La educación sentimental

Por Juan Mattio

Juan Mattio recomienda Rapaz, de Lorena Gall, una novela de centrada en los desencuentros, esas pequeñas tragedias de nuestro tiempo, un texto con coraje donde los hechos llegan un poco después o un poco antes que el amor o el deseo.

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Toda ficción trabaja sobre una causalidad. Hay universos donde la magia existe o donde los viajes intergalácticos son posibles. La pregunta que parece interesarle al realismo, al mejor realismo, es qué tipo de causalidades gobiernan nuestras vidas. Creo que habría tres grandes ejes de dirección: que haya algo parecido al destino, que las vidas sean gobernadas por el deseo, o que sea la moral la que, en ausencia de algo más, nos diga cómo vivir. Creo que Lorena niega en esta novela las tres posibilidades.

Acá están Magda y Ezequiel, dos personas que vienen de universos distintos y que se encuentran en el sexo pero se desencuentran en casi todo lo demás. Y está también Amanda, la hija de ambos, que llega en un embarazo accidental y trata de ubicarse en una realidad confusa. Estas son las trayectorias vitales que nos ofrece Rapaz. Con todas sus angustias y sus placeres, sus llegadas a destiempo y pequeñas alegrías.

Creo que la novela que escribió Lorena es una historia centrada en los desencuentros. Y creo que los desencuentros son las pequeñas tragedias de nuestro tiempo. Los hechos que llegan un poco después o un poco antes que el amor o el deseo. Creo que ese es el marco de nuestra desorientación cotidiana.

Creo que estamos frente a una novela con coraje. Capaz de mostrar que crecemos y nos educamos en versiones prolijas de la realidad, en las fábulas de Disney o en las telenovelas, que no sólo nos enseñan a esperar el final feliz en cada cosa que hacemos (la pareja, la carrera, el trabajo, cualquier cosa), también nos instruyen para pensar que el final feliz es sólo la conclusión para una cadena lógica de hechos donde incluso lo imprevisto puede conducirnos a eso que algunos llaman destino. Lorena desmiente en su ficción que haya algo que esperar. O que algo nos esté esperando.

Empecemos por el sentido. Madame Bovary leer libros y trata de que la vida imite la causalidad de esas ficciones. Ese traslado, en mayor o menor medida, es el que hacemos todos. Pero el problema, como advierte Piglia en algún lado, es que en la vida el sentido no está necesariamente en el final. El sentido es una material disperso que se fuga en todas direcciones. Y esa es una de las tesis de Rapaz.

Porque la vida es cruel en su desorden. Nos acechan muertes estúpidas, grises, aburdas, pero, mucho antes, nos acecha nuestra propia imbecilidad. Los personajes de Lorena se equivocan, toman decisiones erradas, están aturdidos y asustados. Como todos nosotros. Creo que hay coraje en narrar personajes que no logran saber qué es lo que quieren. O que no saben cómo conseguirlo.

Si no hay destino, entonces, podríamos decir, que al menos haya deseo. Vivimos en tiempo donde la palabra “deseo” ocupa mucho espacio en nuestro discurso. Pero nadie nos dice que el deseo es otro material inestable, opaco, de difícil acceso.

Por eso, mientras leía la novela recordé una escena de Stalker, de Tarkovski. No sé si ustedes la vieron, pero en la película hay una zona que, después de una visita extraterrestre, ha modificado la lógica de la física y del tiempo. Es una zona mágica, podríamos decir. Ahí hay una habitación que “cumple deseos”. Un hombre entra en la habitación porque quiere revivir a su hermano muerto. Pero, al salir, el hombre es millonario y su hermano sigue dos metros bajo tierra. La habitación le muestra al hombre que su deseo más fuerte es el dinero y no la resurrección y entonces el hombre se suicida porque no soporta la culpa.

¿Qué nos dice Tarkovski? Que vivimos como si realmente supiéramos qué queremos cuando en realidad somos sujetos escindidos, desdoblados, que pasan su vida tratando de reunirse. Así son también los personajes de Rapaz. Caminan a tientas, tironeados entre el placer, la moral y la culpa. Corroborando a cada paso que nada puede ser idealizado.

Nuestros amores, nuestros niños, nuestros amigos. Nada es como lo esperamos. Magda y Ezequiel lo saben -o, mejor aún, lo van sabiendo, lo van aprendiendo- en la medida que la novela avanza. Transitan ese borde de imperfección y tratan de encontrar razones para que las cosas sean como son. Pero el problema es que no hay ningún orden, a la realidad no le interesa el sentido. A la realidad no le importa que un tipo de veintipico no haya conocido a su hija antes de morir.

¿Cómo se puede construir una novela de educación donde lo que tentemos para aprender es este desconcierto? Vidas sin sentido y de deseos enrevesados. Es una pregunta difícil que Lorena enfrentó en esta historia con honestidad. Sin dejarse tentar por el camino fácil de personajes sin contradicciones, sin mezquindades, incluso sin alguna cuota de maldad.

Otro de los grandes temas de Rapaz, en tanto novela de educación, es el paso del tiempo. Lorena plantea una hipótesis que subyace: envejecer es ir dejando atrás vidas posibles, vidas que pudieron ser mejores que esta. O al menos, distintas. Cada decisión abre una serie de universos paralelos donde otras decisiones abren otras puertas que nunca abriremos.  Esa sensación fantasmal de las vidas que no vivimos es también uno de los protagonistas de esta historia. Las vidas posibles de Magda, de Ezequiel y de la pequeña Amanda. Vidas que no vivieron y sin embargo pesan sobre ellos en su condición espectral.

Creo que uno de los puntos más altos de la novela está en una escena, casi al final, donde un personaje muestra unas fotos montadas, fotos de un cumpleaños de Amanda con presencias que no fueron. Imágenes de una vida que no sucedió y que en ese forzamiento del montaje, en ese querer violentar la realidad para que ingrese lo que nunca pasó, nos devela el tamaño de las ausencias y el dolor de las pérdidas.

Por supuesto, si leemos con atención Rapaz podemos escuchar los ecos del desamor que aprendimos con Caver o Hemingway, las asimetrías del amor que nos mostró Carson McCullers, esas pequeñas escenas de desamor que fueron nuestra educación sentimental. Pero creo que el acierto de Lorena es contar esta historia sin apelar a gestos heroicos. Nadie da más de lo que tiene. Y esa es una condición más sincera y más terrible que la que aprendimos.   

Como decía, hubiéramos querido pensar que la vida es un rompecabezas y sólo es necesario encontrar las piezas y ubicarlas en el lugar que les corresponden. En eso consiste la idealización, pensar que se puede reconocer lo blanco de lo negro, y que nuestro trabajo es atenernos a esa distinción. Pero a las vidas sin sentido y con deseos opacos se suma una tercera condición: tampoco alcanza la moral para salvarnos.

La moral, madre de la corrección política, es otra trampa, donde las personas que sabemos escindidas, dueñas a medias de sus actos, son pensadas como agentes de su propio interés. Esto también es desmentido por Lorena, que construye personas que tampoco encuentran refugio en la moralina.

Entonces ¿qué queda? ¿Qué les queda a Magda y a Ezequiel? ¿Qué le queda a Amanda en esta intemperie? ¿Qué nos queda a todos nosotros? La respuesta es pequeña pero lúcida: nos queda estar atentos a las pequeñas iluminaciones que son el amor y el placer, advertir los momentos de alegría, ser lo más honestos que podamos con nosotros y tratar de no sufrir mucho en el intento.

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Rapaz, Lorena Gall, Editorial Laguna Negra, 220 páginas.

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