Dos poemas de Borges

Por Mercedes Alonso

A pocos días de haberse cumplido los 35 años de la muerte de Jorge Luis Borges, desde Sonámbula continuamos con los homenajes y recuerdos. Hoy Mercedes Alonso elige dos poemas de entre la vasta producción borgeana, ni de los vanguardistas de los años 20 ni de los de la vuelta a la rima a la que lo obliga la progresión de su ceguera sino de la etapa intermedia, de los años sesenta. Dos obras breves que podrían asemejarse más a sus cuentos, en los que también se hace presente la dimensión corporal.

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Borges poeta. Yo, poco y nada. Los poemas de los 20. No es mi mejor década de poesía argentina; la vanguardia atenuada, los paisajes de barrios intercambiables de los que renegó también su autor. Me propongo avanzar en el tiempo. Leo de corrido, durante dos o tres días, los libros de poemas más bien tardíos. El regreso final al soneto y sus rimas me espanta; quedo en el medio.

Lo que hay ahí es otra cosa. Los temas que se parecen más a los cuentos -que quizás nos lo hagan más fácil-: la ilusión, la realidad, el sueño, la filosofía. Y además, una gran cosa: el cuerpo, la irrupción más fantástica, más extraña, de todas.

 

“Es inútil que duerma.

Corre en el sueño, en el desierto, en un sótano.

El río me arrebata y soy ese río.

De una materia deleznable fui hecho, de misterioso tiempo.

Acaso el manantial está en mí.

Acaso de mi sombra surgen,

fatales e ilusorios, los días.”

 

(“Heráclito”, Elogio de la sombra, 1969)

 

“En vano espero

las desintegraciones y los símbolos que preceden al sueño.

 

Sigue la historia universal:

los rumbos minuciosos de la muerte en las caries dentales,

la circulación de mi sangre y de los planetas.”

 

(“Insomnio”, El otro, el mismo, 1964)