de agosto.
Así que este texto es también una invitación a conocer el proceso de construcción y sostenimiento de esa obra. Para profundizar en todo ello, le hice algunas preguntas a Mariela sobre ese recorrido, desde la búsqueda de un expediente judicial hasta la decisión de convertir el dolor en una celebración artística de la memoria.
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-Por lo que se narra, la obra está vinculada a la búsqueda del expediente por la muerte de tu hermana. ¿Cómo se vincula el rastreo de esos archivos con el comienzo del proceso de la obra?
-La necesidad de reencuentro fue primero. Necesitaba volver a verla, me preguntaba quién había sido ella. ¿Por qué la habían matado? La época me ayudó a desconfiar de todo cuanto pensaba, los 90 habían quedado atrás. Y empecé a escribir. Un día, Yami, mi sobrina, que tenía un año y medio cuando su papá mató a su mamá y que para el inicio de este proceso ya era una mujer, me dijo que estaba intentando conseguir el expediente y que el juzgado se lo negaba, con el argumento de que era una causa vieja y que, por vieja, ahora pertenecía al archivo y lo tenían que quemar. Así que insistimos y lo conseguimos. No era mi búsqueda personal, porque entonces sentía que lo que buscaba no estaba ahí. Pero un día abrí el archivo y me encontré con esas otras voces, testimonios y testigos, la «Justicia», el Estado, el «teatro de los hechos» —expresión que forma parte del expediente y que se utiliza para hablar de la escena del crimen— desbordando en repeticiones y altas escenas de ficción (como el hecho mismo de que la justicia se negara a entregarle el expediente a una jovencita, huérfana por femicidio, insistiendo en que no podían hacerlo porque lo tenían que quemar).
-¿Qué pensás de la confusión en torno a lo ocurrido, empezando por la negación inicial de que haya sido un asesinato (y, por lo tanto, un femicidio)?
-Yo estaba trabajando de promotora en un galpón en La Tablada, entre cajas de galletitas y golosinas, cuando me llaman y me dicen: «Volvé a tu casa, tu hermana se suicidó». Creo que quien lo dijo no se atrevió a decirlo de otra manera. Porque la verdad es que apenas llegué a casa ya estaba claro cómo habían sido las cosas. La decisión de incluir esa situación en la obra fue pensando en todos los casos en los que que se busca hacer pasar el femicidio por un suicidio (algo que pasa mucho). La obra cuenta la historia de La Oso, sí, pero sin perder nunca de vista que esta historia personal es también la de muchas mujeres, niñas y familias.
-¿Qué fuiste encontrando, en cuanto al dolor por la pérdida de tu hermana, en la repetición de la obra, en la actuación y en la consideración del silencio en el que hubiera quedado el hecho de no ser por su puesta en escena? ¿El dolor se resignifica al compartirlo con los espectadores?
-Quien vivió situaciones terribles a la luz de los otros, y se supo invisible, sabe de lo que hablo. No quiero volver a sentirme así nunca más. También por eso me aferré a este proyecto. No quiero ser invisible si algo terrible me sucede, y no quiero que mi familia lo vuelva a ser nunca más. Cada día una mujer invisible muere. Cada día niñas y niños invisibles se quedan huérfanos por este flagelo llamado femicidio. Entonces, cuando la gente se acerca y conecta con la historia, y compartimos la experiencia y nos quedamos hablando —como ahora nosotras— me siento un poco a salvo de esa posibilidad.
Cada función, para mí, es una celebración íntima de la memoria. Una fiesta, donde reímos y lloramos y nos abrazamos. Donde la memoria, el amor, las ilusiones, la poesía, la creatividad y el humor se revelan, y confirman que la vida vale más que la muerte. Ahí es donde me encuentro con mi hermana Sandra, esa piba de 18 años dulce, fuerte y llena de ilusiones que esta obra homenajea.
-Es un proyecto en el que fueron interviniendo diferentes personas a lo largo de muchos años. ¿Cómo vivís la experiencia de producir tu propia obra, y qué escenarios futuros te imaginás para La Oso?
-Mucha gente maravillosa colaboró en esta creación, fue un camino largo. El equipo de La Oso somos Edu Maggiolo, iluminador; Antonella Silva, con su asistencia de fierro; y Jada Sirkin, co-director, que abrazó el proyecto cuando estaba roto y con amorosidad y mucha delicadeza artística ayudó a recomponerlo y concretarlo.
Antes de tener este equipo del amor, trabajé dos años, dos pisos por escalera, sola, con mi valija y mi necesidad. No sabía que podía ser tan persistente. En el primer taller de biodrama que hice con Vivi Tellas, en 2017, ella me dijo algo que me atravesó: «Aferrate a este proyecto, agarratelo, porque un proyecto así te ayuda a vivir mejor». Y eso hice. Y eso me salvó. Un viaje personal que fui produciendo con mis ingresos de analista funcional, en mi trabajo preciado, que es el que me da de comer y me permitió producir La Oso.
El estreno lo hicimos en el Teatro Poncho, con el apoyo de Proteatro y del Fondo Metropolitano de las Artes. Hoy contamos con el apoyo del Observatorio Lucía Pérez de violencia patriarcal, impulsado por la cooperativa La Vaca, que con toda amorosidad y compromiso nos brinda su sala, Mu Trinchera Boutique.
Nos gustaría mucho ir a los barrios, porque sabemos que todos tenemos algo para decir. Nos gustaría poder llegar con esta historia, que también habla del conurbano profundo de los 80 y los 90, y lo hace poéticamente, teatralmente, sin traducciones, porque nosotras estuvimos ahí y ahora lo estamos contando.
Del futuro poco sabemos, solo que necesitamos abrir caminos de sustentabilidad para sostener la obra, porque nos dimos cuenta de que, más allá de nuestro deseo, hace su aporte: conmueve, moviliza, abre conversaciones. En eso el teatro es sarpado. Lo vemos cada vez que terminamos la función, en las ganas y en la necesidad que tiene la gente de quedarse charlando.
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Además de esta narración en primera persona, magistralmente actuada, del doloroso episodio del femicidio de La Oso, la obra narra las fiestas dionisíacas que frecuentaban en Lanús, las noches de cumbia y cofradía, y también la alucinación por los animales que con ellas convivían, como el caballo azul que flota al mejor estilo David Lynch y que era usado como carreta ciruja. En esta obra, Mariela logra, con dulzura, sensualidad y una emocionalidad contenida por el hecho teatral, una experiencia fenomenal donde teatro y memoria colectiva se unen.
Hay mucho para seguir pensando y repensando sobre nuestro pasado reciente, que sigue exigiendo transformación y justicia real.
Fui a ver dos veces esta obra, y en ambas funciones la amplia mayoría de la platea éramos mujeres. La antropóloga Rita Segato viene señalando desde hace años que la masculinidad no es algo con lo que se nace, sino un mandato, tal vez un mito o una construcción ficcional, un título que cada varón debe refrendar a lo largo de su vida ante otros varones, a través de distintas formas de dominio —sexual, físico, económico, moral— sobre lo que lo rodea y, en particular, sobre las mujeres. Entender esa estructura, dice Segato, es entender una forma de poder que excede al «hombre violento» individual e involucra a todos los varones, incluso a los que nunca ejercieron violencia directa. Por eso esta obra no debería ser solo un espacio de mujeres reconociéndose en el dolor de otras mujeres. ¡Varones, vayan!
La Oso, Teatro poético-documental
Dirección: Mariela Alejandra y Jada Sirkin.
Interpretación y texto: Mariela Alejandra.
Próxima función el sábado 22 de agosto, a las 20.
En el marco de “Insumisas, Ciclo de Artes Escénicas y Conversatorio con Perspectiva de Género”.
En El Sábato, espacio cultural. Facultad de Económicas de la Universidad de Buenos Aires.
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