Sur extraño, estatua ciega y máquina especulativa – Derivas desde el XII Congreso Internacional de Narrativa Fantástica de Lima.

¿Qué cuerpos, qué violencias estructurales y qué memorias quedan fuera cuando el aparato crítico domestica la literatura con etiquetas automáticas? Desde las deliberaciones del XII Congreso Internacional de Narrativa Fantástica en Lima, un recorrido ensayístico por el pulso de las literaturas periféricas, la «neurosis de la legibilidad» y las máquinas especulativas macedonianas con resonancias desde el Sur, transforman la extranjería en una potente torsión de sentido y en una trinchera para fabricar futuros en común.
Por Alejandra Bottari
Entre el 28 y el 30 de octubre de 2026, la Casa de la Literatura Peruana, instalada en la antigua Estación de Desamparados, en el centro histórico de Lima, alojó el XII Congreso Internacional de Narrativa Fantástica. Impulsados desde 2008 por Elton Honores y Gonzalo Portals, estos encuentros han sostenido durante casi dos décadas uno de los espacios de reflexión sobre lo fantástico más persistentes de América del Sur. La edición, realizada este año y con el auspicio del Centro de Estudios Literarios Antonio Cornejo Polar (CELACP), convocó a investigadores de distintos países y tradiciones. La inauguración abrió tres jornadas en las que la discusión sobre el género fue desplazándose hacia una pregunta más amplia: qué cuerpos, qué experiencias y qué formas de existencia quedan fuera de los órdenes que organizan nuestra percepción del mundo.
La primera mesa estuvo dedicada a Harry Belevan y a los cincuenta años de su teoría de lo fantástico. Que el encuentro comenzara con una revisión de ese legado no fue un gesto meramente conmemorativo. Volver sobre la formulación teórica del género supuso interrogar también las herramientas con las que se ha construido su historia crítica, sus delimitaciones y sus modos de circulación. ¿Qué permanece de una teoría cuando atraviesa otras tradiciones? ¿Qué necesita modificarse para intervenir en una experiencia literaria diferente de aquella que la hizo posible? La pregunta reaparecía, desde otros ángulos, en las mesas siguientes. Las miradas sobre el horror en la cuentística colombiana reciente, el sujeto monstruoso y la crítica anticlerical en escritoras brasileñas del siglo XIX, la maternidad disidente en la narrativa de Atenea Cruz y la materialidad de los objetos góticos en relatos de autoras latinoamericanas desplazaban la discusión hacia las condiciones históricas y materiales de sus apariciones.
El monstruo comenzó a perder su lugar de excepción para ser una zona desde la cual interrogar la producción misma de ese orden. La cuestión adquiría otras dimensiones en las intervenciones sobre los monstruos grotescos de El obsceno pájaro de la noche, de José Donoso; el cuerpo, la apropiación identitaria y la muerte en Huaco retrato, de Gabriela Wiener; y el devenir-animal en el feminismo gótico de Isabel Cañas. Más adelante, las aproximaciones a la posesión, el goce femenino y la angustia en Possession, de Andrzej Żuławski, y a la violencia doméstica y las metamorfosis animales en cuentos de Atenea Cruz prolongarían esa interrogación. La monstruosidad no aparecía como una condición exterior que pudiera identificarse de antemano, sino como una construcción atravesada por relaciones de poder, discursos religiosos, mandatos de género, apropiaciones corporales y experiencias de violencia. Hablar de monstruos suponía hablar también de los dispositivos que los fabrican.
Neurosis de legibilidad
Fredric Jameson imaginó una estatua ciega para pensar la cultura del capitalismo tardío. La imagen conserva algo perturbador. Una figura que tiene ojos, pero ya no puede mirar; que mantiene la apariencia exterior de una sensibilidad mientras ha perdido la capacidad de establecer una relación viva con aquello que tiene delante. En su análisis del pastiche, Jameson reconocía una cultura entregada a la reproducción de estilos, a la circulación de superficies separadas de cualquier impulso histórico capaz de ponerlas en cuestión. La imitación sigue funcionando. Lo que ha desaparecido es la posibilidad de que esa imitación produzca una diferencia. La imagen puede trasladarse, con las debidas precauciones, al ejercicio de la crítica. También allí existe el riesgo de conservar la mirada después de haber perdido la capacidad de dejarse afectar por lo que se mira. Frente a un texto opaco, resistente a la clasificación automática, el aparato crítico contemporáneo responde con una urgencia compulsiva por nombrar: weird, especulativo, queer, horror político, materialismo gótico. Las categorías se acumulan, se superponen, establecen parentescos a veces apresurados. Cuantos más nombres recibe una obra, mayor parece ser la ilusión de haberla comprendido. Sin embargo, puede ocurrir exactamente lo contrario. El texto permanece ahí, mientras las explicaciones lo rodean hasta sepultar su singularidad. Una especie de neurosis de la legibilidad convierte el acto de leer en una operación de reconocimiento anticipado: buscamos en la obra aquello que ya sabemos cómo llamar. El problema no reside en las categorías mismas, cuya productividad resulta indiscutible, sino en la relación que establecemos con ellas. ¿Desde dónde fueron formuladas? ¿Qué experiencia histórica hizo posible su aparición? ¿Qué indicios o potencias quedan afuera cuando se las desplaza hacia territorios cuyas condiciones materiales, políticas y culturales no participaron de su elaboración? La mesa dedicada a Belevan adquiere otra resonancia al poner estas preguntas en perspectiva histórica. Revisar una teoría también significa revisar las condiciones de su supervivencia, sus zonas de productividad y aquello que sus categorías ya no alcanzan a leer. No se trata de abandonar las herramientas heredadas, sino de impedir que se conviertan en instrumentos de reconocimiento automático. Sostener la incertidumbre, demorar el veredicto, aceptar que una obra pueda desbordar sus marcos de interpretación: allí comienza una relación menos domesticada con lo extraño.
Esta dificultad adquiere un peso particular cuando se trata de las literaturas del Sur. No porque exista una esencia meridional capaz de garantizar una perspectiva privilegiada, sino porque la circulación de los conceptos nunca es simétrica. Mientras ciertas tradiciones producen los instrumentos con los que se organiza el campo de lectura, otras suelen quedar relegadas a la condición de materiales que esos instrumentos vienen a explicar. La desigualdad no se juega solamente en la distribución de la legitimidad literaria. También alcanza a la posibilidad de producir pensamiento. Y, sin embargo, la historia de nuestras literaturas ofrece numerosos ejemplos de operaciones que desarman esa relación.
Las tradiciones periféricas han trabajado durante mucho tiempo con materiales prestados, pero su gesto más productivo nunca consistió en reproducirlos fielmente. Los desplazaron, los hicieron entrar en contacto con otras experiencias y modificaron sus sentidos. La apropiación no fue una etapa secundaria de la influencia, sino una forma de invención, una torsión de sentido. La Antología de la literatura fantástica, publicada en 1940 por Jorge Luis Borges, Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares, permite observar esa operación. La tradición anglosajona del género no fue simplemente incorporada a un repertorio local. Su encuentro con la sensibilidad rioplatense produjo una reorganización de motivos, procedimientos y expectativas de lectura. Lo que llegó desde afuera dejó de ser exactamente lo que era.
En esa transformación se cifra una diferencia decisiva entre sufrir una influencia pasiva y ejecutar una operación estética y política. Leer a Julio Cortázar, Silvina Ocampo o Felisberto Hernández bajo una clave gótica exige algo más que identificar motivos heredados. Hay que mover el castillo, desplazarlo hacia la pampa, el conventillo, la casa familiar, la llanura austral. Cambia el paisaje y con él cambia también la naturaleza del miedo. La aparición ya no responde necesariamente a la misma tradición que la hizo posible. El espacio interviene en la forma del relato, modifica sus relaciones con la historia y altera aquello que una categoría puede llegar a reconocer.
Esa vieja operación de traducción y desvío vuelve a ponerse en juego con la circulación contemporánea del weird. Lo extraño anglosajón llega a nuestras mesas de novedades con un prestigio indiscutible, pero su matriz metropolitana entra inevitablemente en crisis cuando se enfrenta a otras experiencias de la intemperie. El horror cósmico, pensado desde la vastedad indiferente del universo, se encuentra aquí con espacios donde la amenaza no necesita provenir de una exterioridad desconocida. Lo cotidiano, precarizado y expuesto a la violencia, puede convertirse en el verdadero escenario de lo enrarecido. El despojo, la violencia estatal, la desigualdad y las vidas sometidas a distintas formas de administración ya han producido sus propias geografías del horror. La anomalía no siempre irrumpe desde afuera. A veces se encuentra en el funcionamiento mismo de aquello que llamamos normalidad.
Las discusiones del congreso permitían reconocer distintas entradas a este problema. Las investigaciones sobre la violencia en la cuentística colombiana, las corporalidades en la narrativa de José Donoso, el cuerpo y la muerte en Gabriela Wiener o las metamorfosis animales vinculadas con la violencia doméstica en Atenea Cruz desplazaban el horror hacia zonas donde la alteridad no puede separarse de las relaciones sociales que la producen. La materialidad del horror no se agota en sus objetos ni en sus apariciones. También se inscribe en los modos de existencia, en la apropiación de los cuerpos y en las fronteras que determinan qué vidas pueden ser reconocidas. No obstante, cuando las letras de la región abordan lo no humano y desafían los marcos del antropocentrismo, aparece otro riesgo. La deriva conceptual puede fugarse hacia una metafísica abstracta de la materia, hacia un espectáculo puramente ontológico o ecológico que apueste todo al asombro ante el monstruo exterior, ya baje de las estrellas o brote del suelo. Si esa fascinación se separa de las condiciones históricas que atraviesan nuestros territorios, aquello que verdaderamente asfixia puede quedar relegado a un segundo plano. No se trata de elegir entre una política de la historia y una imaginación de lo no humano. Se trata de pensar qué relaciones pueden establecerse entre ambas sin que una neutralice a la otra.
La mesa dedicada a las nuevas representaciones de lo monstruoso y sus corporalidades en El buen mal, de Samanta Schweblin, bajo la perspectiva del antropoceno, abría precisamente esa zona de contacto. La pregunta ecológica no aparecía desligada de las formas del cuerpo ni de sus dimensiones sociales. Algo semejante ocurría con la intervención sobre el vampiro y el erotismo en «La bella durmiente», de Carlos Fuentes, o con la reflexión de Adriana Boria sobre el cuerpo en el gótico como construcción significante y síntoma social. Las distintas aproximaciones permitían reconocer que la monstruosidad no es una propiedad estable de ciertos seres, sino una relación que se transforma con las condiciones culturales e históricas. El problema de lo no humano regresaba así sobre el problema de lo humano: quién define sus límites, qué cuerpos quedan fuera y qué formas de vida resisten esa distribución. Tal vez sea justamente esa dificultad la que vuelve tan productiva la genealogía de las máquinas narrativas en América Latina. Si el weird permite descentrar la percepción humana, la máquina introduce otra pregunta: quién produce los relatos, quién administra la memoria y quién tiene la capacidad de imaginar un mundo diferente. Ricardo Piglia encontró en la tradición macedoniana, y especialmente en La ciudad ausente, una forma de oponer a la violencia del Estado y a la continuidad de la Historia una máquina capaz de producir relatos, desviar la lengua y mantener abierta una posibilidad de futuro. La máquina no funciona allí como un simple dispositivo tecnológico. Su potencia reside en la capacidad de construir una memoria alternativa, de sustraer la experiencia a los mecanismos que pretenden fijarla. No resulta casual que el programa incluyera también los veinte años de El inventario de las naves, de Alexis Iparraguirre. La mesa, en la que participaron Jhemy Tineo Mulatillo, Belinda Palacios y el propio autor, introducía otra dimensión de esa discusión: la revisión de una obra y su inscripción en la historia de la narrativa fantástica peruana contemporánea. Junto con las presentaciones de libros de Elton Honores y José Donayre, el encuentro volvía sobre los archivos, las tradiciones y los modos en que una literatura construye su propia memoria. Las presentaciones de Vivir en las imágenes. Indagaciones sobre el arte gráfico e historieta peruana y latinoamericana, de Honores; Tres joyas del terror doméstico victoriano e Historias subyugantes. Antología de ficción decadentista peruana, de Donayre; y Momentos estelares. Indagaciones sobre la narrativa fantástica peruana. Los hijos de la dictadura, de Honores, pusieron en circulación materiales de distintas épocas y procedencias. El archivo aparece como una zona de trabajo desde la cual intervenir en el presente.
Máquinas de sueños
Desde esa perspectiva puede establecerse un diálogo entre dos novelas separadas por veinticinco años: La fabulosa máquina del sueño (1999), del peruano José Donayre Hoefken, y La nación de los sueños diurnos (2024), del argentino Juan Mattio. La relación entre ambas permite volver sobre una zona que conecta la especulación tecnológica con la disputa política por la interioridad. Donayre se adelantó, en el umbral del nuevo milenio, a imaginar una tecnología capaz de convertir el onirismo en territorio de vigilancia y prohibición. El Estado corporativo de su novela reconoce en el sueño una amenaza, una actividad que debe ser regulada porque todavía conserva la capacidad de producir experiencias no administradas. Veinticinco años después, Mattio vuelve sobre una inquietud semejante en un escenario tecnológico profundamente transformado. Del hardware de los noventa a los ecosistemas hipermediados de inteligencia artificial, los dispositivos cambiaron; la disputa por la imaginación persiste. Como señala el propio Donayre, a los personajes parece no haberles pasado el tiempo. La observación abre una dimensión que excede la anticipación tecnológica: no es solamente la tecnología la que envejece o se actualiza, sino también las formas del control que encuentran nuevos soportes para persistir. El sueño deja de ser una mercancía de evasión o un refugio privado y aparece como una forma de conocimiento, una práctica de resistencia frente a la captura de la experiencia. Ambas novelas pueden leerse dentro de una genealogía de máquinas narrativas que atraviesa La invención de Morel, de Bioy Casares, y se prolonga, por otros caminos, en Philip K. Dick, Ursula K. Le Guin y China Miéville. Lo que las reúne no es una misma concepción de la tecnología, sino una pregunta por las relaciones entre imaginación, percepción y producción de realidad. La máquina ya no se limita a reproducir el mundo ni a imitar al sujeto. Interviene en la construcción de aquello que somos capaces de imaginar. Y si puede producir mundos, también puede intervenir sobre las condiciones que hacen posible habitarlos. Esta capacidad de producción conduce hacia una zona donde la literatura especulativa y la teoría comienzan a confundirse productivamente. La ficción no se limita a representar un concepto elaborado en otro lugar, del mismo modo que la teoría no necesita permanecer protegida de las operaciones imaginativas del relato. La teoría-ficción permite pensar ese intercambio: una escritura donde los conceptos se exponen a las deformaciones de la imaginación y donde la ficción produce conocimiento sin tener que adoptar la forma de una demostración. La teoría misma se contamina de las potencias de la ficción para leer el capitalismo tardío. En esa contaminación se abre una posibilidad de intervención que no consiste en ilustrar una tesis, sino en producir herramientas para pensar aquello que todavía no tiene forma estable. Desde allí también puede abordarse la producción de formas que no responden exclusivamente a la medida humana. Algoritmos, redes fúngicas, inteligencias artificiales y ecologías mutantes dejan de funcionar como accesorios de una imaginación futurista. Su presencia altera las preguntas sobre quién puede producir lenguaje, memoria, pensamiento y mundo. El relato se convierte en un laboratorio donde ensayar otras formas de existencia y de relación, una sintaxis capaz de alojar la alteridad radical que habita y tensiona el presente territorial. No se trata de atribuir una voz humana a todo aquello que existe, ni de reemplazar un antropocentrismo por una celebración indiferenciada de la materia. La dificultad consiste en imaginar formas de alteridad que no necesiten ser traducidas inmediatamente a nuestras propias medidas.
El horror latinoamericano difícilmente pueda pensarse como una otredad que llega de visita. Lo extraño no siempre irrumpe desde afuera. Muchas veces estaba ahí antes de que encontráramos las palabras para nombrarlo. Lo familiar se vuelve irreconocible sin dejar de ser familiar: el unheimlich freudiano adquiere una escala histórica en territorios donde el mundo parece terminarse una y otra vez, mientras las estructuras que producen ese final sobreviven a sus propias catástrofes. Desde 1492, el continente conoce distintas versiones del apocalipsis. Quizás por eso cuesta imaginar el fin del sistema: llevamos demasiado tiempo viviendo entre sus ruinas, acumulando futuros fracasados y aprendiendo a reconocer como paisaje lo que alguna vez fue una catástrofe.
Esa experiencia histórica no constituye un fondo inerte sobre el cual se proyectan las ficciones. Interviene en sus formas, en sus monstruos y en sus modos de imaginar el porvenir. También permite comprender la diversidad de operaciones que aparecen en las antologías y cartografías recientes de la región: las máquinas mestizas de Santiago Barragán, el continuo weird de Ramiro Sanchiz y los recorridos propuestos por Rodrigo Bastidas, Agustín Conde De Boeck y Marcelo Acevedo. A ese mapa se suman Zomos Zombis. Cartografía de una infección a escala nacional (2020), compilada por Hans Rothgiesser, y Los muertos nos miran (2019), junto con investigaciones que, desde la Patagonia, interrogan las relaciones entre especulación, territorio y materialismo gótico. No se trata de reunir estas producciones bajo una identidad común, sino de reconocer en sus diferencias una disputa por las formas de imaginar y leer desde el Sur.
En esas discusiones hay una palabra que permite volver sobre el problema inicial desde otra perspectiva: weird. Su parentesco etimológico con el antiguo wyrd remite al destino, a las fuerzas que intervienen en el curso de las cosas, al hilo que las Moiras tejen y cortan. Lo extraño no sería solamente aquello que irrumpe para quebrar un orden conocido. También podría ser aquello que anuncia una transformación cuyo desenlace todavía ignoramos. Recuperar esa dimensión permite acercar el weird a un romanticismo especulativo, en diálogo con el materialismo gótico y libidinal, donde imaginar no significa evadirse del presente, sino disputar las fuerzas que organizan sus posibilidades. La pregunta por el destino deja de ser una abstracción cuando se la pone en relación con las condiciones que determinan qué futuros pueden ser imaginados y cuáles parecen condenados a repetirse.
Es en esa trama donde las intervenciones procedentes de la Patagonia adquieren una resonancia particular. En la Mesa 3, dedicada a la estética de lo inusual, la materialidad del horror y las formas de lo monstruoso, aparecen las investigaciones del Complejo Universitario Regional Zona Atlántica y Sur, con sede en Viedma. intervenciones cuya presencia permite reconocer una trama de problemas que también se está pensando desde la Patagonia: las relaciones entre cuerpo, territorio, alteridad y producción de conocimiento. puede leerse, en este contexto, algo más que una referencia espacial. Un lugar donde llos recorridos previos no desaparecen, pero tampoco conservan intacta su dirección. Pensar desde allí supone desconfiar de las geografías intelectuales demasiado estables, de las fronteras que separan tradiciones y de las jerarquías que deciden de antemano dónde se produce teoría y dónde se la recibe. La Patagonia no aparece como una identidad homogénea ni como una garantía de autenticidad. Su potencia reside en la posibilidad de pensar desde una posición situada, atravesada por circulaciones, conflictos y distancias que también modifican los objetos de estudio.
El diálogo entre la obra de Donayre, las investigaciones de Elton Honores y las escrituras especulativas argentinas permite descentrar la vieja relación entre un centro productor de teoría y una periferia proveedora de ejemplos. Las tradiciones se encuentran, se modifican y establecen parentescos que no estaban previstos en sus lugares de origen. En ese movimiento, la literatura especulativa deja de ocupar el lugar de una práctica subordinada a conceptos elaborados en otra parte y muestra su capacidad para producir herramientas de lectura, formular problemas e intervenir en la discusión sobre el presente. La periferia de la periferia no es un lugar exterior al pensamiento. Es también una posición desde la cual pueden modificarse sus coordenadas.
Quizás la estatua de Jameson siga ciega. Quizás el problema sea que aprendimos a mirar con sus ojos, a reconocer demasiado rápido aquello que todavía podría desordenar nuestras certezas. Frente a esa mirada automatizada, las máquinas especulativas del Sur no ofrecen una clasificación nueva para reemplazar las anteriores. Su movimiento es otro: desplazan las categorías, alteran las genealogías, conectan cuerpos, tecnologías, memorias y territorios que parecían pertenecer a conversaciones diferentes. La desembocadura expone los cursos que confluyen en ella y la máquina especulativa ensaya las condiciones para que otros mundos puedan ser pensados. No resuelven el enigma ni domestican al monstruo. Mantienen abierta una zona de opacidad donde el presente deja de parecer inevitable. Quizás allí resida la potencia política de estas ficciones: no en anticipar un futuro ni en ofrecer una salida, sino en interrumpir la reproducción de lo existente, en devolverle a la imaginación su capacidad de producir diferencias.
Quizás de eso se trate, al final, cuando hablamos de lo weird: de recuperar la capacidad de extrañar aquello que el presente nos ha enseñado a considerar inevitable. Volver a escuchar en la palabra wyrd (del anglosajón antiguo- destino) esa trama compartida; recordar que ninguna vida se teje por separado y que también los mundos pueden urdirse de otro modo. Hay en estas máquinas narrativas —la de Donayre, la de Mattio, la que Subiela imaginó en No te mueras sin decirme adónde vas— algo de ese romanticismo especulativo que, en términos de Armen Avanessian, podríamos pensar como materialismo libidinal: no la representación de un futuro ya escrito, sino la fabricación de un deseo capaz de producirlo. Tal vez la literatura todavía pueda hacer eso: no anticipar lo que vendrá, sino devolvernos la potencia de imaginarlo en común. Tejer, entre las ruinas de los destinos que otros dispusieron para nosotros, una nación de soñadores – como es la tesis de Mattio-; una comunidad fundada más allá de nuestras finitudes individuales, en la posibilidad de volver a desear un mundo que todavía no existe y que, sin embargo, alguna vez otros también soñaron.



