
El recuerdo de un músico y poeta irrepetible, tanto por sus canciones como por sus convicciones éticas y estéticas: Roberto Palo Pandolfo.
Por Nano Vázquez
Ilustración: @colifatoilustrado
Hay artistas cuya obra no cabe en una época porque, de algún modo, terminaron por inventar el compás con el que esa época caminó. Palo Pandolfo fue, indiscutiblemente, uno de ellos, su figura no se reduce al recuerdo nostálgico de los años ochenta y noventa ni a la estampa simplificada del rocker maldito y entrañable: su vigencia opera como un faro subterráneo que sigue iluminando las esquinas más lúcidas, ásperas y bellas de nuestra música popular.
De la furia post-punk a la raíz criolla
Palo encarnó como pocos la transición y la mutación generacional del rock argentino. Desde el pulso frenético, oscuro y urgente de Don Cornelio y La Zona, con aquel himno iniciático que fue “Ella vendrá” —donde la melancolía urbana se disfrazaba de urgencia bailable—, hasta la explosión mestiza, visceral y absolutamente inclasificable de Los Visitantes, supo leer el mapa sonoro de un país en constante ebullición y crisis.
No era un músico de academia, sino de una intuición feroz, un canalizador de energías ancestrales. En sus manos, la guitarra acústica y la estridencia eléctrica convivían sin jerarquías con el folklore, la copla, el tango arrabalero y la psicodelia más lisérgica. Fue un antropólogo involuntario del conurbano y de la calle porteña, un cronista que entendió que la poesía rock podía mixturar referencias cultas con el habla llana, el misticismo pagano con la cruda intemperie social.
La urgencia de la palabra, el rito y el cuerpo en escena
Como letrista, Palo poseía una pluma afilada, febril y de aliento maratónico. Sus versos operaban como letanías, mantras de sanación, exorcismos colectivos y gritos de trinchera. Cantar con él nunca fue un ejercicio pasivo; entregaba el cuerpo entero en cada interpretación, con esa danza temblorosa, chamánica y profundamente teatral que convertía cualquier espacio —fuera un festival masivo o el rincón diminuto de un bar under— en un templo de comunión pagana.
Esa voracidad creativa no conoció el descanso. En su etapa solista, rodeado siempre de músicos jóvenes a los que contagiaba su entusiasmo, consolidó la madurez de un autor que ya no necesitaba demostrar su talento, sino entregarse por completo a la verdad inapelable de su arte. Canciones como “Espíritu” o “Te lo pido por favor”, melodías que desafiaban el paso del tiempo se instalaron en el cancionero colectivo no por el artificio del marketing, sino por la honda honestidad emotiva que emanaban de cada acorde.
¿Por qué Palo Pandolfo sigue latiendo con tanta fuerza en la sensibilidad contemporánea?
Porque su obra anticipó las inquietudes éticas y estéticas de las nuevas generaciones de creadores independientes: la autogestión como trinchera, el borramiento absoluto de las fronteras entre géneros musicales, la necesidad de un arte que dialogue íntimamente con lo comunitario y la urgencia de mantener la sensibilidad a flor de piel frente a la fría maquinaria del mundo moderno. Los jóvenes artistas lo descubren hoy no como una reliquia de museo, sino como un par contemporáneo, un maestro de la libertad expresiva que supo cantar siempre con el corazón en la boca. Palo sigue vigente porque su música no pedía permiso: era, y sigue siendo, un grito de supervivencia.
Posdata
Había noches en el Abasto o en Almagro donde el aire cortaba la respiración y el sótano de Babilonia se convertía en una caldera a presión. Aquella vez, el calor era espeso, pegajoso, mezcla de sudor, humo de tabaco negro y la electricidad estática de un show que había rozado el paroxismo. Cuando las luces se encendieron de golpe y los dueños anunciaron por el micrófono que la fecha había terminado —que no había más bis, que la fiesta se apagaba por orden de la nocturnidad vigilante—, el recinto entero estalló en un agravio sordo que duró apenas un segundo antes de transformarse en metralla.
Tuvimos que salir escopetados, literalmente cuerpo a tierra, reptando casi por la vereda empedrada mientras llovían botellazos y vasos de vidrio contra la fachada, una andanada furiosa dirigida a los responsables del boliche que se atrevían a clausurar el trance. Recuerdo verme ahí abajo, riendo nervioso entre las piernas de otros colados, oliendo a cerveza tirada y tierra mojada, sintiendo que esa violencia torpe y pasional era, paradójicamente, la prueba de que estábamos vivos, de que la música nos había atravesado tanto que perderla dolía físicamente. Allá quedó Palo, con su guitarra colgada al hombro, saludando desde la puerta con una sonrisa torcida, como un capitán indomable que acababa de dinamitar el puerto y contemplaba, fascinado, los escombros de su propia tormenta.



