La estrella negra que nunca se apaga

Por Marcelo Simonetti

A diez años de la todavía inaceptable muerte de David Bowie, el hombre que fue todo lo que un artista debe ser y más, Marcelo Simonetti lo recuerda para Sonámbula. Su estrella negra, que nunca terminará de colapsar, fue el cénit de un concepto moderno del artista que ya no existe, ni existirá, en la superficie de la cultura de masas.

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El concepto moderno del artista se moldea en el siglo XVIII, entre la Ilustración y el Romanticismo. A diferencia de las épocas anteriores, a partir de ahí se considera al artista como genio creador, con invención y emoción. Y un poco más adelante comienza a instaurarse la idea integral del “artista” como un sujeto que posee determinadas sensibilidades y aptitudes que lo elevan de algún modo sobre el resto.

En el siglo XX en parte amaga con profundizarse esa idea hasta el elitismo, aunque para fines de siglo la frontera entre el arte y el entretenimiento ya está tan embarrada que ningún valiente podría distinguir a uno del otro. De hecho, el concepto de artista que dio la modernidad se encuentra acabado. Es el trapo de piso de mercaderes, entretenedores, bufones, decidores populistas y otras mediocridades.

Y quizás por eso es que hoy, a diez años de su muerte, tantísima gente (y entre ellos tantísimos artistas “sobrevivientes”) recuerda a David Bowie. Porque fue el cenit de ese concepto moderno del artista, que ya no existe en la superficie de la cultura de masas.

Bowie fue el último artista integral. El espectro de admiradores entre sus pares es el más amplio de la historia de la música. Desde Lemmy mostrándole su amor en una maravillosa versión en estudios de “Héroes”, hasta Jarvis Cocker eligiendo terminar en 2006 el primer concierto solista de su historia con “Space Odditty”. Y en el medio y más allá de los márgenes, muchísimos más.

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Bowie hizo todo bien. Hasta cuando perdió el rumbo en los ochenta: ¿ustedes quieren un payaso que ríe y hace bailar? Yo también puedo ser uno. Y se convirtió en un rutilante artista de masas por un rato, arrimado a lo peor y más afamado del sarcófago mainstream de la época, opacándolos.

Cuando volvió a su eje (que precisamente tenía que ver con por no tenerlo) fue como si nunca se hubiera ido. Volvió mejor.

Bowie hizo y fue todo lo que un artista debe: fue un gran lector, amante del cine y la filosofía, siempre puso al mismo nivel la forma y el contenido, procuró nunca ser el mismo, rechazó la orden de Lord del Imperio Británico por considerarla “retrógrada y clasista”, su generosidad lo convirtió en mecenas de un sinfín de artistas a lo largo de su carrera incluyendo discos que fueron las piedras angulares de Lou Reed e Iggy Pop y sumó un apoyo activo en hits fenomenales como el genial “Whitout You I’m Nothing” de Placebo, sólo para dar algunos ejemplos. Fue gentil, fue irónico, oscuro y brillante, fue un hombre de mundo y un ser extraplanetario. Incursionó en cine, en teatro y en pintura. Fue clásico y vanguardista. Se demolió y se reconstruyó decenas de veces. Vivió para el arte. Y terminó su vida con y como una obra de arte. Incluso me reservo la sospecha de que quizás haya muerto unos días antes de lo anunciado. Salió Blackstar, dejó tres días de luz (o de oscuridad mejor dicho) para que público y críticos se repartieran la desorientación y la supuesta agudeza en sus opiniones, para luego hacer anunciar su muerte y que todos tuviéramos que ir y borrar con el codo lo que recién habíamos escrito con la mano.

Si pensamos en ese concepto de artista que arrojó la modernidad, la mejor y la única forma de describirlo es con él y con su obra. Y es por eso que hoy. a cumplirse diez años de su muerte, parece que estuviera acá. Y, a la vez, es una ausencia indisimulable. Todos somos únicos y todos a la vez somos iguales. Pero dado que la época histórica que parió la Ilustración ya no existe, y tampoco el breve período del Estado de Bienestar donde David creció, en el seno de una familia de clase trabajadora, podemos afirmar que no habrá nunca otra persona que ocupe el lugar que Bowie ocupó en la cultura popular mundial.

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Una vez Wayne Hussey me dijo, y luego escribió, que lo infinitamente triste de todo ésto es que sabemos que nunca más vamos a sorprendernos con una nueva entrega de su arte. Aquellos que fuimos más o menos sus contemporáneos ya no vamos a levantarnos pensando: el disco nuevo de Bowie sale hoy. O sale mañana. Nos va a faltar el evento más milagroso y humano que nos acompañó durante toda la vida: descubrir un nuevo capítulo de su obra sorprendente.

En lo personal, no solo escucho discos de Bowie todo el tiempo. También escucho “etapas” de Bowie. La muy británica de sus comienzos, la alemana, la yanqui, la de su romance con el barro del mainstream (aunque mucho menos), la de sus discos conceptuales, la trilogía del cambio de siglo, la final.

Curiosamente, habiendo sido siempre futuro, ahora que no está Bowie brilla como el punto más alto de una época histórica que ya no existe. Pero eso sí, nos guía desde miles de años luz más adelante, como una Estrella Negra que ya no es, pero nunca termina de colapsar.

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