Pequeño tratado sobre el arte de la percepción

Por Claudia Sobico
La escritora y traductora Claudia Sobico analiza para Sonámbula la novela La mosca de Eugenio López Arriazu publicada por Ediciones del Camino. Esta es la segunda novela del escritor, poeta, traductor, ensayista y director de la cátedra de Literaturas Eslavas de la UBA.
Y Dios creó las moscas a su imagen. Y al crearlas, las bendijo: reproducíos y multiplicaos, llenad la tierra y conquistadla, y dominad a los peces del mar, a las aves del aire y a todo ser vivo que se mueva por la tierra.
“Novela natural”, Gueorgui Gospodínov.
La mosca, novela de Eugenio López Arriazu, tiene una gran ambición que no consiste meramente en contar una historia sino en inventar una mirada. Podríamos afirmar entonces que La mosca es una novela sobre el punto de vista.
Quizás por eso no resulte casual que el libro se abra con esta cita de Gueorgui Gospodínov, un escritor búlgaro contemporáneo que ha explorado con gran intensidad las formas fragmentarias de la percepción y la narración. La referencia no es ornamental. El propio escritor que aparece dentro de la novela reconoce la importancia que tuvo para él la función de las moscas en la Novela natural de Gospodínov. El insecto mosca como símbolo de la mezcla, de los contactos inesperados, de la yuxtaposición de mundos heterogéneos. La deuda es explícita, pero también creativa y productiva: López Arriazu retoma aquella intuición para llevarla hacia otro territorio. La mosca deja de ser solamente un motivo literario y se convierte en una verdadera máquina de mirar.
Una operación que no consiste simplemente en adoptar una perspectiva insólita. La mosca no reemplaza una mirada humana por una mirada animal; pone en crisis la idea misma de una mirada estable. El mundo aparece como una red de percepciones parciales, nunca como una totalidad ordenada.
Toda mirada supone una posición, y toda posición, una forma de poder. Ver lo que otros no ven, escuchar lo que otros callan, acceder a una intimidad vedada. La mosca parece ofrecerle al lector ese privilegio. Y me pregunto si penetrar en las conciencias ajenas acortaría las distancias que separan unas vidas de otras. La novela nos empuja a pensar y repensar la relación semántica entre conocer y comprender.
No es casual que una de las referencias filosóficas más significativas del libro sea Platón. La célebre alegoría de la caverna aparece leída a un personaje que por sus características reacciona cuestionando las premisas mismas del filósofo. El episodio es mucho más que un guiño cultural. Se confrontan dos maneras de pensar la percepción. La tradición filosófica que asocia la verdad con la visión y la experiencia concreta de quien ha aprendido a construir el mundo a través de otros sentidos. La novela parece sugerir que toda teoría del conocimiento es también una teoría del punto de vista.
Algo semejante ocurre con la aparición de Yuri Gagarin (primer ruso en viajar al espacio exterior). La referencia surge cuando un personaje describe una experiencia íntima como si se tratara de la exploración de un territorio desconocido. Gagarin funciona, creo, como figura de una percepción inaugural: alguien que contempla el mundo desde un lugar donde nadie había estado antes. También la novela parece buscar, a su manera, esa perspectiva inédita. 
En ese sentido, la figura del escritor que aparece dentro del libro representa una versión extrema de esa voluntad de conocer. Mientras la mosca circula entre las vidas, el escritor intenta apropiarse de ellas mediante la interpretación, quiere transformarlas en relato, encontrar explicaciones, construir sentido. Pero la novela parece desconfiar de esa pretensión y por momentos deja flotando una pregunta incómoda acerca de las asimetrías de toda mirada: qué personaje conserva el derecho a la complejidad y qué personaje termina reducido, reducida a una explicación más o menos plana.
Esa preocupación aparece formulada de manera particularmente explícita en las reflexiones que el personaje desarrolla alrededor del escritor estadounidense Sherwood Anderson y su colección de relatos, Winesburg, Ohio. Lo que parece interesarle no es solamente la obra de Anderson sino el lugar mismo del escritor frente a sus criaturas. ¿Puede el narrador situarse por encima de los personajes que observa? ¿Posee algún privilegio epistemológico o moral? Con un gesto de notable honestidad narrativa, la respuesta se irá construyendo lentamente.
La mosca invade habitaciones, pensamientos y recuerdos. Como lectora participé de esa invasión con una mezcla de fascinación y cierto picor. Como ocurre en “La radio enorme” de John Cheever, el acceso a la intimidad ajena me produjo placer, pero también cierta incomodidad. Descubrimos que no hay fronteras entre la curiosidad y el voyeurismo. Sin embargo, existe una diferencia importante entre ambos textos. En el cuento de Cheever, la radio permite escuchar. En La mosca, en cambio, el dispositivo narrativo no se limita a captar voces: atraviesa cuerpos, espacios, especies y conciencias. La intimidad deja de ser exclusivamente psicológica para convertirse en algo más amplio. No se trata solamente de descubrir qué piensan los otros, sino de advertir hasta qué punto todas las vidas (y algunas muertes) están entrelazadas.
Tal vez la verdadera originalidad de la novela de López Arriazu no resida en haber elegido una mosca como protagonista sino en haber desplazado el centro de gravedad de la mirada. Si la literatura siempre estuvo dominada por perspectivas humanas, individuales y jerárquicas, acá la mirada se vuelve errática y horizontal, casi democrática. La mosca observa con la misma atención una reflexión filosófica, una fantasía sexual, una araña, un perro moribundo o un recuerdo de infancia. No distingue entre acontecimientos importantes y acontecimientos insignificantes.
Hay además, creo, una potente corriente subterránea que atraviesa el libro: formas de la violencia. La depredación entre especies, la enfermedad, la soledad, la precariedad, el deterioro de los cuerpos, las pequeñas humillaciones cotidianas. La novela parece sugerir que toda vida está atravesada por alguna forma de violencia, incluso aquellas que desde afuera parecen apacibles. Y tal vez la propia mirada no esté exenta de violencia. Mirar también puede ser invadir y narrar una apropiación.
La mosca no ordena el mundo, ni lo juzga. Lo sobrevuela. Y en ese vuelo errático descubre algo que las miradas más solemnes suelen olvidar: que toda existencia, por mínima que parezca, reclama ser observada.



