Vamos las bandas

Fernando Lefevre
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¿Cómo fue que Los redondos, qué el Indio, pasaron de fenómeno underground algo elitista a convocar a millones de jóvenes, más bien lúmpenes y perdedores, en esas masivas misas que implicaban un nuevo bautismo y la confirmación de una poderosa identidad colectiva?
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Los redondos no eran sólo un grupo de rock, sino un fenómeno sociológico.
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Destilaron neotango post-punk, poesías duras (no en el sentido idiota de las drogas, que también) pero fundamentalmente eran, sobre todo el Indio, heraldos de la contracultura. Fue la banda más beatnik que hubo en Argentina y musicalizaron la búsqueda vital de una generación asfixiada por una sociedad plana y mecánica enemiga de cualquier color que no sea el verde o el gris. Qué clase de alquimia transmutó a su público de aquellos intelectuales rebeldes y hedonistas embebidos en bohemia del principio a las hordas de lumpenes y perdedores que tomaron por asalto sus recitales a partir de los noventa es un misterio envuelto en un enigma, como señala Matt Suarez Holze. 
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Yo sospecho que la clave puede estar en la hoja de ruta que trazaron, en ese aparente suicidio que fue el boicot a la industria discográfica y que contra todo pronóstico los depositó en las puertas de la inmortalidad y en el corte de mangas (carísimo) a todo lo que oliera a autoridad. 
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No fue su música, que era buena pero ni tan original ni tan virtuosa, ni sus letras, tan crípticas y adaptables a los criterios de cada uno (es mentira que hablaban todo el tiempo de drogas, pero quizás sea verdad) sino la actitud, que los de abajo transformaron en bandera, cruzando los dedos para que el milagro se repitiera.
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Como la brújula de Jack Sparrow que nunca marca el norte sino el lugar al que se desea ir (el norte siempre alzará sus muros contra las hordas) la intuición fue la que guió a ese ejército de desangelados hacia un espacio vital donde reconocerse, esos a los que hasta el espejo les roba y por eso también roban ellos. Porque en las misas ricoteras aquellos a los que siempre les fue negada la posibilidad de construir su identidad, de pertenecer, se encontraron a sí mismos y a los suyos y sobre todo, su lugar a espaldas de un mundo que se define negándolos. Cada misa fue un bautismo o una confirmación. Cada comunión, una  oportunidad de reafirmarse. Y mientras hubo iglesia a donde ir, el infierno estuvo encantador.
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Ya vendrán de nuevo las persecuciones, las cuevas húmedas y los peces pintados en el pecho para reconocerse en medio de tanto cyborg desalmado.