Urruspuru – Quintero: ¡Segundos afuera! (será poesía)

Lectoras y lectores, en una esquina de la mesa Héctor Urruspuru, El Vasco, crédito de Tres de Febrero, autor de numerosos libros de poemas, traducido a diversos idiomas, agitador cultural y Gran Maestre del ese ciclo mítico autodenominado Maldita Ginebra. En la otra esquina del rectángulo, Daniel Quintero, El Perro, el poeta de Parque Chas, polemista, uno de los organizadores de la Feria Internacional de Poesía de Parque Chas – Luis Luchi y autor de libros como Pruebas de galera y Signos sobre el Jardín de las delicias, entre otros. Desde uno de los rincones se expresa Quintero: “Con Urruspuru leímos juntos en Materia Oscura y dije algo que voy a repetir ahora: Teníamos que profundizar las contradicciones y al final las contradicciones terminaron profundizándonos a nosotros. Este país se está desintegrando, pero no vamos a hablar de política ni del país”. Atención, El Vasco contesta: “En este momento coincidimos todos…” ¿Cómo usted estudiaría, Daniel Quintero, la poesía argentina o porteña? ¿Cómo dice? ¿AMG / DMG? “Antes de Maldita Ginebra y después de Maldita Ginebra”. Con ustedes, señoras y señores, dos pesos pesados de la poesía argentina.
Por Jorge Hardmeier

Poesía y política: Also sprach Dani Quintero. 
“A mí no me interesa que digan que mi poesía es política, panfletaria, partidaria o social, aunque haya poemas que son eso. No me interesa. La posteridad es masturbarse frente a un espejo. A mí lo peor que me pudo pasar en ese aspecto de poesía partidaria o panfletaria es que un poeta que me metió en la poesía de chiquito, Pablo Neruda, donde rescato Canto general o Residencia en la tierra, lo peor que le pudo pasar a la poesía de Neruda fue Incitación al Nixonicidio y Alabanza de la Revolución chilena… Luis Franco, poeta catamarqueño, olvidado, brillante, tiene un poema que es Oda a León Trotsky. Lo que pasa con Neruda es que vos podrías coincidir si le hace un buen poema a Stalin. Una vez estábamos en la casa de Urruspuru y un compañero le había hecho un poema a Donald Trump. Yo no escribiría sobre ciertos personajes pero los poemas pueden ser buenos. Lo que me pasa con Incitación al Nixonicidio y Alabanza de la Revolución chilena de Neruda es, primero, que son sonetos y a mí el soneto me rompe las pelotas, el haiku me rompe las pelotas. A mí me parece que ese libro tira a la mierda todo lo bueno que podría haber escrito”.
Viaje a la semilla 
En su esquina, Urruspuru se hidrata con el whisky que le acercan sus imaginarios asistentes y lanza: “Yo de chico era asmático y lo único que tenía, en la casa de mis padres, era una bibliotequita. Entonces, a la noche, que era cuando más me agarraba el asma, para mantenerme despierto empecé a agarrar libros para leer y mantenerme vivo. Esos eran libros de la infancia, Colmillo blanco, Sandokán… ¡Ah! Y también tenía una Spika, esas radios analógicas antiguas, y escuchaba a la noche al Negro Guerrero Marthineitz que hacía unos hermosos silencios en sus relatos que ya no se escuchan en la radio porque todo es veloz, todo es histérico. Y contaba cuentos, historias. Y yo estaba ahí, escuchando. Y de admirarlos – a ellos, los escritores – quise pasar a imitarlos. Y encontré en la poesía el vehículo para tal fin. Me encontré con Edgar Allan Poe y El cuervo, y me maravilló, me encantó ver que un tipo podía estar en una situación dada, sentado en una sala y tener un cuervo que entra volando y se para sobre el busto de Palas Atenea y de pronto el cuervo comienza a hablar como un loro y dice: Nunca más… Nevermore. Y el tipo le hace otras preguntas pero el cuervo le repite siempre ‘nevermore’ y el tipo que estaba destruido porque había muerto su amada, se da cuenta que esa respuesta le puede servir como catarsis de su alma. Y entonces digo: ¡Mierda! ¿Quiénes son estos tipos? ¿Cómo escriben estas maravillas? Y ahí fue que me enamoré totalmente de la poesía y después vinieron Borges, los poetas sociales, García Lorca con Poeta en Nueva York, que me demuestra que Lorca es ‘social’ pero jamás panfletario y profundamente lírico, extraordinario…” Atención, el árbitro llena el vaso del otro contrincante, ¡Poetry! Daniel Quintero: “Cuando yo era chico había un juego que se llamaba Visión Educativa… algo así como el Cerebro Mágico. Había unos cablecitos y se encendía una luz. Y una de las preguntas era: ¿el padre de qué dramaturgo inglés era carnicero? Shakespeare. Y dije: uy, si el padre de Shakespeare era carnicero y mi viejo es carnicero, yo voy a ser poeta. Eso fue a los siete años. Y empecé a escribir huevadas, huevadas más grandes de las que estoy escribiendo ahora. Ahí empezó todo. En el año 86 ya había publicado un libro, atroz, que no tendría que haber publicado nunca, no me avergüenzo porque siempre tiene que haber un primer libro. Si no yo estaría ahora sin un primer libro. Lo publico con Juan Carlos Jiménez de Amaru de Avellaneda. El día que yo llego a la casa de Jiménez abre la puerta y veo una silueta en el fondo, a contraluz, cebando mate. Me hace pasar, me lo presenta. Era Carlos Carbone. Carlos Carbone fue el primer poeta que conozco que ya tenía una trayectoria. Después de ese libro tengo una reunión en La Paz con Carbone y Nuria Pérez Jackie que era la mujer de Jiménez en ese momento. Y Carbone me agarra en esa mesa de La Paz, en la esquina de Montevideo, y me sacude, una crítica a mi poesía. Entonces me digo: después de esto o dejo de escribir o mejoro. Y me equivoqué pero no fui el único que se equivocó. Yo seguí escribiendo y La Paz, ahora, vende sushi. Yo era uno de los niños cantores de Viena y ahora desentono en casi todos los idiomas”.
Viejo muere el cisne 
¿Cuándo se reciben una persona de poeta? ¿Entrena? ¿Hace inferiores? ¿Hay una suerte de despedida con cancha colmada? Urruspuru: “El poeta puede haber resuelto su arte escritural en sus primeros poemas, nada más, a los dieciocho años por ejemplo y después escribió boludeces y se puso a jugar a la perinola o a negociar esclavos (Rimbaud). Y alguno, a los cincuenta años, recién publicó, pero andá a saber hace cuánto que venía escribiendo. O sea: puede ser al comienzo, en una etapa de la vida media del poeta o puede ser sobre el final de sus días. Esos finales pavorosos y bellos, que nosotros llamamos ‘canto del cisne’ que es una mentira, porque los cisnes no cantan, pero dice la leyenda que el cisne al morir lo hace y es el mejor canto de todas las aves. Y esa suerte de canto se ha visto en músicos, en actores, y se ha visto en poetas. Eso no quiere decir que ese canto sea lo mejor, el resumen de toda tu obra”. Y el contrataque del crédito de Parque Chas viene por el lado de la memoria y el olvido: “Hay un montón de poetas de los que nos olvidamos. Edgard Bailey, Armando Tejada Gómez, Américo Álvarez de Mar del Plata, Francisco de Madariaga. Cuando yo vivía en Ushuaia lo tuve en casa a Francisco de Madariaga. Cuando me encuentro, después de muerto Madariaga, con su hijo, también poeta, me dice: mi padre siempre me hablaba de vos. El Pancho Squeo Acuña, riojano. Una de las hermanas del Pancho vivía en Ushuaia y cuando llega a visitar a su hermana me dicen: va a llegar un poeta riojano, ¿se puede quedar acá, lo recibís y lo acompañás a pasear? Dale. Llega y me dice que está tras los pasos del poeta Molina, un poeta tucumano que muere de cáncer y que había ido a vivir a Ushuaia y estuvo un año. El Pancho andaba con una hoja de albahaca que le ponía al vino. Vos lo veías caminar y se llevaba todo por delante. Ahora, se subía al escenario y se transformaba, era Jim Morrison. Otro tipo así era Nacho Wisky. Cuando yo cruzaba Puente Alsina, ahí abajo había un cabarulo, del lado de Provincia, había una luz roja. Y Nacho Wisky me decía: yo ahí iba a cantar tangos, cuando tenía catorce años. Un personaje. Cuando Jorge Monteleone hace la antología de doscientos años de la poesía argentina a Armando Tejada Gómez no lo incluye. ¿Por qué no lo incluye? Porque era un poeta popular. Pero no podés no incluir a Armando, un poeta al que América lo canta”.
¿Canon? ¿Qué Canon?
El ambiente de la poesía, en ciertas circunstancias y ámbitos, es una suerte de impresión borrosa de lo que sucede en círculos con un poder mayor. Entonces, el nuevo round es sobre la poesía y eso mal llamado canon, ¿mal llamado? Y Quintero avanza: “Mi pretensión no es estar en el canon de la poesía, mi pretensión es estar en el HP de la poesía. Bien HP. No voy a dar nombres, pero todos levantan el puño, se golpean el pecho pero después cuando viene el Principito de los laboratorios hacen cola para sacarse fotos con él. Como decía Allen Ginsberg: yo he visto a muchos poetas de mi generación haciendo cola para sacarse fotos. Me da lo mismo que me quieran o que me odien. Me satisface de la misma forma. Yo tengo esa frase: necesito lectores, poetas tengo. Hay gente que escribe para la crítica, gente que escribe para los poetas y gente que escribe para los lectores. La mayoría de los poetas no arriesga nada. Entonces todos terminan escribiendo igual. Terminan escribiendo como Mujica, como Bellesi…Nadie arriesga nada”. Responde el Vasco desde la otra punta del cuadrilátero que oficia de mesa: “Escriben para pertenecer o bien ser bendecidos por cierto circuito de poder perdiendo así, seguramente, identidad en el intento”. Estos tipos, piensa el árbitro, están conjurados, quieren crear su propio mito, segundos afuera: “Yo estoy construyendo mi mito. Se presenta en la librería Malatesta, en Parque Chas, la poesía completa de Luis Luchi que publicó la Biblioteca Nacional. Entonces estaba hablando con Esteban Yanischevsky, el hijo mayor de Luchi y me dice: mi madre trabajó en la clínica Santa María de obstetra. Yo nací en esa clínica. Y entonces estoy abonando la idea de que cuando yo nací, en el año 1959, glorioso año de la Revolución Cubana, la obstetra de mi vieja fue la mujer de Luchi. No importa si es verdad, yo estoy alimentando mi mito. A mí me trajo al mundo, a la poesía, al barrio, la mujer de Luis Luchi”. Un poeta, por qué no lectores y lectoras, pude generar su propio mito. Una maniobra poética mayúscula: “Armarte vos un personaje, desde la escritura. Y no sé si de la escritura solamente, pero sí poniéndote vos como un personaje literario de tu propia vida, la real, esa, la que corre paralela a la ficción. Nosotros jodíamos y me tengo que retrotraer a las vivencias antiguas, en Maldita Ginebra, esas noches de quilombos y de no quilombos, y había una pregunta: ¿Cómo imaginás vos el rostro de tu lector? Y cada uno, cuando escribe, tal vez se imagina el rostro de un lector, hacia quién dirige su poesía. Y eso tiene que ver con la impronta desde la cual uno escribe, con que armas estructura su poética, su forma, su locura. Y esa locura, tal vez, necesita de un espejo. Alguien a quien le guste lo que escribas, pero qué pasa si a ese otro en el espejo no le gusta. Por eso yo creo que ese lector en el espejo no existe. Sos vos, en principio, escribiendo mirándote al espejo, mirando tu propio rostro. ¿Dónde tenés un rostro enfrente? No tenés ningún rostro enfrente. En ese momento tenés que agradarle, no sé, si sos cristiano o judío, a Dios, son palabras a Dios, palabras al infinito. Luego, ese producto, que salió de la verdad profunda, de lo profundo de tu ser, recién ahí ese producto puede tener un rostro de alguien. Pero para mí, a esta altura de mí partido, no existe tal rostro”.
La poesía como onanismo colectivo
Daniel Quintero, el poeta de Parque Chas, se acerca, directo, al centro del cuadrilátero donde está su vaso y opina sobre la circulación de la poesía y otros menesteres: “Yo no me peleo por la divulgación de la poesía, me peleo con la masturbación de la poesía. Me resulta gracioso ese círculo de ocho, diez poetas que andan dando vueltas y que incluso hay gente que yo aprecio y conozco desde hace tiempo. Y están ahí haciendo cola para sacarse fotos con quién sea. Y la poesía es mucho más que eso. La poesía, por ejemplo, es la primera vez que lo veo a Urruspuru. Yo vivía en Tierra del Fuego, vengo a la Feria del Libro, cuando se hacía en el Centro de Convenciones, frente a la Facultad de Derecho y había sobre el pasto una feria, una línea de libros, lo veo a Urruspuru sin saber que era él. Estoy hablando del año 88. Y alguien me dice: es El Vasco Urruspuru. Después, cuando se hace la primera Maldita Ginebra, en un local subterráneo de Agüero y Corrientes, había venido gente de la Patagonia”. Desde el otro lado del rectángulo Urruspuru opina sobre circulación de poesía, editoriales y publicaciones: “A mí, por suerte, todos los libros que me han publicado acá, en Argentina o en Europa, siempre lo han hecho gratis. Y sostengo que el poeta debe ser editado gratis, que no tiene que poner un mísero mango. Inclusive, le tiene/tendría que generar plata al poeta, porque se lo merece. Pero… concuerdo que lo concreto es que eso no ocurre en la mayoría de los casos, que es una utopía mía. Hoy en día y sobre todo con el descalabro económico qué hay en la Argentina te tenés que pagar el libro. Porque ellos, los editores, también lamentablemente están mal, en la lona, cada vez hay menos editoriales pequeñas. Pero también agrego, la famosa editorial del tipo ´Lo atamos con alambre´ que es más voluntarismo que otra cosa, me parece una garcha. Sostengo que el poeta debe estar excelentemente editado porque se merece respeto por lo que hace, de la misma manera que un escultor, un pintor, tienen que tener una exposición como la gente y alguien que lo presente como Dios manda”. Quintero narra su experiencia al respecto: “Cuando yo vuelvo de vivir en Tierra del Fuego, acá a Buenos Aires, con Oscar Barrionuevo, el poeta tucumano, montamos un sello que se llamaba Ediciones Parque Chas. El primer libro que sacamos era un libro mío, Del dolor de los espejos. Y empezamos a publicar, obviamente con costos asumidos por los autores y por nosotros, empezamos a publicar poetas, básicamente de la Patagonia. ¿Pero después qué pasa? Después pasó que yo estuve diez años sin escribir. Porque me estaba ocupando en leer libros de otra gente y en esos diez años creo que escribí solo dos poemas. Y después surgió esta impronta de Internet, situaciones del tipo hago un libro en mi casa y me lo imprimo. Y el costo del papel, porque el costo del papel está carterizado, las papeleras son cuatro, se juntaban a comer, a tomar unos whiskys y decían: vamos con un diez por ciento de aumento, dale, vamos con un diez por ciento de aumento. Están armados como si fueran un cártel de drogas”. Los grandes vendedores de libros son ciertos novelistas, periodistas, algunos ensayistas de temas de actualidad. No los poetas. “Lo que dice Umberto Eco”, comenta Daniel, “las redes les dieron voz a un montón de infelices, yo soy uno de esos”. El Vasco, al respecto, y tendiendo su mano hacia el vaso que se encuentra en el centro de la mesa analiza: “Esto de las redes, Internet, que parece que nos une a todos, que si no estamos allí parece que no existiéramos y ahora la inteligencia artificial que nos está marcando la forma en la que tenemos que hablar, decir, escribir, te dirige la moral, son la nueva policía del pensamiento. Llega a haber una explosión solar y destruye todo lo que es la electricidad y nosotros pasamos automáticamente a la nada. Llega a pasar algo que arruine todo ese microcosmos virtual y nos vamos a tener que encontrar nuevamente con la pluma, con la tinta y el lacre para sellar, rubricar las cosas, cuando no, volveríamos incluso a la Edad de Piedra, a garabatear con carbón sobre la pared de una caverna. El hombre antiguo cuando quería dejar testimonio de algo, lo grababa en piedra, o armaba una pirámide con bloques, escalinatas para llegar a sus dioses. Porque la piedra resistía el paso del tiempo. Por eso también, saltando de formas y de tiempos, existió la Biblioteca de Alejandría”.
El arte de narrar
De un lado Urruspuru, del otro Quintero. En el centro de la conversación aquellos textos narrativos que admiran estos poetas: “Yo tengo un libro de narrativa de cabecera: Las Ciudades invisibles de Ítalo Calvino. Ítalo Calvino nació en La Habana. Las ciudades invisibles me parece un libro de poesía escrito en prosa. Calvino dice: no hay lenguaje sin engaño, la descripción que hace de las ciudades en ese libro es alucinante. Cuando lo leí dije: yo quiero escribir un libro así. Ese libro lo leí viviendo en Ushuaia en el año 1990, creo. Y en el año 97 escribo Cementerio de payasos que es un libro dedicado a Carlos Menem y Abdalá Bucaram, presidente de Ecuador en la época de Menem. Eran relatos breves. Después escribo Crónicas fatales escritas desde la luna que también es una narrativa, con esa impronta de decir: yo quiero escribir un libro como Las ciudades invisibles. Después, seguido de esa temática de Cementerio de payasos, escribo 0 Killed. Y después dije: con este pedazo de forro que tenemos voy a escribir un libro que se va a llamar Alias incesto rivotril. Pero dije no, no me puedo seguir dedicando a estas pelotudeces. No lo escribí porque quiero despegar de esta enfermedad mental en la que estamos inmersos. De todas maneras, más allá de la poesía social, partidaria, panfletaria, yo sí soy consciente de que cuando escribo bajo línea, soy consciente de eso. En Paul Auster hay poesía”, asevera el crédito de Parque Chas. Urruspuru: “Yo siempre menciono Las doradas manzanas del sol de Ray Bradbury. Hay momentos de poesía plena. O Ernesto Sábato y La muerte del General Lavalle. Hay escritores de novelas, de prosa, que han tenido momentos muy poéticos. Lo que debería ser un lenguaje, digamos, más llano, tiene vuelo poético”.
Para terminar con el juicio de Dios
La disputa comienza a finalizar. Previamente no hay un saludo de guantes, sino un ruidoso choque de copas ya vacías. Todo tiene un final y el tema, entonces, es la muerte. Un amigo de Quintero, Manuel Pachacho Salazar, murió en sus brazos, de pie. ¿Y la propia muerte? “Yo no sé si le tengo miedo, creo que le tengo respeto y bronca. A veces quiero que mi muerte pase desapercibida, quedarme dormido y no despertarme. Y otras veces quisiera estar presente. Pero la muerte es algo inevitable, uno no se va a escapar. El tema es el deterioro que te toque vivir antes de la muerte”. Y El Vasco, en el anochecer de la conversación, no baja los brazos: “Es uno de los temas de mi poesía, la muerte, pero en eso no soy diferente a otros poetas. Hemos escrito mucho sobre ella. La muerte es un gran interrogante. A veces uno se pregunta si frente a la muerte va a ser valiente o cobarde. Uno escribió mucho sobre ella y finalmente tal vez termina siendo un cobarde frente a ella. O termina siendo un valiente. La muerte es sugestiva. Siempre la tomé como La dama oscura, esa dama que está con vos siempre. Y genera todas las facetas que pueden hacer sentirse rara a una persona, como el amor, la muerte, el odio, la venganza. Y la poesía, mientras está con vos, no excluye a la muerte, por momentos te la muestra descarnada. Nosotros en la ciudad no somos guerreros. Nuestra vida puede ser corta, puede ser larga, puede ser que la medicina quiera mantenerte con vida, la gente que te rodea no quiere que te mueras. Hay algo en nuestra vida, terrible, que es el instinto de supervivencia. Y el instinto de supervivencia es tan increíblemente grande que a veces sabés que tenés los días contados, los meses contados, y siempre querés tener un día más. Y en ese día más, muchas historias que hemos leído de antaño, de samuráis, de guerreros… ¿Cuál es la mejor manera de esquivar a las flechas? Yendo hacia ellas. Siempre menciono la de los samuráis con el harakiri o seppuku. Ellos antes de morir así, escribían un poema. El samurái fue el único ser humano sobre la tierra que logró que la guerra fuera una manifestación del arte. La guerra para ellos era arte”. Y, si de muerte se trata, Dios hace su presencia. ¿Qué es Dios para Urruspuru? “Yo pienso en Dios desde un lugar de respeto y sintiéndome algo muy chiquito. Dios para mí es el último interrogante. El día que esa última pregunta nos haga ver el porqué del todo, el entorno, la muerte, la vida, los agujeros negros, todo, cuando hayamos entendido todo eso, será el final de Dios para mí. Mientras esté el hombre con sus dudas, su incertidumbre y su desnudez ante las cosas, Dios estará presente para millones de personas en el mundo, una especie de alivio, una panacea de siglos.
Sí, Dios es un gran interrogante, yo creo que ahora se está escondiendo detrás del Big Bang. ¿Qué había antes del Big Bang? A veces, mi Dios está presente y es un Dios que me gusta que me recuerde que somos la nada y el todo. A veces me enojo, me doy cuenta de mi altanería humana por querer insultar al Cosmos, a las estrellas, a Dios, a la vida misma, y por eso también es posible la poesía salvaje. Pero eso no lo digo yo, lo han dicho muchísimas personas a través de la historia. Dios es la pregunta de siglos de la Humanidad que ha generado todas las religiones. Una tribu antigua de Grecia tenía a un volcán por Dios, cuando conoció la naturaleza del volcán no hubo más Dios…” Daniel escucha y luego avanza: “En el tema tal vez abogo un poco hacia Federico Peralta Ramos, el que estaba con Tato Bores. Él tenía un decálogo. Un punto era dejar a Dios tranquilo. Yo creo que apoyo eso. Dios tiene demasiados problemas. Creo que soy un agnóstico. He tenido mi paso por la Iglesia, un paso militante por la Iglesia, cosa que hoy ya no tengo. No es que sea un ateo. Pero básicamente es eso: dejar a Dios tranquilo, que tiene bastantes problemas que atender como para andar ocupándose de nosotros. En cuanto a la poesía hay tres puntos que siempre toco. La psicología, la religión y las leyes. La psicología desde la neurosis, obviamente, yo soy un neurótico declarado. La religión en esto, dejar a Dios tranquilo, exista o no. Y las leyes porque yo les robé a los abogados las formas que terminan diciendo: será justicia y yo digo: será poesía. Creo que son las tres cosas que nos mueven”. Quintero termina la velada con una anécdota: “Un día estábamos Julito Leite, Nacho Wisky y yo en Almagro tomando una cerveza en la vereda y me dice: ¿Sabés cuál es el problema de estar en pareja? No. ¿Qué carajos hacés los sábados? Y después fuimos a la esquina a parar un taxi para Nacho, paramos cinco taxis y no nos paró ninguno. Y uno paró y nos dice, dale, está bien muchachos y le dimos a Nacho cincuenta pesos. Se fue y cuando volvíamos Julito me dice: estoy seguro que Nacho se baja a las dos cuadras y se queda con los cincuenta pesos. Es probable. ¿Por qué nos juntamos con esa gente?”
Suena la campana. ¡Los dos a la final!




