León Rozitchner contra el realismo capitalista

Por Emiliano Exposto

A nueve años de la muerte del filósofo y docente argentino León Rozitchner, Emiliano Exposto comparte con Sonámbula una sentida valoración de sus aportes, que sostienen que el sujeto, en tanto blanco de ofensivas y contraofensivas de la máquina subjetivante del terror capitalista, tiene una «relevancia estratégica». Una filosofía para las izquierdas revolucionarias que podría constituir un antídoto contra el «realismo capitalista» dominante.

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León Rozitchner fue un filósofo marxista. Nacido en Chivilcoy en 1924, falleció el 4 de septiembre de 2011 dejando una obra viva disponible para peinar a contrapelo los sentidos comunes de la cultura argentina de izquierdas en esta democracia postdictatorial asfixiada por los espectros de aquello que Marx Fisher llamaba “realismo capitalista”. El de Rozitchner es un marxismo con sujeto. Un marxismo donde cada cuerpo concreto es comprendido como núcleo de elaboración, verificación y debate de las contradicciones sociales y antagonismos políticos. El sujeto, para Rozitchner, es concebido como un nido de víboras. Un dispositivo político opaco. Un régimen de fuerzas en conflictos donde se dirimen sujeciones y resistencias, violencias y desobediencias, mixturadas por vectores tecnológicos, políticos, libidinales, semióticos, culturales o biológicos.

La versión rozitchneriana del fisheriano “realismo capitalista” lleva el nombre de democracia de la derrota: castrada en sus horizontes emancipatorios radicales y resultante de la correlación inestable de fuerzas que los enemigos impusieron luego de su victoria en la lucha de clases. No obstante, lejos de cualquier resignación catastrofista, colapso intelectual o cinismo lucido, el pensamiento de Rozitchner está encaminado a diseccionar los efectos del terror capitalista en los cuerpos impotentizados, culpabilizados, patologizados y estigmatizados, buscando las condiciones materiales para diseñar un nuevo imaginario antagonista: un deseo de futuros postcapitalistas.

Tal vez Rozitchner sea de los pocos escritores filosóficos “universales” de nuestro país. Pero no por la difusión generalizada de su obra en los centros coloniales del saber (lo cual no sucede, evidentemente), sino por los problemas que animan su pensamiento afectado por el fragor de las coyunturas políticas: la revolución cubana, el peronismo o la lucha armada, entre otros. La suya es una filosofía con cuerpo propio; situada pero desarrollada desde el punto de vista de los grandes temas de la tradición emancipatoria: la revolución socialista, la crítica del capital, el cristianismo.

La importancia de este autor radica en que contribuye a iluminar un “punto ciego” en la tradición marxista: la lucha de clases incluida en la subjetividad de cada uno como índice de verdad histórica, cuestión que, gracias a las imposiciones del individualismo burgués, tendemos a ignorar dentro y contra nosotros mismos. Se trata de una filosofía práctica dispuesta para problematizar los imaginarios ambiguos, las fantasías inconfesadas y los deseos ambivalentes implicados en toda política. Si la colonización progresista de ciertos imaginarios de izquierdas parece condenarnos hoy en día a gestionar nuestros inconformismos, impotencia reflexiva y pasiones radicales en un artefacto de mesura realista, sensatez posibilista, responsabilidad republicana y oportunismo estatista (hasta matarnos de aburrimiento), la filosofía rozitchneriana puede aportarnos saberes útiles en función de politizar la dimensión pasional y afectiva incluida en toda lucha social. Una política del deseo, contra las fantasías de integración al mercado y de adecuación a la “normalización capitalista”.

Desde sus años en la revista Contorno, junto a los hermanos David e Ismael Viñas o a Oscar Masotta, hasta sus “años freudianos” referenciados en Freud y los límites del individualismo burgués, pasando por intervenciones como Perón: entre la sangre y el tiempo o Malvinas: de la guerra sucia a la guerra limpia, la filosofía marxista de Rozitchner podría ser entendida como una discusión en torno al problema de los “factores subjetivos” involucrados en la lucha política, social y cultural. Una disputa por las fibras sensibles, imaginarias y afectivas de los sujetos que exceden las interpelaciones ideológicas o las construcciones discursivas. La hegemonía material contra el capital y las clases dominantes también debe plasmarse en cada cuerpo. En un deseo de futuro.

El problema elemental es la servidumbre (in)voluntaria a la dominación capitalista. Es decir, la subordinación activa bajo el complejo mediático, militar, informático, jurídico, institucional del enemigo, consistente en producir y captar humores, expectativas, memorias, estados de ánimo que marchen por si solos hacia la picadora de carne desaforada del mercado y el estado. Para Rozitchner todo sujeto es configurado históricamente a partir de la “interiorización” de las relaciones de poder capitalistas y en virtud de la metabolización de los procesos de lucha social. Es por eso que el sujeto, cada uno de nosotros, constituye una arena donde se juega un aspecto crucial de la lucha de clases. La imaginación antagonista también tiene que construirse desde allí, desde ese nido de serpientes que ha sido desatendido por las izquierdas tradicionales, gestionado por las pasiones tristes de los progresismos, gerenciado y farmacologizado por los neoliberales.

Rozitchner no es un Laclau díscolo. Ante la construcción discursiva de hegemonías simbólicas, Rozitchner opone el cuerpo material de una imaginación antagonista que nace desde las luchas.

El sujeto, finalmente, tiene relevancia estratégica para Rozitchner porque es enfocado como un blanco de ofensivas y contraofensivas prioritario para la máquina subjetivante del terror capitalista. Retomando una larga tradición de marxismos con sujeto, como Luckács, Sartre o Marcuse, el interrogante rozitchneriano es cómo comprender la experiencia concreta de la clase trabajadora sin reducirla a los esquemas conciencialistas que comprenden al sujeto como un agente racional de intereses al cual le haría falta tomar conciencia de los mismos para radicalizarse en sentido emancipatorio contra los mecanismos de subordinación y explotación de las clases dominantes. Se trata del problema de Reich: no, las masas no somos engañadas por los medios masivos de comunicación o manipuladas por las castas políticas, las multitudes también podemos desear el capitalismo. Eso es lo que necesita ser comprendido y combatido en una política cultural de izquierdas que exceda largamente la propaganda, la educación, la agitación o la argumentación racional de la explotación para subvertir dinámicas que exceden lo racional.

La filosofía rozitchneriana, al menos hasta sus últimos textos, está dirigida a las izquierdas revolucionarias. Su objetivo es la “revolución molecular” de las nervaduras íntimas de la subjetividad. Una infrapolítica destinada hacia la “toma de la inconsciencia de clase” que busca habitar otras relaciones con el cuerpo, con la muerte, con los sueños, con la tierra, con los futuros. Reflexionando sobre las dimensiones enrarecidas del deseo, los imaginarios, las fantasías, el delirio, las alucinaciones oníricas, el psiquismo y los malestares, Rozitchner busca politizar los aspectos desconocidos e impensados implicados en toda praxis política. Habida cuenta de que el “realismo capitalista” ha logrado captar deseos, persuadiéndonos de que es más sencillo imaginar un capitalismo extraterrestre después del fin del mundo y seduciendo a las mayorías con la creencia de que no hay alternativas políticas solventes que contraponer al régimen de la ganancia burguesa, el marxismo de Rozitchner constituye una lectura ineludible para situarse en el presente en ruinas problematizando la eficacia del mando del capital desde bien adentro de nosotros. El cuerpo es la materia prima de la filosofía rozitchneriana. El deseo, el sitio oscuro de la política. La construcción de nuevos imaginarios antagonistas, quizá un antídoto contra el depresivo realismo capitalista.

 

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