Contra el mito del vacío. Singularidad y poiesis destructiva en el black metal noruego
Nicolás Alabarces polemiza con la interpretación propuesta la nota de Zipi González sobre el nacimiento del black metal noruego, publicada en Revista 421, proponiendo una interpretación más filosófica que meramente sociológica.
.
Esta nota busca discutir la interpretación propuesta por Zipi González en “El nacimiento del black metal noruego. Satanismo y vacío existencial”, publicada en Revista 421. Aunque el artículo reconstruye con solvencia la historia y las influencias del black metal noruego, concluye que el fenómeno constituyó una respuesta religiosa e irreverente, con elementos residuales del romanticismo nacionalista, frente a la secularización de la sociedad noruega. Se trata de una lectura sugestiva y eficaz para explicar los hechos que marcaron a la escena y sus condiciones sociales de emergencia; sin embargo, aquí se pondrán en tensión sus alcances y presupuestos para suspender —al menos, provisoriamente— la lectura sociológica (constativa, nominal, determinante en última instancia) y subtender una lectura filosófica (indeterminada, crítica, abierta a la contingencia). En una palabra, dislocar el relevamiento estructural sociologicista y, en su lugar, vehiculizar y preconizar la singularidad irreductible y paradojal del black metal: su creación destructiva.
Black metal, (ese oscuro) género en disputa
El black metal puede ser muchas cosas, pero hay un componente more geométrico difícil de conmover: nació desde y a partir de la radicalización. Torsionó y trastocó el metal extremo de forma inédita y para siempre. Tomó todos sus bríos desde la iconoclasia tonal y sonora y conjuró las variantes que, en las postrimerías de los 80 y mediados de los 90, se impulsaban desde la industria cultural tratando de morigerar la razón de ser de la música extrema, a saber, la singularidad, la intraducibilidad y su potencia creadora-destructiva (contra la serialización tonal, la fagocitación cultural y el consumo hedonista).
Por lo mismo, este componente radical por antonomasia que definió su emergencia inaugural lo constituyó como un género polémico, que, desde luego, instigaba a polemizar permanentemente.
Sin embargo, reducir esa polémica constitutiva al satanismo, al escándalo o al nihilismo supone pasar por alto aquello que el black metal produjo como excedente de originalidad, id est, ese fungo discursivo que Foucault llamaba iniciación de práctica discursiva inédita, cuya particularidad es la posibilidad de una polinización de infinitos enunciados derivados de esa nueva gramática creadora. En ese marco de caos y entropía, el black metal fue tanto la destrucción de símbolos, cuanto la creación de mundos. Y en esa paradoja destructiva-creadora se cierne uno de los géneros más intraducibles del metal extremo.
Nada nuevo bajo el sol negro
Recuperando ese espíritu litigioso, la intención de esta nota es subtender, discutir y polemizar con el reciente artículo sobre el nacimiento del black metal noruego publicado en la Revista 421. En él, con precisión, se recorre la historia de la cosmogonía blackmetalera en Noruega. Sin embargo, como se anticipa en su título principal, su autor desliza una lectura que toma como punto de partida sus inicios históricos, describe sus influencias y polinizaciones musicales previas y —lo que me resultó más interesante— la culmina definiendo al black metal como una variante religiosa irreverente frente a la abulia y la ausencia de lo sagrado en una Noruega secularizada y ciertamente próspera material y económicamente. Se trata, en suma, de una lectura que articula un modo heurístico muy eficaz para explicar los sucesos que definieron a esta escena; en una palabra, ¿por qué mataron?, ¿por qué quemaron iglesias?, ¿por qué se suicidaron?
Hay una gran astucia de parte del autor, quien recupera algunas conceptualizaciones para darle contorno a esta forma de entender al género; sin embargo, y aun con su particular destreza teórica, se adscribe a una larga cadena de producción literaria que, con mínimas y ligeras modulaciones, abreva de la misma idea, a saber, la ausencia y falta de sentido de la entonces juventud noruega del Estado de bienestar secularizado. Se trató, en definitiva, de la doxa y del modo en que el periodismo dominante y chupacirios de ese entonces sentenció punitivamente a los jóvenes integrantes de la vanguardia más polémica de la música extrema.
Contra el mito sociológico constativo del vacío, propondremos aquí una lectura opuesta, a saber, la del black metal como singularidad inédita y poiesis destructiva.
Diálogos, zonas de contacto y litigio abierto
La tensión de lectura nos permite, de todos modos, hacer concesiones. El artículo de González, como se aclaró desde un comienzo, hace ciertamente —nobleza obliga— una construcción precisa de los eventos y algunos acontecimientos que le dieron alcance y visibilidad a un género esencialmente under y vanguardista. Por eso, se trata tanto menos de fiscalizar la veracidad de los hechos y de la información, cuanto del modo en que se pondera al black metal como acontecimiento y potencia destructiva y creadora. Es importante decir que la lectura del autor se trata, en definitiva, de un modo de entender y explicar un artefacto estético que excede al propio black metal, despojándolo de su singularidad experimental y, a la vez, colocándolo en el mismo nivel de análisis que cualquier otro artefacto. Por eso mismo, esta misma ecuación teórica se replica en un artículo precedente del mismo autor sobre el thrash metal, titulado «¿Podés ponerle un precio a la paz? El thrash metal vs. el Estado de Seguridad Nacional”, donde se clausura toda posibilidad de vehiculizar y catalizar la virtualidad radical del thrash metal, con prescindencia de las posiciones de sus creadores y artistas.
Sin embargo, hay, por supuesto, algunas zonas de contacto entre su lectura y la que aquí propongo. Desde luego, resulta difícil negar que el black metal noruego emergió sobre el trasfondo de una sociedad altamente racionalizada, secularizada y atravesada por formas específicas de bienestar material. Tampoco que la imaginería satánica, anticristiana y pagana encontró allí de un lado, las condiciones de cristalización y organización estéticas y, del otro, las condiciones de recepción y escándalo que contribuyeron decisivamente a su visibilidad pública. Sin embargo, el problema comienza cuando estos elementos son elevados al estatuto de causa explicativa privilegiada, como si la creación de artefactos estéticos fuese apenas el síntoma de una carencia espiritual previa o la respuesta compensatoria a un vacío de sentido producido por la modernidad y el capitalismo tardíos. Esta fue, digamos, ya no la deficiencia, pero sí la constante de una gran parte de la literatura producida en Noruega a partir de la década de los 90, con algunas excepciones ciertamente plausibles de atender (destaco enfáticamente el trabajo de Bill Peel, Tonight It’s a World We Bury: Black Metal, Red Politics [2023], cuya particular propuesta descansa en la de idea de postular un terreno de disputa ideológica, donde las propias características estéticas y culturales del black metal contienen un potencial revolucionario que puede orientarse hacia una crítica fundamentalmente anticapitalista. asi como también la invaluable compilación de Teoría black metal [2025], impulsada por Holobionte Ediciones).
Desde otra perspectiva, la relación entre black metal y religión puede pensarse de manera inversa. No como el retorno de lo sagrado allí donde habría desaparecido, sino, antes bien y fundamentalmente, como la producción autónoma de nuevas significaciones a partir de la propia experiencia estética. Se trata de privilegiar su autosuficiencia creativa. En este sentido, la música deja de ser el vehículo de una necesidad religiosa preexistente para convertirse ella misma en instancia creadora. Las prácticas artísticas no pueden o, al menos, no deben apenas limitarse a reflejar o refractar condiciones sociales o culturales. Su particularidad pivotea en un doble frente: por un lado, operar un movimiento destructivo, sin ponderar sus consecuencias, es decir, postular la muerte y sedición total de Este-Mundo, y, por otro lado, simultáneamente instituir mundos, imaginarios y sensibilidades inéditas. El black metal, entonces, no aparece tanto como el eco invertido de una ausencia religiosa cuanto como una creación radical que, desde su propia materialidad sonora, sus códigos estéticos y sus formas de vida, produce sus propios horizontes de sentido. Allí donde la lectura sociológica detecta una falta, acaso convenga reconocer una potencia instituyente.
Poiesis destructiva
El filósofo materialista Jacques Attali nos propone una lectura muy tentadora respecto de la manufactura musical, codificándola —al igual que el nombre de su ensayo— como economías políticas del ruido. En otras palabras, su tesis-fuerza descansa en la idea de que esa materialidad sonora, además de construir perlocucionariamente una materialidad tonal desde el caos ex nihilo, articula y proyecta estéticamente un sentido social y político del mundo. En esa misma dirección, aunque posiblemente con un poco más de optimismo trascendentalista respecto de la creación artística, lo va a preconizar el teórico ateniense Cornelius Castoriadis en su celebérrimo ensayo sobre el arte Ventana al caos (pero con la salvedad de que entenderá esa articulación material sonora y estética como una potencia magmática que instituye y eventualmente cristaliza sentidos del mundo). Con las modulaciones que ambos tienen, me aventuraría a radicalizar la lectura común de ambos filósofos: esta poiesis magmática, que hace del ruido y de la semiosis caótica una comunión política, supera con creces cualquier tipo de captura sociologicista que se esfuerce por determinarla a partir de sus componentes culturales, preconizando, antes bien, su singularidad musical, esto es, su ruido, ese nervio material articulado y cósmicamente transformado en Mundo.
El pre-texto de esta contribución, como anticipé al inicio, es dislocar la postura que descansa en la mera constatación sociológica, puesto que sólo asume una descripción absolutamente nominal, pasiva y constatativa del black metal. Va de suyo que todo lo que en la nota mencionada se enuncia describe con precisión componentes sociales que instalaron las condiciones de posibilidad de emergencia y de producción del black metal, pero agotarla ahí, con la excusa de entender el sentido de su creación poiética, la despoja de lo que Barthes definía como la singularidad radicalizada, es decir, el lenguaje ataráxico que instalaba la posibilidad de hallar un subterfugio y una huída al fascimo constatativo de la Lengua. El lenguaje del black metal es la enunciación de lo terrible, tanto menos en su diégesis poética (sus letras) cuanto en los efectos que este género tuvo en la extradiégesis del mundo material. Esta singularidad podría dar otra clave para entender los asesinatos, los suicidios y las quemas de iglesias que entonces centró la atención en el Inner Circle.
El black metal es una gran fuente creadora de figuraciones. Me interesa, en este caso —y con la excusa de continuar el sparring—, convocar la figuración del retorno al bosque, que en muchas ocasiones se utilizó para sintetizar el componente romántico y el rechazo de lo óntico por lo ontológico (el rechazo del ente concreto frente a la recuperación de las condiciones de posibilidad del ser).
La recurrente apelación a volver al bosque dentro del imaginario black metal no debería interpretarse como la simple nostalgia por un pasado histórico efectivamente existente, ni como la restauración in natura de experiencia sagrada perdida, tal como propone el romanticismo nacionalista. El bosque opera como una metáfora de exterioridad frente al mundo administrado desde la modernidad. Se trata, en suma, de una figuración que condensa el deseo de sustraerse a las lógicas de racionalización, domesticación y normalización del capitalismo tardío (hoy llevadas a límites incalculables en períodos de tecnoceno). En este sentido, la recuperación de elementos religiosos, paganos o místicos apunta tanto menos a reencantar o rehabilitar una sociedad supuestamente vaciada de espiritualidad, cuanto a reapropiarse de una potencia simbólica capaz de interrumpir el orden instituido. Allí radica su virtualidad destructora de Mundos.
El misticismo aparece así menos como refugio que como fuerza de desestabilización; menos como retorno conservador a un origen que como activación de una bífida virtualidad destructora y creadora. El bosque no remite, entonces, a un pasado al que habría que regresar, sino a un horizonte imaginario desde el cual impugnar el presente, la sedición total y la Muerte-de-Este-Mundo, para, de este modo, abrir la posibilidad de otros mundos. Allí radica su dimensión propiamente instituyente, esto es, no en la conservación de una tradición, sino en la creación de nuevas significaciones capaces de confrontar la clausura de lo existente.
“Ea, Lord of the Depths”, de Burzum, funciona como una máquina heurística bien interesante de esta economía política del ruido. La Muerte-de-este-Mundo aparece acá como la suspensión de las categorías mediante las cuales el mundo moderno se comprende a sí mismo. En ese marco, el regreso de Ea no implica únicamente el fin de una civilización determinada, sino la irrupción de una alteridad tan vasta y antigua que vuelve contingente todo orden existente. Allí radica la potencia creadora de su destrucción, es decir, al confrontar al oyente con aquello que precede y excede al mundo humano. Desde luego, esta lectura también se halla en un correlato musical, como en toda la materialidad significante del black metal.
Black metal: odio místico
“Mostrando la naturaleza perecedera de lo que tomamos
por real, la así llamada realidad, la política comunista
es una conspiración que escribe la destrucción de
este mundo” (Andrew Culp).
Niklas Kvarforth, impulsor principal de Shining, dice en una de sus canciones «Gång på gång ställer du frågan vad som skiljer oss åt / Du tror på live, jag tror på död / Och jag önskar att en dag finna den väg som må tas / För att utplåna denna fullständigt överdjävliga ras” [Una y otra vez hacés, la pregunta que nos diferencia / vos creés en la vida, yo creo en la muerte / y deseo que algún día encuentres el camino que se puede tomar / para extinguir completamente este mundo maldito].
Ora bien, es necesario un excursus aclarativo. El odio bífido del black metal, que busca crear, vía desterritorialización destructiva, un nuevo reino en el afuera, no puede confundirse con un mero discurso de odio o con los vulgares crímenes de odio, cuya violencia es inmanente al amor fati de Este Mundo. El black metal en tanto máquina de asedio dis-pone de otras armas, diferentes a las herramientas del sistema, gestionadas por los deseos del Capital. Recuperando al filósofo yankee, Andrew Culp, la violencia resultante (de las éticas del afuera y las políticas de la destrucción) no es tan vulgar como para motivar un derramamiento de sangre golpe a golpe, o un asesinato de una-vez-por-todas, sino que instituye una economía política de la violencia cuyo odio es ilimitado y, por lo tanto, duradero.
Esta es la vocación del black metal por esencia: conmover, aterrorizar, asolar y buscar Aniquilar-Este-Mundo, una desterritorialización oscura, una sedición completa y una enunciación permanente de lo terrible. El odio, pasión total y cósmica del black metal, dispara una experiencia de horror motivada por la pregunta: ¿hasta dónde es posible expandir y desplegar este odio sin caer en un vacío irrespirable, en un desierto apocalíptico y oscuro, en suma, en la muerte? Una economía política del odio (el ruido blackmetalero) digno de su nombre lleva la experiencia de la disolución hasta sus límites. Por eso el black metal es una potencia destructiva bífida que esconde una nueva creación: suscitar la disolución interna para fugar y posteriormente crear un nuevo mundo-exterior.
¡El black metal máquina de odio siempre traza líneas permanentes hacia el afuera!
You and I have got the world in our grasp / The world at our knees, and the vision of destruction in our eyes [Vos y yo tenemos el mundo a nuestro alcance / este mismo mundo de rodillas y la visión de su destrucción en nuestros ojos].



