Oxizakre: «Un renegado social… un renegado de tu sociedad»

Hay bandas que no necesitan estadios ni campañas publicitarias para marcar a fuego la memoria del underground. Gabriel García rescata para Sonámbula un grupo que pertenece a esta estirpe: Oxizakre, los marginados por elección, los que prefirieron la honestidad bruta del barro antes que las concesiones de la industria musical.
Por: Gabriel García
El guarda advierte por segunda vez que hay que subir sí o sí los vidrios por el peligro de los piedrazos; luego, él mismo cierra las ventanas que aún quedan abiertas. Así da inicio el tramo Villa Ballester-Zárate que debo abordar para llegar a Escobar. Previamente, inicié la travesía en un 237 cuyo chofer rara vez opta por no frenar y doblar casi en dos ruedas en la rotonda de Ruta 4 y Ruta 8, en los límites de los partidos de San Martín y Tres de Febrero.
La estación de Escobar es la puerta de entrada a una ciudad que lo tiene todo: hermosas y grandes plazas, centros culturales, cines, veredas y calles sorprendentemente limpias, gente que vive a otro ritmo y, sobre todo, conductores que te dejan cruzar la calle sin putearte. El objetivo es encontrarme con Luis Beatrice para seguir trabajando en su biografía. Al bajar del tren suelo encontrarlo ahí, pero en esta oportunidad camino hasta su casa. Llego, miro hacia arriba y lo veo colgado de un árbol con cámara en mano; no sé si está filmando a un gato que trepa paredes o si planea mearme desde esa altura. Nunca hay certezas. El saludo típico no tarda en llegar: « ¿Qué hacés, boludo?».
El grito desde el margen
Hay bandas que no necesitan estadios ni campañas publicitarias para marcar a fuego la memoria del underground. Bastan un puñado de acordes rabiosos, un volumen que bordea el colapso y una voz dispuesta a dejar los pulmones en el escenario. Oxizakre pertenece a esa estirpe: la de los marginados por elección, los que prefirieron la honestidad bruta del barro antes que las concesiones de la industria musical.
Nacidos en el corazón de Escobar a principios de los noventa, la banda encarnó una síntesis perfecta entre el thrashcore, el punk más visceral y una actitud puramente bonaerense. Al frente de esa topadora sonora estaba Luis Beatrice (Luis Solo), un frontman magnético y convulsionado, capaz de condensar en su lírica el descontento, la alienación urbana y un sentido del humor tan ácido como oscuro.
El nombre de la banda no fue casualidad. Inspirado en esa mítica bebida clandestina y casera macerada con yuyos, el sonido de Oxizakre operaba como un brebaje similar: un trago amargo, rasposo, pero implacable.
Mientras el rock argentino a finales del siglo XX navegaba entre la masividad de las grandes producciones —seducido por la fiesta del «uno a uno» menemista—, Oxizakre armaba su trinchera con lo que había a mano. En apenas días de ensayo gestaron canciones cortas, veloces y destructivas. Sus presentaciones no eran simples shows; eran ceremonias de descarga colectiva donde la frontera entre el público y el escenario quedaba completamente abolida.

La arqueología del culto
Como ocurrió con otros fenómenos de la época, el impacto de Oxizakre no se midió en discos vendidos, sino en casetes copiados de mano en mano, afiches pegados en paredes del conurbano y, años más tarde, en el rescate colectivo a través de plataformas digitales y canales de YouTube dedicados al archivo del under nacional.
Luis Solo, con su figura inconfundible y su discurso sin filtro, se transformó con el tiempo en una suerte de filósofo del margen. «Un renegado de tu sociedad», no como un mero eslogan de rebeldía adolescente, sino como una declaración ética de principios: la negativa rotunda a encajar en las dinámicas del éxito corporativo o la complacencia mediática.
La historia de Oxizakre bien podría haber ocupado unas líneas en Romper todo y empezar de nuevo (2005), de Simon Reynolds, aunque el autor advierta en su obra que, por salud mental, debió poner límites a sus investigaciones. Por su parte, Juan Andrade y sus colaboradores en Gente que no podrían haber tenido en cuenta a Oxizakre, pero aquella obra se abocó al universo de los años ochenta.

El legado del ruido y el asco al caretaje
Repasar la trayectoria de Oxizakre es asomarse a una época de transición cultural en casi el último cordón del conurbano bonaerense. Una era donde la autogestión era la única vía posible para que el ruido propio tuviera aire.
Hoy, la revalorización de su legado duele porque desnuda el enorme nivel de impostura que inunda la escena. Es insoportable ver a toda esa manga de falsos punks y roqueros de cartón que ayer se destruían fumando Poxipol en una esquina y hoy se la dan de profetas de la vida sana, gurúes del veganismo o apóstoles de cualquier moda snob que dicte el mercado de la corrección política. Se convirtieron en la parodia de lo que decían combatir: tipos que cambiaron la revuelta visceral por la pose cool, el postureo biográfico y la falsa superioridad moral. La historia de Oxizakre sigue ahí, sonando como un acople lejano pero persistente, recordándonos que el verdadero rock no se escribe bajo las luces de la capital ni se maquilla para quedar bien en las redes, sino que sobrevive en los sótanos y las esquinas donde nadie mira.
Como ocurre siempre en las reuniones con Luis, los temas se disparan por todos lados y seguir una dirección lineal es casi imposible, pero así son las cosas. En medio de la charla me dice: «Loco, ¿puedes enviar una cajita con unos CDs y otras boludeces a Puerto Madryn?». «Sí», le digo. La supuesta cajita pesaba una tonelada: eran más de 40 CDs de bandas independientes de Escobar. Algo que también me sorprendió es la cantidad de proyectos que surgieron en esos barrios, porque al menos en mi zona —que es mucho más grande— en mi vida habré conocido a más de cinco bandas.
Luis también tenía preparado para darme unos libros de historia viejos y unas calcomanías muy bizarras de los noventa que estimulaban de forma bastante particular el uso del preservativo y advertían sobre el consumo de drogas pesadas.
El trabajo por delante será arduo, pero es necesario rescatar el viaje artístico de Luis, las formaciones por las que pasó y sus proyectos solistas posteriores a Oxizakre, así como las idas y vueltas de la banda, marcadas por retornos e interrupciones constantes. La historia de Oxizakre es como cuando salís a tomar un colectivo: lo perdiste, o simplemente el chofer, por mirar hacia otro lado o por temor al semáforo, siguió de largo; y en ese momento, en vez de cascotearlo, te subís a otro que te lleva en una dirección totalmente opuesta.
El libro pretende mostrar otras facetas, como la de Luis como pintor, pero sobre todo se lo quiero dedicar a toda la gilada que hizo videos catalogando a Oxizakre como la peor banda de la historia o de Argentina. Esos estúpidos pseudo-roqueros o punks prefirieron reírse o burlarse en vez de interpretar la secuencia de aquella presentación caótica en el canal Kabuki de Escobar, más precisamente en el programa Bolas de Fuego. Son idiotas, fanáticos de la reacción del momento, y sus seguidores son los mismos que prefieren mirar La Gioconda dentro de un cuadro protegido sin entender nada del arte crudo que los atraviesa.
Oxizakre, es la banda que nunca llegó, que se fue, pero siempre está para avivarte que la calesita donde vives artificialmente puede chocar, si es que ya no chocó.



