La isla del durmiente

Por Fernando Lefevre
Fernando Lefevre y una reflexión para Sonámbula sobre la conexión entre literatura, humanidad y encuentro con lo monstruoso extraterrestre.
Si bien la idea del contacto del ser humano con hipotéticas formas de vida extraterrestre ha sido y continúa siendo un poderoso estímulo para la especulación filosófica y científica, también ha dado origen a un subgénero específico dentro de la literatura fantástica, lo que demuestra que la cuestión no es patrimonio exclusivo de la academia, sino que hunde sus raíces en el imaginario popular. Es en la sensibilidad plebeya del hombre común donde el concepto se vuelve más poderoso, plástico y sugerente. Después de todo, es con este barro que se moldean las intuiciones de donde los especialistas destilarán sus reflexiones más profundas y sofisticadas.
Surgido de la matriz imaginaria de la ciencia ficción, el relato de contacto trasciende con frecuencia los límites de este género para adentrarse en el terreno del terror. Esto se debe a que el encuentro con una inteligencia radicalmente ajena no solo plantea interrogantes sobre el universo y el lugar de la humanidad en él, sino que también confronta al individuo con lo desconocido en su forma más absoluta. La posibilidad de una alteridad capaz de desestabilizar nuestras categorías de pensamiento e incluso nuestra concepción de la realidad convierte al contacto extraterrestre en una experiencia de horror ontológico extremo
La pérdida de certezas no se limita al plano intelectual, sino que con frecuencia desemboca en una profunda angustia existencial, pues si las nociones de identidad, conciencia, racionalidad o realidad dejan de ser universales y estables, también se desvanece el suelo que sostiene la existencia humana y hace trizas la noción del yo.
Los monstruos tradicionales cumplen una función simbólica que reafirma nuestro antropocentrismo. Vampiros, hombres lobos y demonios representan pasiones, culpas, deseos y temores profundamente humanos. Son deformaciones de nuestra propia imagen. Incluso cuando amenazan destruirnos, siguen girando alrededor de nosotros ya que existen porque existimos y, de algún modo, nos confirman como medida de todas las cosas. Al enfrentarlos, la humanidad se reafirma sobre sí misma. El monstruo extraterrestre por el contrario rompe de forma definitiva con esa lógica. Nos revela que el ser humano y lo que llamamos realidad son simplemente un abuso del lenguaje y que esa costumbre es lo único que impide que nuestra consciencia se canibalize a sí misma.
El contacto entonces no nos mata, sino que hace algo mucho peor:
Nos demuestra que siempre fuimos fantasmas atribulados habitando un universo incognoscible.




