La sordidez gringa

Por Mario Castells

Mario Castells leyó Vacas, un “falso policial” de Belén Sigot que tras un enigma con animales descuartizados y chupacabras, revela el lado oscuro de una sociedad “que esconde detrás de una apariencia calma y cordial, el alma mula, sórdida, de su clase dominante”.

 

Acabo de terminar la lectura de Vacas de Belén Sigot, primer premio del Concurso Regional de Nouvelle 2017 de la EMR. Hace un par de días, cuando comencé a leerla, dije que su novelita comenzaba potentísima, como un arrebato. Más precisamente, dije que junto con Una casa junto al Tragadero de Mariano Quirós tenía uno de los mejores comienzos que había leído en el último tiempo.

Comienzo atado a un prometedor enigma policial, el caso de las vacas mutiladas aparecidas en distintas regiones de la provincia de Entre Ríos, el relato ufológico y su alien pajuerano, el chupacabras, son leitmotifs que velan y cifran muchas otras cuestiones de la aldea mítica de Belén: Pronunciamiento. “Pueblo mítico y, al mismo tiempo, real”, como decía Roa Bastos en la película El portón de los sueños, allá por 1998. Que, al revés de lo que sucede en nuestras grandes novelas latinoamericanas, donde el narrador interno de la historia inventa y fragua una aldea mítica, leyendo Vacas uno es llevado a la inversión de ese destino.

Pues bien, a ese vertiginoso comienzo le siguió un ritmo distinto en el fragor del relato, como si de repente una melodía cambiara de 2×4 a 6×8 sin que el traspaso fuera desconcertante o como esas lluvias torrenciales que pasan a otro ritmo sin que deje de mermar el carácter aluvional de la lluvia. No es preciso hablar de hundimiento de la trama, de párrafos donde la peripecia se arremolina y estanca en un uso siniestro (lo siniestro en su plurivalencia), de intriga, malestar y suspense, porque esos climas conducen a una resolución trivial: la sojización (estuve tentado de escribir sifilización) de toda una región. Y es entonces que pillamos que Vacas es un falso policial. O que el policial no tiene enigma sino que está ahí a la vista de todos, como la estructura económica cuyas consecuencias la ideología encubre.

Lo que empieza a desenvainar Belén, administrando el ritmo de las contradicciones de la discursividad social, es el lado oscuro de una sociedad que esconde detrás de una apariencia calma y cordial, el alma mula, sórdida, de su clase dominante. El relato polifónico toma la voz y la perspectiva de los lugareños, rodea la cosa, el enigma de lo real, contornea lo ominoso, como dicen los jurados, y fatiga un registro de su devenir cotidiano. Obviamente, esta situación de conmoción social, donde supuran los relatos y las miserias, donde pintan los “fiambres” (me permito usar esta palabra en su sentido popular) y las cortinas de humo, concuerdan con la llegada de un personaje enigmático, Noordemberg.

Noordemberg y su familia construyen una casa extraña y hermosa, de madera, al estilo yanqui, en cercanías de un monte, en terrenos que fueran propiedad de la familia Bonnin y enseguida le estipulan un parecido fisonómico con el doctor Urich. Todo esto nos lo narran los chismes del pueblo. Pero Noordemberg no es un lunático ni un ermitaño ni un prófugo de la justicia ni un hippie reubicado lejos de la gran ciudad. Noordemberg viene con su familia, su mujer y sus dos hijas que son lindas e inteligentes, como él y su esposa. Noordemberg es propietario también. Pero, de repente se muestra en contra del statu quo y un poco infantilmente se larga a pelear, se pone a payar verdades en los bolichitos de mala muerte, tentando al escarnio, a la brutalidad burguesa de esos farmers cobardes e intrigantes. Se pone a investigar lo de las vacas, se opone a la sumisión de la educación a la iglesia, se enfrenta a los empresarios de la madera, de la cría de pollos, de las estancias y sojales que negrean salvajemente a sus trabajadores. Noordemberg, obviamente, es un agente foráneo de la desgracia, es un comunista. No es más peligroso que el chupacabras, es real. Y el misterio que lo rodea es el que incrimina a todos sus enemigos en su desgracia.

El relato, y en esto me declaro lector taimado, tira filiaciones de lo más logradas a la vez que mantiene una increíble fidelidad a la oralidad gringa de los pueblos formados en las antiguas colonias de inmigrantes europeos. Belén lo destaca, habla del origen del cantón suizo-francés de la mayoría de los lugareños, lo cual se coteja en la mayoría de los apellidos. Todo el relato me es de una familiaridad pasmosa; tiene los mismos registros e historias parecidas a las que cuenta mi mejor amigo, Abel Franzen, nacido en un pueblo de valesanos, suizos-alemanes, del departamento de Las Colonias, Santa Fe. Además, y sobre todo por el cruce de lo normal y lo paranormal que cifran y velan acontecimientos terribles de una sociedad, en varios momentos Vacas me hizo acordar a la crónica de Ivana Romero, Las hamacas de Firmat. Hay un puente que enlaza estas historias que abrevan en el mentidero social y nos acercan a otras filiaciones letradas. No sólo la de Briante, epígrafe de la nouvelle,  podemos decir que también hay algo del Haroldo Conti de La balada del álamo carolina, y por qué no, hasta de mi querido Erskine Caldwell.