«Cartas sobre Lautréamont» (Antonin Artaud)

Edición: Alejandra Bottari
(Este texto apareció en Cahiers du Sud n.º 275, en 1946. Fue escrito por Antonin Artaud para un número especial sobre Isidore Ducasse, conde de Lautréamont. Luego fue recogido, en 1947, en Suppôts et Supplications, el último volumen de escritos de Artaud. De Change N.º 7, La Groupe – La ruptura / traducción de Andrés Ullman. Publicado en Fausto, Año 1, n.º 3, Buenos Aires, junio de 1972).
Que Antonin Artaud escriba sobre Lautréamont es también una forma de hablar de sí mismo. En las cartas de Isidore Ducasse, en la violencia de Los cantos de Maldoror y en la escisión entre el hombre y el nombre que lo sobrevive, Artaud reconoce algo de su propia batalla con la escritura y con un mundo que procura someter aquello que no puede asimilar. Su lectura atraviesa esa distancia y encuentra en Lautréamont una voz capaz de prolongar la suya.
Sonámbula recupera estas páginas por la intensidad de esa lectura, que vuelve a poner en juego aquello que la consagración literaria corre el riesgo de neutralizar. Artaud no clausura el enigma de Lautréamont; lo devuelve a la zona viva de la literatura, allí donde la escritura conserva su potencia de insurrección.

Cartas sobre Lautréamont
Por Antonin Artaud
Sí, voy a haceros confidencias sobre el impensable conde de Lautréamont, sobre sus extravagantes cartas coercitivas, acerca de esos sombríos discursos conminatorios e inflexibles que con elegancia y parabienes dirige tanto a su padre como a su banquero, a su editor comercial, a sus amigos. Ciertamente extravagantes son estas cartas, con la estridente extravagancia de un hombre que marcha con su lirismo como con una llaga vengativa e impúdica colgada de sus costados.
No puedo escribir una simple carta cotidiana sin que uno sienta esa trepidación elipsoide del Verbo que, cualquiera sea la cosa que trate, no quiere ser utilizada sin estremecer.
Rama de lo infinitamente pequeño, la prisionera de eme Ven lile, la Poesía de la que Lautréamont hace en cada carta un obús para rechazar el principio del más fuerte.
Una carta no de dos francos sino de dos voces: el intocable valor de la poesía de Baudelaire junto con la de Lautréamont. Anuncio a un editor el pago no en estampillas de correo, sino en estampillas, dice, del correo del Suplemento a los poemas de Baudelaire. Y si ese él que descarna por la profundidad insistente de un humor subrepticio las cerradas viñetas de las estampillas por cuyo medio será pagado el precio del libro y los descarna por la astilla, esquirla del ser de una pequeña idea, si ese él, puesto como un tono grave, como el calderón de un órgano negro debajo del pedal de un pie enorme, no es sentido como tal por el lector, es porque éste no es otra cosa que el rufián prendido de su puta y la materia carnal de un cerdo.
Algo así como el abismo tótem de la mugrienta bestialidad endurecida (y la idea de la belleza se ha endurecido, como lo dice Arthur Rimbaud). La bestia que quiere guardar entre sus muslos impuros los treinta denarios valor del poeta, no sobre sus poemas no hechos o todavía por hacer, sino sobre esa encarnada bolsa sangrante que la noche bate sin cesar y va el domingo de paseo como todos los burgueses, esa bolsa de influjos saltarines que en el pecho de un gran poeta no late igual que afuera, porque es allí donde todos los burgueses abrevan contra ese corazón que estricta y obstinada, celosa y agresivamente ha endurecido su actitud petrificando su continente incoercible. Porque el burgués hipócrita y despreciativo, imbuido, dopado, obeso de certeza despectiva no es, en realidad, más que aquella antigüedad ladrona y ese mono, ese viejo mono del Ramayana, antiguo escamoteador solapado de toda pulsación angustiosa de poesía en instancia de chirrido. «Pero eso no se hace, no, eso no se hace», le dice al conde de Lautréamont. Nosotros no lo escuchamos con estos oídos (y la oreja es esa caverna del año donde todo burgués bien harto y lleno del antivero se come la poesía). Termina. Vuelve a lo normal.
Tu corazón late horrorizado, pero no se nota. Y yo también tengo un corazón de carne que tuvo siempre necesidad de ti. ¿Cómo? Eso no te importa.
Pero Lautréamont no se deja detener. «Déjenme comenzar un poco más arriba», dice a su editor. El un poco más arriba de la muerte, sin duda, que un oscuro día se lo llevó. Porque no se ha considerado nunca con suficiente atención, e insisto, el remordimiento, la muerte tan evasivamente chata del impensable conde de Lautréamont.
Esa muerte fue añadidamente chata como para que uno pierda las ganas de mirar desde más cerca en el misterio de su vida. Porque, en realidad, ¿específicamente de qué murió el pobre Isidore Ducasse, genio sin duda irreductible al mundo y al mal que, hay que convencerse, el mundo ha rechazado como rechazó a Edgar Allan Poe, Baudelaire, Gérard de Nerval o Arthur Rimbaud?
¿Murió de larga o corta enfermedad? ¿Fue encontrado muerto en su cama al amanecer? La historia dice simplemente, simple y siniestramente, que el acta de deceso fue firmada por el patrón del hotel y el mozo que lo servía.
Para un gran poeta es un poco corto y un poco magro, y tiene algo de tan mezquino, de tan evasivamente prosaico y mezquino, que si por un lado apesta a innoble y la pacotilla de un entierro tan simple y vulgar no va con la vida de Isidore Ducasse, sí va muy bien, a mi criterio, con todo lo simiesco de ese odio profundo con el que la idiotez burguesa escamotea los grandes nombres.
Pero ¿por qué puta mugrienta imbecilidad arraigada me sorprendí un día diciendo que si el conde de Lautréamont no hubiese muerto a los veinticuatro años, al principio de su existencia, habría sido también él internado como Nietzsche, Van Gogh o el patético Gérard de Nerval?
Y eso porque si la actitud de Maldoror es perceptible a través de un libro, esto solo es posible luego de la muerte del poeta y cien años después, cuando los estrechos explosivos del corazón viril del poeta han tenido tiempo de calmarse. Porque en vida son demasiado fuertes. Así que uno ha silenciado a Baudelaire, a Edgar Poe, a Gérard de Nerval y al impensable conde de Lautréamont. Porque tenemos miedo de que su poesía salga de los libros y rehaga la realidad. Y hemos silenciado a Lautréamont ya de joven para terminar de una vez con una agresividad ascendente de un corazón que la vida indispone catastróficamente y que a la larga hubiese acabado por transportar a todas partes la cínica e insólita cautela de sus insanables heridas.
«Y pasada la linterna roja —dice el pobre Isidore Ducasse—, ella lo permite mirar por un modesto salario en el interior de su vagina…»
No es un acontecimiento encontrar esta frase en los Cantos de Maldoror, y no es tampoco un acontecimiento que esté allí, porque todo el libro no está hecho más que de frases atroces de este tipo. Sí, en los Cantos de Maldoror todo es atroz: la pantorrilla de una desgraciada que aborta o el paso del último colectivo. Todo es como esa frase donde el conde de Lautréamont ve, y yo creo más bien que es el pobre Isidore Ducasse quien lo ha visto, que el impensable conde ve pasar un bastón a través de las persianas bajas de una habitación del más siniestro quilombo y conoce, a partir de la boca de este bastón, que no es un bastón, sino un pelo caído de la cabeza de su dueño, munificente mishé a quien el dinero dio el derecho de triturar la epidermis de un par de trapos, posiblemente limpios al comienzo, pero siempre nauseabundos después.
Y yo pienso que había dentro de Isidore Ducasse un espíritu que quería siempre dejar caer a Isidore Ducasse en provecho del impensable conde de Lautréamont, un muy hermoso nombre, un nombre glorioso. Y pienso que la invención del nombre de Lautréamont, si le sirvió a Isidore Ducasse de palabra de paso para cubrir e introducir la insólita magnificencia de su producto, dio lugar, agitando por debajo al hombre que lo produjo, a una de esas cochinas cagadas colectivas de las que la historia de la literatura está llena y que a la larga hicieron huir de la vida el alma de Isidore Ducasse. Porque es Isidore Ducasse el que ha muerto, y no el conde de Lautréamont, y es Isidore Ducasse quien dio al conde de Lautréamont de qué sobrevivir; y poco importa, y yo diría que nada importa, que yo piense que el impensable heráldico conde de Lautréamont fuera frente a Isidore Ducasse una indefinible forma de asesino.
Y yo creo justamente que es por eso que al fin de cuentas y el último día murió el pobre Isidore Ducasse, si el conde de Lautréamont ha sobrevivido en la historia. Porque fue Isidore Ducasse quien encontró el nombre de Lautréamont. Pero cuando lo encontró no estaba solo. Quiero decir que había a su alrededor, cercando su alma, esa floculación microbiana de espías, esa babosa, acre oleada de todos los sórdidos parásitos del ser, de todas las renacientes ruinas del no ser, esa manga de aprovechadores innatos que en su lecho de muerte dicen: «Somos el conde de Lautréamont y tú no eres más que Isidore Ducasse, y si no reconoces que no eres más que Isidore Ducasse y nosotros el conde de Lautréamont, autor de los Cantos de Maldoror, entonces te matamos». Y murió un amanecer, sobre el filo de una noche imposible, sudoroso y mirando su muerte como desde el orificio de un ataúd, como el pobre Isidore Ducasse delante del rico de Lautréamont. Y esto no se llama la revuelta de las cosas contra su maestro, sino una múltiple parte fraudulenta y contrabandeada del inconsciente contra la conciencia de uno solo.
Insisto en que Isidore Ducasse no era ni un alucinado ni un visionario, sino un genio que no dejó de ver claro durante toda su vida, mirando y atizando en el barbecho del inconsciente todavía inutilizado. El suyo y nada más, porque no hay en nuestro cuerpo puntos donde podamos reencontrarnos con la conciencia de todos. Y en nuestro cuerpo estamos solos. Pero esto el mundo no lo admite nunca porque ha querido conservar ante él un medio para mirar desde cerca la conciencia de todos los grandes poetas, y todo el mundo ha pretendido poder ver dentro de todo el mundo para saber lo que todo el mundo hacía.
Y un día, alguna gente, no nobles del infinito como Annabel Lee de Edgar Poe, sino innobles bichos del ser, la sarna de los roñosos de envidia, vinieron a decir a Isidore Ducasse por debajo de su cama y su cabeza, y la cabeza en su lecho de muerte: «Eres un genio pero yo soy el genio que inspira tu conciencia y yo soy el que escribe tus poemas en ti antes y mejor que tú». Y es así que Isidore Ducasse muere de rabia por haber querido, como Edgar Poe, Nietzsche, Baudelaire y Gérard de Nerval, considerar su individualidad intrínseca en vez de transformarse, como Víctor Hugo, Lamartine, Musset, Blaise Pascal o Chateaubriand, en el embudo del pensamiento de todos.
Porque la operación no consiste en sacrificar su yo de poeta en su momento alienado frente a todo el mundo, sino en dejarse penetrar y violar por la conciencia de todo el mundo de modo tal que su cuerpo no sea más que el siervo de las ideas y reacciones de todos.
Y el nombre de Lautréamont no fue más que el primer medio del que Isidore Ducasse no desconfió lo suficiente para cambiar en provecho de la conciencia general las obras archiindividualistas de Isidore Ducasse, apasionado poeta de la verdad.
Quiero decir que en el limbo de la muerte donde yace, otras conciencias y otros yo en vez del suyo se regocijan obscenamente creyendo haber participado en la emulsión creadora de sus poemas y sus gritos, y recogen deliciosas sombras con la idea de violentar a este poeta para sofocarlo y matarlo.

***
La lectura de Artaud devuelve a Lautréamont a una zona de la literatura que la consagración no consigue domesticar. En Los cantos de Maldoror, el mal no es solo aquello que se representa, sino una fuerza que atraviesa el lenguaje, altera las formas conocidas y desestabiliza los límites de lo humano. La escritura avanza por metamorfosis, asociaciones inesperadas e imágenes que resisten cualquier intento de ordenarlas bajo una interpretación definitiva. En esa libertad formal, que más tarde encontrará otras vías en la obra de Joyce, el lenguaje deja de ser un instrumento para representar el mundo y se convierte en una potencia capaz de transformarlo.
Es esa potencia la que Artaud reconoce en Lautréamont y la que vuelve actuales estas páginas. La poesía no se limita a decir lo indecible: lleva al lenguaje hasta el punto en que sus formas habituales se quiebran y algo nuevo comienza a existir. Su fuerza persiste en esa resistencia a lo establecido, en la capacidad de abrir lo que parecía cerrado y devolverle al mundo su carácter incierto, inquietante, todavía por devenir.



