Vidas Semipreciosas, o cuando la música también es alivio y asombro

Por Marcelo Simonetti

Hace un mes que Marcelo Simonetti viene escuchando sin parar Vidas semipreciosas, el último disco de Nacho Vegas, y lo recomienda enfáticamente para Sonámbula. Mientras esperamos su inminente show en Argentina, nos insta a prestarle atentos oídos a la nueva propuesta del cantautor asturiano, una obra atravesada muy claramente por la política pero sin perder su vuelo poético característico. 

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Nacho Vegas sacó hace algo más de un mes un nuevo disco, titulado Vidas Semipreciosas. Lo escucho a diario, a veces dos veces seguidas, y todavía sigo descubriendo cosas en él que me mantienen conectado a una serie de emociones que suelen habitar su música y su mundo (y también el mío).

Los que estamos familiarizados con el universo de Nacho sabemos que vivió un idilio adolescente con los Smiths (y los Housemartins) que por cierto fue compartido con miles y miles alrededor del mundo. Bueno, en el sobrio arte de tapa hay un pequeño homenaje a las tapas de LPS y singles de los preciosos guerreros mancunianos que todos llevamos en el corazón. Es un hermoso gesto que, además, nos predispone bien a todos los que compartimos ese amor.

De los tres temas que adelantó para difundir la placa, uno me resultó familiar desde lo musical, en relación con su catálogo, pero los otros dos me llamaron la atención. En ambos resalta un arreglo orquestal de violín que en parte refuerza el tono agridulce de la letra, pero que también le aporta una frescura que no sé si alguna vez le escuché. No tengo idea de cómo habrán funcionado estos cortes en el Estado español, pero son lo más parecido a un hit que Nacho pudo hacer alguna vez. Y no es que ese aire de liviandad melancólica pegadiza se haya traducido en pérdida de sustancia. Por el contrario, te invita a sumergirte en los vericuetos de las cavilaciones que suelta el asturiano con la pluma afilada de siempre, mientras nos sorprendemos moviendo la patita.

El primero de estos cortes, que también es el primer track del álbum, se llama “Alivio”. El eje conceptual es una frase de William Burroughs, “Perhaps all pleasure is only relief” [Quizás cualquier placer sea un alivio]. Y el desarrollo, el torrente de vicisitudes, percances, problemas, dolores y frustraciones que Vegas (y todos nosotros) experimentamos en nuestra vida. Es una bellísima canción cargada de amargura por la derrota pero, al mismo tiempo, es una reivindicación humana llena de luminosidad, donde la letra y la música maridan a la perfección.

El otro tema donde destacan las cuerdas es “Mi Pequeña Bestia”. El título está sacado de un concepto de Mary Oliver, quien llamaba a sus poemas de ese modo. La escuché varias veces hasta que descubrí que me sonaba familiar porque por debajo del violín tenía mucho de las melodías de Aznavour, Gainsburg y demás titanes de la chanson francesa. El texto es un tópico al que han acudido varios de los más grandes letristas de la música popular, incluyendo al mismo Nacho. Y tiene que ver con el acto de escribir canciones (o cualquier otra cosa), y la forma en que vemos nacer la idea en un instante inesperado. Desde su absoluta fragilidad inicial, la canción va creciendo con el desarrollo de esa chispa, hasta que termina tomando el mando de la vida de quien la compone. El tono también es característico del asturiano: frontal, pero a la vez poético y pleno de su humor característico.

Son dos canciones que se mueven dentro del registro de lo que Nacho hace, pero que a la vez suman nuevos colores. El resto también tiene cierto eclecticismo, aunque siempre dentro de la marca registrada del cantautor gijonés.

“Fíu” es un caso. Leí por ahí que es una composición con reminiscencias del folklore asturiano, y es muy probable que así sea. Pero a mí, que soy argentino, me suena mucho a Violeta Parra o a Zitarrosa. Las dos percepciones pueden ser ciertas, y puede que el folklore asturiano y el sudamericano tengan mucho en común. Es un hermosísimo texto también, contundente y sin dobleces, que cumple con una doble función: por un lado, es un homenaje emotivo a su madre y, por el otro, una fuerte declaración de principios. Si me quedo con esta canción, Nacho parece estar lejísimos del príncipe de la amargura existencialista de comienzos de su carrera solista. Sin embargo, si escuchamos con atención todo el corpus de su obra, este Nacho ya estaba viviendo dentro del cuerpo de aquel. Y ese Nacho aún vive en éste.

Intercalados entre algunas de las canciones, se pueden escuchar las voces de protagonistas de distintas luchas que se están dando en el Estado Español. Esto tiene que ver, en parte, con el uso del disco como una tribuna abierta para difundir los conflictos que los medios silencian, que de algún modo terminan funcionando como columna vertebral que estructura el álbum y no como separadores (como se podría pensar).

El logro del disco es hacernos sentir que estamos ante una obra coral, comunal, antes que frente a un esfuerzo individual. Esa idea se refuerza en el delicado equilibrio al que llegaron voz y música. La banda, a mi gusto, alcanza un protagonismo al que antes no había llegado. Recordemos que la mayor parte de los músicos de la banda estable de Vegas hasta 2019 tuvo que dejar el proyecto debido a que “León Benavente” (el grupo que habían formado y que dio un único y memorable show en Buenos Aires hace unos años) había crecido tanto que se hacía imposible compatibilizar agendas.

Como verán, no estoy respetando demasiado el orden de los temas, sino que elegí referirme a ellos agrupándolos por características que me resultaron similares. El que da nombre al disco, “Tiempo De Lobos” y “Los Asombros” me parecieron las canciones más afines al sonido de los últimos discos. Alguna de ellas pudo haber estado en Violética, por ejemplo, y hubiera quedado bien. “Vidas Semipreciosas” es una balada crepuscular, reflexiva y emotiva al mismo tiempo. Es sobre el paso del tiempo y esa sensación agridulce que llega con la adultez: ya no vamos a ser eso que soñábamos cuando éramos unos niños. Pero no es solo eso. No es un berrinche. Es también, primero, una aceptación de esa derrota, y, luego, una celebración de nuestras imperfecciones y nuestros fracasos, al tiempo que una profunda reivindicación de nuestra humanidad. Y es también un gran título para el disco.

En el mismo tono está en “Tiempo De Lobos”. Los arreglos sutiles, el ritmo reposado, el tono confesional. La letra da en el clavo sobre eso en lo que las orgas de izquierda fallan. El texto no es una celebración. No es un canto alegre a la militancia. Tampoco es un mar de lágrimas y una invitación al suicidio. Es una lectura honesta y descarnada de la realidad que estamos viviendo y un llamado a resistir, para luego poder contraatacar. Sería algo así: la situación es adversa, muy complicada para los pueblos del mundo. Pero hay que seguir. Hay que juntarse y, frente a la apatía general, resistir hombro con hombro.

“Los Asombros” es una idea tomada del poema de Mary Oliver “Instrucciones Para Vivir Una Vida”. Nacho suele beber de la literatura, y su discografía está repleta de referencias a Faulkner, Melville, Carver, Mc Cullers y tantos otros y otras. En este trabajo, Oliver aparece por segunda vez. Nacho se apoya en los conceptos de la poeta estadounidense para apuntalar la idea que ya aparecía en “Vidas Semipreciosas” y también en “Alivio”: la constatación de que la vida no es lo que imaginamos de chicos, pero también la necesidad de reconocernos en nuestros defectos y limitaciones y de aprender a asombrarnos con esas cosas que solemos pasar por alto y que son las que nos sostienen. Acá también, la instrumentación es la de una balada folk típica del cancionero del asturiano.

Para defender mi hipótesis de Nacho con su Mr. Hyde intercambiables, viene bien “Llueven Moscas”. A caballo de la caricaturización de su propia neurosis, expone su tendencia al fatalismo y a la negación, y le cede al amor (otro “asombro” de una “vida semipreciosa») el volante en la empresa de supervivencia. Me cuesta mucho trabajo encontrar a alguien que pueda canalizar en el arte la sensibilidad social y compromiso político, y a la vez le otorgue un lugar tan preponderante a la íntima angustia que cargamos. Respecto a la música, a mí también me hace acordar a los Smiths. Porque es una gema pop frágil y bella, naive, sobre la que cae toda una cascada de lamentos. Una idea muy linda. Apenas puedo hacer un link con uno o dos temas del genial Resituación, de 2015, que creo que tenía el mismo guiño.

“Deslenguarte” es un caso aparte. Es de esas canciones que se erigen por encima de una obra y a la vez son el tronco del árbol. Es una historia de ironía weird, lisérgica y a la vez tan real que duele. Si en “Fíu” hace uso de la economía de palabras, ésta es un elogio del exceso. Para entender la canción no hace falta más que abrir los ojos y parar las orejas. Desde los Estados se vienen intensificando las herramientas represivas contra las manifestaciones y reclamos populares a medida que la crisis económica global avanza (en el Estado Español incluso cuentan con un cantante preso por exponer sus ideas al cantar). Aquí, la lengua es secuestrada por el Estado por decir lo que el rey y sus leyes prohíben decir. Nacho pide ayuda, escribe SOS en la arena de las playas de Xixón, y le manda una postal a Albert Pla (a quien “casualmente” le censuraron un show en la ciudad asturiana por haber declarado que “siente asco de ser español”) para unir fuerzas. La música, al revés que en “Llueven Moscas”, parece seguir los cambios de humor de quien ha perdido la lengua. Y cuando más violento se pone, más oscuro se vuelve en su acompañamiento. Una experiencia literaria-política-musical que vale el disco.

También hay lugar para tres temas en asturiano. El primero que aparece es “Les Ales”, una versión del tema original de Mikel Laboa, máximo referente de la música en euskera. Es un alegato en favor de las relaciones humanas que se construyan en libertad y contra las restricciones y privaciones en las mismas. La versión original en vasco es un bellísimo folk que lógicamente a mí me suena a cantores populares sudamericanos como Parra o Yupanqui. La versión de Nacho, aparte de folk, me remite a los arreglos de Nick Cave cuando aún estaban Blixa y Harvey, a principios de los noventa, quizás. Y, por cierto, es conmovedora.

“Los Seis Pardales” es la más abiertamente política y funciona como tribuna de denuncia por el caso de “Los Seis de La Suiza”, ocurrido en Xixón. En 2017 los trabajadores de una pastelería y la CNT (una de las centrales sindicales del Estado Español) iniciaron un conflicto debido al acoso laboral que sufría una compañera embarazada. Hacían concentraciones frente al local y repartían panfletos. El dueño denunció al sindicato, y finalmente seis integrantes del mismo (cinco mujeres y un hombre) fueron encarcelados el año pasado con una pena de tres años y medio, después de un largo proceso con varias apelaciones en distintas instancias. El caso se ha transformado en un emblema de lucha para activistas de toda índole, ya que constituye una violación de los más elementales derechos de esta de por sí miserable democracia republicana (que encima en el Estado Español soporta el peso de la monarquía). La canción incluye un alegato de una de las víctimas del avance represivo patronal/estatal, y va ganando en emotividad con su desarrollo, en el tono de las canciones populares de la revolución española.

“L’acabose” termina el disco reforzando la idea de que detrás del mismo hay un concepto, que es el de la reivindicación humana de nuestras zonas oscuras, de nuestras miserias y dolores. En su canto coral y multilingüístico, el tema reafirma la vocación comunal e internacionalista del asturiano.

Vidas semipreciosas, en fin, es una obra tan terrenal y humana como ambiciosa. Es terrenal porque utiliza un lenguaje (incluso el musical) coloquial y abarca múltiples tópicos que transitamos todos, con mayor o menor frecuencia. Y es ambiciosa porque la conciencia de la finitud, los fracasos personales, el proceso creativo, el avance del capital sobre nuestras condiciones de vida y su escalada represiva contra nuestros derechos democráticos y nuestras resistencias y, siempre, el amor en sus diferentes variantes parecen ser ideas muy vastas como para juntarlas todas en un disco. Los ritmos tradicionales asturianos, el folk, la chanson francesa y la melodía pop con arreglos orquestales tampoco parecieran ser fáciles de juntar. Y sin embargo, al terminar el disco uno tiene la sensación de que es una obra redonda, con una idea central que irradia sobre el conjunto y que destaca en el panorama musical por su honestidad y profundidad.

En “Fíu”, Nacho afirma: “Nunca diré que soy un artista”. Y uno entiende perfectamente el lugar desde el que lo dice. Si un artista es esa imagen que se proyecta desde una burbuja de intocables seres pseudo celestiales que guionan sus vidas como si se tratara  de una mala película de Hollywood, calculando su supuesto arte como un producto inmediato y descartable, entonces está claro que Nacho no lo es. Pero si un artista es una persona que vive como cualquiera de los de nuestra clase, que sufre, lucha hombro con hombro por un futuro para todos, se ríe, fracasa, se emborracha y lo vuelve a intentar hasta el último día como estrategia de supervivencia pero también para entrar en contacto con todas esas emociones que luego plasma en sus obras, entonces es el artista por excelencia.

En apenas un poco más de un mes, Nacho Vegas estará tocando otra vez en Buenos Aires, más precisamente en el Vorterix, después de siete años de espera.  No veo la hora de gritar “Me cago en dios” hasta el hartazgo, junto a él, como un mantra. Repetir esas shamánicas palabras que se escuchan a lo largo de la monumental “Deslenguarte”, y brindar.