Personas que quizás ya estamos conociendo

Por Mariel Martínez

Mariel Martínez leyó Personas que quizás conozcas, el último libro de relatos de Virginia Feinmann, un desfile extrañado de gente que habitualmente cruzamos y pasamos de largo que ahora, gracias al texto, podemos recuperar en todos sus detalles. Y que en cada página, además, nos permite encontrar destellos de nuestras propias historias, en buena parte gracias a la magia del personaje de ficción que narra y se entrecruza con la autora, esa Vir con la que después de leer dan ganas de ir a tomar mate y charlar. 

 

En 1857, en París, el abogado imperial Ernest Pinard logra empezar un juicio a Flaubert por su novela Madame Bovary, que ya comenzaba a ser un éxito. Las acusaciones de amoralidad, adulterio y conductas indecentes parecían estar dirigidas a Emma, la sufrida protagonista de la novela. Claro que la categoría de personaje de ficción de la señora Bovary la hacían poco factible de acusaciones y de condenas. Es entonces a su creador, Gustave Flaubert al que se le inicia el proceso judicial, por los mismos cargos que a la indecente y adultera heroína decimonónica.

Y después, ríos de tinta. Discusiones: ¿dijo o no dijo, el autor, su frase más famosa (“Yo soy madame Bovary”)?  ¿Dónde hay que trazar la línea que divide al autor del narrador, al autor de sus personajes, al autor de su propia obra? Aunque es cierto que hay muchos consensos en forma de respuestas a estas preguntas, no es menos cierto que los interrogantes, como el público, se renuevan. No corremos ya los riesgos de estrados que quieren condenarnos (o, al menos, no siempre) pero la relación entre la obra y el sujeto que la concibe sigue reclamando caracteres.

Así nos gusta, qué le vamos a hacer. Si la ficción es, entre otras cosas, la posibilidad de imaginar otros mundos, su existencia está dada por la materia prima que sacamos de este. Quizás, en el siglo XIX, muchas mujeres hayan encontrado un eco en Emma. Quizás algunas hayan sido Emmas. Quizás se haya parecido a alguna persona que conocieron.

Espacios, personas que quizás conozcas. Es poderosa la literatura cuando pasa esto. Cuando en las páginas que leemos encontramos destellos de nuestras propias historias en la forma en que un personaje bosteza o llora, en los ademanes con que aquella otra cuida a su padre enfermo, en las preguntas siempre infinitas que nos traen los amantes o el amor, si alguien sabe bien diferenciarles. En las costumbres con que nos relacionamos con los vecinos, con las hermanas, con los plomeros. En ese no saber decir que aparece cuando aparece el dolor de, por ejemplo, la madre propia.

Personas que quizás conozcas es el nuevo texto de Virginia Feinmann y también es un desfile extrañado de gente que nos hemos cruzado y quizás hayamos pasado de largo. Si uno de los supuestos de construcción de estos relatos que reúne el libro, las redes sociales, nos llevan casi siempre a lo inmediato, a amistades volátiles al alcance de un click, a un conocimiento efímero y de vidriera, este libro, entero, revierte la lógica. Nos obliga a detenernos en los detalles. A mirar con lupa todas esas personas que quizás. Porque quizás conozcas a alguna traductora sin laburo, aquejada por este invierno macrista que no da tregua, o a alguna mujer agobiada por los pesares propios y ajenos que se alegra, un poco y en secreto, de una conjuntivitis que la obliga al descanso. O quizás tengan una amiga que se llama Lali, que no habla mucho pero que con sus caras de desaprobación o sus gestos irónicos nos enfrentan una y otra vez a las verdades dolorosas de las que escapamos. Quizás hayamos sentido el desamor mirando una paloma que hace y deshace un nido en la maceta de nuestra ventana.

Dan ganas de decir: Vir, querida narradora, quizás te conozca. Vir: yo también estuve en un hospital sintiéndome un objeto, también ejercí la empatía con una cajera de supermercado, amé con locura a un hombre que no me quiso del todo, le peleé a la muerte la vida de mi viejo y tuve problemas con Metrogas. Yo también estuve en la lona. Yo también fui feliz.

Dan ganas, después de leer, de ir a tomar mate con Vir, ese personaje de ficción que es tan parecida a una. Dan ganas de pensar que quizás exista, que quizás la conozca. Dan ganas de charlar y decirle: Vir, amiga, ese es el premio de la ficción. Merecer una narradora a la que sintamos cerca. Que camine descalza y en solero blanco una noche de verano, bella y poderosa. O que llore frágil en la casa de su madre. Merecer también leer los amores de Emma, encontrarnos en ellos sin ser juzgadas ni por los jueces ni por la historia. Merecer perdernos en los pliegues que dividen a la literatura del mundo tangible. Jugar al disfrute de no diferenciarlos. Merecer que se termine el frío y la malaria política. Conocer gente que nos haga bien. Que se curen nuestros enfermos. Que consigamos trabajo. Que leamos libros que nos raspen el alma. Nos merecemos a esas personas que quizás, de alguna forma u otra, ya estemos conociendo.