“SOBRE LA POESÍA” (Wallace Stevens)

Wallace Stevens falleció en 1955 en Hartford, Estados Unidos. Al leer la necrológica uno de sus socios en la compañía de seguro comentó a los presentes: “¡Carajos! No sabía que el viejo Wally escribía versos”. Es que Stevens mantuvo siempre una regla inquebrantable: escindir sus vidas de poeta y de exitoso ejecutivo de la empresa de la cual era vicepresidente. Abogado, estaba en las antípodas del poeta como héroe trágico y romántico. Había nacido en 1879 en Pennsylvania y fue un escritor tardío. Publicó Harmonium, su primer libro de poemas, cuando contaba con cuarenta y cuatro años y ya era un importante empresario. Corría el año 1923. Recién en 1937 fue publicada su obra mayor, El hombre con la guitarra azul. En 1954, un año antes de morir, reunió en un solo volumen sus seis libros de poemas. Dos años luego de su fallecimiento fue publicado Adagia, una serie de reflexiones y comentarios de Stevens sobre el quehacer poético. Esta actitud de ocultar su vida privada tenía un sentido: el poeta se esconde tras la máscara del lenguaje. En 1922 escribió a cierto editor de una revista: “Evíteme, por favor, contar los datos biográficos. Soy abogado y vivo en Hartford. Estos hechos no son divertidos ni reveladores”. Su poesía no discurre en cuestiones autobiográficas ni heroicas, sino que es un mecanismo cercano al que un matemático tiene con su materia de estudio. Para Stevens “la poesía es el tema del poema”. Y así lo expresaba en una entrevista: “Cuando se ha abandonado toda fe en Dios, la poesía es ese principio vital que ocupa su lugar como redentora de vida”. En su obra, siempre en tensión entre la experiencia sensible y la reflexión intelectual, adquiere suma importancia la imaginación, que es “el poder que nos permite percibir lo normal en lo anormal, lo opuesto del caos en el caos”. Participó por búsquedas comunes tales como los límites del lenguaje y el ritmo del poema, en eso llamado modernidad en la poesía norteamericana junto a autores como Ezra Pound, T. S. Eliot o e. e cummings, pero a Stevens no le interesó, en última instancia, pertenecer a ningún tipo de grupo o escuela poética, no solía participar de eventos ni de encuentros literarios, ocupado como estaba en gastar su fortuna en exquisitos vinos franceses o en la compra de obras de arte. Y en escribir versos como los que siguen, pertenecientes a Trece formas de mirar a un mirlo:

I

Entre veinte montañas nevadas,

Sólo se movía

El ojo de un mirlo.

 

IV

Un hombre y una mujer

Son uno

Un hombre y una mujer y un mirlo

Son uno.

 

XII

Se mueve el río

Debe estar volando el mirlo.

O como los siguientes, que son los primeros versos de su obra El hombre con la guitarra azul:

El hombre se inclinó sobre su guitarra

Un esquilador de clases. El día era verde.

 

Le dijeron: “Tienes una guitarra azul,

No tocas las cosas como son”.

 

El hombre respondió: “Las cosas como son

Se alteran en la guitarra azul”.

 

Y a continuación, rescatamos en Sonámbula:

Sobre la poesía

Por Wallace Stevens

La preocupación por la observación es el equivalente de la preocupación por el pensamiento. La relación del arte con la vida guarda primordial importancia, especialmente en una época de escepticismo y descreída de Dios, cuando la mente se vuelve hacia sus propias creaciones y las examina, no solamente desde una perspectiva estética, sino por lo que ellas revelan, convalidan o invalidan y por el fundamento que ellas proporcionan.

Poesía v materia poética son términos intercambiables.

Lo real es solamente el fundamento. Pero es el fundamento.

La relación entre la poesía de la experiencia y la poesía de la retórica no equivale a la relación entre la poesía de la realidad y aquella de la imaginación. La experiencia es mucho más sabia que la realidad.

No todos los objetos son iguales. El vicio del imaginismo (o imagismo) consiste en no reconocerlo.

Toda poesía es poesía experimental.

Es la creencia y no los dioses lo que cuenta.

Lo que vemos con la mente es tan real como lo que vemos con el ojo.

Considera: 1) El mundo entero es material para la poesía; 2) No existe material específico poético.

El poeta es el intermediario entre la gente y el mundo en que vive y, también, entre la gente y ella misma: pero no entre la gente y otro mundo.

La sublime contundencia del hecho. El poema definitivo será el poema del hecho en el lenguaje del hecho. Pero deberá ser el poema del hecho aún no concretado.

La poesía debe ser algo más que un producto de la mente. Tendrá que ver con la revelación de la naturaleza. Las concepciones mentales son artificiales. Las percepciones son esenciales.

La poesía es el esfuerzo del hombre insatisfecho por encontrar satisfacción a través de las palabras: ocasionalmente; la insatisfacción del pensador que busca satisfacción a través de las emociones.

El realismo es la corrupción de la realidad.

La descripción es un elemento, pero como el aire o el agua.

La poesía debe resistir a la inteligencia casi satisfactoriamente.

La literatura no se basa en la vida sino en propuestas sobre la vida.

La vida es un compuesto de proposiciones sobre ella misma.

Un cambio de estilo es un cambio de materia.

La poesía es un faisán desapareciendo en la espesura.

El poeta representa al espíritu en el acto de defenderse de sí mismo.

Todo poema es un poema dentro de un poema: el poema de la idea dentro del poema de las palabras.

El poema es la felicidad del lenguaje.

Llegar al final del hecho no es llegar a los comienzos de la imaginación, sino llegar al final de ambos.

La poesía es una respuesta a la necesidad cotidiana de lograr un mundo mejor.

La falla esencial del surrealismo es que inventa pero no descubre. Hacer que una almeja toque el acordeón es inventar, no descubrir.

La poesía crea una existencia ficticia en un nivel sublime. Esta definición varia como varían los niveles.

La poesía aumenta lo que se percibe de la realidad.

(Selección de «Adagia», del libro «Opus Posthumous»)

Revista Fausto, Buenos Aires, Mayo – junio de 1973.

 

Introducción: Jorge Hardmeier