Rabia contra la agonía de la sombra

Por Pedro Perucca

Pedro Perucca recomienda El elogio de la sombra, ensayo de Junichiro Tanizaki de 1933 en el que el padre de la novela moderna japonesa defiende la importancia de la semipenumbra, lo tenue y lo traslúcido, considerándolos como factores constitutivos de la belleza, en contraste con la prepotente valoración occidental de la luz, lo brillante y lo blanco.

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El ensayo El elogio de la sombra, del escritor, guionista y traductor japonés Junichiro Tanizaki (nacido en 1886), es un texto personal y melancólico sobre la estética japonesa y los elementos que la diferencian del gusto occidental, casi un antimanifiesto que asume anticipadamente su derrota práctica. Según el autor, mientras que en Occidente la belleza siempre estuvo relacionada con la luz, lo brillante y lo blanco (con lo oscuro y lo negro cargados de connotaciones negativas), en Japón la sombra es considerada no sólo como una parte constitutiva de la belleza sino incluso como una condición necesaria para la existencia de la misma.

El ensayo, uno de los pocos dentro de la gran producción literaria de Tanizaki, fue escrito en 1933, aunque recién en 1994 conoció una edición española gracias a Siruela. La fecha de la publicación original es clave, ya que el contexto de producción del texto es el de un Japón lanzado aceleradamente a la vía de la occidentalización, en el que los resabios de la cultura tradicional siguen presentes como más o menos veladas formas de resistencia a este proceso de aculturación compleja, en el que la imposición occidental se remezcla e instrumentaliza en el marco de un nuevo proyecto imperial.

El Japón del período de entreguerras es de una altísima conflictividad política y social. Los beneficios de haber integrado la Triple Entente en la Primera Guerra, que le permitieron anexionarse territorios alemanes que habían sido apropiados en Asia y el Pacífico y dieron lugar a un breve período de prosperidad económica, duraron relativamente poco. La recesión de los 20, que se potenciaría con la Gran Depresión mundial de fines de la década, golpeó duramente a los japoneses y ese contexto de crisis, junto con la revalorización del período Meiji, del rol del ejército y del emperador como figura sagrada, constituyó el fermento perfecto para un auge del militarismo que marcó las décadas del 20 y 30. En 1926 comienza la llamada era Shōwa (literalmente “periodo de paz ilustrada”), con el reinado de emperador Hirohito, que se extendería hasta 1989. Como sucedió con otros regímenes de “paz ilustrada”, este comenzó con fuertes políticas represivas contra los movimientos socialistas y comunistas y un rebrote ultranacionalista -con directas influencias fascistas- que motorizó la invasión a China en 1937 y luego el ingreso a la Segunda Guerra Mundial junto con el Eje, tras el bombardeo a la base estadounidense de Pearl Harbor en 1941.

El período se caracteriza también por la presencia de una intelectualidad que fue reforzando un ideario nacionalista en torno a la figura del emperador y alentando las visiones de un “destino” japonés de potencia mundial, que en el proceso debía eliminar totalmente la “corruptora influencia occidental”. La producción literaria de Tanizaki, considerado como uno de los padres de la novela moderna del Japón, da cuenta de estas aceleradas transformaciones que sacuden al país, enfocándose en el intento de capturar el impacto emocional del cambio social sobre las personas comunes. Aunque no se alineó con el bando ultranacionalista, tampoco se enfrentó abiertamente a esta corriente dominante de la cultura nipona, con la que podemos encontrar algunos incómodos puntos de coincidencia en su obra, sobre todo en el plano cultural y simbólico, aunque no en el político-programático.

Después de un primer período de admiración por lo occidental, en los años previos a la producción de El elogio de la sombra el autor se había mudado a la región de Kansai e iniciado un “retorno a lo tradicional”. De esta época son sus novelas Hay quien prefiere las ortigas (1929), El cuento de un hombre ciego (1931), El cortador de cañas (1932), Retrato de Shunkin (1933), La vida enmascarada del señor de Musashi (1935) y Las hermanas Makioka (1936), considerada una de sus obras centrales, que incluso llegó a tener en 1983 una versión cinematográfica dirigida por Kon Ichikawa. Después de la guerra, su producción novelística se ralentizó notablemente, publicando sólo La madre del capitán Shigemoto (1949), La llave (1956, con tres versiones en cine) y El diario de un viejo loco (1961).

En cuanto a su consideración sobre las transformaciones de su país, el lema con el que se puede definir la obra de Tanizaki es el clásico del bushido “shikata ga nai”, que significa algo así como “no hay remedio” o “ya no hay nada que hacer”. No conformismo, sino lucidez trágica. Aunque no la utilice explícitamente en El elogio de la sombra, esta es también su posición en cuanto a la “occidentalización” que vive Japón durante el período de entreguerras.

Un guerrero de la sombra

Partiendo de las dificultades que afrontó al intentar “construir una casa en el más puro estilo japonés” en Kansai, lidiando con los “sinsabores” derivados de la instalación de la electricidad, el agua, el gas y los sanitarios, elementos de necesario confort que se desarrollaron prácticamente en Occidente pero que en su faz estética resultan opuestos a cualquier criterio tradicional nipón (Tanizaki dedica varias páginas al horror que le causa el inodoro y a sus intentos para disimular su prepotente blancura), el autor avanza en el desarrollo de una suerte de manifiesto en defensa de una relación más compleja con la sombra (es decir, con lo tenue, lo traslúcido, el contraluz, la semipenumbra, etc.), lo que implica otra concepción de la belleza, más sutil, refinada y misteriosa.

Desde la arquitectura, Tanizaki pasa a explorar estas particularidades del gusto japonés (y también oriental, más en general) en relación con los utensilios de cocina, los alimentos, los muebles, el vestuario del teatro tradicional, el ropaje monacal, la vestimenta y el maquillaje femenino (recordando, por ejemplo, que en la búsqueda de embellecimiento las mujeres de la generación de su madre o anteriores llegaban a pintar sus dientes de negro, ante lo que el autor se pregunta “si la finalidad de esta operación no era, una vez rebosante de oscuridad todo el espacio excepto el rostro, poner una pincelada de sombra hasta en la boca”).

Sin revolverse contra los logros del progreso, ya que se define como el “primero en reconocer que las ventajas de la civilización contemporánea son innumerables”, Tanizaki no dirige su crítica a la técnica en sí, sino a la pretensión de neutralidad estética y cultural que acompaña a su expansión. La modernización occidental no llega como un simple conjunto de herramientas útiles, sino como un régimen perceptivo completo, que impone su lógica visual, sus materiales y su culto a la visibilidad total incluso allí donde resultan disonantes con tradiciones estéticas milenarias.

En este sentido, la occidentalización japonesa no aparece como una elección soberana sino como una coerción histórica, producto de una relación asimétrica de poder. “Occidente ha seguido su vía natural para llegar a su situación actual; pero nosotros, colocados ante una civilización más avanzada, no hemos tenido más remedio que introducirla en nuestras vidas”, escribe Tanizaki, señalando que el problema no reside en la adopción del progreso, sino en la fractura cultural que produce el injerto forzado de una civilización ajena sobre un cuerpo histórico distinto. El resultado, percibido como una “imitación servil”, no resulta en una síntesis armónica, sino en una experiencia persistente de incomodidad, pérdida y desarraigo estético.

En un ejercicio de especulación contrafáctica, también se pregunta cómo hubiera resuelto Oriente los desafíos tecnológicos de una forma que no violentara el gusto y los valores tradicionales. Pero Tanizaki es plenamente consciente de que estas reflexiones no constituyen un programa de acción ni una propuesta de resistencia cultural efectiva. Son, como él mismo admite, “sólo imaginaciones de novelista”. La occidentalización de Japón aparece como un proceso imparable, ante el cual no cabe la restauración ni la síntesis conciliadora. “Japón está irreversiblemente encauzado en las vías de la cultura occidental”, escribe y, no sin dureza, agrega que el país deberá avanzar “dejando caer a aquellos que, como los viejos, ya no son capaces de seguir adelante”. Shikata ga nai.

Este fatalismo, sin embargo, no equivale a conformismo ni a adhesión entusiasta al progreso, sino a una lucidez trágica: si la sombra ya no puede sostenerse en la vida material, tal vez sobreviva en el terreno de la literatura, el arte y la memoria estética. En ese sentido, El elogio de la sombra puede leerse como un intento de preservar discursivamente una sensibilidad condenada a desaparecer como forma social dominante, aunque quizá no como resto, como huella o como gesto estético residual. Tanizaki busca brindarle refugio a una ética de la penumbra frente a un mundo entregado a la transparencia, a la iluminación total y a la eficiencia técnica. La sombra no es, entonces, solo una categoría estética, sino una forma de habitar el tiempo, el espacio y el cuerpo, basada en la demora, la ambigüedad y la incertidumbre. Frente a la hybris moderna de la visibilidad absoluta, Tanizaki no propone una alternativa política, sino un último gesto de fidelidad a un modo de percepción que sabe derrotado pero que, así y todo, merece ser pensado, narrado y teorizado antes de su desaparición.

Más allá de todos sus intentos de comprensión ante el impacto de este “progreso” sobre los valores tradicionales, ya en el año 33 Tanizaki se manifiesta horrorizado por la proliferación de la iluminación eléctrica en un Japón cuyas ciudades “están mucho mejor iluminadas que las grandes ciudades europeas”. Al respecto, denuncia que “posiblemente no haya otro país en el mundo, si exceptuamos América, que se entregue a tal orgía de luz eléctrica”. ¿Qué podría pensar el autor ante las imágenes del Tokio actual, la más pura imagen de ese dominio del neón que asociamos automáticamente con el ciberpunk? Japón “es” ciberpunk, dice en algún momento William Gibson, el autor de Neuromante.

También resulta bastante sobrecogedor imaginar que el ensayo está escrito antes de la derrota japonesa en la Segunda Guerra Mundial y de los tan brutales como innecesarios bombardeos atómicos estadounidenses. No es casual que la modernidad luminosa alcance su expresión más extrema en el destello nuclear: una luz absoluta que no revela, sino que borra, una tecnología que bien podría considerarse como el arma lumínica definitiva, que llegó a convertir a millares de cuerpos japoneses en sombras estampadas contra las paredes por la violencia de la luz. Puede que hoy la sombra no haya sido definitivamente expulsada de la vida y la cultura japonesas, pero no caben dudas de que la acelerada occidentalización que siguió a la Segunda Guerra confinó buena parte de esos eróticos refinamientos de la percepción al rincón más profundo de un tokonoma o tal vez, como sugiere el propio Tanizaki, al reino de la literatura y el arte.

Más allá de algunas posiciones polémicas en relación con el lugar de la mujer en las sociedades tradicionales japonesas (con una reclusión a la sombra hogareña que el autor termina justificando por motivos estéticos, remarcando que era una situación ante la que sus antecesores “no podían actuar de otra manera”) o en cuanto a ciertos planteos raciales muy polémicos, El elogio de la sombra constituye un bellísimo texto, pleno de sutilezas y de poesía, que puede servirnos como acercamiento a las particularísimas valoraciones estéticas orientales. En este sentido, podría leerse perfectamente en tándem con La estructura del iki, de Kuki Shûzô, ensayo unos años anterior, en el que el autor intenta definir el iki, un concepto para el que no hay equivalente en las lenguas europeas, pero que se constituye como la clave “para entender la singularidad de una cultura como forma de ser de un pueblo”.