Julio César Vergottini: Esculpiendo el tiempo

Nació en Almagro el 6 de septiembre de 1905 y es emblema de Barracas, La Boca y Avellaneda. A los nueve años realizó una réplica de la cabeza de Venus junto a sus hermanos y así comenzó su pasión por la escultura. Estudio, viajes y esas obras que admiramos sin conocer al autor: los mausoleos de Alfonsina Storni y Celedonio Flores en el Cementerio de la Chacarita, el Monumento al izamiento de la bandera ubicado en Plaza Colombia, diversas esculturas en Avellaneda y esto solo a modo de ejemplo. Se suma la particularísima guarida donde vivió y trabajó las últimas tres décadas de su vida: el torreón del Viejo Puente Pueyrredón. Bienvenidos a El Castillo.
Por Jorge Hardmeier
Fotos: Hugo Tempesta
El escultor en El Castillo
El Viejo Puente Pueyrredón, ese que une el Conurbano bonaerense con la Ciudad de Buenos Aires y, particularmente, la Ciudad de Avellaneda con el barrio porteño de Barracas fue escenario de diversos acontecimientos. Cuando aún se denominaba Puente de Gálvez fue escenario de las Invasiones Ingleses. Durante la tercera década del siglo XIX pasaron por allí las tropas rosistas para tomar el poder. Ocurrido esto pasó a llamarse Puente de los Restauradores. Ya con su nuevo nombre en honor a su creador Prilidiano Pueyrredón y estructura de hierro fue escenario del 17 de octubre de 1945 cuando lo atravesaron multitudes hacia Plaza de Mayo en apoyo a Juan Domingo Perón. Allí donde Avenida Mitre se convierte en la capitalina Vieytes y en la esquina con la Avenida Pedro de Mendoza fue construida en 1927 la sala de máquinas que albergaba los elevadores del puente de hierro para que pudieran transitar los barcos de mayor calado. Una suerte de pintoresco torreón a la vera del Riachuelo que resistió los diversos cambios urbanos y se salvó de la demolición. Ya sin uso fue la vivienda – atelier de un artista. Un escultor, específicamente: Julio César Vergottini. Hugo Tempesta es fotógrafo y como tal se desempeña desde 2023 en la Secretaría de Comunicación de la Municipalidad de Avellaneda. Edita la revista, ahora digital pero publicada durante dieciséis años en papel, Avellaneda en fotos: “Dentro de esos años y esos trabajos apareció una diversidad de cosas y entre ellas Vergottini. Yo, para comenzar, lo considero el Rodin argentino” afirma Hugo en la mesa del Bar La Familia, ubicado en el barrio de Piñeiro, Avellaneda. Julio César Vergottini desde muy joven se radicó en La Plata estudiando escultura con Arturo María González, discípulo directo de Rodin. Esto convierte al escultor argentino en algo así como nieto artístico del escultor francés. “Unas escritoras”, indica Tempesta, “María del Carmen Magaz y María Beatriz Arévalo lo consideran del círculo indirecto de Rodin. Es un trabajo extenso y le doy veracidad a lo que escribieron ellas. Es un trabajo que no fue editado”. En el interior del Torreón de Barracas vive Rosa Herrera, viuda de Vergottini. “Era la señora que lo cuidaba. Al mejor estilo de Borges y Kodama, terminan casándose. Ella aún habita El Castillo”, refiere Tempesta al facilitar el contacto. Acompañada de Giselle, su hija y mientras toma una sopa, Rosa señala una de las obras apoyadas sobre un estante: “Hay un busto de Perón de Arturo González, su maestro. Julito siempre decía: este es de mi maestro. Hasta que falleció González, Julio se iba a La Plata a verlo al señor. Hay fotos donde está trabajando con González”. A sus apenas quince años Vergottini expone por primera vez: Niño Baco. En 1922 sus primeras esculturas se exhibieron en diversos salones nacionales.
Todos los viajes, el viaje
Luego de sus estudios en La Plata el joven Julio Vergottini comienza su etapa viajera. Desde 1928 a 1935: Brasil, Europa, India y África, en compañía de su hermano, el dibujante Marius: “En África casi se lo comen los caníbales. Él era jovencito y con sus hermanos y un grupo fueron a África y él se escapó del hotel y se fue metiendo en la selva y dicen que por poquito lo estaban por agarrar los caníbales. Ya me estaban por poner al asador, decía. En Francia, tuvieron que recurrir a la embajada para que los mandaran para acá porque se habían quedado sin plata” comenta Rosa en el interior de El Castillo y Giselle agrega: “También estuvo en la Guerra del Chaco. En el Paraguay, porque él la escribía y dibujaba”. Fue allí, estando en Resistencia, que envió el proyecto al concurso del Monumento al Izamiento de la Bandera, obteniendo el primer premio. El monumento se inauguró en 1940 en la Plaza Colombia, Barracas. El escultor se destaca, asimismo, por un dato muy curioso: fue el primer artista en viajar a la Antártida: “Ha viajado bastante y lo de la Antártida me parece que pudo haber sido por algún contacto político que él haya podido tener y sus búsquedas. Nada menos que la Antártida, que semejante artista haya podido ir. Hay bocetos y esculturas pequeñas de ese viaje. La Antártida, otros países que ha visitado y yo lo emparento con Avellaneda a Vergottini”, analiza Tempesta. Julio César fue a la Antártida y al Ártico en un submarino estadounidense en 1955 becado por la Comisión Nacional de Cultura y Rosa, su viuda, explica las relaciones que posibilitaron aquel viaje: “Él tenía muchos amigos en la Policía, uno fue Jefe de la Policía acá en Barracas y a través de eso conoció gente. Iba a la Cofradía de los Corrales Viejos en Parque Patricios. Todos generales, militares, jefes de los Bomberos. Ahí conoció mucha gente y un día le dijeron: Julio, ¿no querés embarcarte con nosotros? Se embarcó con Almirantes, había uno que lo llamaba siempre. Allá se cayó del barco, a la escarcha, tuvo hipotermia, estuvo unos días que lo estuvieron cuidando hasta que la superó”. En las paredes internas del torreón cuelgan unos bajorrelieves que son fruto de ese viaje extraordinario. Luego de aquellas experiencias Vergottini se convirtió en una suerte de eremita afincado en El Castillo del Viejo Puente Pueyrredón.
El adiós a la República (de La Boca) 
Julio César Vergottini tuvo también su impronta en el barrio de La Boca. Vivió treinta años hasta que “echaron abajo la casa para construir algo que nunca se realizó”, según sus propias palabras. En el barrio se destacan dos esculturas de su autoría: Levando Anclas o La Sirga, en el paseo Caminito y el busto del Almirante Brown, en la Plazoleta Vuelta de Rocha. Rosa se refiere a la vivencia boquense narrada a ella por Julio: “Sí, vivía en La Vuelta de Rocha. En un edificio que pertenecía a La Prensa, creo. Y lo sacaron un día de ahí. Perdió muchas esculturas. Y estaba el señor Guillermo De La Canal que era el cuñado de Benito Quinquela Martín. Y entonces, por intermedio de Quinquela, lo trajeron acá. Eso fue en el año 1973 o 74. Hasta 1999, que falleció”. Pero, anteriormente, el paisaje boquense fue escenario de una gran ebullición artística como el Grupo el Bermellón que aglutinaba a artistas plásticos. El símbolo de mayor visibilidad boquense es Benito Quinquela Martín, amigo de Vergottini. Rosa amplia el panorama: “Sí, de Juan de Dios Filiberto, de Benito Quinquela, de Lacámera, de Miguel Carlos Victorica, la camada esa. Ahí está la máscara de Victorica” y Rosa señala hacia una de las paredes de la vivienda donde sobre una repisa descansan esculturas “pero no se la quiso hacer Julito, se la hizo otro artista”. Quinquela fundó un grupo con tintes humorísticos denominado La Orden del Tornillo. Julio recibió tan honorable premio en 1950: “Los premiaban con un tornillo que les colgaban. Se la daban a quienes les hacían homenajes por las obras. En vez del Martín Fierro era La Orden del Tornillo. Estaba Victorica, Lacámera, Filiberto. Después estaba Porchia, el poeta que escribió Voces. Y estaba un pintor, Ricardo Porto que era de La Plata. Benito Quinquela murió en 1977. Cuando se suicidó Marius, que se tiró al Riachuelo, no tenían un mango. Salió en el diario la muerte de él, fue en el cincuenta y algo. Y Benito Quinquela pagó todo. Cuando Julito le quiso pagar le dijo: no, Julito, ¿para qué estamos los amigos? Quinquela fue un tipo muy generoso. Con Alfonsina Storni… cuando estaba por venir la señora, a los amigos los echaba. Decía: hoy yo tengo cita, se me van todos”. Marius era Carlos Vergottini, hermano de Julio e importante dibujante e ilustrador durante la década del cuarenta y comienzos del cincuenta. “Carlitos, Marius. Tenía otro hermano que era Jorge. Marius estaba enfermo. Una historia trágica. Tenía problemas de sinusitis y lo tomó todo. En aquella época no había médicos especializados en sinusitis” rememora Rosa. Tempesta también reflexiona sobre el tema entre café y café: “Quizás es el sino de los artistas, de los bohemios y justamente, en el Riachuelo, es muy fuerte eso, sin dudas” ya que el torreón se encuentra en la ribera del contaminado río. Tempesta confirma esa impronta boquense en Vergottini, si bien emparenta en mayor medida al escultor con Avellaneda: “En La Boca sí, en la Asociación de Gente de Artes y Letras Impulso. Allí estaba Lacámera, estaba Quinquela, Menghi y otros grandes artistas. Tuvo contacto con todos ellos. Él consigue, por algún funcionario, hospedarse en El Castillo, porque no tenía vivienda, no tenía dónde ir. Y le dan El Castillo. Eso pertenecía a la Dirección de Vías Navegables. Es innegable su trascendencia ya que ya en esa época tenía contactos que le consiguieron esa vivienda”. Vergottini no había logrado cobrar la mayoría de sus obras. “¡Una vez que la escultura estaba terminada había que instalarla, y yo no la iba a destruir porque no me la pagaban!” argumentaba. Esos desplantes hacia su tarea de artista dejaron al escultor sin vivienda hasta que diversas gestiones lo convirtieron un “señor feudal y mis únicos súbditos son una perra y cinco gatos”.
El Señor feudal
“Es un castillo que no es de cristal sino de cemento”, describía el escultor a su vivienda y lugar de trabajo. Rosa, viuda de este bohemio señor feudal, describe cómo conoció a Julio y las peripecias de la vida en tan particular lugar: “Yo le lavaba la ropa a él, en el año 83, él vivía acá, yo no. Él vivía acá desde el año 1973, 74. Lo enloquecía El Castillo. A veces íbamos al Carrefour grande en Avellaneda, al costado del Riachuelo donde estaba antes el Shopping Sur que primero fue el Frigorífico La Negra. Yo lo llevaba en la silla de ruedas y él, chocho, me decía: Rosita, deténgase y se quedaba mirando y me decía: Es imponente El Castillo, ¿no?”. Rosa y Giselle vivían en un edificio del otro lado del puente, en Avellaneda. Giselle contaba con apenas seis años: “vivíamos en un conventillo, que le decíamos Conventillo La Paloma. Era un lugar de familias”. La pequeña Giselle no estuvo muy a gusto, en principio, con la mudanza. Corría 1993 y del otro lado del Riachuelo había quedado su grupo de amigas. “Se sentaba ahí y decía: estoy aburrida. Y Julito le decía: No se aburra” recuerda Rosa festejando el doble sentido. “De todas maneras, con el tiempo, una se da cuenta de que Julito nos salvó como familia. En el momento no te das cuenta porque sos chica” analiza Giselle, actual docente de educación especial. Hugo Tempesta, el fotógrafo de Avellaneda que, entre otras actividades, trabajó en conjunto con el recordado José Luis Cabezas en Editorial Perfil, esboza también un panorama de la significación de ese torreón: “Yo pasaba por El Castillo. Sabía que él estaba allí. Un día, en la Revista Sur cuyo subtítulo era un país culto es un país libre y que se editaba acá, en Piñeiro, me pidieron que hiciera una nota y sin avisar previamente fui a El Castillo y toqué la campana. Inmediatamente me hacen pasar, creo que fue Rosa. Y me recibe Vergottini como si nada, ahí le tomo fotos, charlamos, después hubo otras visitas a El Castillo. Pero a partir de ese momento, 1997, mi interés fue en aumento por Vergottini. Y esto dicho humildemente, soy uno de los responsables de que no caiga en el olvido, como tantos otros. Yo he escrito sobre él y hay varios hechos en los cuales él estuvo, en Avellaneda. Lo que no se sostiene desaparece, entonces me parece que es una cosa constante. Y está unido en mi caso, fotográficamente y por mi interés por la historia de Avellaneda, con los puentes, con el Riachuelo, todo lo que significa el Riachuelo culturalmente, industrialmente, históricamente. Nada menos que allí estaba Vergottini. El Castillo, en sí mismo, es algo que te atrae. Debería, y lo venimos diciendo algunos, convertirse en museo, pero ese es un tema más complejo. Allí siguen estando sus esculturas, sus bocetos. En cuanto al lugar, no se puede ingresar, no es de ingreso público. En el 2001 hice una muestra en el Cine Colonial sobre Vergottini e hicimos una visita guiada a El Castillo y la gente pudo ingresar. Debajo de El Castillo estaban las máquinas que levantaban el puente. Vergottini era un gran artista. Era un bohemio, hay fotos de él en París en los años veinte. Estaba toda la bohemia de los grandes artistas plásticos y él estuvo allí, vivió dos años en París. La impronta de Rodin y el naturalismo. Siempre siguió con ese estilo naturalista. Vergottini era el típico bohemio, porque vivía incómodo en ese lugar, cuando yo lo conocí ya estaba en silla de ruedas y no era el lugar indicado para una persona en esas condiciones. Un artista, de principio a fin. Las habitaciones estaban arriba y, entonces, él se acondicionó un espacio en el estudio para tener su habitación”.
Amigos son los amigos
“Es muy sintética la vida mía”, comentaba Vergottini en una entrevista. Y así fue, con El Castillo como escenario y guarida luego de sus viajes. Sus amistades se extendían, principalmente a las zonas de La Boca, Barracas y Avellaneda. “Hacían un guiso de osobuco, que lo ponía en el medio y cada uno se servía. Osobuco, papa, zapallo y mostacholes. Venían cuatro o cinco. Los amigos eran de Avellaneda, la mayoría. Escultores, pintores. Hay muchos fallecidos. Me acuerdo de algunos. Carlos Pintos, ya fallecido, pintor y dibujante. Martita Farías, de Avellaneda” cuenta Rosa y me señala dibujos hechos en carbonilla sobre las paredes del interior de El Castillo por esos propios amigos. Giselle va hacia una de las habitaciones y regresa con un libro que recopila los bocetos de Vergottini: El arte es una larga meditación… 200 dibujos del gran maestro de La Boca. Julio César Vergottini, editado por la Fundación Nuevo Riachuelo e impreso por el Servicio de Hidrografía Naval en 1995. Rosa aparta su té y analiza la vida del Concejal del Puente, como lo llamaban los vecinos, antes y después de su propia llegada: “Julio vivía en forma medio caótica, tenía veinticinco gatos. Cuando yo vine ya había menos gatos, había unos cuatro. Lo conocí a él, en el año 1985 por intermedio de un policía de acá enfrente, Francisco, era tucumano. Y me dijo: no sabés quién le puede lavar al viejo la ropa. Venían dos amigos acá a trabajar y estudiaban con él. Hugo Ciciro de Avellaneda, el que hizo el Papa de la Catedral, muy buen escultor. Estaban acá con Victorio Tommasi, también escultor, tiene obras en los parques. Venían a estudiar y trabajaban”. Si bien El Castillo de Vergottini está emplazado en la ribera del Riachuelo, posee un sótano, lo cual genera diversos problemas de humedad. Rosa sufrió inundaciones por las sudestadas y Julito, como lo llama al escultor, “por lo general trabajaba abajo, en el sótano pero a veces estaba acá”, el centro del torreón que oficia de cocina comedor, “dibujando, en esta mesa. Estaba siempre la ventana abierta y miraba a los areneros. Allá viene un barco Rosita, me decía. Y miraba hasta que el barco se volvía a ir, eso lo embobaba. Después a los areneros los sacaron. Dibujaba”. Julio Vergottini realizó el mausoleo de Alfonsina Storni, ubicado en el Cementerio de la Chacarita: “Sí. Es ese que está ahí. Es un boceto…” y Rosa señala una pequeña escultura dispuesta sobre una mesita cercana a la zona de la cocina: “Y lo hizo de un material muy difícil, lo hizo de granito. Complicadísimo. Le prestaban un galpón grande para hacer las esculturas”. ¿Cómo conseguía el material don Julio? Nuevamente aparece el más célebre de sus amigos: “Se lo conseguían, creo que Benito Quinquela. Julito era muy lento para hacer las obras. Era muy detallista. Para el de la Bandera tardó como cinco años porque se enfermó de neumonía. La hermana lo llevó para el Chaco, ella tenía unos campos allá. Tardaba mucho y trabajaba solo, cuando la mayoría trabaja con operarios. En el Chaco también tiene esculturas. El trabajo de Julito mermó mucho cuando se murió don Benito. Lo ayudaba y Benito era enérgico. En una obra, creo que era Levantando anclas, le dijo: Julio, vos te vas a almorzar pero esta la quiero inaugurar a las dos de la tarde. Y Julito se había ido a almorzar y qué sé yo y cuando Julito vuelve Quinquela ya la había inaugurado. Porque él era tranquilo. Con la de la Plaza Colombia tardó como cinco años, esa la pagó la Embajada de Colombia. Entonces cuando terminaba la obra ya le habían pagado todo. Por eso siempre fue pobre”. Y Giselle completa sobre la producción de este gran escultor que realizó varias obras en homenaje a las madres: “La última obra fue el Monumento al Padre”. Y señala una escultura que está junto al busto de Almirante Brown.
Avellaneda blues
Hugo Tempesta es fotógrafo en la Municipalidad de Avellaneda, una gestión encabezada por Jorge Ferraresi. Se dedica a registrar la vasta obra pública de la intendencia. Pero nunca pierde el interés por la valoración y recuerdo de la obra de Vergottini: “El año pasado tuve la posibilidad de viajar a Europa y presenté una propuesta, en Barcelona y en París, en París por Rodín y en Barcelona por Arturo González, su maestro directo. Si se pide, que sea a lo grande: la presenté en el Museo Rodin, en París. Pero hasta ahora mis incursiones con la Embajada argentina son infructuosas. Yo intento y espero que próximamente se pueda hacer, que la Municipalidad de Avellaneda me dé una mano en esto. Estas cosas cerrarían esa especie de círculo imaginario que uno se traza. Vergottini volvería a París después de cien años”. La obra de Vergottini tiene una fuerte presencia en Avellaneda, uno de los barrios que se disputa, en el buen sentido, el legado del escultor. Hugo es un ferviente impulsor de la memoria y lo considera un símbolo de Avellaneda más allá de la influencia de Vergottini en los barrios de Barracas y La Boca: “Una muestra que hice en la Plaza Alsina fue la primera que se hizo saliendo de la pandemia, fue en 2021, todos con barbijo, no se podía hacer en el Centro Municipal de Arte, se hizo en la Plaza. Estuvo Rosa, Giselle, mucha gente más relacionada al tema. Estaban mis fotos. Esta premisa de los muralistas: iban con sus obras a donde estaba la gente, no esperaban que la gente entrara a los salones para ver la obra. Y, en el centro de la Plaza, el monumento de Lola Mora. Todo mezclado, mezclando a Vergottini con Lola Mora”. Para Tempesta, Vergottini es tan de Avellaneda como los estadios de Racing e Independiente: “Porque nos une el puente a Avellaneda y Vergottini. Es como que él no está en Barracas, el edificio toca el puente y el puente va hacia Avellaneda. Es importante eso. Y ha tenido, tiene obra: el Monumento al Gaucho, en el Parque de los Derechos del Trabajador, Parque Domínico, El Monumento a la Madre, en muchos lugares hay obras de él” concluye Hugo que estudió fotografía en el actual Centro Municipal de Artes que era la Casa de la Cultura, desde el año 71 al 75. Rosa, en el interior del Castillo reafirma el concepto: “Él se consideraba más de Avellaneda. Vinieron todos los intendentes de Avellaneda acá. También Hugo Caruso, era Secretario de Cultura”. Giselle reafirma estos dichos ya desde una data certera: “Fue reconocido Ciudadano Ilustre de Avellaneda. Acá en CABA se pidió y quedó como proyecto de Ley”. A pesar de estas disquisiciones se presenta una situación concreta: las jurisdicciones y las incumbencias de cada localidad. El Castillo fue declarado patrimonio, a pesar de que el cuidado del mismo está a cargo, exclusivamente, de Rosa y de Giselle: “No recibimos ayuda de nadie ni nadie vino a preguntar nada. Las obras las hemos prestado para que fueran a Avellaneda, una o dos veces. Después fueron a Capital porque le hicieron un homenaje en la Legislatura y tuve que pagar yo el camión para traer las esculturas” comenta Rosa. Giselle aclara: “Nosotras no tocamos las obras. Están desde que él las dejó así. Y restaurar es muy caro. Yo hablé con Ferraresi y el tema es la jurisdicción. El tema sería trasladar las obras a Avellaneda pero está el edificio y el tema es el conjunto. No es solo las obras, es el contexto, también”. Rosa finaliza, tajante: “Yo te soy sincera, si alguna vez tengo que dejar esto, yo las obras las dono a Avellaneda”. Julio Cesar Vergottini decía sentirse, en su castillo atelier un señor feudal. Realizó mucha obra y, como tantos artistas, murió en la pobreza y comenzó a ingresar en una zona de olvido que no debe aceptarse. Este escultor cuya obra, inclusive, llegó a Irlanda con el Monumento al Almirante Brown, emplazado en Fox Fort, pueblo natal del prócer recibió en 1938 el Primer Premio del Concurso a La Bandera y realizó el monumento en la Plaza Colombia. Esa obra fue parte de una disputa ya que su obra fue retirada para su reparación en 2010 y recién fue emplazada nuevamente una década después: “Yo llamé a una radio y dije que lo habían sacado y que no lo habían vuelto a poner. Señor Macri, que lo devuelva. También en eso estaba la señora María D’Abate, una escritora. Había otra escritora también, trabajaba en Clarín, Cora Cané, que era muy amiga de él. Le dedicaba lo que escribía a él, en la parte de atrás del Clarín. No se olviden del escultor que vive en el Torreón de Barracas. Él se sentía muy desprotegido” recuerda Rosa.
El Concejal del Puente falleció el 6 de mayo de 1999. Sus restos descansan en el Cementerio de Avellaneda.



