¿Puede ser triste lo bello? Depresión, melancolía y Black Metal

Nicolás Alabarces comparte con Sonámbula una reivindicación de géneros como el depressive suicidal black metal, rescatando su potencia sustractiva y polemizanco con interpretaciones que tienden a leer a la tristeza tan sólo como asociada a la falta de la voluntad productiva, con lo que se la depoja de toda su voluptuosidad significante.

Por Nicolás Alabarces

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“La tristeza nos devuelve una imagen oblicua y poética del mundo”

(Carlos Godoy, 2013)

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¿Puede ser triste lo bello?, se pregunta la filósofa búlgara Julia Kristeva. Podríamos preguntarnos, junto con ella, ¿qué es lo que hace que variantes melancólicas y tristes del depressive suicidal black metal (en adelante, DSBM), el blackgaze, el funeral doom o el sludge puedan ser géneros susceptibles ya no sólo de ser escuchados, sino profundamente disfrutados, transitados con goce y codificados de un lenguaje y una trama precomprensiva del inconsciente?

En Sol negro. Depresión y melancolía, Kristeva expone una idea bastante revulsiva contra la celebración de lo alegre y la invitación del capitalismo tardío a disfrutar de una vida anodina de felicidad, a saber: pensar las pasiones tristes y melancólicas como entropías potenciadoras de la experiencia. Se trata, en suma, de que no siempre las pasiones alegres, al decir de Baruch Spinoza, son equipamientos que incrementan las potencias del cuerpo. Dice Kristeva: “Hay una tendencia del ser humano a la fragmentación y a la desintegración como expresión de la pulsión de muerte. La tendencia a la desintegración, a caer en pedazos, a la angustia de ser destruido desde adentro se mantiene”.

Con estas reflexiones como pre-texto, en esta columna intentaremos vehiculizar algunas tesis-fuerza de la Teoría Black Metal, esto es, un bloque de pensamiento, de experiencia estética y de disposición patémico difusa y simultánea (máquina de odio, máquina de tristeza, máquina litigiosa y de guerra), cuyo dispositivo conceptual tiene como objetivo la destrucción y la sedición completa de las variantes vitalistas (deleuzeanas, trascendetalistas o posestructuralistas) que buscan la cristalización de Este-Mundo, id est, de un sistema-mundo movido por el pulso del Capital. En una polémica con el filósofo Nicola Masciandaro, definimos y precisamos nuestra inscripción dentro de la Teoría Black metal.

Para el teórico italiano, el black metal preconiza una experiencia cósmica amatoria. Desde este sensorium patémico, el amor, pasión que supone una felicidad fatua, una máquina de alegría, es un dispositivo de conectividad rizomática, de consistencia, de potencia (re)generativa, en suma, un malla de poder que tiene por objeto catalizar y cristalizar las redes y los enlaces del sistema hasta otorgarle el suficiente sentido como para reterritorializar, en su interior, la positividad y la vitalidad de Este Mundo. Por el contrario, para nosotros, el black metal es una economía política del ruido cuya máquina de guerra y asedio permanentes invoca el odio en busca de un objetivo total y definitivo: la Muerte de Este Mundo. Si bien no extingue del todo [al menos, por ahora] la supresión de este sistema-mundo, el problema de pensar al black metal desde la experiencia amorosa [tesis-amor fuerza de Masciandaro] es el hecho de que le vuelve a otorgar, paradójicamente, nuevos bríos a la necesidad de la conspiración, el programa esencial del black metal.

En esta ocasión, recurriendo al mismo punto de partida que soporta nuestra lectura (a saber, un género que se presenta como significante de odios, combates y pasiones tristes), indagaremos sobre lo sublime y lo magnético de uno de sus aspectos fundamentales: la tristeza. 

 

La tristeza: ese oscuro objeto del deseo

Cuando hablamos de tristeza, desde luego, hablamos de un significante polivalente, es decir, melancolías, nostalgias, pulsiones depresivas, vacíos, ansiedades, introspecciones y hasta fantasías suicidas; en suma, el universo estético que edifica el DSBM. Para Kristeva, lo sublime nace en la melancolía. Comparte las filas estóicas y fatídicas con el escritor ruso, Fedor Dostoievski, para quien el sufrimiento es el objetivo supremo de la humanidad. 

El DSBM es consciente de esta potente misión redentora: transitar y experimentar la tristeza y hacerla cuerpo. Un goce que el fantasma imagina y realiza apuntando más en el fondo del espacio psíquico, pero también al espacio del cuerpo. Con esta premisa, muy lejos de escamotear y tapar nuestros profundos dolores y angustias con tonalidades alegres, lenguajes exultantes y optimistas (las gramáticas vitalistas del poder), del éxito, el consumo y el hedonismo exacerbado, como lo hacen géneros que reterritorializan las gramáticas del poder (el trap es hoy el epítome por antonomasia que nos presenta la industria cultural), el DBSM y sus variantes, por el contrario, buscan el repliegue (o mejor dicho, el im-plieuge por su ensimismamiento solitario), un éxodo, una sedición Total de Este-Mundo, un anonimato que derive una desaparición absoluta: la muerte o el suicidio.

 

Depressive Suicidal Black Metal: un experiencia artística que valida y nombra nuestras angustias

Ahora bien, todas estas fantasías suicidas y tanáticas (el oscuro deseo de la muerte) son potentemente catárticas, un consuelo que, organizado estética y musicalmente en una economía política del ruido, nos proporciona un lenguaje que nos habla directamente y, de ese modo, nomina nuestras tristezas y le da contorno a nuestros fantasmas. 

Nombrar el sufrimiento, exaltarlo, desglosarlo en sus componentes más detallados es, sin dudas, un medio una forma potente de asimilar el duelo. A veces, y muy a menudo, también de superarlo, pero también de gozarlo y complacerse. 

La explicación y las lecturas que se han proporcionado a esta bífida contradicción en la que descansa la respuesta a si lo bello puede ser triste presenta muchas variantes teóricas. Una de ellas es, desde luego, la del psicoanálisis: como el sujeto de la angustia no elige la única variante de acceder a lo Real (la muerte y el suicidio efectivo), en lugar de la muerte —y para no morir de la muerte del otro— produce un artificio, un ideal indicial mediado por el enguaje, una exterioridad que produce su misma psiquis para ubicarse fuera de ella. Es lo que Freud en Duelo y melancolía (1915) llamó ex-tasis, esto es, transitar la angustia desde fuera a través de un artificio, que, en este caso, soporta y produce el black metal en una organización estética musical y que proyecta en el sujeto del conjunto melancólico-depresivo.

Otra variante científica, epistémica y diametralmente opuesta a la del psicoanálisis freudiano, es la de la neurociencia emocional, cuya corriente ha demostrado que la música de cadencias tristes no siempre provoca tristeza, sino más bien un desahogo, dado que el cerebro libera dopamina no sólo con melodías alegres (las que mencionamos más arriba como gramáticas del poder, que intentan maquillar nuestros miedos temporalmente), sino también cuando sentimos que una canción nos entiende y nos habla en un lenguaje común, dada la asimilación validante que el el cerebro tiene frente a incodificaciones complejas que operan en las barreras inhibitorias del exterior. Bandas como Lantlôs, Xhastur, life, Faith, MØL, Shalt Become, Psychnaut 4, Sadness, Autumn Nostalgie, Nortt, Shining no sólo alivian nuestras tristezas y nuestras ansiedades (experimentádola con la música), sino que las validan.

Con su cadencia lenta, armónicamente disonantes, generalmente canciones compuestas en tonalidades menores, armonías oscuras, tempos extendidos, con progresiones que obturan una resolución clara, en suma, todos elementos cromáticos y musicales que nos sumergen en un atmósfera triste y depresiva, el DBSM y el blackgaze construyen lo que Aristóteles llamó en su poética cazársis (o fuerza catártica). Esta dimensión estética es la característica mimética de uno de los aspectos fundamentales del estado melancólico-depresivo: la lentificación. El ethos del conjunto melancólico-depresivo se define por su nueva capacidad para el repliegue; para Kristeva, una suerte de learned helplesness (indefensión aprendida), “según la cual se aprende a retirarse, en lugar de huir o combatir” (2015: 40).

 

Una tristeza radical

Nuestro acervo cultural es muy caro a la felicidad como valor vitalizante del mundo, sobre todo al interior de las filas plebeyas y populares. Esta lectura, además, ha traído varios problemas que han intentado territorializar y cristalizar la vieja idea liberal de que la tristeza es un pasión ajustada tan sólo al sujeto aislado quien, en una decisión voluntaria de ejercicio patémico (si es que tamaña cosa existe), se repliega en su soledad; mientras que, por el contrario, las pasiones alegres devienen agenciadas por grupos, minorías intensas, animalidades, en suma, colectivos que, en su pura manifestación de exterioridad irracional, sólo tienen lugar para la alegría. Sin embargo, esta ecuación, pese a buscar una vindicación plebeya vía una exaltación de la felicidad asociada a las mayorías, sólo ha reescenificado especularmente axiomas conservadores, sin la capacidad de explicar jamás las tesituras políticas que derivaron en animalidades del odio, ciertamente disruptivas, y que incluso han terminado en racionalidades burocráticas del Estado (partidos, sindicatos, organizaciones). 

Es ya un enunciado celebérrimo el que preconizaba Arturo Jauretche, quien entendía que la tristeza era un dispositivo de la tradición oligárquica para dominar a las mayorías. Un pueblo triste es un pueblo abúlico y dominado. Vemos cómo la tristeza, en este caso, es asociada a la falta de la voluntad productiva y, a la vez, despojada de su voluptuosidad significante. ¿Cómo escribir?, se preguntaban los monjes de la Edad Media. “Sufrir, sufrir, mucho”, como forma de catalizar y explotar el sensorium de la experiencia. Al revés de lo que plantea nuestro gran cantautor nacional Charly García («salir de la melancolía»), acá se busca desterritorializarla de su caracterización liberal y despotenciante para, de ese modo, implicarla, anudarla y hacerla cuerpo en nuestra experiencia pasional y política. Desarticular la felicidad que le da vitalidad a Este Mundo requiere de una tristeza radical que nos expulse de él. ¿Por qué salir de esta tristeza cósmica? Imposible sustraerse, sin antes mirar de frente el sol negro de la melancolía.