Réquiem en Domínico: el tesoro de los inocentes no se rinde ante el silencio

Leo Baldo
La muerte de Carlos Alberto Solari clausura una era de la lítica popular y desata una peregrinación masiva hacia el sur del Conurbano. Frente a la mudez de una poesía que blindó a varias generaciones contra la intemperie, la masa ricotera ocupa el espacio público y transforma el dolor en un hecho político indomable. Una lectura de la orfandad colectiva a través de la sospecha y la resistencia de los cuerpos
El balbuceo y la intemperie
La literatura no se construye con certezas de mármol. Al contrario, se nutre del balbuceo, de la sospecha y del desvío. El barro del Parque Domínico tampoco entiende de moldes fijos ni de gacetillas de prensa. La autopista es hoy una herida abierta que muerde el Sur y el asfalto late como un viejo motor gastado. No hay lágrimas de oficina en este paisaje, no hay espacio para la queja de los tibios. Es una criminal ceremonia en la tormenta, una vibración sorda que surge desde los botines gastados y se mete en el pecho. Las banderas tapan el cielo de Avellaneda y esa masa compacta de “lúmpenes”, poetas de banquina, docentes, empresarios, santos de la noche y seres humanos le da aliento al tesoro de los inocentes. La procesión avanza a ciegas por la ruta, con el ritmo sagrado de los que no están vencidos.
Y alguien tiró una piedra en la red social X y el vidrio estalló en mil pedazos: el Indio se llevó las palabras. Fuerte. Un hachazo que obliga a quien lee a mirarse desde arriba, a ponerse en tela de juicio. Theodor Adorno escribió alguna vez sobre la imposibilidad de la poesía después de la catástrofe, como si el lenguaje quedara inhabilitado ante el peso de lo irreversible. El impacto de esa frase se siente en cada rincón de la vigilia. El tipo que montó el mito sobre el abismo de su propia voz se llama al silencio, y nos deja este desierto. Cinco kilómetros de fila trepan como una serpiente de cuero y trapo hacia el Puente Pueyrredón. Las agencias porteñas miden los metros, calculan el tránsito, hacen la tarea fina del esclavo que obedece al algoritmo. Pobres tipos. No entienden nada de este viaje. No entienden que esto es el réquiem de Mao, la liturgia de los cuerpos caídos al borde del camino, en busca del calor de un fuego improvisado y un trago de vino barato para espantar la orfandad.
Claramente, esto no entra en los cables de noticias de la prensa hegemónica. Es dirty realism puro, transpiración y mística suburbana. Los analistas del orden hablan de colapso civil, pero acá abajo se respira otra cosa: un pacto de acero entre desconocidos que se abrazan porque se quedaron sin lenguaje. El viejo lobo clausuró su misterio, metió la poesía en la valija y nos dejó la intemperie de la ruta. Como sospechaba Ricardo Piglia, la ficción argentina siempre se teje en las fronteras, en esos lugares incómodos donde el Estado no llega a codificar el deseo. Creo que este final procura más dudas que verdades, procura hallar algunos claros en el mundanal ruido del asfalto. Pero esos claros no son definitivos. El fuego está prendido. Aunque el cielo plomizo amenace con romperse en pedazos, la marea humana sigue su marcha, arrastra las botas por el Parque Domínico y cuida ese resto de rabia y belleza que nadie les va a poder domesticar.
La comunidad de los desposeídos
No se puede apagar un fuego que no se alimenta de nafta, sino de pura intemperie. La marea no retrocede porque se canse de caminar; se ensancha. Los pibes que bajan de los micros traen en los ojos la misma mirada desvelada que se veía en las inmediaciones de River, de Olavarría o de Tandil. Es un ADN que muta, que se transmite por goteo, en el barro de los patios suburbanos donde un casete gastado o un link de internet bastaron para torcerle el brazo al destino. El país real, ese que no sale en los gráficos de los economistas de la televisión, está acampado sobre el cemento de la avenida Mitre, con las zapatillas rotas y la dignidad intacta.
Aquí se hace carne aquella tesis de Walter Benjamin sobre la memoria de los vencidos: el pasado no es un archivo muerto, sino una chispa que estalla en el presente para reclamar su herencia. El frío de la madrugada es un cuchillo que corta las pocas palabras que nos quedaban en el bolsillo. Pero a la intemperie no se la combate con abrigos de marca; se la frena con el cuerpo del otro. Hay un humo espeso, con olor a grasa y a madera húmeda, que flota sobre las carpas improvisadas en las plazas. Nadie duerme. La vigilia es un estado de alerta, una forma de resistencia civil que no necesita de uniformes ni de directivas. Es la orfandad que se organiza sola, que se cuida las espaldas mientras los patrulleros miran de reojo, sin comprender cómo esa masa indomable se mueve en un silencio que aturde más que cualquier estruendo.
Los cronistas del orden siguen en busca de la explicación lógica. Hablan de desborde logístico, de las pérdidas económicas por los comercios cerrados, de la parálisis del ingreso a la Capital. Tienen la cabeza cuadriculada por el cemento y el reloj de marcar tarjeta. Michel Foucault advertía que el poder teme a los cuerpos que se juntan sin un propósito productivo, a esas multitudes que escapan a la mirada panóptica del control estatal. No pueden ver el milagro de un tipo que, sin pisar un escenario en años y oculto en el caparazón de su propio misterio, logra que un país entero se baje de la rutina para ir a custodiar su sombra. La literatura de la calle es así: no pide permiso, no tiene corrector de estilo y se escribe con los pies. El Indio cerró el libro, es verdad, pero las hojas quedaron sueltas, vuelan bajito sobre el asfalto del Sur y se extienden a todo el territorio nacional, a la espera de que cualquiera de estos náufragos las junte para prender el próximo fuego.



