Panamá, o el problema de la literatura política

Por Kike Ferrari
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Kike Ferrari polemiza con una nota de la revista Panamá en la que se critican las últimas novelas de Juan Mattio. ¿O su poética y su concepción de la literara? ¿O a la literatura política? ¿O a todo el new weird? ¿O a Piglia? ¿O a todo junto? ¿O no se sabe bien a qué, pero de forma un poco deshonesta?
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Hace unos días Severino, mi hijo, boludeando con unos amiguitos le pegó a la vidriera de un bazar, en Rivadavia y Loria o por ahí. El dueño salió a correrlo y una cuadra después lo alcanzo con un puñetazo en la espalda. Al rato fui al lugar y lo increpé para que me pegara a mí. Cómo su defensa fue que Seve había atentado contra su vidriera yo atenté contra algunas de las cosas que vendía. Rompí. Pateé. Tiré.
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Cuento esto porque por una cosa así es por lo único que estoy dispuesto a dar respuesta en caliente.
Para el resto, así sean golpes dados por la espalda, prefiero esperar.
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Hará una semana leí en la revista Panamá, con la firma de Pedro Yagüe, una crítica sobre el trabajo de Juan Mattio. Una crítica de un nivel de virulencia poco usual. De eso quiero escribir hoy.
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La leí y la releí. La comentamos varias veces con Flor, mí compañera, de quién son varias de las ideas que van a leer.
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Porque leer es un acto político.
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Y colectivo.
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La crítica tiene algo de pastiche, me pareció ni bien la leí.
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Y también algo deshonesta, me parece ahora.
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El crítico, Pedro Yagüe, queda empantanado por no acertarle al objeto del que quiere hablar. Parece que aquello que critica de La nación de los sueños diurnos -lo que llama ventriloquia- se hubiera apoderado de su texto, un texto que usa la lectura del libro como coartada para desarrollar crítica de no sé sabe bien qué: del trabajo de Juan o del new wierd argentino o de su programa o de los postulados públicos de sus miembros. O de los usos de la política en literatura. O de Piglia.
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Hubiera sido más honesto hacer tomar un tópico más abarcador (el new weird; el lugar, que parece detestar, que ocupa Juan en el panorama literario; los limites de la política en la creación literaria) o menos (La nación de los sueños diurnos o Materiales para una pesadilla, tal vez ambas). Pero, en lugar de eso, mezcla todo para golpear desde distintos ángulos. Y justo por eso, en lugar de acertar, erra.
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Dicho esto: ¿es atendible la crítica que hace? Me da la sensación de que sí.
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Escribimos contra alguien, decía Piglia. Decía: batalla de poéticas.
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Bueno, alguien lleva los estandartes rivales, también.
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Yagüe señala todas las cosas que sabíamos que iban a señalar del laburo de Juano aquellos a quienes ese trabajo no les gustará. Porque menciona cada uno de los riesgos y las decisiones que Juano (no el new wierd, no nosotros, sus amigos, sino él) fue tomando:
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1- Una ficción cruzada por la teoría, que es la forma que tiene de entender la literatura. De escribirla, de pensarla, de leerla. Juano lee ficción acompañada de un aparato crítico. Y esa forma de leer, como dijimos alguna vez con Ricardo Romero, es lo que lo diferencia del resto de nosotros.
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2- El uso virtuoso y vistoso de técnicas narrativas, la búsqueda de una caja de herramientas amplia y de usos complejos.
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3- La persecusión de formas innovadoras. O de grietas para la innovación formal y estilística, ante lo que entiende como la puesta en crisis de los recursos del realismo.
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4.Una literatura de texto y contexto, en la que lo que se escribe y se lee dialoga y tensiona con el mundo que habitamos.
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Política, bah.
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Entonces, ¿hay acierto en la crítica de Yagüe?
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Me parece que, en general, no.
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Juan no hace propaganda ni folleto cuando escribe y aunque sus libros tengan densidad política, de ninguna manera funcionan como coartadas. Donde si hay coartada es en el texto de Yagüé que pretende hacer sospechosa de utilitaria cualquier intervención política dentro de la literatura.
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En cuanto a la teoría obturando las posibilidades de la experiencia literaria, donde Yagüe ve desequilibrio, otros encontramos complejidad narrativa.
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Para decirlo de una vez: las páginas de Materiales… en que Keiner y Katy dialogan, son de una belleza siglo XIX que no hay ningún armazón teórico ni nombre citado -no te preocupes, Pedro- que las puedan opacar.



