Qué lindo decía el tango Melingo

 

Por Nano Vázquez

Fotos: Sebastián Molina

​El humo del cigarrillo flotaba en el aire del bodegón como una neblina densa, de esas que borran los contornos de la realidad. Sonaba de fondo un fuelle oxidado, masticando la melancolía de siempre. Daniel miró el fondo de su vaso de grapa y pensó en la voz rasgada, casi herida, de Melingo. Qué lindo decía el tango este tipo, se dijo en voz baja, sintiendo que cada acorde era un tajo limpio en la memoria. Hay noches en que la música no es un adorno; es un espejo roto donde uno junta los pedazos que puede.

​La vida se presentaba últimamente así: como un rompecabezas al que le faltaban las piezas claves, o peor, un tablero donde las esquinas ya no encajaban. Se acordó de los patios de San Telmo, del empedrado brillante por la llovizna, de los fantasmas que caminan de espaldas para no ver el futuro. Melingo cantaba con la mugre y la poesía de los callejones, con esa mezcla perfecta de delirio y linyera ilustrado. En su voz, el lunfardo no era una lengua muerta; era un cuchillo afilado bajo la luz del farol.

​»El tango te espera», dicen los viejos. Y es verdad. Te espera a que te rompan el corazón, a que te quedes solo en una mesa que te queda grande, a que entiendas que la nostalgia no es extrañar el pasado, sino extrañar el tiempo en que todavía éramos capaces de creer en algo. Qué lindo lo decía, carajo. Con esa cadencia recia, arrastrando los pies en el barro del alma, recordándonos que la belleza también florece en el barro y en la lona.

​Daniel pagó la cuenta sin mirar al mozo, que ya era otro mueble del lugar. Salió a la calle y el frío de la madrugada lo recibió como un abrazo conocido. Ajustó el cuello de su saco y caminó sin rumbo, tarareando una melodía que ya no le pertenecía a nadie, porque ahora era de todos los que alguna vez perdieron el centro. El rompecabezas seguía incompleto, pero al menos la música le daba una forma hermosa a su propia ruina.

​PD: Al final, Daniel, te fuiste sin avisar, como quien se toma el último bondi en una esquina desierta, pateando tachos, pero te quedaste acá, atrapado en el eco de un bandoneón rezongón y en la carraspera de una milonga rea. Te volviste eterno en cada rincón donde un desvelado busque un cacho de verdad. Buen viaje, varón; el tango te abraza para siempre.