Saltar sin red, para encontrar la belleza

Por Marcelo Simonetti

Marcelo Simonetti analiza para Sonámbula Hay Ruidos Arriba, primer disco de Juan Pablo Fernández y los Techistas Del Apocalipsis, un salto al vacío después de Acorazado Potemkin que va a a contrapelo del vértigo y la consigna cortita. Una fiesta, una resignificación total de viejos temas, un par de covers sorprendentes y la oportunidad para dejarse atravesar el pecho por la poesía.

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Según Juan Pablo Fernández, la historia comienza en algunos shows que dio solo, en una especie de ciclo en la Terraza del Niceto Bar durante aquellos meses pandémicos de aislamiento social obligatorio. Y seguro que tiene razón. Pero como soy yo el que escribo, no puedo dejar de decir que siento que todo empezó antes, a fines del 2019. Gabriela Franco presentaba un libro de poesía, y Juan ese día la acompañó en la guitarra. E incluso agarró algunos de los versos de Gabriela y los hizo canción. Ahí tuve la certeza de que Juan tenía algo más allá de Acorazado Potemkin, algo que iba más allá de despuntar un placer o un vicio (que, claro, suelen tener que ver).

En el medio estuvo Piel, último disco de estudios de Acorazado, y el disco en vivo que marcó el cierre. Un cierre que para algunos pudo ser más sorprendente que para otros, pero que fue al estilo de Juan, y que ya vivimos con la Pequeña Orquesta Reincidentes: este show que viste, o que no viste, fue el último. Gracias.

Unos meses antes del final, Acorazado había llenado dos noches seguidas un lindo lugar del Abasto para hacer un acusticazo en formato de banda ancha, por el que desfilaron varios músicos y cantantes. Esa vez, con amigos nos fuimos reafirmando en algo: es por acá. Llenando la música de matices y de silencios para que la voz de Juan no solo se escuche, sino que las letras se entiendan. No está bien que un equipo de fútbol no se arme para que se note su mejor atributo. Y las letras de Juan, son las mejores que podemos encontrar en la música popular contemporánea.

Y por suerte, en la primera fecha que tocaron Los Techistas Del Apocalipsis en mayo del 2024 en el Lado B de Niceto, vimos que la nueva propuesta efectivamente era por ahí. Tomaba la posta de ese acústico de Potemkin de un año antes y lo llevaba a una posición radical. Juan José Saer, entre otros, decía que cuando uno escribe siempre lo hace contra alguien. De un modo más provocador, David Viñas llegó a decir que quien escribe lo hace por venganza. Siguiendo el hilo, expresarse artísticamente no es un hecho individual ni aislado. Es un hecho social. Es parte de un diálogo. Bueno, los Techistas tenían (o tienen) un cartel pegado en la puerta de la sala de ensayos hecho a mano que reza: “No Pink Floyd, No RHCP, No Pedro Aznar, No Sting”. Y la banda salió a tocar en un momento histórico donde la guitarra está funada del mapa y hacer música es una base de percusión con alguien hablando arriba. Y lo hicieron sin batería, con las guitarras de Juan y Mateo Baudino, el bajo de Pipa Dellamea y con el Topo Vergara saltando del bajo a la guitarra. Si eso no es hacer música en diálogo desde las antípodas con la posición dominante, no sé qué es.

La grabación del disco fue pausada, laboriosa, en el galpón trasero de la casa de Flores donde hace un poco menos de una década le hice a Juan la entrevista más linda de las que fui sacando en Sonámbula. Según me contó, las opciones que manejaron fueron centralmente dos: un disco chico, como un muestrario de intenciones y de temas nuevos. La otra, la que finalmente, y por suerte, prevaleció, pasaba por incluir también canciones que Juan hizo con todas las bandas donde estuvo. Con el correr de las grabaciones y los shows, tomaron una decisión artística importante. Incluyeron a Pablo Olivera con una percusión alla Velvet Underground, que hace brillar aún más a la conversación de cuerdas. A Pablo se lo puede escuchar en algunas de las canciones del álbum.

Del largo listado de temas con el que trabajaron, quedaron veinte. Y en una segunda selección, los dieciséis que finalmente llegaron al disco. Una forma de hablar del mismo sería separando los temas que en su momento Juan compuso para la Pequeña Orquesta Reincidentes por un lado, los que hizo para Acorazado Potemkin por el otro, y luego los que estrena con los Techistas. Pero no me parece que eso esté bien. Porque la banda se apropia de los temas previos a ella y los hace sonar como propios. Incluso los dos covers que escuchan en el disco suenan como suyos.

El primer corte fue “En Los Bordes”, y es uno de los que fueron grabados con Pablo Olivera en la percusión. Sobre él, un maravilloso tejido de cuerdas al que la distorsión le agrega la aspereza necesaria para poder empardar con los versos agridulces de Juan, que en el disco canta junto a Mika Vignolo, consciente de que cada vez que se camina en los bordes es mejor hacerlo de a dos.

Algunas de las canciones del álbum vienen de larga data. Un ejemplo es “Maldito Sea El Día”. La letra son versos de la inolvidable poeta uruguaya Idea Vilariño, que Juan musicalizó y creo que estrenó en una incursión en soledad a Montevideo allá por 2016. Acá vemos dos hilos: el de su relación con la literatura en general y la poesía en particular, y el de una idea que viene desde hace casi diez años, que quizás ni él mismo percibía en su momento.

También supo tocar en algunas presentaciones en soledad “En Remolinos”, de Soda Stereo, que terminó ganándose un lugar en el disco. La versión original te sumerge en un clima de ensoñación, a tono con el sorprendente ánimo experimental del álbum de 1992. La versión de los Techistas es mucho más turbulenta. El in crescendo de guitarras es una tormenta que invita mucho más al abismo que a la explosión. Es un placer inmenso que encima del ruido exquisito se pueda escuchar la voz de Juan conjurando en espasmos con tanta claridad.

Un tema donde vale la pena detenerse es “Cruceros”. Es un cover de una banda uruguaya casi desconocida por estas latitudes, que se llamó “La Hermana Menor”. Su mentor y único miembro permanente fue el “Tüssi Dematteis”, que se murió hace apenas un año, a la edad de 54. Digo que hay que hablar de este tema porque el “Tüssi”, Gonzalo Curbelo su nombre, era un personaje muy particular, de gran formación autodidacta, que tenía el don de escribir canciones en general y, en el caso de “Cruceros” en particular, diciendo unas cosas mientras habla de otras. Por eso “Cruceros” funciona tan bien con Los Techistas. Porque Juan cuando escribe, habla de política mientras está hablando de otra cosa. Habla de la melancolía cuando está diciendo otra cosa. Y así con el amor, con la muerte, con la dicha y el desencuentro. Ningún letrista del país tiene esa capacidad. Y “Cruceros” es melancólica, es evocativa y es política con apenas un par de líneas descriptivas que en apariencia no dicen nada más que el hecho de que hay cruceros en la costa montevideana. Pudo escribirla Juan, pero es del “Tüssi”. La versión de los uruguayos es lánguida, con un tono monocorde, y se va apagando lentamente. La de los argentinos es igual de linda, pero es menos lánguida y más emocional y sanguínea.

“Indeleble” fue, en su momento, la primera canción que editó Juan como solista. Data del 2021 y es de la banda de sonido del documental del mismo nombre. La versión “apocalíptica” es tierna y crepuscular, con preciosos arreglos que saltan y dialogan entre guitarra y guitarra, y contiene uno de esos versos como cuchillos que son parte de una de las historias que cuenta Juan pablo pero que pueden estar hablando de cualquier cosa. “Se nos va la vida haciendo el túnel para ver la luz”, canta, y no podés evitar que se te ponga la piel de gallina.

Lo mismo que hacen los Techistas con los covers, lo hacen con los temas de las otras bandas que tuvo Juan en su carrera. Los mastican y cuando los escupen ya son otros. Son de ellos. En muchos casos, apelan a otros músicos y se vuelven una banda ancha y profunda, llena de matices. Así aparece un viejo conocido, el ex Pequeña Orquesta Reincidentes Santiago “Chino” Pedroncini, tocando la trompeta en “El Camión”, Juliana Cacopardo con la flauta en “Mundo Lego”, Christine Brebbes el violín en “Los Muertos”, “Sheriff” y “Miguita De Pan”. Y con este último tema me quiero extender. “Miguita” siempre fue un favorito de la “Pequeña Orquesta”. Y también uno de los primeros temas a los que echó mano Juan para agregar a sus presentaciones en solitario desde hace casi una década. Es una canción que siempre me gustó, pero que cada vez que arrancaba en sus shows mientras el público se derretía yo pensaba “Uuuuh, otra vez”. Bueno, en la versión Techista que escuchamos en “Hay Ruidos Arriba” aparece un mago. Se llama Julio Coviello, y toca a la canción con la varita mágica de su bandoneón para volverla un torrente desbordado de emotividad y para resignificarla. Sin dudas, se trata de uno de los puntos centrales del disco. Si uno pudiera ver el disco desde arriba, la sensación exacta sería “Miguita De Pan” en una cima desde la que se derrama el resto de los temas.

Si me pusiera a desgranar tema por tema esto se haría largo. Pero no sería justo dejar de nombrar a “Sticks & Stones”. Si vamos a buscar a la original a un disco de P.O.R. de hace veinticinco años, nos vamos a dar cuenta de que, si no fuera por la letra, estaríamos hablando de dos canciones distintas. La original era una belleza frágil que evocaba al jazz de la década del 30. La versión “apocalíptica” son guitarras que mantienen la pausa, pero que están sucias, que por abajo corroen y enturbian, y que suenan como la banda de Tom Waits en sus mejores tiempos. La voz de Juan ya no es frágil cuando conjura versos en inglés alla Billie Holiday o Mahalia Jackson del final del tema. Ahora se escucha fuerte. Es como si hubieran desarmado la canción y la hubieran vuelto a armar en una clave completamente distinta pero tan extraordinaria como la original. 

El intercambio de instrumentos y la presencia de tres guitarras (o dos bajos y dos guitarras) le da al grupo una gran versatilidad y capacidad para transmitir a lo largo del disco lo que la música puede, pero las palabras no. La apuesta, que también es una respuesta, la terminan ganando por goleada, logrando una amplitud expresiva admirable.

“Hay Ruidos Arriba” es un disco de 16 temas (que gratamente masterizó Mariano Esain y con un bello arte de tapa de Loreley Unamuno), en una época donde los discos han pasado de moda o salen de a porciones para que los oyentes no se sientan “abrumados”. O no se aburran. Es un disco de guitarras en una época donde los chicos cuando ven una guitarra corren. Es un disco donde la percusión apenas aparece acompañando, cuando la música actual suele limitarse a alguien berreando encima de un ruido que imita a un tambor o a un timbal. Es un disco de poesía cuando… bueno, ya sabemos lo que pasa con las letras musicales. 

Para Juan, dejar el lugar seguro de los queridos Potemkin para armar este nuevo proyecto, implicó un salto sin red. Arriesgado, pero obligatorio cuando tu arte es honesto. Si las personas cambian, es lógico que el arte cambie.

Armar la banda, salir a tocar, grabar el disco, fue todo un desafío para músicos que son laburantes como la mayoría de la población y que hicieron esta belleza a pulmón en los huecos de sus vidas. Escucharlo y dejar que te atraviese el pecho, es el trabajo que nos toca a nosotros. Que no es una pavada. También va a contrapelo del vértigo y la consigna cortita, si la hay. Pero la recompensa es preciosa.