Irán frente a la tormenta perfecta

Por Franco Chiaravalloti

Una reflexión sobre la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán, que trata de eludir la siempre problemática lógica «campista», para considerar la dramática situación de la población iraní que hoy soporta todo el peso de la brutal ofensiva imperial tras décadas de sufrir los abusos del régimen.

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Mucha gente sabe de mi vinculación personal con Irán. Mi familia política está allí, y desde hace nueve días no sabemos nada de ellos. Allí tengo amigos, afectos, gente muy querida. Algunos han podido abandonar sus casas; de la mayoría no tengo idea cómo están. Durante estos días, durísimos días, he intentado escribir unas líneas para hacer catarsis, desahogarme o aportar mi perspectiva sobre el tema.

Por cuestiones de oxigenación mental, he tenido que alejarme unos días de las diversas vías de información a las que suelo recurrir para estar al corriente de la guerra. Telegram, YouTube, RT, contactos en la región, medios generalistas… Contrastar información en este contexto de humo mediático es realmente fatigoso.

Me doy cuenta de que este anárquico torbellino de datos distorsiona la percepción de la realidad de muchos de quienes están de un lado y del otro. En estas líneas no me quiero detener a comentar nada sobre los hijos de puta que apoyan, tímida o abiertamente, el accionar de ese estado genocida e infanticida fundado por el anglosionismo en tierras palestinas.

Quiero hablar de mis contactos que, en su entendible odio hacia la entidad infanticida —grupo del que abiertamente formo parte—, ven la autodefensa de Irán como una histórica gesta que llevará al mundo a la liberación, a un nuevo y deseado paradigma multilateral, comandado por una dirigencia entregada y lúcida tras el que se encolumna una población devota y valiente.

Nada más alejado.

Es harto sabido que Irán es un país complejo y multiétnico a la vez que muy cohesionado en torno a su abundante y milenaria historia. Persas, gilakis, loris, baluchis o kurdos se enorgullecen y enfervorizan al hablar de Darío o de Ciro, se emocionan hasta las lágrimas al recitar poemas de Hafez o Jayyam, también se avergüenzan de la dinastía Qajar que entregó Azerbaiyán a Rusia y odian al unísono a Alejandro que destruyó Persépolis.

Pero también es una población secular, muchísimo más secular de lo que la gente cree en Occidente. A la juventud el Islam le importa una mierda. Cada vez menos gente va a las mezquitas, más allá de los viejos que rezan tres veces al día, y año tras año el Ramadán se sigue con menor entusiasmo.

Y en ello tiene que ver los 47 años de dictadura. El iraní promedio está harto de la represión: montones de libertades individuales y colectivas están cercenadas, desde fiestas a manifestaciones, de disidencias políticas a sindicatos, pasando por las conocidas restricciones en la vestimenta o el consumo de material cultural extranjero (si bien, como señalo más abajo, hay grietas para saltarse las normas). Conozco gente muy cercana que tuvo que huir debido a la persecución, que por ello lo perdieron todo y, aunque quisieran, no podrían volver a su país.

Por eso, me repele esa facción del antisionismo que se niega a llamar régimen a la cúpula iraní, que sostiene que lo que hay en Irán es «otra clase de democracia», que cree que Jomeini fue un líder espiritual dispuesto a regar de paz el mundo o que los noventa millones de iraníes están dispuestos a poner el cuerpo para detener la embestida yanqui. En mis seis visitas a Irán, en todos los meses que estuve en el país no he encontrado a una sola persona que estuviera a favor del régimen. Y he hablado con cientos de iraníes, de diversos orígenes, ocupaciones y edades.

Estas personas, además, sostienen que Irán viene preparándose para esta guerra desde hace cuatro décadas. Puede que eso sea cierto en cuanto al acopio de armamento, pero el régimen jamás invirtió un rial en proteger a la población en caso de ataque. A diferencia de lo que ocurre en el ente sionista, en Irán no existen las sirenas ni los refugios antiaéreos.

Pese a esto, en junio del año pasado, cuando el ente sionista bombardeó Irán por primera vez, la mayoría de la población civil se sintió profanada y congeló por un rato su odio al régimen con tal de defender la soberanía y el territorio, espoleados por la llamada de la Historia, por los gloriosos ecos de Ciro y Darío. Así me lo han dicho varios: en 2025, muchos sintieron el impulso de sumarse a la lucha para defender su tierra.

Sin embargo, en la guerra en curso esto ya no es así. ¿Por qué? Porque el enemigo es ruin, pero tremendamente hábil.

Las devastadoras sanciones económicas que Irán sufre por parte del sistema financiero sionista desde hace quince años fueron el disparador de las revueltas y la represión de enero de 2026 —la «Revolución de colores iraní»—, que provocó una devaluación récord del rial y luego las posteriores protestas, represión, detenciones y muertes.

El régimen islámico mató a miles de manifestantes y encarceló a otros miles. Las víctimas se estiman en 3.500. Es un horror, qué duda cabe. Pero es de necios o de imbéciles ignorar las infiltraciones de la CIA y el Mossad en esta brega: si lo hicieron en el Euromaidán ucraniano, si lo hicieron en Georgia o en Nepal, ¿cómo no iban a hacerlo en un Irán atestado de espías infiltrados que mataron manifestantes, tanto o más que los que mató el régimen?

Y después, por supuesto, el sionismo activó su maquinaria propagandística. En redes sociales empezaron los bailes de cifras: de mil a cinco mil víctimas, después veinte mil, treinta mil… Hasta llegué a escuchar que se hablaba de noventa mil asesinados por el régimen en apenas dos días. Ni siquiera en la Batalla de Stalingrado se llegaron a semejantes cifras en tan poco tiempo.

Pero a base de shorts de TikTok o Instagram, el relato de que fue «una masacre sin precedentes» se metió hasta el tuétano de millones de iraníes, a partir de lo que fue imposible poner en duda cualquier versión opuesta a esas cifras. El entendible hartazgo hacia el régimen encontró allí una catapulta. Una catapulta falsa, manipulada y miserable, claro. Y así se generaron las condiciones para una tormenta perfecta.

A esto se suma la extensa difusión que, desde hace décadas, tienen las cadenas BBC Persian e Iran International dentro y fuera del país. Se trata de dos canales de capitales anglosionistas con sede en Londres. En mis visitas a Irán, nunca dejó de sorprenderme que la gente se lo pasara consumiendo únicamente estas cadenas, incluso estando bloqueadas (en Irán, las antenas satelitales están prohibidas, pero todo el mundo las tiene). Así es como concluyen que las noticias del régimen son «propaganda» y que las que emiten estas cadenas londinenses son «la realidad».

El resultado es que hoy muchos iraníes no sólo no lloran la destrucción en curso de su país a manos de la entente sionista, sino que lo celebran. He oído a quienes justifican el exterminio de las 160 niñas de la escuela de Minab provocado por un Tomahawk estadounidense porque «es el precio que hay que pagar» para alcanzar la libertad. Literal. Otro ejemplo: anteayer, en la Plaza Catalunya de Barcelona, asistí a una manifestación en apoyo al pueblo iraní y había un centenar de parias y desclasados persas que saltaban de júbilo con banderas monárquicas, pancartas con la cara del cipayo Pahlevi, así como con banderas estadounidenses… e israelíes.

Sí: celebraban los bombardeos a su propio pueblo. En lo que llevamos de año, esto también lo hemos visto con cierto país sudamericano que también tiene mucho petróleo. Otra prueba de que los patrones de conducta están digitados, de que la ingeniería social existe.

En fin. Mi deseo es que Irán, algún día, inicie la transición hacia una república secular. A tomar por culo los monarcas entrenados en Massachusetts. Mientras tanto, en esta situación límite sólo quiero que el pueblo persa resista —como resistió tantas veces en su fecunda historia—, que se alcance un alto el fuego y se establezcan unas prerrogativas que le otorguen a Irán el mejor escenario posbélico posible.

Y espero poder comunicarme pronto con mi familia en Shiraz.

In sha’ Allah.